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	<title>the Buenos Aires Review &#187; Shelf Love</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>La World Wide Widener</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2016 15:39:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Cambridge @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;"> Patricia Marechal
 Traducción de Eugenia Santana Goitia</p>
<p>La historia de la Biblioteca Widener comienza con una tragedia. Widener no es sólo un lugar de estudio y una de las reservas de libros y periódicos más grandes del mundo; también es un homenaje. El acto de devoción de una madre que perdió a su hijo en el naufragio del Titanic; un verdadero Trauerarbeit. Harry Elkins Widener, de la promoción de 1907 de Harvard, era un amante de los libros y un coleccionista. Después de su muerte, su madre decidió donar su envidiable colección, junto con una suma considerable de dinero, para construir la que hoy es una de las bibliotecas más impresionantes de Harvard. Widener es, al mismo tiempo, el centro geográfico y simbólico de Harvard, y el edificio que todos los turistas quieren ver. Es imposible subir los ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/la-world-wide-widener/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0429.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5883" alt="DSC_0429" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0429-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em> Patricia Marechal</em><br />
<em> Traducción de Eugenia Santana Goitia</em></p>
<p>La historia de la Biblioteca Widener comienza con una tragedia. Widener no es sólo un lugar de estudio y una de las reservas de libros y periódicos más grandes del mundo; también es un homenaje. El acto de devoción de una madre que perdió a su hijo en el naufragio del Titanic; un verdadero <i>Trauerarbeit</i>. Harry Elkins Widener, de la promoción de 1907 de Harvard, era un amante de los libros y un coleccionista. Después de su muerte, su madre decidió donar su envidiable colección, junto con una suma considerable de dinero, para construir la que hoy es una de las bibliotecas más impresionantes de Harvard. Widener es, al mismo tiempo, el centro geográfico y simbólico de Harvard, y el edificio que todos los turistas quieren ver. Es imposible subir los treinta peldaños de su ancha escalera principal sin verse obligado a esquivar a un guía turístico inmerso en la narración de la tragedia de la familia Widener. Es difícil culpar a los estudiantes sobreexcitados que ofician de guías amateur por su entusiasmo; porque ¿cómo no caer en la tentación de mencionar la historia del nacimiento de la biblioteca? Es, simplemente, demasiado buena para ser cierta. Un aura de heroísmo personal o locura envuelve al edificio: la leyenda cuenta que Harry Widener estaba a punto de subirse a un bote salvavidas cuando recordó que se había olvidado una edición rara de los <i>Ensayos</i> de Bacon, adquirida en sus viajes por el Viejo Continente. Así que volvió a buscarla, y perdió el bote y la vida en el intento. En otras palabras, los libros mataron a Harry.</p>
<p>Tan impresionante como el mismo Titanic, Widener emerge del corazón del llamado “Patio Nuevo”, un área adyacente al antiguo campus universitario en el que se sitúan los primeros edificios de Harvard College, que datan de 1636. ¿Es la Biblioteca Widener el edificio más emblemático del rojizo campus de Nueva Inglaterra? Quizás en sus mejores días. Cuando llegué, la primera construcción que llamó mi atención fue la Iglesia Memorial, que está justo en frente de la Biblioteca Widener. “Acá las universidades tienen iglesias”, me preocupé. Mis preocupaciones sólo aumentaron cuando me di cuenta de que mientras que las puertas de la Iglesia Memorial están abiertas al público, acceder a la Biblioteca Widener no es tan fácil. De hecho, entrar es casi tan difícil como que un camello pase por el ojo de una aguja. Para acceder a Widener, hay que atravesar un portón custodiado empuñando un carnet de identificación de Harvard que pocos poseen. A los estudiantes de Harvard les gusta comparar el acceso restringido a su biblioteca con la política democrática “todos bienvenidos” de su primo oriundo de Cambridge, el MIT. Pero esto es sólo la punta del iceberg que sirve para para ilustrar y sintetizar el estilo de vida harvardiano.</p>
<p>Si sos uno de los elegidos, una vez que entrás a Widener su estilo imperial te saluda. Inmediatamente, te encontrás en una sala panóptica donde tenés que elegir tu propia aventura: publicaciones periódicas a la derecha, estanterías a tu izquierda, y, en frente tuyo, unas majestuosas escaleras de mármol que conducen a un cuarto especial con una Biblia de Gutenberg y el Primer Folio de Shakespeare. Como el Titanic, Widener tiene varios pisos. En la superficie, reina el esplendor y la elegancia de las salas de lectura y exhibición. Dos murales de la Primera Guerra Mundial de John Singer Sargent se despliegan a los costados de la sala de exhibición principal. Debajo de uno, está grabada la leyenda: “Felices los que con reluciente fe en un abrazo estrecharon la Muerte y la Victoria”. Debajo del otro, “Atravesaron el mar, cruzados ansiosos por ayudar. Las naciones combatiendo por una causa justa”. En los dos, un águila americana extiende sus alas. Como estudiante, el vínculo entre la victoria y la muerte parece un prospecto espeluznante. Todavía más desalentadora es la sospecha de que tu tesis está muy lejos de merecer la etiqueta de “causa justa”. En definitiva, el águila me habla más del sufrimiento de Prometeo que de la gloria.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0440.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5887" alt="DSC_0440" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0440-682x1024.jpg" width="682" height="1024" /></a></p>
<p>El otro piso está bajo tierra. Desconocida para los que la ven desde afuera, hay una Widener subterránea: un laberinto de túneles donde está guardada la mayor parte de la colección de libros. Para buscar un volumen, los estudiantes tienen que descender a las profundidades y traspasar pasillos estrechos iluminados por tenues luces artificiales, impregnados del olor rancio del moho y de los lugares encerrados, atravesados por caños oxidados que gotean. El inframundo de las arterias de Widener alberga pilas de libros en estantes plegables de metal que, para ganar espacio, se abren y cierran como acordeones. El apretar de un botón revela cientos de libros polvorientos, bañados por la luz exigua que ofrecen las lámparas que cuelgan del techo. A veces siento que estoy en una especie de archivo de la policía secreta de un <i>film noir</i> de la década de 1940. Cuando las estanterías exhiben sus frutos, uno se regocija en el hallazgo de un ejemplar de Anacreonte del siglo XVIII, o de una edición bilingüe de Petrarca. Una vez que uno encuentra la publicación codiciada, está listo para emerger, tesoro en mano, al paraíso soleado y luminoso de las salas de lectura. El regreso del Hades <i>nerd</i> reconforta y cura la claustrofobia momentánea: los estudiantes pueden volver a respirar aire limpio y aristocrático.</p>
