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	<title>the Buenos Aires Review &#187; Ficción</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>Kanada (fragmento)</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Oct 2017 15:20:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Santander @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Juan Gómez Bárcena</p>
<p>Te asomas a la ventana para ver salir al Vecino. Lo acompañan dos hombres. Llevan la gorra calada y una especie de pañuelo o bufanda que sólo les deja al descubierto los ojos. Pero tú eres capaz de reconocerlos: los has visto tantas veces debajo de esta misma ventana, llevando sus carteras y sus maletines de cuero. Parecen tener mucha prisa y el Vecino casi tiene que arrastrar la pierna. Los ves enfilar la calle en dirección al río.</p>
<p>Desaparecen.</p>
<p>Al otro lado de la pared, de nuevo la voz de la Niña. Pasa de las capitales a las tablas de multiplicar, donde se muestra más segura y más mecánica, y de ahí a los afluentes a izquierda y derecha del Danubio, y por último a una retahíla que llama Grandes Momentos de la Lucha Obrera. La publicación ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/kanada-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Marina-Salles-Bricks.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-6008" alt="Marina Salles Bricks" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Marina-Salles-Bricks-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Juan Gómez Bárcena</em></p>
<p>Te asomas a la ventana para ver salir al Vecino. Lo acompañan dos hombres. Llevan la gorra calada y una especie de pañuelo o bufanda que sólo les deja al descubierto los ojos. Pero tú eres capaz de reconocerlos: los has visto tantas veces debajo de esta misma ventana, llevando sus carteras y sus maletines de cuero. Parecen tener mucha prisa y el Vecino casi tiene que arrastrar la pierna. Los ves enfilar la calle en dirección al río.</p>
<p>Desaparecen.</p>
<p>Al otro lado de la pared, de nuevo la voz de la Niña. Pasa de las capitales a las tablas de multiplicar, donde se muestra más segura y más mecánica, y de ahí a los afluentes a izquierda y derecha del Danubio, y por último a una retahíla que llama Grandes Momentos de la Lucha Obrera. La publicación del Manifiesto Comunista, recita. Los mártires de Chicago. La sublevación de Odessa. El Palacio de Invierno. Una pausa, y en esa pausa el ruido de la puerta. Guadalajara. Stalingrado. Berlín. La guerra de Corea. De nuevo un ruido, esta vez en el pasillo. Es la Esposa del Vecino. Reconocerías el taconeo de sus zapatos en cualquier parte. Se detiene al otro lado de tu puerta, como si estuviera a punto de entrar. Pero para qué habría de hacerlo, si todavía tienes agua, y comida, y cigarrillos, y el cubo casi intacto; si falta mucho para que otro de esos días tan largos termine. No: al final no entra. En su lugar desanda sus pasos y se dirige al baño. Es entonces cuando la Niña deja de recitar. O más bien eres tú quien deja de escucharla, porque el ruido del agua ha pasado a llenarlo todo. El agua, otra vez, lamiendo la superficie fría y blanca. El suspiro de la Esposa. La ropa desprendiéndose pieza a pieza, como con dudas, en pausas llenas de vapor y azulejos. Los pies desnudos, caminando de puntillas hasta el agua. Todo lo escuchas con una precisión nueva, casi terrorífica, que vuela por encima de los ruidos que vienen del otro lado de la ventana. Comprendes que la puerta del baño ha de estar abierta. Y por qué no iba a estarlo, si como siempre tú tienes la tuya cerrada. Pegas la oreja a la madera para certificar que la Esposa ya ha comenzado su baño –los talones han hecho rechinar un momento la cerámica; las manos asiendo los bordes con un chasquido como de ventosa o anfibio–. Y luego, cuando estás a punto de escuchar el resto, la humedad y el calor de su cuerpo al completo, comienzan las voces. Un cántico que se eleva. Un hervidero de proclamas que parece proceder del otro lado río, entre silbatos, palmadas y arengas. Juegas a destrenzar las voces que llegan hasta ti tramadas en un mismo rumor, olas que vienen y van. Voces que piden dimisiones, voces que piden calma, voces que piden ayuda internacional, voces que piden armas. Todos quieren lo mismo: un país sin rusos y una Rusia sin soviéticos. Eso repiten en una ovación furiosa, y son tantas bocas, y gritan tan fuerte desde todas las direcciones, que no te cabe duda de que conseguirán su objetivo.  Por debajo de las palabras que se repiten escuchas otras muchas que no se repiten. Escuchas a un niño que tiene dolor de muelas. Escuchas a un taxista que toca el claxon y la multitud que no se aparta. Escuchas una docena de transmisiones de radio que informan en directo en diferentes idiomas y una emisora que se obstina en repetir la misma fanfarria militar. Escuchas el desgarrón con el que dos manos hacen añicos un carné del Partido y las tijeras que recortan la hoz y el martillo de una bandera. Escuchas a un soldado que carga su arma. Escuchas los susurros de un hombre que aprovecha las apreturas para rozar el talle de su amante. Escuchas diecisiete mecheros encendiendo diecisiete cigarros en distintos puntos de la Plaza Bem. Escuchas una voz que maldice a Dios y nueve más que le rezan. Escuchas los poemas que un estudiante lee desde lo alto de un edificio o de un estrado. Escuchas a un agente de la policía secreta que pregunta si ya es el momento de intervenir y a su sargento que no contesta nada o contesta con un gesto. Todo eres capaz de escucharlo. Todo menos el cuerpo de la Esposa. Por eso has adelantado la mano hasta tocar la manecilla de la puerta, esa manecilla que todo este tiempo parecía quemar y no quemaba.</p>
<p>Abres la puerta.</p>
<p>Y entonces ella. Primero su mano, apoyada en el filo de la bañera. Una mano que cada tanto se mueve, que parece vibrar, que quizá tiembla. Una mano estremecida por el contacto de un pensamiento o una pesadilla. La melena suelta, cayendo blandamente. El perfil inmóvil de su rostro. Los ojos cerrados. Miras esos ojos y comprendes que está llorando. Que llora sin hacer ningún ruido. Y es extraño, puede que incluso imposible, porque te parece escuchar el viento frágil de su respiración; escuchas incluso su pulso amortiguado por el agua, pero eso, su llanto, no eres capaz de distinguirlo. Tal vez no llora. ¿Cómo podrías ver desde aquí sus lágrimas? La ves llorar porque crees que debería llorar. Tal vez sólo se da un baño mientras en la calle todos gritan y piden cosas que no entiendes.</p>
<p>Se alza lentamente, te ofrece de pronto la visión de su cuerpo desnudo. Se entrega a ti como entresacada de la niebla de un sueño. Un calor que se propaga a través del vaho y del pasillo: la temperatura de su cuerpo. Y entonces, al verla, comprendes de pronto que la Esposa ya no es la Esposa. Que no es esa muchacha que un día te abrió la puerta. Es una mujer. Una mujer con sus primeras arrugas y puede que incluso sus primeras canas. Una mujer que tiene miedo. Una mujer que llora o que quizá no llora. Que ha necesitado todas esas bandejas, todos esos periódicos, ese ir y venir de cubos, para convertirse en lo que es ahora. Porque tú no la mirabas: no al menos hasta este momento. Aceptabas sus tazas, sus cuencos, sus jofainas llenas de agua, pero no la mirabas. Veías su sonrisa como fosilizada, una sonrisa que estaba hecha de cansancio y de tiempo. Y ahora sí, ahora la miras, ahora la ves como la mujer en la que se ha convertido, y te parece ver incluso al hombre en que te has convertido tú. Una procesión de imágenes y pensamientos que caben en el tiempo que tarda en extender la mano y tomar la toalla. El instante que va entre ese gesto y el gesto insignificante de alzar la cara para mirarte. Su mirada, de pronto.</p>
<p>Y acompañando esa mirada, ningún gesto. La Esposa que sostiene el peso de tus ojos sin mover ningún otro rasgo de su cara. Como si toda su concentración estuviera en el resto de movimientos: el movimiento con el que se enrolla la toalla, con el que se seca el pelo, con el que sacude un pie primero y después el otro. Te mira durante un tiempo que no parece largo ni corto sino  incomprensible, casi mineral, como es el transcurso de las eras geológicas. Así es su mirada, que también parece hecha de piedra, mirarte sin ver, sin expresión, sin juicio, y aun así no se aparta todavía, sigue clavada en ti mientras se viste lentamente, mientras se ajusta el sostén sin apuro ni temblor, mientras se sube la falda y sus manos recuperan las prendas desparramadas por el suelo casi a ciegas. Te mira como si fueras tú quien estuviera hecho de piedra. Tal vez con un punto de curiosidad, como se celebra la primera palabra de un mudo por más que ésta sea una blasfemia o un insulto que no puede perdonarse y se perdona. Así te está mirando durante este instante que no dura, este durante en el que se queda encallado el tiempo y que sin embargo termina, se calza el último zapato, apaga la luz, se aleja por el pasillo sin volver la cabeza, como si no existieras o como si sólo ahora hubieras comenzado a existir.</p>
<p>Desaparece. Y sin embargo aún está frente a ti, todavía de pie y todavía desnuda en el baño vacío. Es joven de nuevo. Cinco, diez, puede que incluso quince años atrás. La ves tal y como era en el momento en que llegaste a la casa –aunque sientes como si no hubiera pasado el tiempo; como si ese primer día no hubiera acabado nunca–. Sigue desnuda, pero ya no está parada en la puerta del aseo. Ni siquiera está ya la puerta. Sólo persiste el vaho de la bañera o algo que parece el vaho de la bañera, penachos de bruma que ascienden de la tierra helada. Y ella está tendida sobre la nieve. Está desnuda y está también, seguramente, muerta. La imaginas así, eternizada en el gesto de abrir la boca, fosilizada por el frío. No está sola. Por todas partes hay otros cuerpos, mujeres desnudas y muertas como ella, apiladas sobre la nieve. De pronto, un ruido. Se acerca un carro, bamboleándose: dos hombres con ropa de presidiario lo empujan con esfuerzo. Se detienen, se miran un instante y caminan hasta el primero de los cuerpos, apoyándose en sus bastones. De sus bocas asciende el calor de la respiración, en vaharadas rápidas que se disipan en el aire. Luego se inclinan y comienzan a cargar los cadáveres. Sólo que no son cadáveres: eso se lo han enseñado.  Hay que llamarlos mierda, muñecos, basura, espantapájaros. Cuando alguien se equivoca y pronuncia la palabra «muerto», la palabra «víctima», los soldados lo azotan con sus fustas. Así que eso hacen ahora: recogen espantapájaros. Más tarde beberán un pocillo de fango y lo llamarán agua: masticarán una torta de arcilla negra y la llamarán pan. Porque han aprendido que sobrevivir significa sobre todo conocer el nombre apropiado de las cosas. Saben, por ejemplo, que organizar una camisa quiere decir robarla; que hay que evitar a los prisioneros con un triángulo verde cosido al uniforme y en cambio es fácil aprovecharse de aquellos que llevan un triángulo rosa o una estrella amarilla; que ser elegido en las selecciones significa convertirse uno mismo en espantapájaros; que hay que dormir encima de la escudilla y la cuchara para evitar que otros las organicen durante la noche; que trabajar en el comando Kanada alarga tu vida y palear carbón te la acorta. Lo que están haciendo ahora también tiene un nombre. Se llama limpiar el campo, y hay que hacerlo rápido, antes de que el kapo se acerque. La palabra kapo también han tenido tiempo de aprenderla.</p>
<p>Los presos –porque llevar un uniforme a rayas quiere decir estar preso, en este y en todos los lenguajes de la tierra– comienzan a arrastrar la basura hasta el carro. Cada uno lleva su propia porción, tal y como los soldados les han enseñado: basta disponer la contera de sus bastones por debajo de la barbilla –la barbilla de un espantapájaros– y tirar, tirar muy fuerte. Los talones van abriendo surcos poco profundos en la nieve, que a veces se tiñe de rosa. Los muñecos parecen levemente azules cuando aún están acostados sobre la nieve y blancos cuando los van cargando uno a uno sobre la carreta. Lo hacen con cuidado, con algo que parece consideración o respeto, y que quizá es simplemente cansancio. Cinco, diez, doce, veinte espantapájaros dispuestos como se amontonan las traviesas: una madera en un sentido y la siguiente en el opuesto. Para aprovechar el espacio. Esos hombres saben lo que hacen y la carga parece ligerísima en sus manos, cuarenta, tal vez treinta y cinco kilos cada una. Como si verdaderamente estuvieran rellenas de paja. No es un hermoso espectáculo: las muñecas están sucias y rotas, y los hombres procuran no mirarlas. Hay una que parece una anciana –la piel rugosa, de trapo– y otra que parece una niña y una tercera preñada como una matrioshka rusa, y también una muñeca a la que parecen faltarle o sobrarle piezas: en la piel blanca le brillan grumos como de sangre solidificada. Todas son feas. Todas están veteadas por costras de barro y de hielo y tienen las cabezas peladas. Los hombres las cargan lo más aprisa que pueden y al alzarlas en el aire los brazos raquíticos les cuelgan pesadamente, con el abandono de una marioneta descoyuntada.</p>
<p>Sólo el cuerpo de la Esposa parece intacto. Sólo el suyo parece, de hecho, un cuerpo, y uno de los presos se detiene en el mismo momento en que llega su turno. También ella tiene la cabeza afeitada y está iluminada por el resplandor del yeso, pero no parece una muñeca. Es una mujer. Una mujer hermosa, del modo contradictorio e insoportable en que puede ser hermoso un muerto. Parece una actriz, una modelo, una bailarina, con las piernas largas y torneadas colgando en el aire: una joven novia entregada a los brazos de su esposo, y el esposo que todavía no se decide a cruzar el umbral. Su cuerpo es pulposo, acogedor, sin heridas en los pies ni salpicaduras de lodo. Sobre la carne blanca sólo resaltan los pezones, muy rojos y muy duros, como bayas brillando en la escarcha. Vista de cerca resulta que no es la Esposa. No puede serlo, claro, pero a pesar de todo es fácil confundirlas. Se diría que es la Esposa si el tiempo pudiera marchar hacia atrás. La Esposa si en lugar de darse un baño hubiera preferido morirse sobre la nieve. Tampoco ella parece haber llevado zuecos de madera, ni alzado una pala, ni soportado un solo varazo en la espalda. Simplemente está muerta, y el preso la sujeta todavía indeciso en el aire. Tal vez piensa que es demasiado bonita para ser un muñeco, un trozo de basura, un espantapájaros. Tal vez está sopesando si puede cargarla sobre las demás o si al hacerlo la montaña se vendrá abajo. Su duda es casi conmovedora. Y ella es casi una niña, con las manos sin llagas hechas para bordar tapetes o sujetar estilográficas. Fue joven y hermosa en algún lugar muy lejano, en Grecia o en Noruega, en España o en Yugoslavia, en Francia o en Rusia o en Italia, y ahora está allí, acunada en los brazos de un desconocido, como si esperara continuar su viaje. Seguramente era todavía virgen. Y es inevitable imaginar el inmenso trabajo que ha implicado cuidar y alimentar ese cuerpo durante tantos años, toda la vida cubriéndolo de vestidos y frazadas, de camisones de noche, de faldas, de medias, pañuelos, ligas, pulseras, enaguas; baños calientes en la tina de la casa y domingos de colorete y perfume. Su madre envolviendo día tras día a su hija para regalo; para que algún día encuentre un buen esposo que desabroche la lazada de su sostén, como algunos niños tiran del cordel de las piñatas. Y luego descubrir que lo único que los hombres querían era sacarla de su aldea –y tal vez ése era su primer viaje– y amontonarla en una carreta demasiado pequeña igual que se amontonan los leños. La suya es una historia que no se puede contar, que no se debería contar, porque deja de tener sentido. Cómo podrían comprenderla los chicos anónimos que se hicieron hombres soñando con desnudarla con sus manos; que una noche se escondieron al pie de su ventana para espiarla en la oscuridad y atisbar un pecho, un muslo, un tobillo, cualquier minúscula porción de su carne al descubierto. Ahora está allí, sujeta en el aire con desgano, con el secreto de su belleza por fin revelado y después de todo inútil. Esa desnudez guardada tanto tiempo para nadie, convertida ahora en basura que todos evitan mirar o tocar. Una cosa inútil hecha para dar quebraderos de cabeza al preso que no sabe si apretar la carga un poco más o hacer otro viaje. También él es muy joven. Dieciséis, como mucho diecisiete años; cuarenta y cinco, todo lo más cincuenta kilos. Quizá él también es virgen. Ésta podría ser la primera vez que toca a una mujer desnuda. A lo mejor siente asco o a lo mejor se excita: quién puede saberlo. Porque es la primera vez que toca a una mujer desnuda y quizá también la primera vez que toca un muerto. O tal vez no piense, no sienta nada. Un momento de duda y luego una decisión súbita: han de caber en la misma carreta, las veintitrés. Apretémoslas tanto como sea necesario o si no el kapo nos castigará por la demora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: &#8220;Bricks, Budapest&#8221; de <a href="https://unsplash.com/@marinacrds">Marina Salles</a></em></p>
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		<title>Cardenio (fragmento)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/06/cardenio-2/</link>
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		<pubDate>Fri, 16 Jun 2017 03:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"></p>