<p>Pero las salas de la lectura no son siempre un paraíso redescubierto para los que concurren con asiduidad a la Biblioteca Widener. Para la mayoría de sus moradores, el sentimiento es propio del Purgatorio. Los doctorandos pueblan las salas amplias, iluminadas por lámparas de pantallas de cristal grabado en verde oscuro o dorado. Se huele la ansiedad de las tesis. Escritos sin terminar que nunca terminan de ser satisfactorios, pilas de libros reservados que se multiplican como el pan y los peces pero no ofrecen sustento, manos frenéticas que pasan páginas en vano. Las miradas de apoyo entre los estudiantes se mezclan con miradas de envidia a los que lucen concentrados. Los estudiantes se agrupan de acuerdo a departamentos, y ocupan áreas específicas de las salas de lectura. En la sala Phillips se juntan los del Departamento de Lenguas Romances. De vez en cuando, alguien le susurra a un colega si no quiere ir a hacer una pausa de café–ya no hay pausa de cigarrillos; recientemente, la universidad aprobó una prohibición del tabaco.</p>
<p>Toma un tiempo darse cuenta de que existe un tercer piso (tal vez, finalmente, el paraíso) donde están las bibliotecas privadas. Bibliotecas como muñecas rusas. Las bibliotecas más pequeñas de Widener pertenecen a la Facultad de Artes y Ciencias, FAS por sus siglas en inglés, y son todavía más seguras y demandan incluso más permisos especiales para acceder. Ningún carnet de Harvard puede abrir sus puertas. Uno sólo puede preguntarse qué sueños de bibliógrafo yacen ahí adentro; con las ventanas ocluidas por cortinas caqui de los años 50. Caminar por los angostos corredores de techos altos donde se ubican las bibliotecas de los Departamentos de la FAS es como hacer un viaje al pasado de Widener: la Biblioteca del Seminario Celta, la Biblioteca de Historia de la Ciencia, la Biblioteca de Paleografía, la Biblioteca de Sánscrito, están flanqueadas por antiguos ficheros. La primera vez que caminé por esos corredores, me fue imposible no sonreír y estremecerme cuando les di una ojeada a las primeras y a las últimas fichas guardadas en cada archivador: “Moscú ~ Norte”, “Pesquerías ~ Francia”, “Varsovia ~ Mundo” “Bhagavadgita ~ Empresarias”, “Argentina ~ Bhagavadgita”, “A.A.A ~ Argentina”.</p>
<p>Recientemente, descubrí una Sala de Poesía. Por desgracia, no puedo entrar.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0442.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5884" alt="DSC_0442" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0442-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
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		<title>Profética [puebla]</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2014/10/profetica-puebla/</link>
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		<pubDate>Mon, 06 Oct 2014 14:13:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Puebla]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;"></p>
<p style="text-align: right;">por Rafael Toriz</p>
<p>Platicar la copa
Conversación en el convento</p>
<p>Ser, parecer y mantener una librería en México es un arte consumado, no apto para indolentes y mucho menos para advenedizos. En un país donde el hábito de la bebida es un deporte nacional y la realidad desaforada exige una interpretación permanente, la invitación a los libros resulta –por principio– un desatino, luego un extravío. Finalmente un agasajo.
Por ello, y para que la empresa fructifique, algunos osados han pergeñado –con distinta fortuna- un híbrido fascinante que cumple como nada dos necesidades esenciales: el bar librería, es decir, la copa aceitada por la lubricidad de los libros, idea que se parece bastante a mi concepción del paraíso.
Entre las diversas opciones para ponerse hasta la madre entre pocos pero doctos libros juntos, la más conspicua, elegante y regia de toda la ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/10/profetica-puebla/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dos.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5392" alt="dos" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dos.jpg" width="599" height="804" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>por Rafael Toriz</em></p>
<p><strong>Platicar la copa</strong><br />
<strong>Conversación en el convento</strong></p>
<p>Ser, parecer y mantener una librería en México es un arte consumado, no apto para indolentes y mucho menos para advenedizos. En un país donde el hábito de la bebida es un deporte nacional y la realidad desaforada exige una interpretación permanente, la invitación a los libros resulta –por principio– un desatino, luego un extravío. Finalmente un agasajo.<br />
Por ello, y para que la empresa fructifique, algunos osados han pergeñado –con distinta fortuna- un híbrido fascinante que cumple como nada dos necesidades esenciales: el bar librería, es decir, la copa aceitada por la lubricidad de los libros, idea que se parece bastante a mi concepción del paraíso.<br />
Entre las diversas opciones para ponerse hasta la madre entre pocos pero doctos libros juntos, la más conspicua, elegante y regia de toda la nación es Profética en Puebla, un lugar alucinante que contiene, bajo sus muros que datan desde la época del Virreinato (el edificio perteneció al ex Convento de Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción), todo tipo de bebidas embriagantes, con una fuente de aguas claras y perennes en el centro de corazón. Poner un pie en Profética, con todo su señorío, es poner un pie en el siglo XVII mexicano. El de Sor Juana, el barroco y los angelitos nalgones de Tonantzintla: Profética, desde hace muchos años, es la promesa de que otro país, bellísimo y embriagante, late en la desmesurada noche mexicana.<br />
Cada vez que visito el país, a como dé lugar, hago un espacio para visitar su patio esplendoroso. Bajo el cielo de Profética he sentido el tiempo que susurra en su magnífica librería y en su más aún sorprendente biblioteca. Ya sea presentado libros o platicando la copa a la luz de las estrellas, tengo cierto que Profética no es sólo un instante suspendido en el tiempo sino uno de mis lugares preferidos en la Tierra.<br />
Por ello, cada vez que solícito franqueo su pórtico, me dejo conducir al centro mismo del mezcal sobre carruajes de fuego.</p>
<p style="text-align: center;">**</p>
<p style="text-align: center;">3 sur 701. Centro<br />
Puebla, México.<br />
Tel (222) 2469101</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/tres.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5395" alt="tres" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/tres.jpg" width="599" height="804" /></a></p>
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		</item>
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		<title>Bibliothèque nationale de France</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2014/07/bibliotheque-nationale-de-france-3/</link>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 2014 23:11:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR(2)]]></category>
		<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[París @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Victoria Liendo</p>
<p>Para Charles Coustille,
culpable de mi amor por Francia,
él que de todo se declara inocente.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Las bibliotecas se parecen mucho a las iglesias: en algunas te sentís más cerca de Dios. En París hay tantas bibliotecas que es difícil elegir ante cuál persignarse todos los días. Está la de tu barrio, la de tu universidad, la de tu país, la de países nórdicos -más modernas-, la de las Grandes Écoles, las más famosas, como Saint-Geneviève, las más cancheras, como Beaubourg y la oficial, Catedral indiscutible del Saber Francés, de inmenso espacio, solemne acceso y silenciosa permanencia: la Bibliothèque nationale de France. Contra toda predicción, la altanera y seria BnF es el único lugar posible donde una dispersa como yo logra sentarse a estudiar.</p>
<p>Antes la sede central estaba en Richelieu, cerca de la Ópera y la Bolsa de Comercio y ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/07/bibliotheque-nationale-de-france-3/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_2546.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4894" alt="Liendo BnF 1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_2546.jpg" width="640" height="640" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Victoria Liendo</em></p>
<p>Para Charles Coustille,<br />
culpable de mi amor por Francia,<br />
él que de todo se declara inocente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las bibliotecas se parecen mucho a las iglesias: en algunas te sentís más cerca de Dios. En París hay tantas bibliotecas que es difícil elegir ante cuál persignarse todos los días. Está la de tu barrio, la de tu universidad, la de tu país, la de países nórdicos -más modernas-, la de las Grandes Écoles, las más famosas, como Saint-Geneviève, las más cancheras, como Beaubourg y la oficial, Catedral indiscutible del Saber Francés, de inmenso espacio, solemne acceso y silenciosa permanencia: la Bibliothèque nationale de France. Contra toda predicción, la altanera y seria BnF es el único lugar posible donde una dispersa como yo logra sentarse a estudiar.</p>
<p>Antes la sede central estaba en Richelieu, cerca de la Ópera y la Bolsa de Comercio y se llamaba “BN” (Bibliothèque Nationale). Ahora le agregaron la “F” (de France) –al parecer, hacía falta- y está en Tolbiac, al este, al borde de la muralla invisible que divide el rigor más snob a París de “la banlieue”. Esta nueva ubicación le dio libertad de forma y expansión. La gente que la diseñó en los 80 habrá dicho &#8220;que sea al borde del río&#8221;, como una metáfora de eternidad, &#8220;que despliegue una explanada de miles de metros&#8221;, como un desafío de modernidad urbana, &#8220;que tenga la forma de un libro&#8221; y hasta eso lograron. Los cuatro edificios de 80 metros de altura son los vértices de una explanada rectangular de 60,000 m2 que se levanta a orillas del Sena. En el centro hay un jardín salvaje al que nadie puede entrar.</p>
<p>Para ingresar a las exclusivas salas de la planta baja que rodea al jardín, el primer paso es la depuración: en el <i>vestiaire</i> te obligan a dejar todas tus pertenencias mundanas y sólo salvar las indispensables en una caja de plástico que es transparente como las salas, el jardín y el café, cuyas paredes son de vidrio. Antes de pasar por el último molinete, tenés que empujar cuatro puertas enormes de metal y bajar dos tramos de una escalera mecánica infinita. A veces me parece que estoy haciendo la catábasis de Orfeo mientras atravieso los herméticos umbrales. Una vez adentro, con tu lugar y material reservados desde tu casa, distraerse implica un esfuerzo físico desalentador que le da tiempo a la culpa del ocio para juntar fuerzas y anular todo intento de huida a la página en blanco. El baño te queda a veinte minutos de alfombra y cuatro puertas de cortina musical de Maxwell Smart. El café otro tanto. Uno termina por aceptar un destino de varias horas bajo el cono del silencio.</p>
<p>Cada sala, una letra; cada letra, una disciplina. En la V dicen que siempre hay chicas lindas como ninfas. En la R los nerds te dejan trabajar: te contagian concentración pero si estás mal te desaniman porque son científicos y saben que nosotros sólo inventamos cosas con palabras. Yo prefiero la U. Hay sol, caras conocidas y están todos los libros de nuestras literaturas al alcance de la mano, aunque algunos todavía falten. Uno ve en la sala U todo tipo de <i>hybris</i>. Tesistas que ostentan una pila de libros que no van a leer. Computadoras abandonadas por horas con el único cable de Internet de la fila. Colegas latinoamericanos que respiran fuerte cuando escriben, como si estuvieran emocionados o confundiendo estímulos. Todos necesitamos un poco de intimidad cuando estamos estudiando. Por esto mucha gente U emigra clandestinamente a la S, al fondo, o cruzan la muralla –el jardín impenetrable- por sus costados y llegan después de un rato largo de alfombra roja hasta el otro lado, a la P, la O, la M, ahí donde se acumulan psicoanalistas frustrados o pretenciosos.</p>
<p>A veces, recorriendo la alfombra roja que comunica las salas, el <i>Café du Temps</i> y los baños, veo conejos del otro lado del vidrio, patas madres con su estela de patitos bebés, bandadas de pájaros que no saben que no están en la selva, pero los bichos más sorprendentes están sentados del lado de acá, en las salas, en las escalinatas de los pasillos o en el café, donde a la cinco de la tarde se asoma la fauna intelectual para espectáculo de los conejos selváticos. Mis preferidos son los franceses literarios cuya máxima gracia, además de sus atuendos cuidados como los de una película de Truffaut, reside en responder a toda pregunta por su negativa enfática. Cuando hablan entre ellos, se quejan -compitiendo solapadamente- sobre la cantidad de páginas que tiene una tesis u otra como si fueran, sin siquiera sospecharlo, yuppies neoyorquinos comparando cuentas bancarias en cantidad de caracteres. A los tesistas fieles de la BnF nos une el estigma de las cajas transparentes que se parece bastante al de caminar con una bandeja de plástico en comedores escolares, la competencia institucional, un condenado ingreso precario y la desesperación académica. Nos separan las delicadas castas tácitas que entretejen el gusto literario, la consciencia estética o su deliberada falta en las formas de vestir, el name-dropping y el name-manner.</p>