<p style="text-align: right;" align="center">Carlos Gamerro</p>
<p style="text-align: right;">Vivían juntos en el Bankside, no lejos del teatro, ambos solteros, y dormían juntos; una misma muchacha tenían entrambos en la casa, a la que mucho admiraban; compartían también la capa y los vestidos.</p>
<p style="text-align: right;">                                   ―John Aubrey, Vidas breves.</p>
<p>&#160;</p>
<p align="center">UNO</p>
<p align="center">Octubre a noviembre de 1612</p>
<p>&#160;</p>
<p>Carta de John Fletcher a Francis Beaumont, 31 de octubre de 1612.</p>
<p> </p>
<p>Querido Damón:</p>
<p>Ayer comencé a trabajar con Will en nuestro Cardenio, o quizá debiera decir con Cardenio sobre Will, pues me vi obligado a hacer el mercader y pregonar sus muchas bondades y virtudes, y por poco ponerme de rodillas para rogarle que me ayudara a escribirlo – a este estado tu deserción me ha reducido. Nos sentamos en el rincón de los poetas, con un frío que calaba los huesos, pero el fuego permaneció apagado; oscurecía, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/06/cardenio-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/The-Speakers-Corner-Jorge-Macchi.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5968" alt="The Speakers Corner - Jorge Macchi" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/The-Speakers-Corner-Jorge-Macchi-1024x792.png" width="1024" height="792" /></a></p>
<p style="text-align: right;" align="center"><em>Carlos Gamerro</em></p>
<p style="text-align: right;">Vivían juntos en el Bankside, no lejos del teatro, ambos solteros, y dormían juntos; una misma muchacha tenían entrambos en la casa, a la que mucho admiraban; compartían también la capa y los vestidos.</p>
<p style="text-align: right;">                                   <strong>―John Aubrey, <i>Vidas breves.</i></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><b>UNO</b></p>
<p align="center"><b>Octubre a noviembre de 1612</b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>Carta de John Fletcher a Francis Beaumont, 31 de octubre de 1612.</b></p>
<p><b> </b></p>
<p>Querido Damón:</p>
<p>Ayer comencé a trabajar con Will en nuestro <i>Cardenio, </i>o quizá debiera decir con <i>Cardenio</i> sobre Will, pues me vi obligado a hacer el mercader y pregonar sus muchas bondades y virtudes, y por poco ponerme de rodillas para rogarle que me ayudara a escribirlo – a este estado tu deserción me ha reducido. Nos sentamos en el rincón de los poetas, con un frío que calaba los huesos, pero el fuego permaneció apagado; oscurecía, pero nadie prendió una vela; muertos de sed con el mucho hablar y ni una gota para mojarnos la lengua; hubiera sido un milagro que saltara una chispa de ingenio de una habitación tan fría, sobria y sombría. A propuesta mía nos trasladamos a la taberna Mermaid, donde pronto calentamos nuestros huesos con un fuego de hulla y dos medidas de jerez servido en vasos de cerveza, recordando a los amigos lejanos (o sea tú, y Ben) y a los amigos muertos (los de Will, mayormente). Maese William Johnson te manda saludos y pregunta cuándo volverás con tus ollas de oro. No es nada fácil, esto de empezar de cero; como despertar aprendiz tras acostarse maestro: me volvió a los días en que trabajábamos en nuestro <i>Filáster, </i>o más atrás todavía, antes de conocerte, pues mi mente ya no es capaz de regresar al momento en que éramos dos y no uno.</p>
<p>Pero qué remedio. Se acerca la temporada de invierno, y con ella se cerrarán las puertas del Globe y se abrirán las del Blackfriars, tú debes poner todo tu empeño en el cortejo que te llevará al matrimonio y en la mascarada que honrará el de la princesa, y yo debo reclutar una mano amiga o aprender a escribir en soledad de nuevo. Le pregunté a John por los términos de nuestro contrato y me dijo que mientras la obra esté para la temporada navideña, poco le da si la escribo con Will, contigo o con mi perro. Ojalá tuviéramos uno, pues en verdad creo que su pata desnuda me sería de mayor ayuda que el guante vacío de nuestro venerable amigo. La historia que tantas veces nos leímos el uno al otro con tan grandísimo gusto la tomó como hace un enfermo con una píldora amarga, guardándola en un costado de la boca para escupirla apenas el médico se dé vuelta. Me temo que Dick esté en lo cierto: no queda en él sino el rescoldo de su antiguo fuego, como si el esfuerzo de engendrar a Calibán y su tribu lo hubiera consumido por completo.</p>
<p>Pero bien mirada, esta pesada carga que me abruma, y que sólo se aligera cuando me recuerdo que la llevo por los dos, puede a la corta o a la larga trocarse en una bendición. ¿Pues quién, te crees, tomará el lugar de Will cuando diga su adiós definitivo al teatro? Dick tiene a las obras de Ben en buen concepto, pero al oso mismo lo mantendrá a raya, con perros si es preciso – sobre todo cuando trata de darle lecciones de dicción y métrica. No hay que dejar pasar la ocasión cuando nos ofrece sus bucles con tan buen comedimiento. ¿Qué me dices entonces? ¿Aventajaremos al Olimpo apilando el monte Pelión sobre el monte Osa? ¿Qué te haría más feliz heredar, dos yugadas de tierra en Kent o la entera redondez del Globo?</p>
<p>Joanie te ruega que te cuides de los resfríos y que evites las mojaduras excesivas, sea por las inclemencias del cielo o las del lecho. Melancólica y mohína anda por la casa el día entero la pobrecita. Ayer se le cayó otra taza, la que solo por distinguirla de las otras solíamos llamar tuya. Habrá una nueva esperando tu muy ansiado regreso.</p>
<p>Tu (fugazmente) infiel pastorcillo,</p>
<p>Fintias.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b> </b></p>
<p><b>Conversación entre John Fletcher y William Shakespeare, Teatro Blackfriars, Londres, 30 de octubre de 1612.</b></p>
<p><b> </b></p>
<p><b>JF: </b>Lo descubren en la parte más escondida de la sierra, saltando como una cabra de mata en mata y de piedra en piedra; el rostro tostado por el sol y desencajado, la cabeza descubierta, la barba mucha y espesa. Un salvaje, y roto por añadidura, pero sus harapos eran de holanda, y de terciopelo los calzones rasgados que sus carnes descubrían. Por ellos imaginaron que se trataba del dueño de la mula muerta y de la maleta podrida que habían encontrado en la hondonada; y un cabrero con el que cruzaron unas palabras confirmó sus sospechas. Les contó que el roto, que entonces no lo era, sino un joven de gentil talle y apostura, se les había aparecido por aquellas soledades haría cosa de seis meses, y que tras preguntarle a él y a sus compañeros cuál parte de la sierra era la más áspera y escondida, había procedido a emboscarse en ella. Desde aquel entonces ocupaba los días que estaba en su seso, que eran los menos, en vagar por el bosque en busca de sustento, y los otros se los pasaba mesándose los cabellos y maldiciendo su suerte. De ordinario obtenía su alimento de los pastores pidiéndolo cortés y comedidamente, y con no pocas lágrimas; pero cuando estaba con el accidente de su locura se los arrebataba por fuerza y los agradecía con injurias. Aparece, finalmente, entre una quebrada de una sierra, y si cuando se llega hasta ellos no está en la furia de su locura, tampoco lo hace en calma, pues viene mordiéndose los labios y hablando entre sí con la cabeza hundida sobre el pecho; alza el ceño fruncido no más de una vez, para responder a sus saludos, y de ahí en más no vuelve a levantar la vista. En acabando lo que Sancho y su amo le dan de comer acepta contarles su historia. Su nombre, les dice, es Cardenio; su patria, una de las mejores ciudades de Andalucía; sus padres, ricos, y su desventura tanta que ni su riqueza, su linaje o su cuna –</p>
<p><b>WS</b>: Ahórrame la retórica, Jack.</p>
<p><b>JF</b>: Perdón. Te lo sigo entonces a lo llano y a lo liso: Cardenio amaba a una tal Luscinda, la amaba desde que eran niños; ella también lo amaba y estaba dispuesta a casarse con él, y como iban de la mano sus linajes y riquezas, el padre de ella no puso objeción alguna –</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y qué necesidad tienen de nosotros entonces? Tal parece que no hay obstáculos en su camino.</p>
<p><b>JF</b>: Hay uno, que apenas merecería el nombre de tal si la imaginación de Cardenio no lo magnificara al infinito. El padre de Luscinda considera que toca al padre de Cardenio hacer la demanda primera. Pareciéndole al mozo que no le falta razón en lo que solicita, se dirige presto a su casa a enterar a su padre del pedido, pero a cada paso que da su determinación se escurre de él como si la tierra misma le sangrara las piernas. Teme que el permiso de su padre, que él suponía suyo antes de solicitarlo siquiera, dejará de serlo apenas tenga el atrevimiento de hacerlo; que éste objetará, si no su pedido, sí al menos la ocasión, la manera y las palabras en que lo formule, las cuales se pone a ensayar al punto mientras camina a paso desmayado hacia la casa paterna, atajando objeciones nonatas y parando estocadas de espadas envainadas. No, se desalienta al punto, es inútil: su presunción será burlada y su petición escarnecida, así: <i>¿Consentimiento? Pero claro, muchacho, si tienes su consentimiento, ¿por qué habría yo de negarte el mío? A fe mía que puedo ser tan generoso como ella. Solo me queda este escrúpulo: si has logrado que ella consienta a tus requerimientos, ¿cómo, dime, evitarás que consienta a los del resto del mundo? Pues habrás de consentir que quienquiera que consienta a uno como tú deberá consentir a más de uno.</i></p>
<p><b>WS</b>: Jack…</p>
<p><b>JF</b>: ¿Sí, Will?</p>
<p><b>WS</b>: No le has hecho ascos a la pluma, según veo.</p>
<p><b>JF</b>: Ya sabes cómo es. Una palabra aquí, otra allá… Cuando vienen por propia voluntad y consentimiento.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y por qué no sigues adelante?</p>
<p><b>JF</b>: Will amigo, sabes bien que no me gusta escribir solo. Una sola vez lo intenté, y ya viste el resultado.</p>
<p><b>WS</b>: ¿<i>La pastorcilla fiel</i>? No la vi pero me la contaron. ¿Qué hay de <i>El domador domado</i>? Creía que también entonces Frank se abstuvo de mojar su pluma en tu tintero.</p>
<p><b>JF</b>: Así fue. No tomó nunca la pluma, pero me ayudó con el argumento. Y fue suya la idea de responder a tu <i>Fierecilla domada</i> con una obra que diera la victoria a la segunda esposa de Petruchio. Las damas que concurren al Blackfriars no son tan mansas como las que acudían al Globe en tus tiempos.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y cómo le ha ido a él con la suya? ¿La encontró tan rica y perfecta como buscaba?</p>
<p><b>JF</b>: Le falta algún tanto para ser perfecta, dice, pero siempre será mejor que ganarse la vida escribiendo.</p>
<p><b>WS</b>: En eso al menos estamos de acuerdo. La pregunta sigue siendo, ¿por qué yo? Escribir de a dos no es lo mío. ¿No te ha contado Tom lo mal que la pasamos juntos?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Qué Tom, Kyd? No llegué a conocerlo. No sabía que habíais trabajado juntos. ¿Fue en <i>La tragedia española</i>?</p>
<p><b>WS</b>: No, a esa fue Ben quien le metió mano. Hasta el codo. Y sin duda escandió cada verso y lo rapó de excrementos. ¡Pobre Tom Kyd! ¡Una que le salió bien, ni él mismo supo cómo! <i>¡Adelante, Jerónimo! </i>No. Me refería a Tom Middleton. Trabajamos juntos en <i>Timón de Atenas</i>, por decirlo de algún modo. Sabe ser muy rápido cuando necesita el dinero.</p>
<p><b>JF</b>: Ese es su estado habitual me parece.</p>
<p><b>WS</b>: Verdad. El hambre vuelve a tu poeta atolondrado y la hartura lo sume en la pereza. El justo medio está en los medios escasos pero suficientes. ¿Y qué me dices de Ben?<b> </b></p>
<p><b>JF</b>: Ben. Quieres que escriba con Ben. Prefiero ser uncido con un toro bravo cola con cuerno. O compartir el lecho con un puercoespín erizado.</p>
<p><b>WS</b>: Has tenido compañeros de cama aun más extraños.</p>
<p><b>JF</b>: No empieces. Vamos, Will, sabes que siempre quise que hiciéramos algo juntos.</p>
<p><b>WS</b>: No mientras Frank estaba contigo.</p>
<p><b>JF</b>: Eso es distinto.</p>
<p><b>WS</b>: ¿En qué manera?</p>
<p><b>JF</b>: En tantas como puedas imaginar tú y callar yo.</p>
<p><b>WS</b>: Bien. Quizás haya algo que sí puedas decirme.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Como ser?</p>
<p><b>WS</b>: ¿Fue Dick quien te mandó?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Para qué?</p>
<p><b>WS</b>: Ya sabes. Al viejo Will se le ha secado el candil. Hay que echarle aceite limpio.</p>
<p><b>JF</b>: Will…</p>
<p><b>WS</b>: Tinta fresca en un tintero viejo. Se le pegó la pluma a la oreja.</p>
<p><b>JF</b>: Si sigues vas a ofenderme.</p>
<p><b>WS</b>: No respondiste a mi pregunta.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Y qué quieres que te diga? Sabes bien que si hacemos algo juntos el beneficio será todo mío. Verdad tan notoria no hace falta decirla. Ya sé que no necesitas de mi ayuda. Soy yo el que necesita de la tuya. No era así cuando Frank y yo escribíamos juntos, no tengo problema en admitirlo. Pero ahora no está. Ayúdame por esta vez y te prometo no volver a molestarte en el futuro.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y entonces?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Entonces qué?</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué le respondió el padre?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Qué padre?</p>
<p><b>WS</b>: El de comosellame. El mozo. ¿Tiene nombre?</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio.</p>
<p><b>WS</b>: El padre.</p>
<p><b>JF</b>: No que yo recuerde. Pensé que podíamos llamarlo Camilo. Ah, pero ya lo usaste, ¿o no? ¿Dónde fue?</p>
<p><b>WS</b>: En <i>Cuento de invierno</i>.</p>
<p><b>JF</b>: Cierto. Podemos cambiarlo si prefieres no repetirte.</p>
<p><b>WS</b>: Pasito a paso, Jack. No tengo el sí tan fácil como la niña de tu cuento.</p>
<p><b>JF</b>: Lo tendrás cuando acabe de contártelo. Es el mejor libro del mundo, Will, deberías leerlo. Ben lo tiene en su biblioteca.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Te ha dejado las llaves antes de irse? Qué privilegio el tuyo.</p>
<p><b>JF</b>: Fue Francis el que logró sacárselas. Con la promesa de no darlas a ninguno.</p>
<p><b>WS</b>: Te agradezco el ofrecimiento, Jack. Pero mi español no es tan bueno como el tuyo.</p>
<p><b>JF</b>: No, te hablo de la traducción a nuestra lengua, ya sabes, esa que hizo un tal Tom Shelton y anduvo de mano en mano, y ahora Blount acaba de dar a la estampa.</p>
<p><b>WS</b>: Ah, sí. ¿Qué sabemos del tal Shelton? Es irlandés, ¿verdad?</p>
<p><b>JF</b>: Y mucho. El hermano estuvo mezclado en alguna de las rebeliones de Tyrone y terminó colgado de un hilo. Él huyó a España y estudió en alguno de los seminarios que los de su nación allí tienen. Ben afirma haberlo conocido en Flandes, donde según él espía para ambos bandos. Palabra de Ben &#8211; ya sabes. ¿Quieres que te lo busque entonces?</p>
<p><b>WS</b>: No por ahora, Jack, gracias. Prefiero que me lo cuentes. Volvamos al joven y a su padre. ¿Salió todo tan mal como esperaba?</p>
<p><b>JF</b>: Peor. Pues al tiempo que entró en el aposento lo halló con una carta abierta en la mano. Una carta del duque Ricardo, señor muy principal de aquellas partes, que le pedía a Cardenio para compañero de su hijo el mayor, en cambio de lo cual él tomaría a cargo ponerlo en estado según sus merecimientos. Cardenio se retiró confuso y enmudecido, sabiendo que tanto podía oponerse a la voluntad de su padre como su padre a la del duque. Porque aun cuando tuviera el coraje de negarse, ¿cómo pretender que su padre accediera a su pedido, si él desatendía el suyo? Si, en cambio, se dijo, accedía de buena gana, compraría la buena voluntad de su padre y las mercedes del duque, las cuales acrecentarían su valor, si no a los ojos de Luscinda – pues ella lo estimaba más que a hombre alguno en el mundo – sí a los del padre de ésta. Armándose en tales pensamientos se llegó a la ventana enrejada que era habitual testigo de sus encuentros con Luscinda. Aquí veo una bonita escena de despedida. Pensé que podíamos mostrarla en lo alto de la galería, y a Cardenio encaramándose a su balcón –</p>
<p><b>WS</b>: Eso creo haberlo visto en otra parte.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Dónde?<br />
<b>WS</b>: Una obra olvidada. <i>Romeo y Julieta</i>. De un tal William Shakespeare.</p>
<p><b>JF</b>: Sí, he oído hablar de ella. Que sea sobre el escenario principal entonces. Ahí tendremos lágrimas, juramentos y besos, dedos entrelazados a través de los barrotes crueles, y adiós Cardenio. Escena siguiente: ya llegó a lo del duque, donde es muy bien recibido y tratado, tanto del señor de la casa como de su primogénito; pero el que más se holgó con su presencia fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, el cual, en poco tiempo, quiso que Cardenio fuese muy amigo suyo –</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué tanto?</p>
<p><b>JF</b>: Tanto que no habrá secretos entre ellos; al menos don Fernando le comunica todos sus pensamientos, especialmente uno enamorado que lo trae sin sosiego. Cardenio le corresponde cuando se trata de poner la oreja, pero en lo de soltar la lengua se lo nota mas circunspecto.</p>
<p><b>WS</b>: Discreto y avisado mancebo.</p>
<p><b>JF</b>: Así, opina, debe administrarse la franqueza entre amigos cuando uno es señor y el otro siervo. Aprendió, pues, que Don Fernando quería bien a una labradora vasalla de su padre, hermosa, recatada y honesta, de padres humildes en linaje pero en bienes casi tan ricos como éste.</p>