<p>No es lo mismo decir “béhène” (BN) que decir “béhèneffe” (BnF). Los behenianos, según me explicó un amigo beheneficiano al que le pregunté por la diferencia, son nostálgicos, viejos profesores que vivieron los años de Richelieu y ostentan la antigüedad como un accesorio de lujo o se la tiran encima para curtir un look retro. Para nuestra generación, me dijo y era cierto, lo más natural era ser beheneficiano dado que la sigla “BN” ha ya desaparecido de todo documento oficial, los empleados usan la f y el sitio de Internet es bnf.fr (fue entonces que señaló que él era adepto a este grupo). Pero existe una tercera categoría: el sub-30 de los behenianos. Auténticos snobs o simples imitadores de sus mayores, afectan una antigüedad imposible bajo el vil objetivo de crearse un crédito académico. “C’est très malin”, me dijo, cuesta muy poco y baña con una aureola de autenticidad a cualquiera que pronuncie esas iniciales en una conversación académica. Incluso entre viejos conocidos de la BnF la diferencia es útil para discriminar entre los iniciados, que tendrán probablemente una noble trayectoria, y los profanos, dijo mirando hacia el piso, que al decir BnF se están pegando un tiro en los pies.</p>
<p>Existe otra especie de beheneficianos, a la que le auspició un buen porvenir (él formaba parte de esta especie). Sin pertenecer a una cultura oral, son hombres de la palabra escrita que insisten en tipear “BnF” y no “BNF”, como lo hace el vulgar o, todavía peor, “BNf”, como haría el tilingo, creyendo imitar la NRf (Nouvelle Revue française). Esta hipercorrección podría asociarse al uso de “École des Hautes Études” (marca de pícaro<i> connaisseur</i>) por l’EHESS (mainstream), al de “Ulm” (la calle) por “ENS” (École Normale Superièure), cosa de dejar bien en claro que ellos, egresados de la sede del barrio latino, no forman parte de esos espantos salidos de Lyon, Fontenay o quién sabe dónde. Más grave aún existen quienes manejan a la perfección el uso diferenciado de “à la Sorbonne” y “en Sorbonne” (una cosa es efectivamente estudiar ahí y otra asistir a una conferencia en el edifico histórico). No quiso darme nombres. “C’est trop grave”, dijo solemne. Resumió que los behenianos son o viejos boludos o jóvenes ultrajantemente ambiciosos; los beheneficianos son o bien ingenuos y mal informados o bien viles y maleables.</p>
<p>Entrar a la BnF es un compromiso incómodo, es aceptar el ritual y la suspensión del tiempo ansioso del día a día, no como estudiar en la cancherísima biblioteca del Pompidou donde lo pop, el color, la comida, la tele, los clochards, los hipsters y el murmullo son un eslogan de libertad y conocimiento. En Beaubourg te sentís en Brooklyn, en la BnF estás definitivamente en Francia. Contra toda diferencia, al final del día, todos estamos en el mismo purgatorio peleando por llegar al Paraíso. Todo tesista pasa por sus crisis de fe. Una vez un italiano angustiado entró al café diciendo &#8220;no tengo tesis, mi tesis no existe&#8221;. Un colega francés le respondió, como quien expulsa el humo de un cigarrillo, &#8220;aucune thèse n&#8217;existe&#8221;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_2551.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4895" alt="IMG_2551" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_2551.jpg" width="640" height="640" /></a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imágenes: Victoria Liendo</em></p>
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		<title>Orellana [valparaíso]</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2014/06/orellana-valparaiso/</link>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2014 05:14:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Valparaíso @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Álvaro Bisama</p>
<p>Mi librería preferida es una librería fantasma. Se llamaba librería Orellana, y quedaba en el centro de Valparaíso. Cerró hace un par de años. No pudo resistir más. Sus dueños eran una pareja de ancianos, que estaban ahí desde la mitad de la década del 50 o del 60. Él era alto y delgado, ella era bajita y ocupaba lentes gruesos.</p>
<p>Nunca supe sus nombres.</p>
<p>Mi abuela tenía una cuenta en la librería desde que la abrieron. Mi abuela leía mucho. En la casa donde crecí los libros de mis padres estaban mezclados con los de ella. Esa biblioteca me formó o me deformó. Muchos de esos volúmenes provenían de la Orellana. Era fácil reconocerlos, gracias a un timbre que tenían en la primera página. Cuando a mis padres les pagaban fin de mes te regalaban historietas de Astérix. ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/06/orellana-valparaiso/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/la-foto-2.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4751" alt="la foto 2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/la-foto-2-1024x1024.jpg" width="1024" height="1024" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Álvaro Bisama</em></p>
<p>Mi librería preferida es una librería fantasma. Se llamaba librería Orellana, y quedaba en el centro de Valparaíso. Cerró hace un par de años. No pudo resistir más. Sus dueños eran una pareja de ancianos, que estaban ahí desde la mitad de la década del 50 o del 60. Él era alto y delgado, ella era bajita y ocupaba lentes gruesos.</p>
<p>Nunca supe sus nombres.</p>
<p>Mi abuela tenía una cuenta en la librería desde que la abrieron. Mi abuela leía mucho. En la casa donde crecí los libros de mis padres estaban mezclados con los de ella. Esa biblioteca me formó o me deformó. Muchos de esos volúmenes provenían de la Orellana. Era fácil reconocerlos, gracias a un timbre que tenían en la primera página. Cuando a mis padres les pagaban fin de mes te regalaban historietas de Astérix. Todas venían con ese timbre, que para mí es una especie de estigma sagrado. Ese timbre estaba en casi todas las novelas del boom que leí en la adolescencia y en  los manuales de teoría literaria que estaban en los anaqueles desde los setenta. Aún hojeo esos volúmenes que están por aquí y allá, en la casa de mis padres y en la mía, en los recodos de la memoria: clásicos griegos editados por Porrúa,  cosas de Kayser y del <i>new criticism </i>de Wellek y Warren traducidas por Gredos, volúmenes de Droguett o Vargas Llosa de los sesenta.</p>
<p>La Orellana no era un museo, pero por lo parecía. Nada parecía moverse nunca en los mesones; en los estantes se podían ver las capas geológicas de nuestras modas literarias. Y eso volvía confiable al lugar: pues nunca se deshacían de nada. Ahí se podía comprar a destiempo, mirar en los anaqueles los mismos libros que llevaban ahí por décadas. Recuerdo que su sección de ciencia ficción era buenísima y que por años nunca se deshicieron de los viejos tomos de Alianza de Kafka, Canetti o Lovecraft.</p>
<p>A veces, creo que esos timbres son máquinas del tiempo.</p>
<p>La librería sobrevivió más o menos medio siglo, en una ciudad donde el resto de los negocios parecidos quebraron una y otra vez. De hecho, en Valparaíso, desde que tengo memoria, casi ninguna librería duró mucho. La Orellana estuvo antes que todas; parecía que no le iba a pasar nada. Eso creía yo. Debí leer el entorno: todo lo que la rodeaba había cambiado. Durante la década pasada, el sector (cada vez más turístico) se llenó de emporios que perpetraban esa estética de almacén de barrio, las viejas fuentes de soda se volvieron pubs, las tiendas de ropa mutaron en importadoras chinas; el ruido de las micros volvió todo intolerable. Quizás ese es el problema o la ilusión que supone la literatura: la confianza de que, en el momento en que todo se caiga al suelo, los libros puedan sortear elegantemente cualquier entropía.</p>