<p><b>WS</b>: Tiene buen ojo nuestro amigo.</p>
<p><b>JF</b>: Llevado de su pasión, don Fernando comenzó a cortejarla abiertamente, lo cual no sólo no ablandaba a la labradora, sino que la endurecía, y sus recatos, que él tuvo por desdenes, redujeron a tal término sus deseos que se determinó, para poder alcanzarlos, darle palabra de ser su marido. Cardenio procuró apartarlo de tal propósito con las mejores razones que supo; pero viendo que no aprovechaba, determinó de decirle el caso a su padre el duque.</p>
<p><b>WS</b>: Menos mal que eran grandísimos amigos.</p>
<p><b>JF</b>: Era su deber de criado, ya habrás notado que se trata de un joven muy respetuoso de las reglas. Más don Fernando, recelándose y temiéndose de esto, propuso a Cardenio que se fueran para su ciudad, diciéndole a su padre que irían a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en ella había, y a su amigo que lo hacía para poder apartar de la memoria a la recatada doncella. En esto al menos no mentía, o lo hacía apenas en un punto.</p>
<p><b>WS</b>: ¿En cuál?</p>
<p><b>JF</b>: En que no lo era más la hermosa labradora. Ya había gozado de ella.</p>
<p><b>WS</b>: Empieza a caerme bien. ¿Por qué no hacerlo el personaje principal de la pieza?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Se trata de una oferta?</p>
<p><b>WS</b>: Mas bien de una idea.</p>
<p><b>JF</b>: A mí me sonó a oferta.</p>
<p><b>WS</b>: Cuando empiece a hacerlas serás el primero en saberlo. Prosigue adelante, te lo ruego.</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio por supuesto no cabía en sí de contento, pues este plan le ofrecía una salida a su dilema y, a la vez, la ocasión de volver a ver a su Luscinda. Tan contento estaba que en el camino le contó a don Fernando todo sobre sus amores con ella, alabando de tal manera su discreción, donaire y hermosura que éste no pudo sino manifestar el deseo de ver doncella adornada de tan buenas partes.</p>
<p><b>WS</b>: Comienzo a ver hacia dónde se encamina este negocio.</p>
<p><b>JF</b>: Lo harás del todo a la luz de la vela.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué vela?</p>
<p><b>JF</b>: La misma que Cardenio, a pedido de su amigo, coloca en la reja de Luscinda, para que su amigo pueda verla y decidir si mentía al alabar su hermosura; y quiso la suerte, buena o mala dependiendo de quién la juzgue, que ella al sentirlo se levantara sobresaltada de su lecho, mostrándose en sayo, con los pechos descubiertos, a lo que Don Fernando, oculto en las sombras del jardín, enmudeció y perdió el sentido. Quedó, a partir de entonces, tan enamorado que no se pasaba momento donde no quisiese que trataran de Luscinda, procuraba siempre leer los papeles que Cardenio le enviaba y ella le respondía, y lo acompañaba en cada encuentro como testigo mudo y oculto. Por una carta que cayó en sus manos don Fernando se enteró de la condición que el padre de Luscinda había puesto, y se ofreció, como buen amigo, a hablarle al de Cardenio y hacer que éste hablase con el de Luscinda, provocándole al susodicho tales transportes de gratitud y alivio que, cuando Don Fernando le pidió que fuera con su hermano a procurar dineros para pagar los caballos que había elegido, mal pudo negarse a cumplirle el deseo. En llegando a lo del duque fue bien recibido, mas no bien despachado, del hermano de don Fernando, porque éste le mandó esperar a que reuniese los dineros solicitados. Muy a su disgusto obedeció Cardenio, pues lo atormentaban los presagios y la tristeza de verse separado de su Luscinda; a los cuatro o cinco días, como para confirmarlos, llegó un hombre con una carta que por la letra conoció ser de ella, y cuando sus dedos lograron abrirla se enteró de lo que a estas alturas el teatro entero ha adivinado: que apenas había dejado a Luscinda, don Fernando se había presentado ante su padre para pedirla por esposa, y éste había dado su acuerdo de tan buen grado que el desposorio se había de hacer en dos días. Tras la lectura de la carta Cardenio se sintió con derecho a partir sin pedir permiso –</p>
<p><b>WS</b>: ¡Temerario mancebo! ¡Le ha crecido una melena de león al ratoncito!</p>
<p><b>JF</b>: Y alas a sus pies, o mas bien a los de su mula, que casi como en un vuelo lo lleva hasta la ventana junto a la cual languidece Luscinda, vestida ya para la boda mientras en la sala la aguardan don Fernando, su padre y los testigos que – le dice – antes lo serán de su muerte que de su casamiento. Entonces le muestra la daga con que se quitará la vida, pidiéndole apenas que también él se haga testigo de su sacrificio. Cardenio, para no ser menos, desenvaina su espada y jura defenderla, o seguirla en la muerte si la suerte les fuera adversa. En eso sienten que la llaman a voces: el novio se impacienta. Cuando ella sale Cardenio queda atónito y suspenso, sin acertar a entrar en la casa ni a alejarse de ella; pero considerando luego cuánto importaba su presencia para lo que pudiere suceder, se atreve a entrar y a ocultarse tras dos tapices juntos. Desde allí observa a don Fernando entrar seguido de Luscinda, vestida de encarnado y blanco: nunca la había visto tan hermosa como ahora, que estaba a punto de perderla.</p>
<p><b>WS</b>: Y lo que él espera es que ella se quite la vida.</p>
<p><b>JF</b>: Así parece.</p>
<p><b>WS</b>: Interesante. ¿Y ella le da el gusto?</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio ya vislumbra el relumbrar del acero entre el brillo de la seda cuando escucha una voz desmayada y flaca decir “sí, quiero”, y la de don Fernando lo mismo, y abre los ojos para ver cómo la mano de él desliza el anillo en el dedo de ella. Mas al punto Luscinda cae desmayada, y cuando alguno de los presentes, digamos su padre, le desabrocha el pecho descubren en él un papel cerrado que don Fernando toma y se pone a leer sin acudir a los remedios que a su esposa le están haciendo. Cardenio aprovecha el alboroto para salir sin ser visto, pero con determinación que, si lo hicieran, haría un desatino tal que todo el mundo vendría a entender la justa indignación de su pecho. Recupera su mula, sale de la ciudad y cuando se ve en el campo desata la lengua en maldiciones de Luscinda, dándole títulos de cruel, de ingrata, de falsa y sobre todo de codiciosa; y en mitad de esos vituperios la disculpa, diciendo que no era mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha a obedecerlos siempre, hubiese consentido con su gusto, pues le daban por esposo un caballero tan principal y tan rico. Con tales voces y tal inquietud caminó lo que quedaba de la noche y dio, al amanecer, con una entrada de las sierras, por las cuales caminó otros tres días, hasta que su mula cayó muerta de cansancio y de hambre, o tal vez, prefiere pensar, por desechar de sí tan inútil carga como llevaba. Y así de igual manera espera que la muerte lo libere a él de la suya, que es su vida, y lo que quede de ella lo pasará componiendo canciones y sonetos, ya sea grabándolos por las cortezas de los árboles o echándolos de viva voz al viento acompañado por los pastores con sus flautas y rabeles…</p>
<p><b>WS</b>: Pasito a paso, a ver si escuché bien. ¿Pastores? ¿Flautas? ¿Sonetos? ¿No estarás pensando en reincidir en tus ejercicios pastoriles, verdad?</p>
<p><b>JF</b>: No se trataría de una pieza pastoril, no exactam –</p>
<p><b>WS</b>: Hasta acá llegamos.</p>
<p><b>JF</b>: Will, escúchame, se trata a lo sumo de dos o tres escenas – una.</p>
<p><b>WS</b>: No, escúchame tú a mí. Y mírame a los ojos. Nada de pastores poetas. Ni de pastorcillas. Ni fieles ni infieles. Nada de ovejas. Ni una hebra de lana siquiera.</p>
<p><b>JF</b>: Mira quién habla. ¿Qué me dices de la escena de Perdita y Autólico en <i>Cuento de invierno</i>?</p>
<p><b>WS</b>: Justamente. Es la más larga en su género. Con la excepción, se entiende, de obras pastoriles <i>enteras </i>como las tuyas. Cuando logré terminarla juré sobre la tumba de mi padre, y de mi madre, y de mis hermanos, que nunca más –</p>
<p><b>JF</b>: Yo la escribo.</p>
<p><b>WS</b>: Jack, ¿por qué te haces esto?</p>
<p><b>JF</b>: No sé a qué te refieres.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Quién escribirá esta vez los elogios que te quiten la pena? Ben está de viaje y Frank ocupado en sus asuntos; y se vería mal si yo lo hiciera, siendo el segundo engendrador del engendro&#8230; ¡Un momento! ¡Ya lo  tengo! Tú escribes tu nueva tragicomedia pastoril, y yo me ocupo de los elogios, ¿trato hecho?</p>
<p><b>Muchacho</b>: Maese Shakespeare…</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y ahora qué?</p>
<p><b>Muchacho</b>: Los actores esperan.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y qué se me da a mí? Hoy le tocaba a Dick. ¿No ha llegado aun?</p>
<p><b>Muchacho</b>: No, señor.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y dónde está, si puede saberse?</p>
<p><b>Muchacho</b>: No lo sé, señor.</p>
<p><b>WS</b>: Así no se puede. Jack, dame un minuto para encaminar el ensayo, y apenas lo haya hecho vámonos a algún lugar donde menos pueda ser hallado cuando más me necesiten.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong><i>Cardenio</i>, cuyo eje narrativo es la mítica obra perdida de Shakespeare, fue escrita originalmente en inglés y después traducida por el autor al castellano. Para seguir leyendo, busquen la novela en su librería preferida o en la página de <a href="http://www.edhasa.com.ar/libro.php?ean=9789876284011&amp;t=Cardenio" target="_blank" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en&amp;q=http://www.edhasa.com.ar/libro.php?ean%3D9789876284011%26t%3DCardenio&amp;source=gmail&amp;ust=1497814024725000&amp;usg=AFQjCNFkZAh1uDDqnovmh23ZzCyK3NV_xA">Edhasa</a> y echen un vistazo a esta <a href="http://www.lanacion.com.ar/1893039-carlos-gamerro-homenajea-a-shakespeare-y-cervantes-en-cardenio" target="_blank" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en&amp;q=http://www.lanacion.com.ar/1893039-carlos-gamerro-homenajea-a-shakespeare-y-cervantes-en-cardenio&amp;source=gmail&amp;ust=1497814024725000&amp;usg=AFQjCNEzsZysUChYkA5h538ysU4oMNc5KA">entrevista a Gamerro</a> que salió en <i>La Nación</i>.</strong></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Jorge Macchi, &#8220;The Speakers Corner&#8221;</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Islas</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/islas/</link>
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		<pubDate>Mon, 18 Jul 2016 03:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[San Salvador @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Gabriela Poma
traducción de María Agustina Pardini</p>
<p>Finalmente las pastillas para dormir dejaron de hacer efecto.</p>
<p>Abrió apenas el ojo izquierdo, y se acordó de respirar.</p>
<p align="center">Yo no entiendo nada de esto.</p>
<p>Desde su perspectiva, el mundo parecía estar dado vuelta. Todo era nuevo a su alrededor y de hecho nada le pertenecía, aun así tendría que familiarizarse.</p>
<p>Observó la habitación: un sillón reclinable junto a la ventana, el televisor aún encendido, un armario, dos lámparas, la ropa de cama, la espantosa alfombra verde, el empapelado jaspeado en plateado con siluetas de elegantes cañas de bambú.</p>
<p>Había hecho un inventario de todas las cosas que había en la habitación, repitiendo el orden una y otra vez. Luego notó que sus anillos estaban desparramados como dados en una de las mesas de noche. Todo estaba de la manera que lo había dejado la noche anterior.</p>
<p>Por ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/islas/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_6666.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5900" alt="IMG_6666" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_6666-1024x1024.jpg" width="1024" height="1024" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Gabriela Poma<br />
</em><em>traducción de María Agustina Pardini</em></p>
<p>Finalmente las pastillas para dormir dejaron de hacer efecto.</p>
<p>Abrió apenas el ojo izquierdo, y se acordó de respirar.</p>
<p align="center"><i>Yo no entiendo nada de esto.</i></p>
<p>Desde su perspectiva, el mundo parecía estar dado vuelta. Todo era nuevo a su alrededor y de hecho nada le pertenecía, aun así tendría que familiarizarse.</p>
<p>Observó la habitación: un sillón reclinable junto a la ventana, el televisor aún encendido, un armario, dos lámparas, la ropa de cama, la espantosa alfombra verde, el empapelado jaspeado en plateado con siluetas de elegantes cañas de bambú.</p>
<p>Había hecho un inventario de todas las cosas que había en la habitación, repitiendo el orden una y otra vez. Luego notó que sus anillos estaban desparramados como dados en una de las mesas de noche. Todo estaba de la manera que lo había dejado la noche anterior.</p>
<p>Por último, sus ojos se posaron en las partículas de polvo que lentamente caían de la cortina y se iluminaban con la luz del sol.</p>
<p>¿Cómo enfrentar el día, el primer día de una nueva vida?</p>
<p>Había puesto el bolso de fin de semana junto a la cama, tal como lo hacía en su casa. Adentro tenía un cambio de ropa, un chal, una botella de <i>Fidji</i>, algunos artículos de higiene personal, lo esencial. El bolso le recordaba al lugar que acababa de dejar, donde había estado a la espera de noticias sobre la libertad de su esposo, con el bolso, lista para partir en un cualquier instante, para llevarlo a un lugar seguro, para cuidarlo hasta que se recuperara, así la vida podría continuar de la manera en que estaba prevista.</p>
<p>Sin embargo, este era el primer día de una vida diferente  y estaba sola en un lugar extraño, Florida, con dos niños pequeños.</p>
<p>Recordó la última carta que su suegro había recibido de él, y que ella había memorizado. Era del 25 de enero.</p>
<p><i>Querido papá, </i></p>
<p align="center"><i>La letra me sale bastante mal porque tengo la mano dormida. Como deseo<br />
</i><i>que esta nota te llegue hoy la haré breve.  He recibido muy buen trato aunque ya<br />
</i><i>deseo estar en casa.  Espero que todas las negociaciones vayan viento en popa.<br />
</i><i>Abrazos cariñosos para todos y para Lucía y mis hijos mil besos</i>.</p>
<p style="text-align: right;"><i>Roberto</i></p>
<p>Se acordó de volver a respirar y se deshizo de las sabanas limpias y ajenas que la retenían. Decidió comenzar.</p>
<p>Seguían diciendo que había dejado una esposa y dos hijos: una niña y un niño, y… ¡ah! ¡Qué lástima! Tan joven y con un futuro tan prometedor. ¿Qué iba a ser de ellos ahora?</p>
<p>Pasarían sus vidas buscando a un referente.</p>
<p>La prensa había sacado aquella fotografía de la joven esposa con los niños que bajaba los escalones de la casa y se dirigía hacia un automóvil en marcha. Llevaba el pelo recogido con una colita y tenía puesto una camisa color azul marino con el cuello en punta, una falda de jean larga, tacones altos, los dedos de sus pies pintados, sin dormir, sin maquillaje, tan joven, aún bella, con la mirada hacia abajo.</p>
<p>Los niños también miraban hacia abajo, sus cabezas pesadas, el cabello castaño claro, pajoso, en estado de estupor, igual que su madre, con los ojos rasgados por el sol.</p>
<p>Todo en aquella fotografía apunta hacia abajo: los ojos, el cabello, las bocas, sus hombros, su silencio, sus corazones cerrándose de a poco, hasta quedar recluidos. Firmemente cerrados y como si se hubieran reducido, sellados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Déjenlos en paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Déjenlos en paz para siempre, pareciera decir la imagen.</p>
<p>La madre fumaba cigarrillos largos.</p>
<p>Se quedaba mirando a través de la pared de la cocina al estudio, al comedor, a su habitación, a las estanterías del pasillo, al baño que estaba cerca de la habitación de los niños; a través de la ventana miraba el jardín, a través de los arbustos de claveles veía la cerca, la piscina del vecino, la chimenea en el tejado y el vasto cielo abierto.</p>
<p>Se quedaba absorta en sus pensamientos, con sus grandes ojos tristes, en silencio, una pierna cruzaba la otra y daba patadas, movía el aire viciado de la cocina de su nuevo hogar, lejos del primer departamento donde habían aterrizado, la constante señal de impaciencia y miedo, su pie marcando el tiempo.</p>
<p>Aún así seguía esperando que algo cambiara, una llamada, el fin de todo esto, un poco de descanso, el permiso para volver a casa, para volver a la situación anterior, para que se realizara una reserva, un número ganador, la varita mágica.</p>
<p>¡Para que alguien se ocupara de esto!</p>
<p align="center"><i>¿Y quién soy ahora?</i></p>
<p>¿Era una viuda, una esposa? En su mente todavía estaba casada.</p>
<p>Los tres se sentaron alrededor de la mesa de madera del comedor, comían lentamente, de a bocados, decían fragmentos de oraciones, la niña solía permanecer callada, el niño engendraba una incipiente violencia.</p>
<p>El vapor emanaba de la pava, tal como lo hacía la niebla en Panchimalco, donde  los niños habían jugado y se habían buscado como parte de un juego, fingiendo que estaban perdidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para distraerse mientras esperaban noticias de su padre, habían dejado San Salvador e ido a La Libertad.</p>
<p>Durante la noche, el jardín junto al mar se llenaba de luciérnagas.</p>
<p>Los niños las perseguían, las agarraban con cuidado y las ponían en viejos frascos de vidrio con agujeros en las tapas de lata. Intentaban leer con la luz de las lámparas improvisadas y luego se contaban historias mientras la luz de los insectos moribundos comenzaba a disminuir.</p>
<p>El aire del océano era espeso con sal y hacía que les ardieran los ojos, la sal se les pegaba en las mejillas y los brazos. Los niños se dirigían a la piscina, pelaban la corteza de los árboles de jiote, similar al papel, y evitaban pisar cualquier hormiguero que pudiera estar inactivo.</p>
<p>Allí permanecían, juntos, después de haber llegado al lugar mejor iluminado del terreno, y se permitían brillar bajo la luna y las estrellas.</p>
<p>De pronto los sapos croaron y, como es debido, los niños temieron que el animal segregara su veneno lechoso.</p>
<p>El océano era extraño, lo que provocaba.</p>
<p>Estaban confundidos por tanto misterio, deseaban que llegara la mañana, cuando pensaban que lo habían vuelto a ver, cuando aparecía en los sectores de césped espinoso y en medio de una plaga de mariposas, o ¡allí! zambulléndose en la quietud de la piscina, o recostado en una hamaca mientras leía gruesos volúmenes.</p>
<p>La madre y los niños siempre se iban y lo esperaban en algún otro lugar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;">O al menos eso parecía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A visitar a sus familiares en Managua. A una granja por un par de días. A la casa de un amigo en Panchimalco durante el fin de semana, donde los niños jugaban en la espesa niebla que bajaba a los costados del volcán en</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>lentas</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>y profundas</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>respiraciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y luego un día se fueron definitivamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La madre buscó ayuda para empacar todo lo que había en la casa que habían alquilado mientras su padre aún estaba vivo.</p>
<p>Regalaron al perro y enviaron al cuyuso al zoológico regional. Cerraron las puertas, vaciaron la piscina, corrieron las cortinas, se oyó el sonido del llavero, atornillaron los cerrojos, sacaron los libros de los estantes y los pusieron en cajas con etiquetas y distribuyeron la ropa de su padre entre varias organizaciones benéficas.</p>
<p>Se quedaron con algunas cosas y las guardaron en una habitación: las camisetas deportivas y los tacos de polo, las cartas de amor a su madre separadas con cuidado, atadas con moño y puestas de manera prolija en bolsas de plástico, fotografías, trofeos, cuadernos escolares con su primera caligrafía, sus zapatos, los restos arquitectónicos de la casa que habían planeado construir: una casa estilo rancho californiano con habitaciones para más niños y un gran claro.</p>
<p>La casa habría estado junto a la de su hermano, en una colina tranquila y poco iluminada desde donde durante la noche, se podrían observar las luces brillantes de la extensa ciudad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando no permanecía tranquila, la niña escribía poesía. Inocentes haikus acerca de pájaros volando y globos aerostáticos sobre lejanas praderas.</p>
<p>Siempre acerca de despedidas.</p>
<p>Escribió un cuento sobre viajar en el tiempo que ganó el primer premio en la feria local.</p>
<p>¿Alguien se percató de esto?</p>
<p>¿Cómo podía ser que esta niña se sintiese tan joven y adulta a la vez?</p>
<p>¿Y cómo era que, cuando estaba tranquila, sentía que la totalidad de su corta vida la envolvía? El peso de su vida desgastaba sus pequeños huesos, la nostalgia que sentía era dolorosa, incluso su caja torácica sentía la insuficiencia respiratoria, como si estuviera separada del resto del cuerpo, como si tuviera vida propia.</p>
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<p>Mientras su padre todavía estaba vivo, todos los fines de semana se escapaban de la ciudad y conducían hacia el oeste por una angosta carretera que disminuía su tráfico a medida que se abría y acercaba a la costa.</p>
<p>El camino era llano, luego de repente ascendía, y se veía envuelto en colinas de color anaranjado que habían sido forjadas para crear estas carreteras: delgados y peligrosos corredores que atravesaban una combinación de árboles sin hojas y arbustos sin vida.</p>
<p>Finalmente, el altar del Cristo Negro hacia que el automóvil acelerara, pilas de rocas yacían al costado del camino que se acumulaban debido a los continuos derrumbes durante las épocas de lluvia, los niños se relajaban en sus asientos como si hubiesen terminado una vuelta en la montaña rusa.</p>
<p>Su padre silbaba cuando la estación de radio se desintonizaba y conducía con las rodillas, sin manos, mientras introducía un pedazo de goma de mascar en su boca, o se tocaba el pelo con la punta de los dedos, o le acariciaba la rodilla a ella. Conducía a través de la ciudad portuaria  de La Libertad y se detenía en una cooperativa donde ella compraba ostras frescas, una bolsa de mango verde pelado con jugo de lima y sal, billetes de lotería, flotadores, caramelos de miel y barriletes artesanales.</p>
<p>Atravesaban puentes de cemento, debajo de ellos fluía el rio donde varias mujeres lavaban la ropa. Cuando giraban la cabeza contra el reflejo del agua, sus cabellos largos, negros y brillantes parecían espejos dentro de espejos. Sus brazos se movían con rápidos movimientos sobre la irregular superficie de las rocas, el aroma a musgo, almizcle y tierra que se concentraba debajo del pavimento, revelaba un atractivo mundo que había sido develado para que los niños lo pudieran ver, siempre el mismo, confiable, debajo de los puentes.</p>
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<p>Primero vivieron en un edificio en el centro de Miami. Eran cuatro edificios, este era el <b>B</b>. Los otros eran <b>A</b>, <b>C</b> y <b>D</b>, cada letra correspondía al nombre de una isla. El edificio <b>B</b>, Barbados, se convirtió en su hogar provisional. Un pequeño descanso los calmaría y aliviaría el dolor mientras esperaban alguna señal para volver a casa.</p>
<p>Entretanto, los niños organizaban fiestas en una habitación en el vestíbulo del edificio, fiestas para adultos con bolsas de hielo y vasos de papel extra grandes, luces estroboscópicas y bailes lentos en la oscuridad. Se robaban dulces o pasta de guayaba del almacén de abajo y participaban en carreras en bicicleta por un sendero polvoriento cerca de la iglesia Luterana. Escribían malas palabras en las ventanas sucias de los automóviles estacionados con la suave punta de sus dedos y apretaban el botón de emergencia del ascensor para evitar que se escaparan. Hacían bromas telefónicas y pensaban en todas las formas posibles de escapar del edificio en caso de inundación o huracán.</p>
<p>Se hacían amigos.</p>
<p>A veces iban a la peluquería con su madre para cuidarla: un fortín, prohibido el paso, un círculo de fuego alrededor de ella y una legión de ángeles. El peluquero usaba patines y tenía un perro de pelo largo. Su madre se reía a carcajadas de los chistes que susurraba, las piernas cruzadas, marcaba el tiempo con anticipación, luego se desarmaba mientras su boca se abría ampliamente y su cabeza se inclinaba hacia atrás. A continuación, sus piernas se entrelazaban con un suspiro, terminaba de reírse mucho tiempo después de que el chiste se hubiese dicho. La madre sorprendía a los niños con sus gestos y su risa, tan abrupta e inusual. Sus ojos saltones miraban para aquí y para allá, con rápidos movimientos, agitados, se humedecían cuando fijaban la vista y se vaciaban cuando los cerraba. El agua fluía y drenaba. Los ventiladores prendidos y apagados les recordaban a las parpadeantes luces de navidad o a ¡Pare! Y ¡Arranque!, ¡Sí! y ¡No! El <i>drone</i> de la aspiradora resonaba a través del olor a cenizas de cigarrillo, cremas para café, revistas viejas, cabello cortado y teñido. A los niños les gustaba toda la actividad, el murmullo alrededor de ellos: rápido, bullicioso, abrumador.</p>
<p>Las mujeres se maravillaban ante el color del cabello de los niños: esos rizos dorados de la infancia. Pedían tintura de ese color, envidiaban el brillo, la engañosa juventud alrededor de sus caras que, dependiendo del ángulo, comenzaba a mostrar envejecimiento y señales que delataban tiempo pasado.</p>
<p>Los niños salían de la peluquería y se limpiaban la parte delantera de sus jardineros, satisfechos de haber cumplido con la obligación de cuidar a su madre, intentaban eliminar cualquier rastro de los extraños deseos que el lugar les había provocado y que habían dejado su huella sobre su ropa infantil.</p>
<p>Durante la noche, en el departamento los niños rezaban juntos, mientras miraban a través de la puerta de vidrio corrediza, a la estrella más brillante, hacían de cuenta que era su padre. No era sólo la más brillante sino también la más cercana.</p>
<p>Compartían una habitación y la puerta corrediza daba a un balcón con vista a la Bahía Biscayne, donde miraban los aviones que despegaban o aterrizaban. A la noche, los aviones parecían estrellas fugaces que rastreaban una línea invisible en el cielo. De día, los aviones parecían pulverizarse, disolverse en el algodón blanco de su despertar, contrario a la cartulina azul de la media mañana o al apagado gris de algunas tardes.</p>
<p>Había una determinada hora del día en la que a los niños no les importaba nada, porque les recordaba al momento en que habían subido al avión, tan apurados.</p>
<p>Por lo general, los niños estaban en la escuela cuando llegaba esa hora y si no estaban intentaban dormirse, incapaces de resistir la oscilación interna que los hacía estremecerse. Los dedos de la niña se entrelazaban mientras rotaba las manos, juntas, como si las estuviera lavando.</p>
<p>Llegaba la última hora de la tarde, luego el atardecer, luego la noche. Y los niños se alegraban.</p>
<p>Rezaban juntos antes de irse a dormir. Se preparaban, buscaban consuelo el uno en el otro, en los versos que intercambiaban, en el ¡Amén! colectivo, luego la señal de reverencia. Desataban las sabanas enganchadas debajo del colchón, revisaban el armario que compartían, miraban debajo de la cama. Antes de apagar la luz, se aseguraban de que todas las puertas estuvieran cerradas, la que daba a la habitación y la que daba al balcón, y así enmarcaban un gran cielo lleno de estrellas y aviones.</p>
<p>El niño solía despertarse en medio de la noche, sin poder volver a dormirse a menos que la niña lo sostuviera y acunara; incluso si ella no dormía lo suficiente o si a la mañana siguiente le costara despertarse.</p>
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<p>La madre se estaba preparando para una reunión con amigos en el departamento.</p>
<p>Se paró frente al tocador con superficie de mármol del baño principal y puso el estuche de los maquillajes enfrente de ella, el de plástico con ramitos de flores moradas y fondo blanco. El tocador tenía un espejo que cubría toda la pared y el espejo tenía una línea recta de grandes y redondas bombitas de luz opaca en el borde superior, como el camarín de una bailarina. Debajo de las luces y del espejo había dos lavabos, uno de ellos no se usaba nunca y a veces juntaba una delgada capa de polvo traslucido.</p>
<p>La madre sacó los pinceles y se pintó los ojos. Tenía puesto pantalones de jean hechos a medida, una camisa estilo safari con cuello rígido y zapatos de tacón con hebilla de carey en las puntas. Lentamente giró el gancho del collar hasta que estuviera bien sujeto, humedeció el cuello y los brazos con <i>Fidji,</i> se peinó su ondulada y dorada cabellera con un pequeño cepillo, pasó el dedo índice a lo largo de una de sus gruesas cejas, luego la otra,  se alejó dos pasos del espejo para verse por última vez, frunció los labios para realzar las mejillas y caminó hacia la sala: los listones de madera laqueados, la escultura del caballo de su padre junto a un frondoso helecho y un<i> bowl </i>de plata lleno de nueces. En la otra esquina de la habitación, un estante exponía la figura de una gallina de oro y una caja de cigarros; desde la percepción óptica creaba un balance.</p>
<p>Ponía botellas y vasos de manera metódica sobre un carro bar, junto con servilletas de lino azul bordadas con elefantes; ceniceros en miniatura, cubetas de hielo, rodajas de lima. Luego sus dedos rastrearon los discos que guardaba en una funda de acrílico; agarraba uno, lo ponía se movía al compás de la música, una muñeca contra la otra, lista para aplaudir, los ojos cerrados, los labios diciendo: “I love the night life, I’ve got to boogie…” <i></i></p>
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<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Gabriela Poma</em></p>
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		<title>DARK (una obertura)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/02/dark-una-obertura/</link>
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		<pubDate>Sun, 14 Feb 2016 16:18:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Edgardo Cozarinsky</p>
<p>Empieza, siempre, en las sienes, una palpitación casi imperceptible al principio, y en el momento preciso en que la reconoce ese latido empieza a crecer hasta que siente que la cabeza le va a estallar y la vista se le nubla y la distancia entre él y los objetos que lo rodean vacila y el brazo que extiende hacia el teléfono tarda en llegar y el número del servicio médico de urgencia no aparece en la lista que sin embargo sabe que ha incorporado a la memoria del teléfono. Pero no es solo la cabeza. El pecho replica el palpitar de las sienes, el tórax se estrecha y las costillas oprimen algo que solo se le ocurre llamar corazón, no puede respirar y por la boca abierta no entra el aire. Sale a la puerta de calle, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/02/dark-una-obertura/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/lunapaiva.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5864" alt="lunapaiva" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/lunapaiva.jpg" width="800" height="592" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Edgardo Cozarinsky</em></p>
<p>Empieza, siempre, en las sienes, una palpitación casi imperceptible al principio, y en el momento preciso en que la reconoce ese latido empieza a crecer hasta que siente que la cabeza le va a estallar y la vista se le nubla y la distancia entre él y los objetos que lo rodean vacila y el brazo que extiende hacia el teléfono tarda en llegar y el número del servicio médico de urgencia no aparece en la lista que sin embargo sabe que ha incorporado a la memoria del teléfono. Pero no es solo la cabeza. El pecho replica el palpitar de las sienes, el tórax se estrecha y las costillas oprimen algo que solo se le ocurre llamar corazón, no puede respirar y por la boca abierta no entra el aire. Sale a la puerta de calle, impulso que a la mañana siguiente le parecerá ridículo, no quería que lo encontrasen muerto cuando derribaran la puerta días después de no verlo, y está sentado en el umbral ante la vereda cuando llega el médico, es decir que finalmente logró dar con el número de teléfono que parecía inhallable, y pudo hablar para pedir auxilio, y en ese instante recuerda que en otras ocasiones el electrocardiograma nunca detecta huella de infarto, ni siquiera de preinfarto, y que solo meses más tarde cuando se resigna a seguir la indicación de su médico, a no volver a llamar al servicio de urgencia que solo atina a darle un somnífero tan fuerte que lo deja estúpido parte del día siguiente, solo entonces oirá hablar de ataque de pánico al aceptar ponerse en manos de otro médico cuya especialidad siempre le infundió desconfianza, psicólogo, psicoanalista, psiquiatra, cómo confiarle su alma a alguien que no haya leído a Dostoievski o a San Agustín, pero acepta de todos modos obedecer a su dictamen y someterse a un psicofármaco que muy pronto abandonará para buscar y hallar remedio en las palabras, más bien en el hecho de escribirlas apenas se anuncia la crisis, de ponerlas en cierto orden. Acude al cuaderno o a la pantalla y escribe algo que uno o dos días más tarde podrá parecerle desechable, o al contrario lo sorprenderá revelándole que ha descendido a una oscuridad relegada, y comprueba no sin vergüenza que había elegido suprimirla, que nunca se habría atrevido a convocarla fuera de esas noches de espanto, en ese estado que otros llaman de normalidad y él ya ha entendido que es la solapada censura a la que ha cedido su vida cotidiana.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Fuente: Dark (Tusquets 2016). Imagen: Luna Paiva, &#8220;wheel and gun&#8221; (2012).</em></p>
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		<title>El lecho</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/08/el_lecho/</link>
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		<pubDate>Tue, 25 Aug 2015 03:15:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Porto Alegre @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Carol Bensimon
traducción de Martín Caamaño</p>