<p>Yo confiaba su supervivencia de modo casi automático. Era una ilusión: a comienzos del 2011, cuando volví a la zona a escribir una crónica sobre el Festival de Viña, mi madre y mi hermano me contaron que cerraba. Las razones eran las de siempre; no se sostenía como negocio y era mejor vender el terreno, que queda en el centro exacto de la ciudad, a metros del Cinzano, a centímetros de la Plaza Aníbal Pinto, en el corazón de cualquier ruta del turismo patrimonial. Cuando un incendio devoró el local que tenía al lado, no le pasó nada. El fuego no avanzó más allá. Cuando los dueños de la fuente de soda que estaba al otro lado, lo convirtieron en un abominable <i>restobar</i>, tampoco. Creo que esa ilusión terminó por confirmar el aura mítica que envolvía a la librería. Era un mito frágil, creado para encontrar el camino de vuelta a un tiempo perdido.</p>
<p>Los fantasmas son espejismos, anulan la progresión del tiempo. La librería Orellana es uno de mis fantasmas preferidos. Me gusta pensar en los fantasmas; son los ecos que dejamos en los lugares que alguna vez habitamos, son la memoria de los libros que alguna vez vimos sobre un mesón y soñamos con leer y, aunque no lo hicimos, fingimos que tienen un espacio en nuestra memoria. La Orellana es un fantasma, un paisaje que ya no está, una biblioteca que sólo existe en sueños.</p>
<p style="text-align: center;"> * *</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Librería Orellana &#8211; Avenida Esmeralda 1148 &#8211; Valparaíso, Chile</strong></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Álvaro Bisama</em></p>
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		<title>Hyperion [moscú]</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Nov 2013 19:00:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Marfa Nekrasova</p>
<p> La palabra &#8220;hyperion&#8221; tiene muchos significados: puede aludir al libro, el poema, la novela, el árbol, la nave cósmica, unos de los titanes griegos y el satélite natural de Saturno. Pero si un moscovita dice la palabra, lo más probable es que te esté invitando a visitar esta librería. Y no una librería cualquiera: Hyperion es la librería más Hip de Moscú, y es hiperenorme.</p>
<p>Ubicada en la antigua casa de la cultura &#8220;Original&#8221; (donde, en los años soviéticos, eran comunes las perfomances), Hyperion está condenada a tener un aire netamente underground. Ahí dentro, desde hace como tres años, los chicos creativos de Moscú abren y cierran espacios cada vez más extraños. Tiendas, cafés, estudios, y talleres para los conocedores del arte contemporáneo.</p>
<p lang="en-US">&#8220;Hyperion&#8221; es un lugar sumamente original, y a la vez orgánico respecto del ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/hyperion-moscow-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC06622.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-3811" alt="Hyperion" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC06622.jpg" width="3264" height="2176" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Marfa Nekrasova</em></p>
<p> La palabra &#8220;hyperion&#8221; tiene muchos significados: puede aludir al libro, el poema, la novela, el árbol, la nave cósmica, unos de los titanes griegos y el satélite natural de Saturno. Pero si un moscovita dice la palabra, lo más probable es que te esté invitando a visitar esta librería. Y no una librería cualquiera: Hyperion es la librería más Hip de Moscú, y es hiperenorme.</p>
<p>Ubicada en la antigua casa de la cultura &#8220;Original&#8221; (donde, en los años soviéticos, eran comunes las perfomances), Hyperion está condenada a tener un aire netamente underground. Ahí dentro, desde hace como tres años, los chicos creativos de Moscú abren y cierran espacios cada vez más extraños. Tiendas, cafés, estudios, y talleres para los conocedores del arte contemporáneo.</p>
<p lang="en-US">&#8220;Hyperion&#8221; es un lugar sumamente original, y a la vez orgánico respecto del pasado soviético del barrio. En la entrada hay un cuervo de madera muy realista (el pájaro más popular de Moscú, después de la paloma). Afuera hay asientos para los fumadores, y para que los hijos de los lectores se mantengan ocupados los creadores construyeron un arenero y lo llenaron de juguetes. Adentro están los libros, bien elegidos y bien colocados; cada uno tiene su <i>exlibris</i>. Periódicamente, Hyperion hace concursos de diseño de <i>exlibris</i> entre los amigos de la librería. También hay una gran colección de libros para niños, y un poco de todo: artesanías, postales, y las famosas tazas-camaleón de la librería, que revelan dibujos y decoraciones cuando el líquido caliente las roza mientras tomás un té o un café sentado en los puffs.</p>
<p lang="en-US">A la noche se organizan encuentros, presentaciones y conciertos de gente talentosa, aunque poco conocida. Por ejemplo, el taller de preparación de mermelada casera de Masha Didurenko, el taller de ikebana de Rijard Ostroumov y la noche de poesía de poetas jóvenes. Así que si están en el barrio de Kitai-gorod tienen que pasar por ahí por lo menos a beber un té de las Hyper tazas mutantes y conocer una de las librerías más acogedoras de la capital de Rusia.</p>
<p lang="en-US" style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/гиперион-moscu/"><em>***</em></a><br />
<a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/гиперион-moscu/"><em>lea este texto también en ruso</em></a><br />
<a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/гиперион-moscu/"><em>***</em></a></p>
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		<title>Passagem Literária da Consolação [são paulo]</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Nov 2013 16:56:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Julián Fuks</p>
<p>Llamémoslo malestar en las librerías. Sé que no soy el primero en sufrir este infortunio y que no seré la última de sus víctimas. En algún inventario de nuevas patologías ha de estar descrita esta incomodidad específica, intensa y sutil a la vez, que puede acometer al sujeto que vaga entre largas estanterías de volúmenes lustrosos y apelativos. Una náusea, quizás, un ansia cuya causa es difícil de distinguir: algo en el orden excesivo de los libros, en su prontitud obediente, algo en su evidente jerarquía. Cuanto más grande la tienda, cuanto más transparentes sus vidrieras, más fuerte el sentimiento – aunque en las pequeñas librerías de los aeropuertos el mal puede alcanzar dimensiones imprevistas.</p>
<p>Estoy seguro de que el fenómeno ya se ha propagado por un centenar de países, pero también de que encuentra en San Pablo ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/passagem-literaria-da-consolacao-sao-paulo/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3925" alt="fuera" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Julián Fuks</em></p>