<p style="text-align: left;">Lo que pasa es que nacieron en una ciudad muy pequeña entre dos ciudades más o menos grandes, algo malo para adaptarse, porque así tenían toda la ruta para mirar, y miraban. Y lo que pasa es que al costado de la ruta había un almacén en una casa del mil novecientos treinta y pico, sus escaleras una tribuna para las chicas. Se quedaban, y toda la tarde. Algunos autos seguían de largo, un auto se detenía. Titi dejaba que sus finas piernas se estirasen en el paisaje, las picaduras de mosquito una cascarita de sangre de tanto rascarse. La remera llegaba hasta los muslos, si es que ya tenía muslos. El viajero pedía permiso, entraba, Titi se reía a escondidas. Lina, tres años más grande, era un poco más triste. No ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/08/el_lecho/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Vasallo_2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5708" alt="Vasallo_2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Vasallo_2.jpg" width="472" height="709" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Carol Bensimon</em><br />
<em>traducción de Martín Caamaño</em></p>
<p style="text-align: left;">Lo que pasa es que nacieron en una ciudad muy pequeña entre dos ciudades más o menos grandes, algo malo para adaptarse, porque así tenían toda la ruta para mirar, y miraban. Y lo que pasa es que al costado de la ruta había un almacén en una casa del mil novecientos treinta y pico, sus escaleras una tribuna para las chicas. Se quedaban, y toda la tarde. Algunos autos seguían de largo, un auto se detenía. Titi dejaba que sus finas piernas se estirasen en el paisaje, las picaduras de mosquito una cascarita de sangre de tanto rascarse. La remera llegaba hasta los muslos, si es que ya tenía muslos. El viajero pedía permiso, entraba, Titi se reía a escondidas. Lina, tres años más grande, era un poco más triste. No mostraba las piernas ni nada, porque ya empezaba a tener algo. Rayaba su nombre con una piedra, solo la pulsera de bolitas amarillas rompía con el negro de la ropa. El viajero se iba otra vez con su Coca-Cola. Si venían familias, mucho mejor, todo el negocio crujía como una señora vieja. Doña Celestina hacía las sumas en lápiz con letra parsimoniosa de colegio. El viajero se impacientaba porque tenía que viajar. Y dentro del negocio los viejos jugaban dominó sin hablarse unos con otros.</p>
<p>A comienzos de marzo Titi dijo: Hace calor, podríamos ir a nadar, y le sonrió a Lina. Eso porque siguiendo el sendero abierto a fuerza de insistir por el medio del matorral, estaba ese río que aparecía, corriendo también como la ruta, yendo, hasta que surgiesen en la costa, ya muy lejos, los aserraderos, la usina abandonada y la tristeza de los peces a la milanesa con limón en plato de plástico para aquellos que no pueden pagarse las vacaciones en un paisaje mejor. Pero las hermanas no habían notado nada de esto. Lina creía que el río ya había perdido un poco la gracia. Los pies iban pegándose en el fondo, los dedos rozando lo áspero y bajando por la arena, y mejor no saber por dónde y a través de quién había pasado aquella agua. No respondió. Titi hizo un globo con el chicle, puso la lengua en el medio. Qué río ni qué nada, siguió pensando Lina. Ahora era peor todavía porque los chicos tenían la costumbre de fumar a escondidas cerca de la higuera y se reían por cualquier cosa, los pies clavados adentro del agua, hablando alto, riéndose de qué.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: left;">Titi se metió corriendo al río, golpeando el agua con las palmas abiertas. Volaron un montón de gotas, haciendo un barullo que tapó el de los autos en la ruta. Parece ser que ella se divertía siempre, incluso con la monotonía sin fin, y por eso Lina sentía algunas puntadas de bronca, que reprimía rápido para no sentir que estaba siendo mala. Y después le hacía unos mimos y listo, respiraba aliviada. Pero quién sabe lo que podía llegar a pasar de acá a dos o tres años con esa facilidad de Titi para que le agradara cualquier cosa.</p>
<p style="text-align: left;">Lina fue entrando al agua bien despacio, sintiendo el frío, ajustándose la biquini, mirando la orilla, el mato. El tronco de la higuera no tenía ni chicos ni bicicletas apoyadas y, a la sombra de la higuera, nadie tirado encima. Solo pájaros y peces alrededor, el tedio de que no pase nada. Ciudad bruta. Una plaza, una iglesia, ningún semáforo, conversaciones repetidas. Quien logra irse, se convierte en héroe y en tema de conversación. Los domingos, las familias salen a la calle y caminan de una punta a la otra bien despacio, para que la ciudad no se termine demasiado pronto. Pasean por la iglesia. Pasean por la plaza. El héroe viene de lejos, la familia sale a exhibir al héroe. Y los demás, en las esquinas, unas pocas esquinas, paran la oreja para después contar lo que oyeron.</p>
<p style="text-align: left;">Lina fue hasta la mitad del río. Cuando se sumergió, oyó que Titi empezaba a decir algo, pero entonces el agua quedó encima del resto. Abrió los ojos allá abajo. Las piernas de su hermana pataleaban sincronizadas, como un juguete a cuerda puesto en una vasija. Lina aprovechó el silencio el tiempo que pudo. Hasta estaba bueno. Tuvo tiempo para imaginar o recordar a João. João era uno de los chicos, o el único. El resto eran los chicos que andaban con João y listo. Se reían todos de la misma manera (de los chistes de João). Se sentaban todos de la misma manera (alrededor de João). Todos jugaban al videojuego de João. Muchas noches se veía por la ventana el living azulado, se sentía el olor a pochoclo, se escuchaban los dedos apretando los botones, y los gritos de los zombis destrozados, pa, pa, pa, pero João era bueno en serio y el juego se terminó tan rápido que tuvo que pedir otro, porque en la casa de João no hay una fecha para recibir regalos, ni siquiera se necesita dar muestras de buena conducta. Por aquel entonces fue ese el João que Lina quiso imaginar trepado en la higuera, con un cigarrillo atrás de la oreja, sonriendo y ofreciéndole. ¿Querés, Lina? Eso no pasó nunca.</p>
<p>Salió de abajo del agua. Justo la más chica se acercaba dando saltos y los ojos bien abiertos centelleantes de un miedo contento, ansiosa por dar la noticia. ¿Vos escuchaste eso? Sí, mucho barullo, pero ¿qué es? Vamos, hablá. Titi respiraba agitada. Y aunque en un principio no había nadie más ahí cerca, Titi se cubrió la boca con las manos antes de hablar.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Fueron corriendo a buscar la ropa y se pusieron algunas prendas al revés. ¿Pero vos lo viste o creés que? ¿De qué tamaño y cuántas? Lina se llevó las ojotas en la mano porque no tuvo paciencia para calzarse. Iban rápido, las blusas ya mojadas, Titi adelante empujando los arbustos con las piernas que goteaban, Lina arrastrando los jeans por el pasto. João debía estar matando zombis mientras, cerca del río, la ciudad se agitaba por un secreto aún sin revelar. El pie de Lina se resbaló en el barro y siguieron corriendo. Llegaron cerca y se quedaron en cuclillas atrás de un arbusto. Eran tres retroexcavadoras tirando todo abajo. Arrancaban los árboles del suelo que caían unos sobre otros. Daban marcha atrás e iban de nuevo. Entonces se oía el ruido de los troncos quebrándose y el crujido exagerado de las hojas, como en una de esas grandes tormentas que hacen que los niños se acurruquen bajo las sábanas. Y de los árboles partidos, el aroma dulce a savia llenaba todo el aire de marzo.</p>
<p>Ya se había abierto un espacio vacío en el medio del verde amontonado. Era desde donde un hombre daba órdenes y dirigía las retroexcavadoras, y su panza gorda y blanda aparecía cada vez que levantaba el brazo. En seis días de siete eso era lo que tenían que hacer, derrumbar. Se pasó el dorso de la mano por la cabeza y miró alrededor. Las chicas se agacharon todavía más, una empujaba a la otra por un pedazo mayor de arbusto. El hombre se aclaró la garganta, el sonido de un animal salvaje que va a atacar. Escupió la tierra. La tierra antes no parecía tan roja como ahora. El hombre gritaba, señalaba, escupía. Una retroexcavadora estaba luchando con un gran árbol que no podía mover. La máquina se puso más ruidosa y fue con todo. Dejó el tronco astillado, y fue  na vez más. Rico olor. A savia. A tierra removida. Una vez más. Oyeron que se soltaba, que perdía, como un rasgueo, un sonido seco, el que hace el fuego atizado. El árbol da de cabeza en el amarillo de la máquina, cargado sin modales, como una princesa llevada de los pelos.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;">Lea esto <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/08/o-leito-2/">en portugués</a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: <a href="http://www.luciavassallo.com/" target="_blank">Lucía Vassallo</a></em></p>
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		<title>Clases de escritura para los sordos y ciegos (fragmento)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/</link>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 06:04:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Fernando Montes Vera]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[México DF @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">de la traducción al inglés que hizo David Shook de una novela todavía no escrita por Mario Bellatin
traducción de Fernando Montes Vera</p>
<p>La madre de Josué era ciega. No desde siempre. Perdió los ojos uno por vez, empezando alrededor de los 49, contando años humanos. Para un chihuaha son siete años, lo que no es excepcionalmente inusual, aunque sí un poco temprano. El proceso comenzó con una pequeña lechosidad en el perímetro de su abultado ojo izquierdo. Ay, tiene cataratas, cacarearon los peluqueros del circuito de exposiciones, por ignorancia y falta de creatividad y curiosidad. Tenía uveítis. El oftalmólogo explicó la enfermedad en un pizarrón: hay unos triangulitos —las bombas de presión de los ojos, según explicó— que se encargan de secretar los residuos usuales de los ojos —compuestas mayoritariamente por minerales y sales—. Los residuos usuales estaban representados ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/D-by-Ben-Rodkin.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5573" alt="D by Ben Rodkin" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/D-by-Ben-Rodkin-1024x575.png" width="1024" height="575" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>de la traducción al inglés que hizo David Shook de una novela todavía no escrita por Mario Bellatin</em><br />
<em>traducción de Fernando Montes Vera</em></p>
<p>La madre de Josué era ciega. No desde siempre. Perdió los ojos uno por vez, empezando alrededor de los 49, contando años humanos. Para un chihuaha son siete años, lo que no es excepcionalmente inusual, aunque sí un poco temprano. El proceso comenzó con una pequeña lechosidad en el perímetro de su abultado ojo izquierdo. <i>Ay, tiene cataratas</i>, cacarearon los peluqueros del circuito de exposiciones, por ignorancia y falta de creatividad y curiosidad. Tenía uveítis. El oftalmólogo explicó la enfermedad en un pizarrón: hay unos triangulitos —las bombas de presión de los ojos, según explicó— que se encargan de secretar los residuos usuales de los ojos —compuestas mayoritariamente por minerales y sales—. Los residuos usuales estaban representados por cuadraditos que parecían granos de sal gruesa, quizás del Himalaya. El oftalmólogo recetó dos medicamentos: un ungüento para la hipertonicidad con 5% cloruro de sodio, para ayudar con la secreción de residuos, y flurbiprofeno, unas gotitas para los ojos que deben ser administradas día por medio, para desacelerar el proceso de mal funcionamiento de laúvea. La madre de Josué, Okie Doke, dos veces campeona de la exposición regional de Inland Empire, se había retirado a una edad temprana por culpa de la cesárea requerida para el nacimiento de Josué —con sólo un kilogramo, era muy chiquita para tenerlo naturalmente—. La operación le había dejado dos cicatrices: la primera atravesaba su bajo abdomen, y de alguna forma había hecho desaparecer uno de los pezones de la hilera izquierda, dejándole sólo siete, el número preferido de su criador —y de Dios—, a la vez que una desproporción inaceptable para una perra de exhibición. Okie Doke cargaba también con una cicatriz psicológica, que fue desapareciendo más lentamente, más carnosa, quelóidea y sospechosa. Era esa cicatriz, más que los ojos, lo que la descalificaba para la competición. Aún así, siguió siendo la favorita de su criador, su bestia más caprichosa, viviendo la mayor parte de su vida adulta encima de algún mueble: su sofá, su reposera favorita Milo Baughman, su cama. Era muy pequeña para saltar sola, él tenía que tomar su cuerpo como una pelota de rugby para niños, cruzando los dedos entre sus pezones impares.</p>
<div id="attachment_5574" style="width: 401px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img1.jpg"><img class="size-full wp-image-5574" alt="WritLess_img1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img1.jpg" width="391" height="291" /></a><p class="wp-caption-text">La chihuahua favorita del criador, Okie Doke, cerca de los siete años y medio, exhibe señales tempranas de uveítis en su ojo izquierdo.</p></div>
<p style="text-align: center;"><b>*</b></p>
<p>Una tarde, Dik Dik Tracy —bautizado en honor a las gacelas africanas miniatura que el criador solía ver en su enciclopedia pictográfica cuando niño— impregnó a Okie Doke con Josué mientras el humano dormía una siesta en el sofá. Auspiciaba la escena un programa estilo CSI como cortina de fondo del acto impulsivo del perro. El criador despertó en el momento en que el pene lápiz labial de la bestia eyaculó su penúltimo chorro de semen dentro de la inocente Okie Doke. Horrorizado, comenzó a gritar y le pegó con un diario enrollado hasta que Dik Dik se terminó acobardando bajo la mesita ratona. El criador pasó la noche delirando de culpa y Malbec, primero por haberse dormido dejando sin supervisión a dos criaturas en el pico de su celo, luego por haber castigado a Dik Dik tan severamente.</p>
<p>Dik Dik era demasiado grande para ser un perro de exhibición, pesando poco más de dos kilos. Aún así, en su juventud había participado en diversas exhibiciones —más por la experiencia que por la posibilidad de ganar—. Además, razonaba el criador, quizás podía trabajar de semental, con su contextura robusta y su buen linaje —su abuela, Reina Isabel, y su tátara tío, Columbus Casanova, habían sido campeones—. De alguna manera, el criador también lo consideraba un castigo por impregnar a Okie Doke: el acicalado y la limpieza meticulosa de glándulas, el barnizado de uñas, la limpieza de oídos, todo violaba el sentido de dignidad de Dik Dik, como él había violado a Okie Doke.</p>
<p>Ya sea por venganza o por naturaleza, no pasó mucho tiempo hasta que Dik Dik avergonzó públicamente al criador, primero por montarse a la pierna de un juez, una ocurrencia muy mal vista pero no del todo infrecuente en un perro de exhibición joven —algo que, a pesar de no descalificar técnicamente al animal, quizás resultura peor para su futuro en el circuito de exposiciones, ya que esa conducta no se olvidaba fácilmente y el pool de jurados, especialmente en áreas culturalmente carenciadas como Inland Empire, no era grande—. El criador mantuvo a Dik Dik en la competencia a pesar de la humillación, para entrenar a la adiestradora de Dik Dik, que pesaba al menos 50 veces más que el animal. De acuerdo a la adiestradora —que pasó a convertirse en uno de los pocos enemigos verdaderos del criador—, una falla en la correa había desembocado en el escape de Dik Dik del área de acicalado luego de su humillante performance. Cuando se lo devolvió al piso durante la exhibición de pomeranios, Dik Dik se montó a R.S. Poofball, cuatro veces campeón de la Asociación de Clubes Caninos Americana y habitué del circuito europeo —quizás lo más desafortunado era su sexo masculino, ya que, gracias al rápido ingenio de uno de los relatores del show, a Dik Dik se lo empezó a llamar ‘Rock Hudson’ en el circuito de perros de competencia—.</p>
<p>Al criador le llevó varios meses volver a ver a Dik Dik Tracy como un perro. Leyó varios artículos sobre homosexualidad en animales no humanos: un comportamiento natural en jirafas y algunas aves, aparentemente. Consultó con varios entrenadores sobre la posibilidad de sacarle lo gay, algo que casi todos desaconsejaron. Finalmente decidió castrar a Dik Dik, una decisión difícil, considerando sus planes previos de alquilar la bestia en calidad de semental, pero una solución más fácil y rápida, pensó, para domar la homosexualidad del perro. En la vejez, lamentaría su decisión como un acto de crueldad injustificada, aún más: un retorno al Medioevo y la evidencia de su rechazo a la personalidad, sin importar cuán desviada, de uno de sus perros más amados.</p>
<div id="attachment_5575" style="width: 367px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img2.jpg"><img class="size-full wp-image-5575" alt="WritLess_img2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img2.jpg" width="357" height="316" /></a><p class="wp-caption-text">Estatuilla de cerámica de R.S. Poofball, esculpida por una estudiante sorda y ciega como parte de una muestra de Historia en la Academia de Artes de la Escritura para los Sordos y Ciegos.</p></div>
<p style="text-align: center;"><b>*</b></p>
<p>Antes de contar mucho más de esta historia, debo admitir la naturaleza insólita de su relato, que merece una explicación básica. Primero, la coincidencia inusual con la sordoceguera de mi hermano. Según entiendo, yo contraje síndrome de rubéola congénita en la panza de mi madre, a las seis semanas de su primer embarazo, cuando padeció un caso particularmente purpúreo de la enfermedad en Colton, California. La retinopatía sal-y-pimienta de mi condición me permite dilucidar figuras difusas en ambientes bien iluminados; mi sordera neurosensioral es severa, pero la implantación quirúrgica de una clóquea experimental me permite identificar fonemas vocálicos, nasales, bilabiales y velares, y años de práctica de contextualización y un sistema de eliminación lexical me permitieron identificar sonidos alveolares con un 75% de eficacia. Mi hermano, con el cual comparto una madre pero cuyo padre es desconocido —al menos para mí—, ha tenido peor fortuna, habiendo nacido con síndrome de Usher I. A pesar de que sus primeros doctores esperaban que pudiera retener su visión foveal, quedó completamente ciego a los 6 años, habiendo aprendido a leer. Como soy cinco años mayor que él, mi madre ya había quedado en bancarrota dos veces por financiar mis propios tratamientos, y las limitaciones financieras prohibieron la posibilidad de descubruir si acaso un dispositivo expermental de cloqueo como el mío hubiera funcionado también para mi hermano. Quizás, el hecho de haber aprendido a leer antes de que su ceguera se manifestara completamente facilitó su aptitud al Braille, al que rápidamente dominó —llegando a componer poemas ocasionales en la lengua, que hasta el día de hoy seguimos utilizando para comunicarnos, a través de su primer Brailler de los 70s, que prefiere por nostalgia, y mi computadora, que me permite mucha mayor velocidad para las narraciones—.</p>
<p>Este documento, y su relato de la insólita fundación de la Academia de Artes de Escritura para los Ciegos y Sordos, es principalmente para él y ha sido tipeado originalmente en mi computadora Brailler en el curso de varios meses, luego de años de investigación. He viajado a través del país buscando fuentes relevantes, sin importar cuán inconsecuentes parecieran, y he entrevistado infinidad de personas, desde el adiestrador de R.S. Poofball en la mañana del fatídico incidente, quien todavía vive cerca de Downey, California, hasta la heredera sobreviviente de la poetisa compañera del criador, que ahora reside en la Costa Este. He decidido dar a conocer este documento en su forma actual con la esperanza de que pueda interesar al público en general, tanto como documento histórico y como un estudio de caso inspirador sobre la realización de sueños improbables por actores aún más improbables. La versión en Braille de este relato está disponible sin costo alguno en la Academia de Artes de Escritura para los Sordos y Ciegos, así también como varios servicios y recursos que se pueden solicitar por correo.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Una tarde, sentado en la sala de espera del osteópata canino mientras Okie Dokie atravesaba su ajuste semanal, el criador leyó un artículo sobre un químico ciego. Quedó fascinado. Las resonancias magnéticas mostraron que el cerebro de Okie Doke, a pesar de ser apenas más grande que una nuez con cáscara, la colocaban en el 20 por ciento superior por su bajo peso corporal, y el artículo le hizo preguntarse si, como el químico ciego, su visión degradada había afinado sus otros sentidos. El químico ciego había aprendido a identificar oscilaciones de entre tres y cinco grados en la temperatura de la llama de un mechero Bunsen a través del sonido emitido por la combustión de butano. El criador se excusó al baño de la oficina, donde discretamente destrozó las uniones de la revista para arrancar el artículo de tres páginas, antes de tirar la revista en el cesto de basura montado en la pared y cubrir sus restos con varias toallas de papel. Su cabeza daba vueltas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><b>Diez correos sobre la traducción de la obra aún no escrita <i>Lecciones de Escritura para Ciegos y Sordas</i>, con los personajes mencionados explicados por el traductor</b></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mario Bellatin y David Shook</em></p>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Nuevo Proyecto de Traducción</b><br />
10 messages</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sat, Mar 2, 2013 at 7:24 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Querido Mario,</p>
<p>Te extraño mucho, casi tanto como a Pérez y a Golda[1], mi compañera fiel en tu sofá.He pensado comenzar un proyecto nuevo: la traducción de una de tus novelas aún no escritas. ¿Te ofende la idea? Ojalá no. Syd[2] me dijo que soy demasiado presuntuoso, y es por eso que te pregunto.Si prefieres, puedo escoger una de tus futuras novelas más cortas, para dejar las más largas en manos de una traductora con la gracia e inteligencia que merecen los textos.</p>
<p>Un abrazo, un saludo cariñoso de Syd, y un buen ladrazo de Okie Doke[3], ya dormida y muy enojona por su edad avanzada.</p>
<p>David</p>
<p>Typed with my thumbs.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Sat, Mar 2, 2013 at 7:54 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Fantástico, va, por supuesto&#8230;.mañana te mando el título: Lecciones de Escritura para Personas Ciegas y Sordas&#8230; Besos a Syd&#8230;ojala que te lleve a pasear en la madrugada en el auto, ya habrás visto lo divertido que es&#8230;<br />
Beso</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 4:27 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>OK. Te adjunto las primeras 800 palabras, más o menos, de mi traducción de <i>Lecciones de Escritura para Personas Ciegas y Sordas.</i> Cuando escribirás la obra, ¿querrás decir con el título que los estudiantes son ciegos y sordas, al estilo Helen Keller, o que algunos son ciegos y otros son sordos?</p>
<p>Te agradezco mucho tu homenaje a Okie Doke, con el nombre que darás al perro preferido del criador. En la tarde yo le cuento de tu futuro cariño, para que pueda esperarlo con impaciencia. (No es muy paciente, mi Okie Doke.) De verdad creo que todos los nombres caninos serán muy chistosos. No dudo que los nombres de los chicos estudiantes también serán interesantes—la mayoría de los ciegos o sordos que yo he conocido hasta ahora han tenido nombres muy comunes.</p>
<p>Un abrazo,</p>
<p>David<b>Writing Lessons.doc</b><br />
29K</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 6:50 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Unos sordos, otros ciegos, pero quien cuenta el relato es sorda y ciega con un aparato por el cual logra oír algo que le transmite por medio de la computadora a un aparato braille electrónico a su hermano que sí es ciego y sordo de veras&#8230;.</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 6:53 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>perfecto.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 2:51 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>¿La máquina que imaginarás es más o menos rudimentaria, como la de Wolfgang von Kempelen[4]? ¿O es electrónica, como la que usa Stephen Hawking? Un modelo recuperado de la &#8220;cabeza hablante&#8221; del papa nº 139 Silvestre II[5] (el primer francés)?</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 6:32 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>No, existe, se llama implante coclear&#8230;y al hermano no se lo podían poner por falta de dinero&#8230;.y mi máquina es una underwood portátil modelo 1915&#8230;..</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 9:49 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Sabes, fue el escritor haitiano Frankétienne<a title="" href="#_ftn6">[6]</a>—el profeta del terremoto de 2010—que me dió la confianza para intentar esto. Él mismo me dijo en noviembre del año pasado, en el balcón de su casa extraordinaria en Delmas, Puerto Príncipe, <i>No tengáis miedo de nadie, ni de ninguna cosa. </i>Y después me enseño varios secretos que usaba para adivinar el futuro, técnicas jamás escritas, que le habían dado su gran poder narrativa. (Es muy interesante que el escritor no es practicante del vudú, ni tampoco deriva del vudú sus técnicas proféticas.)</p>
<p>¿Cómo te fue en la feria de libros? (¿No estuviste en alguna?) Ya está de acuerdo Ben[7] sobre la grabación de la película en mayo. Debo preguntar a la gorda si podemos visitar a los perros[8] que viven solos en su palacio, que seguramente se parece mucho al de Alejandro[9].</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Wed, Mar 6, 2013 at 8:01 AM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Pero ¿antes tenías miedo de algo acaso?&#8230;tú nunca has tenido miedo&#8230;qué bueno que te comuniques con mi esposo&#8230;y ojalá a la gorda[10] no la hayan estrangulado sus amigos maricones&#8230;.¿la modelo hepburn[11] dio señales de vida?&#8230;beso a todos&#8230;</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Wed, Mar 6, 2013 at 9:04 AM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>¿Pero cuál de ellos lo hubiera hecho? Seguramente está bien. Y además cómo podría uno matar a la dueña de cincuenta y tantos podencos? Si no trabajan como guardaespaldas contra los sicarios homosexuales ofendidos, ¿de qué sirven? (Ya lo sé: para ayudarte a meter a los boletos del metro.)En mi vida he temido tres cosas: la desaprobación de mi familia—igual que el gran escritor Nagaoka[12], que tampoco quiso sucumbir al oficio familiar (en mi caso: el liderazgo de mega-iglesias tejanas), la traducción profética de textos literarios—que ahora voy desarrollando, y la modelo Hepburn. Tomando en cuenta lo que me ha dicho Frankétienne planeo escribirle un correo ahorita.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[1]</a> Los dos perros actuales de Mario. Pérez es un pastor australiano y Golda una galga española, a.k.a. Lady Galga.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[2]</a> La escritora Syd Shook, mi esposa y nuestra colaboradora en la película <i>BARÚ</i>.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[3]</a> Okie Doke es mi Chihuahua de once años. Pesa un kilo.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[4]</a> Von Kempelen es más reconocido por su invención El Turco Ajedrecista. Cuando el truco fue revelado se supo que dentro del casco de la máquina había escondido a un Turco de verdad.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[5]</a> Otro personaje interesante: el primer papa francés, supuestamente había aprendido la magia de los musulmanes en España. Otros especulaban que había llegado al oficio del papa por medio de un trato con el diablo. Cuando se murió en 1003 en Santa Cruz de Jerusalén, a sus cardenales les pidió desmembrar su cuerpo y esparcir los trozos por la ciudad. Los deseos de los muertos son deseos vacíos: no lo hicieron.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[6]</a> Frankétienne es el autor de la primera novela haitiana escrita en el criollo haitiano, <i>Dezafi</i>, en 1975. Ahora tiene 76 años de edad.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[7]</a> Ben Rodkin es el director de nuestra película <i>BARÚ</i>. También es el esposo gringo de Mario, no tanto por el amor como por los descuentos ofrecidos a las parejas en los parques de perros.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[8]</a> En Colton, California se cuenta la leyenda de los dos podencos ibicencos que viven solos en un palacio enorme, apoyados por la herencia que les dejó su dueño, que fue asesinado de manera tan horrorífica que todavía nadie ha podido contarlo.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[9]</a> Alejandro es un fotógrafo misterioso que vive entre DF y Roma. En la mesilla de su sala tiene un cerebro humano de los 1950s, encontrado en un manicomio abandonado.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[10]</a> La Gorda es la criadora de podencos en Colton que nos contó la leyenda ya mencionada. Su crasitud resulta de la culpa que siente por siempre estar juzgando a sus dos mejores amigos: una pareja de hombres que también son criadores de podencos.  Los dos nos contaron algunas cosas que ella, muy homofóbica, había dicho sobre sus supuestos amigos.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[11]</a> La Modelo Hepburn es una mujer muy misteriosa. Es dueña de varios Salukis, el perro preferido de Mohammed y de Mario, y a Mario le ha prometido el regalo de un perro.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[12]</a> El escritor japonés Shiki Nagaoka ha sido identificado como una de las influencias más grandes de Mario. Yo he traducido su biografía <i>Shiki Nagaoka: Una Naríz de Ficción </i>al inglés.</span></p>
</div>
</div>
<div>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Image: Ben Rodkin, from the filming of BARÚ</em></p>
</div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/feed/</wfw:commentRss>
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		</item>
		<item>
		<title>Bola negra</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bola-negra-2/</link>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 05:55:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;"></p>
<p style="text-align: right;">Mario Bellatin</p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED
Primera mirada de autor al bande desinée Bola Negra*</p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la soledad demasiado ruidosa en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bola-negra-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-4021" alt="Cover for Bola by Mario" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png" width="608" height="606" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mario Bellatin</em></p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED<br />
Primera mirada de autor al <i>bande desinée</i> <i>Bola Negra*</i></p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la <i>soledad demasiado ruidosa </i>en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que compartí una infinidad de sesiones hace algunos años. Recuerdo que las terapias no las pagaba con dinero sino con textos. Precisamente el síntoma evidente que me llevaba allí era la falta de dinero. Estar incapacitado para pagar por algún bien o servicio. Tal vez por la naturaleza de la persona de la que provenía la información me puse a pensar durante esos días en las palomas. ¿Más bien, no habrían hartado de tal modo a Hrabal hasta llevarlo al suicidio? ¿El arrullo constante que suelen producir no lo habría hecho concebir el término de<i> la soledad demasiado ruidosa </i>que repitió en muchos de sus escritos? Hoy mis perros mataron una paloma. A dos cuadras de mi casa se había formado en un parque un gran charco ocasionado por las lluvias de la noche anterior. Algunas personas se encontraban al lado del agua. Estaban frente a una señora que ofrece desayunos ambulantes durante ciertas horas. Algunas palomas comían los restos que les arrojaban los desayunadores. Yo había salido de mi casa con los perros momentos antes. Al llegar a esa zona Isaías y Manga tomaron a una de las aves y la dejaron malherida en medio del charco. Los desayunadores protestaron. Yo huí. Al ver lo que estaba ocurriendo, pocos metros más adelante di la media vuelta. Los perros me siguieron. Mientras caminábamos giraban la cabeza una y otra vez hacia la presa vencida. Seguramente deseaban seguir mordiéndola. O tal vez traerla para ofrendármela como trofeo. Escuché a alguien que gritaba a mis espaldas ordenándome que levantara el cuerpo muerto y lo colocara sobre la rama de un árbol. Me pareció un pedido curioso. Tal vez esa persona pensaba que para una paloma era más digno morir en una rama que en un charco oscuro. Pensé en la cada vez más complicada relación entre los hombres y los animales. En las premisas actuales. En los deberes que tenemos que cumplir en estos tiempos. En preceptos que algunos años atrás nos hubieran parecido inimaginables. Por ejemplo, el hecho de no comprar animales sino adoptarlos. El de tenerlos operados tanto a hembras como a machos. Olvidar por completo mutilarlos inútilmente o hacerles cortes de pelo en virtud de obsoletos estándares de belleza animal. Pensé también en los insectos que nos rodean. En lo nocivos que suelen ser, salvo que se trate de aquellos con los que solemos alimentarnos. Justamente acabo de realizar un trueque de hormigas gigantes por los libros que estoy realizando actualmente. Pensé también en las ratas que siento de vez en cuando debajo del piso de mi estudio. Recibí hoy también otra llamada. En ella me informaron que el perro que hacía más de ocho años le entregué a mi editora acababa de morir envenenado por morder a un sapo. Mi editora está desolada. Había llevado al perro a su casa de campo y allí ocurrió el accidente. Se trata de un veneno para el cual no existe ninguna clase de antídoto. En el momento de la llamada mi editora se encontraba en la sala de espera de un horno crematorio para animales domésticos. Cuando escuché la noticia yo no había salido aún a pasear a los perros. Después del incidente en el parque regreso a mi casa. Los perros están excitados. Ignoro si es por el asunto de la paloma o porque no han realizado completo el paseo matutino. Tanto Perezvón como Manga como Isaías como Abelardo dan incontables vueltas a mi alrededor. Sin hacerles caso y pensando que los sacaré nuevamente a media mañana me acomodo en mi estudio y abro el libro <i>Bola Negra</i> que está estructurando el artista Liniers. Admiro su portada verde. La bola efectivamente negra al centro. El verde que cubre casi todo el espacio me da la impresión de provenir de algo sintético. No pienso en ningún símbolo de la naturaleza al mirarlo. De alguna manera siento que se trata del verde adecuado para acompañar el trance que significa discurrir a través de un libro como <i>Bola Negra</i>. Un verde ideal para, entre otras cosas, describir lo falso como se nos presenta la cacería semisalvaje de una paloma en un charco creado por la lluvia nocturna. De ese color deben de ser las hojas del árbol donde los desayunadores me pidieron que colocara el cuerpo maltrecho del ave. Sin duda es el tono que luce el sapo venenoso. Según la noticia, el perro de la editora lo llevaba muerto entre las fauces. La bola negra me hace recordar a una bola de bowling. También a la pesada bola atada a la pierna de algún condenado a muerte norteamericano. Esa bola puede representar también el interior del universo. Yo soy de los pocos que saben que se trata de una suerte de bolo alimenticio. De la mola en que se convirtieron tanto el insecto hallado en las selvas del África que aparece en el texto como el entomólogo que lo encontró. Pero trato en ese momento de fingir que desconozco su origen. Cuando paso la página comprendo que se trata en realidad de la bola de donde surgen mis pesadillas más terribles. Me veo entonces de pie frente al atril de un escenario. Aparezco sin brazo. Se supone que hay alguna cantidad de público presente en la suerte de auditorio donde estoy presente. Vuelvo a advertir que me falta un brazo. Me sorprendo. En la primera escena del libro <i>Bola Negra</i> ideado por Liniers, el escritor Mario Bellatin aparece sin el brazo derecho. Lleva rígida y vacía la nada que muestra.  