<p>Llamémoslo malestar en las librerías. Sé que no soy el primero en sufrir este infortunio y que no seré la última de sus víctimas. En algún inventario de nuevas patologías ha de estar descrita esta incomodidad específica, intensa y sutil a la vez, que puede acometer al sujeto que vaga entre largas estanterías de volúmenes lustrosos y apelativos. Una náusea, quizás, un ansia cuya causa es difícil de distinguir: algo en el orden excesivo de los libros, en su prontitud obediente, algo en su evidente jerarquía. Cuanto más grande la tienda, cuanto más transparentes sus vidrieras, más fuerte el sentimiento – aunque en las pequeñas librerías de los aeropuertos el mal puede alcanzar dimensiones imprevistas.</p>
<p>Estoy seguro de que el fenómeno ya se ha propagado por un centenar de países, pero también de que encuentra en San Pablo una de sus áreas endémicas. Los habitantes aún letrados de la ciudad, obligados a las grandes cadenas y sus <i>megastores </i>infranqueables, casi no disponen de alternativas para pasearse libremente entre libros y perpetrar sus adquisiciones continuas. Disponen, sin embargo, de un ligero antídoto – o de un consuelo, como el nombre sugiere. Cruzando por debajo una de las principales avenidas, la “Passagem Literária da Consolação” ofrece un alivio a pulmones obstruidos por tanta purpurina, un respiro con el polvo de los viejos libros olvidados. Nada del orden mercantil sino el desorden propio de la vida. Nada de imágenes y eslóganes llamativos, sino unas cuantas tapas apagadas por los días. Nada de precios extorsivos, sino el valor imprescindible para los bolsillos de algunos libreros organizados en cooperativa.</p>
<p>Nadie encontrará allí, por supuesto, el último lanzamiento del escritor pop del momento, o las inciertas rarezas apreciadas por los críticos. Tampoco llega a ser una tradición de las más longevas: no puedo mentir largas tardes en esa galería, entregado al placer impoluto de las letras, a su indeleble pedagogía. Debo ser sincero: ni siquiera es uno de mis habituales destinos. Pero a cada vez que paso por ahí siento que algo se distiende en mí, se consuela, que puedo seguir mis pasos y mis días bastante más tranquilo.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3927" alt="dentro" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro-1024x611.jpg" width="1024" height="611" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><i>Passagem Literária da Consolação</i>: pasaje peatonal en la esquina de las avenidas Consolação y Paulista.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><em>LEER ESTO en <a href="http://www.buenosairesreview.org/?p=3952">portugués</a></em></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Julián Fuks</em></p>
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		<title>Feria de libros [lviv]</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/09/feria-de-libros-lviv/</link>
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		<pubDate>Fri, 06 Sep 2013 18:11:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pola Oloixarac]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Lviv @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
Natalka Sniadanko
Traducción del ucraniano por Rostyslav Shkirko
<p>— Aquí no se pueden sacar fotografías * — me responde en tono severo un viejito con una clásica gorra soviética con visera, sandalias de cuero sintético, camisa suelta y pantalones largamente sin lavar.</p>
<p>— Lástima — suspiro y una vez más echo una mirada al surtido de artículos que tiene desplegados en el pavimento sobre un paño de cuero sintético: en el centro unas fotocopias de mala calidad de la versión reducida del Mein Kampf, al lado y de la misma calidad un estudio acerca de los movimientos de liberación ucranianos en los años veinte del siglo pasado, y todo esto sobre el fondo abundante de un surtido de pines, fotografías, cinturones e insignias del Movimiento de Pioneros, del Komsomol y de la Segunda Guerra Mundial, símbolos de la era soviética.
En las mesillas y ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/09/feria-de-libros-lviv/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/tocada.jpg"><img class=" wp-image-3396 aligncenter" alt="Lviv" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/tocada-1024x768.jpg" width="800" height="600" /></a></p>
<div style="text-align: right;"><em>Natalka Sniadanko</em><br />
<em>Traducción del ucraniano por Rostyslav Shkirko</em></div>
<p>— <i>Aquí no se pueden sacar fotografías <a href="#nota">*</a></i> — me responde en tono severo un viejito con una clásica gorra soviética con visera, sandalias de cuero sintético, camisa suelta y pantalones largamente sin lavar.</p>
<p>— Lástima — suspiro y una vez más echo una mirada al surtido de artículos que tiene desplegados en el pavimento sobre un paño de cuero sintético: en el centro unas fotocopias de mala calidad de la versión reducida del <i>Mein Kampf</i>, al lado y de la misma calidad un estudio acerca de los movimientos de liberación ucranianos en los años veinte del siglo pasado, y todo esto sobre el fondo abundante de un surtido de pines, fotografías, cinturones e insignias del Movimiento de Pioneros, del Komsomol y de la Segunda Guerra Mundial, símbolos de la era soviética.<br />
En las mesillas y paños al piso vecinos la selección no es menos llamativa y diversa. Vinilos de cantantes soviéticos e italianos, cucharas y tenedores de aluminio, libros de cocina polaca y rusa editados durante los últimos cien años, publicaciones ilustradas y en blanco y negro acerca de todo, revistas glamorosas de todo el mundo relativamente nuevas y antiguas, un ábaco de madera, y por encima de este último una cuerda tensada en la que el viento sacude un papelito con la inscripción: “¡Cuidado! Se llevan a cabo investigaciones arqueológicas”.</p>
<p>&nbsp;<br />
En el medio del paso y en forma deliberada, se exhibe una bolsa con ruedas, de las que los jubilados usan para llevar productos del supermercado. Sobre la bolsa hay un aviso acerca de la posibilidad de adquirir una Guía Turística de Lviv, edición polaca de 1920. Compro uno de los ejemplares, son todos la misma fotocopia de mala calidad a precios exorbitantes. Pero el contenido de la guía lo vale, además de las detalladas descripciones de viejas calles y edificios, incluye mapas, algo invaluable en una ciudad donde los nombres de las calles cambian casi todos los años. Estudios para piano de Chopin, una biografía de Rossini junto a las memorias del mariscal soviético de la Segunda Guerra Mundial Zhukov, policiales polacos de los años setenta en su idioma original y novelas de Sienkiewicz traducidas al ruso, un álbum con reproducciones de Surikov y raras ediciones del reprimido y a la vez nominado al premio Nobel poeta ucraniano Vasyl Stus, una publicación biográfica rusa de <i>Las hijas de Marx</i> y la historia cosaca de Ucrania, una maleta sobre la que se extienden mapas en polaco de las montañas Bieszczady y una guía en ruso de Cracovia, sombrillas decoloradas con publicidades de la cerveza Lvivske y debajo de ellas ediciones de Henry Miller junto a novelas policiales de Darya Dontsova y Agatha Christie. Y por encima de todo esto, la enorme figura de piedra de Iván Fedorov, quien en el siglo XVI publicó el primer libro ucraniano. Atravesando los libros, suben por las escaleras novias en largos vestidos blancos para ser fotografiadas frente el monumento, mientras los vendedores están sentados en sus sillas plegables, leyendo variados escritos. Uno, por ejemplo, lee un libro con una sucia cubierta de cuero sintético verde sin especificar autor y con el sombrío título <i>Alcoholismo</i>.</p>