Es muy extraño verlo así. Sin el brazo derecho. ¿Lo habrá dejado entre bambalinas? ¿Se tratará de una broma que le tiene preparada a su público? Su cabeza luce calva como siempre y se representa a la perfección el corte de la camisa de sacerdote que suele utilizar cuando no lleva puesta una túnica negra. Estoy nervioso. Se trata de la vivificación de la peor de las posibilidades que se le pueden presentar en la vida a un escritor de esa naturaleza. No creo que sea capaz de soportar encontrarse sin brazo en medio de un auditorio. Pero ya está plasmada en la obra <i>Bola Negra</i> esta escena inaguantable. Mario Bellatin recuerda que en el libro <i>Flores</i> hay también un personaje similar. Aunque a diferencia del que aparece en <i>Bola Negra</i> el de <i>Flores</i> se presenta desnudo y sin pierna en el escenario de un teatro repleto de público. Me parece que en aquel libro, <i>Flores</i>, es un escritor el que está experimentando una pesadilla semejante. Un mal sueño que ha comenzado cuando sintió que vivía dentro de una violeta que cultivaba su madre en una maceta. Cuando el sueño avanza debe bailar desnudo y sin pierna. Se trata del número preliminar para presentar a las estrellas de la noche. A los Mellizos Kuhn. A ese par de hermanos encontrados en un desfiladero dentro de una canasta. Los mismos que fueron remitidos de inmediato al orfanato de la ciudad. En aquella institución existía la modalidad de ser madre adoptiva por turnos. Una serie de mujeres deseosas de ejercer el rol de madres se inscribía y escogía tanto el tipo de niño con el que deseaban experimentar su papel como el horario que mejor podía acomodarles. Apenas llegaron esos niños las mujeres pelearon por obtener la custodia temporal que les ofrecían. A uno de ellos le faltaban los brazos. Al otro, las piernas. Muchos años después lograron montar una coreografía que atraía y al mismo tiempo espantaba a cualquiera que la apreciara. La fama de los mellizos se extendió rápidamente. Fue tal su éxito que llegó a convertirse en el capítulo de <i>Flores</i> que Mario Bellatin rememoraba en ese momento. Miro con más detenimiento el libro <i>Bola Negra</i> y veo entonces mis dientes. Aparecen de manera nítida cuando en la ficción he llegado ya frente al micrófono para comenzar a relatar en voz alta el texto <i>Bola Negra</i>. <i>El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas</i>…</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4035" alt="li" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p>2- Esos dientes hoy no están colocados de esa manera. Aquí se ven separados, prominentes, diabólicos. Ahora se encuentran peor. Han sido rebajados hace dos días hasta volverlos puntiagudos y amarillentos. Han sido convertidos en los dientes propios de alguien con ciento cincuenta años de edad. El dentista me convenció el lunes de que podía arreglar los que vengo trayendo desde la niñez. Utilizó una serie de recursos para lograr mi aceptación. El más contundente fue el que se refirió a la vergüenza que debía causarme salir en las fotos de prensa con una dentadura cuadrada y con las piezas separadas, como la que aparece en la versión de Liniers del libro <i>Bola Negra</i>. Ignoro la manera en que el dentista conoce ese libro. Desconozco también su familiaridad con las imágenes que aparecen en la obra. Tengo estas dudas principalmente porque el libro no ha sido todavía publicado. Me asusta pensar en la existencia de dentistas que llegan a conocer de esa manera los dientes de sus pacientes. Incluso los que son imaginados a cientos de kilómetros de distancia. No me queda más remedio que aceptar. El dentista comienza con su trabajo. Lima las puntas. Va afilando las piezas hasta que siento que se convierten en unas pequeñas tripas. Se transforman en una serie de estalactitas entre las cuales advierto la entrada del aire del exterior. Una hora después el dentista me pasa un pequeño espejo para que los vea. Me horrorizo. Me invade una sensación parecida a la que sentí esta mañana al ver a mis perros matando una paloma o cuando me enteré de la noticia de que el perro de mi editora acababa de morir por efecto de un sapo venenoso. Quizá se trate de la misma impresión que experimenta el público que acostumbra acudir a los espectáculos de los Mellizos Kuhn. Aparte de haberse convertido en una suerte de tiras aisladas entre sí, los dientes han perdido además todo resto de color. Me encuentro ante piezas que carecen totalmente de vida. Tienen un tono que no llega al negro profundo, pero es oscuro —oscuro como tal vez debió haber sido en algún momento la bola negra que aparece en la portada del libro—. Si los desayunadores de aquella mañana hubiesen estado presentes en el consultorio me habrían instado de seguro a colgar los restos que quedaban en mi boca en la rama de algún árbol. Me los imagino colocados allí. Para apreciarlos de esa manera primero habrían tenido que extraerlos y haber multiplicado miles de veces su proporción. Habrían tenido que crecer mucho aquellas estalactitas que llevaba por dientes. Volverse flexibles además. En cada rama de aquel árbol estaría cada uno de los gigantes y afilados dientes de Bellatin adoptando la forma de la superficie que los acoge. Como aquellos relojes cansados que todo el mundo ha visto por allí. Mientras sostiene el pequeño espejo el dentista parece satisfecho con su trabajo. Me pregunta a cada momento si me duele. Es cierto. Hay dolor. Advierto entonces que el horror que experimento no sólo proviene de lo que estoy viendo reflejado en la luna sino del dolor que me causa mi dentadura. El profesional me dice que ya está pasando el efecto de la anestesia. Reparo recién en ese momento que aquellos pinchazos que sentía se trataba de las inyecciones que me fue administrando durante el proceso. Añade que no me preocupe. Afirma que de esa manera no saldré a la calle. Puntualiza que lo tiene todo preparado. Me pondrá unas carillas que harán de dientes falsos provisionales y me recetará algunos analgésicos. Finalmente hace lo que dice. Me deja solo unos momentos interminables. Trabaja luego en mi boca. Va y vuelve. Hace que abra y cierre las mandíbulas. Toma moldes. Cuando termina el trabajo me miro nuevamente al espejo y veo otros dientes. No como los separados tétricamente que aparecen en la bola negra de Liniers. Que se ven precisamente en el  momento en que empiezo a mencionar la existencia del entomólogo Endo Hiroshi. Aunque tampoco se aprecian como los afilados y negruzcos que aprecié minutos antes. Son unos dientes extraños los que luce Bellatin en ese momento. No se trata de los que traía consigo esa mañana. El dentista añade que tampoco son con los que se quedará. En la boca de Bellatin están los dientes que serán suyos sólo durante tres días. El viernes de esa misma semana deberán ser cambiados por los definitivos. Me alarma lo que suceda después de ese viernes con la imagen inicial de la boca del autor que aparece en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. ¿Cómo hacer para demostrar que los dientes de Bellatin ya no son los dientes de Bellatin? Ni siquiera se trata de una dentadura postiza. En este caso son los mismos dientes. A Bellatin incluso se le niega de esa manera la opción no sólo de sacarse el brazo y dejarlo detrás de bambalinas, sino también la de sacarse los dientes y hacerlos dormir en un vaso de agua que seguramente beberá en medio de la noche algún huésped distraído. Antes de partir Bellatin advierte que ha pasado ocho horas sentado en el sillón dental colocado en medio del consultorio. Le parece un exceso haber hecho semejante esfuerzo y haberse dejado manipular de esa manera sólo porque el dentista ha visto sus dientes en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. Para Bellatin el día ya está muerto. No tiene ya ganas de hacer nada durante la jornada. Sale a la calle y el frío del viento le causa un agudo dolor. Siente además que las piezas provisionales que lleva puestas han sido mal pegadas. Debe realizar determinado gesto con la boca para evitar que se caigan. En ese momento hubiera deseado pertenecer a la <i>Caravana de los Seres Desdentados</i> que aparece en el libro <i>Bola Negra</i>. Ser parte de aquellos infelices que cuando sienten caer la última pieza dental saben que deben partir hacia la muerte. Bellatin escuchó de niño esa historia una y otra vez. Se la narró su abuela. Aquella narración le fue contada a la abuela a su vez por la madre de una familia japonesa que se mudó al lado de la casa familiar huyendo de una de las tantas oleadas de hambruna de Oriente. La abuela le dijo a Bellatin que para la vecina la historia de su vida no pareció terminar de esa manera. A la abuela no le constaba que la vecina se hubiera visto obligada a tomar alguna decisión después de verse despojada de su última pieza dental. Para la abuela el relato de la Caravana de los Seres Desdentados tuvo su final la noche en que las fuerzas del gobierno hicieron una <i>razzia</i> de inmigrantes japoneses para ser embarcados hacia campos de concentración en los Estados Unidos. La vecina y su marido se suicidaron esa misma noche. La abuela me contó que horas antes le encargaron a sus dos pequeños hijos. Uno era muy gordo y la otra flaquísima. Me dijo también que una hora después escucharon un disparo seguido de otro. El marido primero mató a su mujer y después se suicidó. La vecina le había pedido que escondiera bien a sus hijos. Al gordo y a la flaca. Que los tratara como si fueran propios. Pero mi abuelo entregó a los niños a la policía poco después de escuchar los disparos. Creo que a manera de disculpa, mi abuela me dijo en ciertas ocasiones que en aquella época se vivían tiempos difíciles. Que no debía reclamar por la conducta del abuelo ni de la del resto de la familia. Creo que por acciones de esta naturaleza entiendo más que nunca a Bohumil Hrabal trepando por el alféizar con el supuesto fin de espantar a las palomas. Cuentan que su caída fue estrepitosa. Que no mostró ni por asomo la elegancia con la que un ave realiza su vuelo final. En realidad las aves mueren acurrucadas en sí mismas en algún rincón de la naturaleza. Recuerdo haber visto a varias moribundas en las playas del sur. Pensaba, cuando era niño, que las gaviotas imposibilitadas de volar se quedaban quietas porque habían decidido hacerse amigas de las personas. Apenas aparecían a mi vista las perseguía. Intentaba darles algo de comer. No advertía que muchas de ellas cojeaban. Otras se quedaban quietas dejando que mi mano las acaricie. Horas después las encontraba muertas. Se quedaban quietas mirando hacia la nada. Se negaban a comer ni una migaja de pan. Parecían rechazar de una manera atávica todo lo que pudiera parecerle saludable al resto de las personas.  De la misma manera que Endo Hiroshi, el mismo que afirmó cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Enseguida Mario Bellatin colocó la mano sobre la hoja de papel colocada sobre el atril donde se encontraba leyendo el texto <i>Bola Negra</i>. Una mosca gigante apareció frente al micrófono. Una mosca semejante a las que suelen volar alrededor de los cadáveres cuando comienzan a descomponerse. Semejante a las que seguramente revolotearon alrededor del cuerpo de la paloma colocado en la rama de un árbol por los desayunadores que miraron aterrados cómo mi perro Isaías le destrozaba el cuello en un instante. O dando vueltas sobre las violetas que cultivaba dentro de una maceta la madre del escritor sin piernas. Era una mosca que me aterró aún más que haberme presentado sin brazo delante del público a leer el texto de <i>Bola Negra</i>. Un texto donde un entomólogo decide de pronto dejar de comer todo aquello que pueda resultarle saludable al resto de las personas.</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4043" alt="Gg" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p style="text-align: left;">3- El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Tomó la decisión luego de la noche de insomnio —provocado quizá por el recuerdo de la vieja cocinera de la casa partiendo hacia la Caravana de los Seres Desdentados—<sup>1</sup> que siguió al banquete de bodas de sus padres. Durante aquella noche había sentido, entre dormido y despierto, la desaparición de sus brazos y piernas provocada por la voracidad descontrolada de su propio estómago. Fue tal la agresividad que mostró aquel órgano que Endo Hiroshi, con las primeras luces del alba, ya se sentía miembro del bando de aquellos que comen sólo para estropearlo. De los que pretenden transformarlos en apéndices casi inservibles. Endo Hiroshi conocía de cerca historias de jóvenes, que morían mostrando una delgadez extrema por negarse de pronto a comer ni un grano de arroz. Algunos decían que muchas de aquellas inapetencias eran causadas por alguna desilusión amorosa, y otros que se producía por seguir de una manera estricta la imposición de las modas que provenían de Occidente. Por el contrario, sabía también de hombres y mujeres que comían hasta hartarse mostrando en sus corpulentos cuerpos la imposibilidad de abstraerse al desenfrenado deseo de representar dentro de sí mismos el universo entero.<sup>2</sup> En su familia, en más de una ocasión se habían dado las dos situaciones opuestas. Se presentó incluso el caso de unos primos, mellizos, en el que la hermana se consumió producto de la anorexia y el hermano se convirtió en un destacado luchador de <i>sumo.</i><sup>3</sup> Endo Hiroshi recordaba también algunas historias de los años de guerra, que oyó de niño, en las que solía hacerse referencia a una escasez tal que obligó a muchos a matar por una ración de arroz o un trozo de pescado.<sup>4</sup> Asimismo había escuchado relatos de la existencia de carne de roedor envuelta en delicados <i>sushis</i>, y de jóvenes que se dedicaban a atrapar moscas para después consumirlas a manera de <i>mijo</i>.<sup>5</sup> Parece que el impacto de esos cuentos motivó que el entomólogo Endo Hiroshi adquiriera, desde pequeño, un espíritu que de cierta manera mezclaba una suerte de aversión y reverencia hacia la comida. Por ese motivo nunca dio la impresión de estar de acuerdo con aquella expresión extranjera, que afirmaba que la cocina de su nación parecía estar hecha más para la apreciación visual que para ser consumida.<sup>6</sup> En casa de sus abuelos, donde pasó parte de su infancia porque a sus padres les estaba prohibido vivir juntos mientras no muriera la cocinera, no se acostumbraba desperdiciar nada comestible. Muchas veces —basados principalmente en el libro de enseñanzas del Profeta Magetsu, del cual toda la familia era devota— se había ejercido una peculiar manera de preparar los alimentos, que consistía en enterrar los ingredientes varias horas seguidas en medio de piedras encendidas con leña o carbón. El Profeta Magetsu, monje del que se dice que no había tenido una sino muchas muertes, concebía la creación del universo como un obsequio de la madre tierra a los elementos constitutivos del cosmos, entre los que estaba incluido, por supuesto, el ser humano. Durante un viaje que hizo al África, invitado por la sociedad de entomólogos de la que formaba parte, Endo Hiroshi debió consumir todo el tiempo alimentos empaquetados, que compró en un negocio cercano a su casa que le recomendaron los miembros de la asociación a la que pertenecía. Realizó por eso aquel viaje llevando en sus maletas botes, platos y vasos de plástico que contenían distintas fórmulas de alimento deshidratado. Endo Hiroshi sólo debía agregar agua hirviendo a los recipientes para conseguir una cierta variedad de comidas que, de algún modo, guardaban un lejano parentesco con las que originalmente se consumían en el país. Esta excursión fue bautizada, por el mismo entomólogo Endo Hiroshi, como “El largo viaje del agua hirviendo”, pues fue fundamental en la trayectoria la presencia de teteras y de estufas portátiles que le permitieron no sólo alimentarse de forma adecuada, sino además tomar el té a la manera tradicional. Endo Hiroshi habría podido prescindir por varios días de la comida, pero mientras estuviera despierto le era prácticamente imposible dejar de tomar té por más de cuatro horas seguidas. Algunos entomólogos le aconsejaron que aprovechara el viaje y probara uno de los tantos insectos comestibles que se consumían en las regiones que iban visitando. Desde las hormigas comunes, que eran servidas bañadas con miel dentro de cucuruchos de papel, hasta la pulpa de ciertas tarántulas de patas azules que vivían únicamente en la copa de ciertos árboles.