<p>&nbsp;<br />
Acaso, si en alguna parte del moderno Lviv, cubierto por la sarna soviética y demasiado endulzado para los turistas, se conservó aún un auténtico multiculturalismo, es precisamente aquí, donde diccionarios alemano-polacos de la era de los Habsburgo se venden junto a los escritos del dirigente del primer gobierno de Ucrania y destacado historiador Mykhailo Hrushevskyi, revistas <i>Mujer soviética</i>, folletos históricos de la ultraderecha y de la ultraizquierda, recopilaciones grafomaníacas de escritores soviéticos y literatura ucraniana prohibida durante los tiempos soviéticos, publicada por la diáspora y traída en su momento de contrabando a Lviv. Y aunque el presente surtido de ese colapso de libros esté mucho más orientado a los turistas que a los bibliófilos, como solía ser, es solo el momento inevitable de adecuación al espíritu de la época.</p>
<p>&nbsp;<br />
Detrás de Fedorov está la entrada a los archivos de la ciudad, sus masivas puertas de hierro forjado se abren un momento y un hombre con bigote y gorra aparece en su umbral. Entrecerrando los ojos, mira hacia el lente de mi cámara, pero no llego a capturar la imagen, las puertas se están cerrando.</p>
<p><a name="nota"></a>*  En ruso en el original [N. del T.]</p>
<p style="text-align: center;"><em>**</em></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/09/%D1%88%D0%B0%D0%BD%D1%85%D0%B0%D0%B9%D1%87%D0%B8%D0%BA-%D0%B1%D1%96%D0%BB%D1%8F-%D1%84%D0%B5%D0%B4%D0%BE%D1%80%D0%BE%D0%B2%D0%B0-lviv/"><em>Lea este texto en ucraniano</em></a></p>
<p style="text-align: center;"><em>**</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Prairie Lights [iowa city]</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Aug 2013 15:21:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pola Oloixarac]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Iowa City @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Hugh Ferrer
traducción de Federico Falco</p>
<p>Ahora, por tan sólo 140 dólares, cualquiera puede tener su pequeña librería propia, porque eso es esencialmente un e-book reader: una combinación de librería y tienda exclusiva, casi una boutique, con una amplia selección de títulos y un depósito centralizado: la lejana sucursal de una cadena de franquicias con gastos mínimos, del tamaño ideal para caber en la palma de una mano, atendida por un único empleado, quien al mismo tiempo es el dueño y el único cliente. Y, a despecho de la opinión heredada, el éxito de estos aparatos portátiles sugiere que existen ejércitos de personas que siempre quisieron trabajar de libreros pero nunca antes habían tenido la oportunidad.</p>
<p>Mientras tanto, hermosas librerías independientes como Prairie Lights (fundada en 1978) se han convertido en símbolos inusitados. En tanto librerías, resisten la desagradable apoteosis de ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/prairie-lights-luces-de-la-pradera/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/jlc-Prairie-Lights-Facebook-Photo.jpg"><img alt="jlc Prairie Lights Facebook Photo" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/jlc-Prairie-Lights-Facebook-Photo-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Hugh Ferrer</em><br />
<em>traducción de Federico Falco</em></p>
<p>Ahora, por tan sólo 140 dólares, cualquiera puede tener su pequeña librería propia, porque eso es esencialmente un <i>e-book reader</i>: una combinación de librería y tienda exclusiva, casi una boutique, con una amplia selección de títulos y un depósito centralizado: la lejana sucursal de una cadena de franquicias con gastos mínimos, del tamaño ideal para caber en la palma de una mano, atendida por un único empleado, quien al mismo tiempo es el dueño y el único cliente. Y, a despecho de la opinión heredada, el éxito de estos aparatos portátiles sugiere que existen ejércitos de personas que siempre quisieron trabajar de libreros pero nunca antes habían tenido la oportunidad.</p>
<p>Mientras tanto, hermosas librerías independientes como Prairie Lights (fundada en 1978) se han convertido en símbolos inusitados. En tanto librerías, resisten la desagradable apoteosis de “la cultura del libro” evaporada en la nube. En tanto “independientes”, son víctimas de la última embestida de las grandes corporaciones contra los “negocios locales”, ésos que<ins cite="mailto:user" datetime="2013-08-29T15:02"></ins> son el alma de la calle principal de cada pueblo o ciudad y a los que los grandes shoppings centers y, ahora, las tiendas virtuales<del cite="mailto:user" datetime="2013-08-29T14:43">,</del> han devastado implacablemente como un tifón.</p>
<p>Pero cuando empiezo a pensar de esta manera, sólo puedo terminar en un lugar.</p>
<p>Un sistema de luces suavemente brillantes, alertas y sin sombras organiza el alto cielorraso de la planta baja, y el espacio, que a primera vista parece amplio y despejado, te conduce hacia <del cite="mailto:user" datetime="2013-08-29T14:37"></del>dentro, devorándote de tal manera que los sillones desperdigados por allí parecen maravillosamente aislados. Como todas las librerías magníficas, Prairie Lights se siente segura y acogedora. Hay un montón de secciones a las que nunca les presto atención (es saludable sentirse limitado, y también inevitable, dado los 40.000 títulos que la librería ofrece). Una escalera se eleva hacia la luz natural del primer piso, donde resuena un café y donde casi cada noche las estanterías se deslizan hacia los costados para hacer espacio a las lecturas. Hace poco, una tarde de domingo, una multitud de jóvenes y no tan jóvenes se acercaron a la lectura del último ganador del premio Pulitzer de ficción, el lugar estaba atestado. Al final, me pareció que absolutamente todos los asistentes hacían cola para conseguir su ejemplar autografiado.</p>
<p>En momentos así, y no solo durante un mal día en la oficina, me pregunto por qué, hace quince años, cuando llegué a Iowa City, no pedí trabajo en esa librería. No me molestaría tener que desempacar y etiquetar y clasificar por secciones y ordenar alfabéticamente las novedades, o aprender el arte de comprar libros según el catálogo de una editorial. Cuando camino por las estanterías, mi mano, por sí misma, se encarga de alinear el lomo de un libro demasiado hundido. He concluido que las oportunidades para la furtiva puesta en fila son escasas, porque las estanterías tienden a estar inmaculadas, reflejando la amorosa atención que se les rinde. Y es por eso que no puedo más que sospechar que, además de la gente que trabaja en el local, hay más manos a cargo de la tarea, que unos cuantos, sino la gran mayoría de los clientes están, como yo, trabajando continuamente allí en espíritu; y que por eso Prairie Lights se siente la librería de todos.</p>
<p style="text-align: center;"> * *</p>
<p style="text-align: center;"><em> 15 South Dubuque Street &#8211; Iowa City, Iowa</em></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Arrebato [madrid]</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/arrebato/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/arrebato/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 23 Aug 2013 17:40:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pola Oloixarac]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Madrid @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;">Juan Soto Ivars</p>
<p>Yo vivía en Madrid y ahora solamente voy cuando puedo y cuando quiero. Allí desarrollo unas liturgias de peregrino que llega a Santiago de Compostela. Una es tomarme unas cañas en el Pepe Botella, un bar fabuloso, y otra es dejarme tentar por la librería Arrebato, sita en calle La Palma, en pleno Malasaña. Es una librería de segunda mano, pero es una segunda mano muy suave. Pepe, el librero, selecciona objetos muy valiosos para el sibarita libresco y los pone a la venta en lugar de quedárselos todos para él, que es lo que haría yo. No es una librería como Tipos Infames, que está cerca y lleva la estrella Michelín de las librerías de novedades, sino que es un espacio de exploración donde nunca sabes lo que vas a encontrar. Pepe lo sabe todo ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/arrebato/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Juan Soto Ivars</em></p>
<p>Yo vivía en Madrid y ahora solamente voy cuando puedo y cuando quiero. Allí desarrollo unas liturgias de peregrino que llega a Santiago de Compostela. Una es tomarme unas cañas en el Pepe Botella, un bar fabuloso, y otra es dejarme tentar por la librería Arrebato, sita en calle La Palma, en pleno Malasaña. Es una librería de segunda mano, pero es una segunda mano muy suave. Pepe, el librero, selecciona objetos muy valiosos para el sibarita libresco y los pone a la venta en lugar de quedárselos todos para él, que es lo que haría yo. No es una librería como Tipos Infames, que está cerca y lleva la estrella Michelín de las librerías de novedades, sino que es un espacio de exploración donde nunca sabes lo que vas a encontrar. Pepe lo sabe todo sobre poesía española e iberoamericana y se ríe un poco cuando me ve cargar con libros de Stephen King, que saco de ese manantial para nutrir mi colección. Le digo que soy un friki y me mira con indulgencia, y luego nos ponemos a hablar de poetas, de nuestra amiga Ajo Micropoetisa y de la situación de España. Arrebato es mi colegio voluntario.</p>
<p>Una vez me castigaron en Arrebato.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/castigado.jpg"><img class="alignnone size-large wp-image-3235" alt="Madrid. 24-01-2012 --- El escritor Juan Soto Ivars en la librer" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/castigado-1024x933.jpg" width="1024" height="933" /></a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em><a href="http://www.arrebatolibros.com/es/">Arrebato Libros</a> &#8211; La Palma, 21 &#8211; Madrid</em></p>
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		<title>Pilgrims Book House [katmandú]</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jul 2013 00:13:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Katmandú @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Rabi Thapa
traducción de Victoria Cotino</p>
<p>El fuego empezó subrepticiamente, lejos de los apostadores que se divertían en el bar, pero pronto trepó hasta la cocina. Alcanzó las garrafas de gas amontonadas y desató un incendio tan feroz que en segundos las llamas envolvieron al negocio de al lado. No era un negocio cualquiera. La casa de libros Pilgrims era quizás el más grande, sin duda el más querido, proveedor de libros de Nepal.</p>
<p>El dueño vino corriendo, llamó a los bomberos y le pidió a los vecinos que trajeran sus baldes. Llevó 12 horas controlar el incendio. Por suerte, no hubo que lamentar víctimas ni que el fuego se extendiera al barrio turístico de Tamel. Pero para los amantes de los libros en el valle de Katmandú, ésta fue una tragedia de proporciones alejandrinas: decenas de miles de libros de ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/07/pilgrims-book-house-es/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Pilgrims-Book-House-2.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-2842" alt="Pilgrims Book House" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Pilgrims-Book-House-2-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Rabi Thapa<br />
traducción de Victoria Cotino</em></p>
<p>El fuego empezó subrepticiamente, lejos de los apostadores que se divertían en el bar, pero pronto trepó hasta la cocina. Alcanzó las garrafas de gas amontonadas y desató un incendio tan feroz que en segundos las llamas envolvieron al negocio de al lado. No era un negocio cualquiera. La casa de libros Pilgrims era quizás el más grande, sin duda el más querido, proveedor de libros de Nepal.</p>
<p>El dueño vino corriendo, llamó a los bomberos y le pidió a los vecinos que trajeran sus baldes. Llevó 12 horas controlar el incendio. Por suerte, no hubo que lamentar víctimas ni que el fuego se extendiera al barrio turístico de Tamel. Pero para los amantes de los libros en el valle de Katmandú, ésta fue una tragedia de proporciones alejandrinas: decenas de miles de libros de prácticamente todos los temas del mundo estaban desparramados y empapados frente a la carcasa destripada de la casa de libros Pilgrims.</p>
<p>En las tres décadas desde que abrió Pilgrims, el benaresí Nandaram Tiwari construyó una verdadera librería especializada en las esferas de la existencia espiritual, cultural y material de la región del Himalaya. A través de los años, compré libros de filosofía india, arquitectura nepalí, flora alpina, hatha yoga y posesión espiritual, así como números viejos del Paris Review. Fui por tanto tiempo que llegué a  ver mi propia colección de cuentos en la sección de autores nepalíes.</p>
<p>La última vez que estuve en Pilgrims, una semana antes del incendio, llevé ejemplares de nuestra nueva revista literaria, <i>La.Lit</i>. Sin duda tuvieron un destino ardiente. En los días siguientes Tiwari, como un sabio, habló con la prensa sobre la impermanencia y avisó que aún no estaba en la calle: una sucursal más chica de Pilgrims funciona en la misma cuadra. Un pequeño consuelo para los lectores que recuerdan haber buceado entre las silenciosas salas abarrotadas de libros esotéricos.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_0085.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-2887" alt="IMG_0085" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_0085-300x200.jpg" width="300" height="200" /></a></p>
<p><em>Foto: Shashank Shrestha</em><br />
<em>Imagen 1 (modificada) <a href="http://pianofortephilia.blogspot.com/" target="_blank">via</a></em></p>
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