<sup>7</sup> Mientras iban alimentándose con estos especímenes, era común que los miembros de la expedición hablaran de las propiedades nutritivas de los insectos. Algunos años atrás ciertos expertos, principalmente el científico Olaf Zumfelde de la universidad de Heidelberg, habían construido una tabla donde se detallaba la cantidad de proteínas de los invertebrados que era asimilada de manera inmediata por el cuerpo humano.<sup>8</sup> Sin embargo, Endo Hiroshi no probó nada distinto a los alimentos envasados que había comprado en su país. Continuó con la travesía llevando siempre consigo sus comidas empaquetadas, el té, su tetera, y la pequeña hornilla que funcionaba con pilas. Faltando unos días para el final del viaje, en el que trabajó con su diligencia habitual, halló un extraño espécimen que se creía extinguido. Encontró un ejemplar desconocido. El único del que se tenía memoria, el <i>Newton Camelus Eleoptirus, </i>era de otro color. Logró guardarlo en la mejor de las condiciones posibles, y sin decirle nada al resto de la expedición lo llevó consigo en el viaje de regreso. Una vez desembarcado, se dirigió directamente al laboratorio que tenía montado en la parte trasera de la que después sería casa de sus padres.<sup>9</sup> En ese entonces, sus padres aún estaban solteros y vivían separados. Pese a esta situación, los miembros de la familia se encontraban todas las noches en esa casa, que habitaba Hiroshi desde la infancia, para rezar las oraciones del monje Magetsu. Endo Hiroshi sabía que el hallazgo del insecto era fundamental para su carrera de entomólogo. Su nombre, Hiroshi, iba a ser utilizado a partir de entonces para nombrar siempre a la especie cazada. Según sus conocimientos, y el de otros muchos investigadores, el insecto que se conocía era azul y no rojo como el que Hiroshi había encontrado. <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus  </i>sería el nombre que llevaría esta nueva variedad. Pero cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir la caja de plástico encontró sólo una pequeñísima bola negra en lugar de su insecto. La bola era tan minúscula que incluso fue curioso que se diera cuenta de su presencia. La caja había sido diseñada especialmente para transportar ejemplares de esa naturaleza. Es decir, insectos de pequeñas y medianas proporciones. Las fabricaban exclusivamente para los miembros de la sociedad de entomólogos a la que pertenecía. Estaban hechas de tal modo que los insectos atrapados podían vivir mucho tiempo en su interior. Era impensable que se hubiese escapado el eleoptero encontrado la semana anterior. Endo Hiroshi lo había visto en el aeropuerto de Nairobi antes de abordar el avión de regreso. Dentro de la nave le había echado otra ojeada y el día anterior, inmediatamente después de instalarse nuevamente en su casa, lo había estado contemplando largo rato bajo unas lentes de entomólogo.<sup>10</sup> En esa última ocasión estuvo comparándolo no sólo con el <i>Newton Camelus Eleoptirus</i>  que aparecía en una ilustración del libro de insectos que siempre llevaba consigo, sino con una serie de tratados especializados que llenaban la biblioteca de su estudio. Fue tal la impresión ante la ausencia que no reparó en la llegada de sus padres a la casa, quienes a partir del regreso sano y salvo del hijo se preparaban a reanudar las oraciones en la sala principal de la casa. Durante las semanas que había durado el viaje al África no habían tenido otra alternativa sino la de rezar en el propio templo del Profeta, que se levantaba en las faldas del monte principal. Para lograrlo habían tenido que realizar fatigosos ascensos. Las cosas no podían hacerse de otro modo. Era tal la prohibición antes de la muerte de la cocinera que los padres no solamente estaban impedidos de vivir juntos antes de que se casaran, sino que ni siquiera podían permanecer un minuto en el casa principal sin la presencia fìsica del hijo. Hiroshi escuchó que lo llamaban, querían seguramente saludarlo pero quizá lo más importante era que los ritos religiosos no podían comenzar en su ausencia. Shikibu, la vieja sirvienta, terminaba en esos momentos de preparar la gran olla de arroz blanco que se ofrecería luego de la ceremonia. Desde que había cumplido los quince años de edad, el cuenco de arroz que se servía después de las oraciones era el único alimento que Endo Hiroshi consumía durante la jornada. Arroz y, como se señaló, varios litros de té. Cualquiera hubiera dicho que esa dieta lo pondría delgado y débil. Sin embargo, su lozanía demostraba lo contrario. Como los viejos monjes, incluso como el mismo Profeta Magetsu, un cuenco de arroz diario era comida suficiente para atravesar la vida entera. Respecto a esta idea  se dice que una de las muertes del Profeta Magetsu, al parecer la definitiva, ocurrió cuando el Profeta decidió permitir que su cuerpo fuera el alimento de su propio cuerpo.<sup>11</sup> Para dejar evidencia del proceso, en el que su carne desapareció gradualmente para curiosamente convertirse en una huella de su propia carne, contó con la presencia de su discípulo, Oshiro, quien escribió en un gran pergamino de papel de arroz, disponible actualmente para quien quiera consultarlo, las palabras que su maestro le fue dictando durante el proceso. El maestro se limitó a pronunciar cada día una palabra. Curiosamente, la última puede ser traducida como <i>paz</i>. Resulta extraño que un ser de la altura espiritual del Profeta Magetsu, al final de un proceso de muerte tan complejo como el que llevó a cabo, hubiese pronunciado una palabra cuyo sentido para muchos puede resultar más que obvio. Antes de comenzar el ritual de adoración al Profeta, tanto los padres como Endo Hiroshi debían proceder a revisar los dientes de la anciana cocinera. Los padres fueron siempre los más interesados en aquella inspección, pues sólo podrían casarse y gozar a plenitud su condición de señores de la casa cuando aquella mujer perdiera la dentadura completa. El día en que no pudiera volver a comer la cocinera moriría por inanición durante el viaje solitario —un camino sin fin que debía iniciar en uno de los tantos caminos que rodean al monte principal—, que tendría que emprender la misma noche de la celebración de las bodas de sus señores. Bastaba que en la inspección de la dentadura se detectase la ausencia de todas las piezas para que, de inmediato, se iniciaran los preparativos de la celebración. Por lo general, dos días después estaba todo consumado. Los señores ya eran marido y mujer. Durante esas jornadas la anciana no podría probar ni una migaja del banquete nupcial, estado que sería fundamental para que en su camino a la muerte las acciones se precipitasen lo más rápido posible. Unos minutos después, luego de los saludos de rigor y de presentar sus respetos a la imagen del Profeta Magetsu, se procedió a la inspección de la boca de la cocinera. Todavía no era el momento de comenzar las oraciones en regla, pues era importante, para encontrar el tono adecuado de practicarlas, saber si se oraba conociendo que la cocinera contaba con piezas molares o no. En esa ocasión, pese a cumplirlos a cabalidad, Endo Hiroshi no le dio ninguna importancia a los ritos que dirigía. Estaba consternado con la desaparición del insecto. Pero, como fiel devoto, disimulaba lo más que podía. Se había colocado su tradicional túnica y, después de saludar a sus padres como lo debe hacer cualquier hijo que regresa de una larga expedición les comenzó a arrojar, a sus cuerpos tendidos, el agua correspondiente —que iba sacando de un pequeño cuenco de madera—. Luego de los saludos, los padres se habían acostado en el suelo boca abajo y cuán largos eran. Cuando se terminó aquella parte del ritual, notaron la ausencia de la cocinera. Los padres intuyeron, al instante, la verdad. Se dirigieron rápidamente a la cocina donde encontraron a la anciana, escondida detrás de las leñas del fogón. Como lo presumieron, al abrirle la boca, descubrieron que la última muela, que los había tenido en vilo durante los últimos años, había desaparecido. Mientras la vieja sirvienta suplicaba y se negaba a separar nuevamente las mandíbulas, Endo Hiroshi, quien había seguido a sus padres hasta la cocina, pareció comprender entonces lo sucedido con su insecto. Entendió que la minúscula bola, que había hallado en lugar del exótico ejemplar, se trataba de una especie de estómago del insecto. Aunque en realidad parecía ser nada más que el bicho deglutido por sí mismo. No podía serle extraña una teoría semejante. No en vano había pasado casi toda su vida, exactamente todos los momentos que le dejaba libre su profesión de entomólogo, dirigiendo los ritos del monje Magetsu. Parecía haberse repetido, en su caja de entomólogo, el proceso por el que había transitado el monje antes de morir de manera definitiva. Aquella bola tenía que ser una masa informe, conformada por los elementos que habían constituido al pequeño bicho. Los gritos de la anciana fueron desgarradores.<sup>12</sup> Los padres se mostraron inflexibles. Finalmente la anciana calló —mostró de pronto un repentino silencio que pareció ser una rotunda aceptación de su destino—. Los padres pudieron entonces, tranquilamente, discutir los preparativos de la boda. Principalmente hablaron del banquete. Servirían comidas tradicionales. No habría toques modernos, salvo los besugos ofrecidos a los recién casados antes de que comenzase la ceremonia. Había que pensar en el cocinero que tuviera la maestría suficiente para preparar el <i>Besugo fantasma</i>.<sup>13</sup> La receta consistía en destazar el pez hasta dejarlo descarnado pero vivo, para luego introducirlo en una pecera que sería puesta en el centro de la mesa de los novios. La pareja de recién casados comería la carne mientras el animal seguía nadando, moribundo, mostrando sus órganos internos a todo el que quisiera verlos. Como señal de buen augurio para el matrimonio, la comida debía durar el tiempo exacto que tardaba el pez en morir. El entomólogo Endo Hiroshi corroboró aquella noche sus sospechas. Luego de que condenaran a Shikibu y que realizaran, de una manera más intensa que la habitual los ritos para el Profeta, ya en su habitación y con la ayuda de un microscopio vio que, efectivamente, el insecto parecía haberse consumido a sí mismo. Sin razón aparente, experimentó un acceso de náuseas. Vomitó. Mientras tanto, en la planta baja, sus padres continuaban con los planes. A partir de entonces la madre podría, además de arreglar la casa a su gusto, pintar sus dientes de negro. El padre, aparte de comenzar a dar las órdenes para el funcionamiento del hogar estaba en el derecho de ir al dentista para hacerse extraer de una vez por todas la parte frontal de la dentadura. Esas características, de los dientes negros y la ausencia de dientes en la parte anterior, eran los símbolos de encontrarse en posesión de una vida plena. Reflexionando sobre la transformación que había sufrido un insecto que podría haberse llamado <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus</i>, nombre que de inmediato lo habría llevado a la fama internacional, decidió que después de las bodas de sus padres el fin de su vida iba a consistir en atenuar, hasta el mínimo punto posible, el normal funcionamiento de su estómago. Buscaría neutralizarlo de una manera similar a la atrofia hepática que llegan a sufrir ciertos gansos, cebados con obsesión por sus dueños, o los gatos que en ciertos países suelen ser criados en jaulas minúsculas y alimentados con maíz aromatizado con sustancias químicas. Cuando al día siguiente el sol entró por la ventana, iluminando la caja de plástico que contenía aún el supuesto estómago del insecto, Endo Hiroshi decidió no sólo comerse aquella bola negra sino también una serie de gorgojos y otros bichos que recolectaría durante la mañana. En el ropero de su cuarto guardaba, casi intacto, el traje para la cacería de orugas que se celebraba los años bisiestos. La última vez que participó en una de esas jornadas lo hizo acompañado de su prima, la muchacha sumamente delgada que murió como consecuencia de esa delgadez, y de su primo, el obeso luchador de <i>sumo</i>.</p>
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<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">* Este texto ha aparecido con anterioridad, pero se desconoce dónde.</span></p>
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<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;"><strong>Notas de pie de página</strong></span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">1 Costumbre arcaica a la que deben someterse los ciudadanos que han perdido completamente la dentadura.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">2 Creencia popular, entre los caldeos asirios principalmente, de que en el cuerpo humano estaba contenida la totalidad de las esferas celestes. Se cree, gracias a recientes estudios de corte psicológico profundo, que en el hombre existen remanentes de esta convicción como símbolo de superioridad social.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">3 Tipo de lucha deportiva que tiene como fin celebrar los tiempos de cosecha o de abundancia. Se practica sobre todo en regiones que se rigen por el calendario solar.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">4 El pez por el cual la gente cometió un mayor número de asesinatos fue el lenguado.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">5 Hasta el día de hoy aparecen de cuando en cuando, en los diarios, casos de comerciantes que venden moscas tostadas en lugar de semillas comestibles.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">6 Ver revista <i>Newsweek</i> # 234, pag.56.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">7 Se trataba de las tarántulas Larpicus fosforescentes, que únicamente existen en el este de Namibia.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">8 Consultar Tabla Zumfelde. Disponible en la Sociedad de Nutriólogos de Berlín.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">9 Según la tradición del profeta Magetsu, bastante incomprensible en el mundo occidental, los señores de una casa no podían sostener una vida marital hasta que la más anciana de las mujeres del servicio no perdiera el último de sus dientes. Este hecho no les negaba el derecho a tener hijos.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">10 Se usaron unas lentes Stewarson, importadas por la Casa Tenkei-Marú.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">11 Ver el libro <i>Catecismo Sagrado de la secta Hiro-Sensei</i>.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">12 Se dice que aquella noche algunos vecinos no pudieron conciliar el sueño.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">13 Los maestros en esta técnica suelen encontrarse en la costa sur del país.</span><br />
<span style="font-size: 12px;">  </span></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Ben Rodkin con Mario Bellatin y David Shook, para <span style="text-decoration: underline;">Barú</span><br />
Este texto apareció anteriormente en BAR en noviembre de 2013.</em></p>
</div>
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		<title>Escenarios alternativos para amantes</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2015 04:06:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Budapest @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"></p>
<p style="text-align: right;" align="center">Por Szilvia Molnar
traducción de Miguel Muñoz</p>
<p>1. Regreso a una casa en cenizas en Lund. Tú estás de vuelta en Malmö. Veo a mis padres recogiendo fotografías a medio quemar en el jardín, como juntando hojas antes del invierno. Sus caras están cubiertas de hollín. Desesperada, llevo mis maletas sucias desde la isla de Nagu hasta Rusia, donde no quedan emos ni emociones por sentir. En San Petersburgo compro una máquina de escribir, una de esas Smith Corona que siempre quise tener, y robo un taburete de una ferretería. Elijo una calle transitada y me siento a escribir. Las personas pasan y me piden una frase, una afirmación o una receta para princesstårta. Me aseguro de agregar que no hay princesa sin mazapán. A cambio me dejan sus almuerzos, que rara vez como. Tienen demasiada carne. ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/04/escenarios-alternativos-para-amantes/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Joel-Gitelson-3.jpeg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5526" alt="Joel Gitelson 3" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Joel-Gitelson-3-1024x683.jpeg" width="1024" height="683" /></a></p>
<p style="text-align: right;" align="center"><em>Por Szilvia Molnar<br />
</em><em>traducción de Miguel Muñoz</em></p>
<p><b>1.</b> Regreso a una casa en cenizas en Lund. Tú estás de vuelta en Malmö. Veo a mis padres recogiendo fotografías a medio quemar en el jardín, como juntando hojas antes del invierno. Sus caras están cubiertas de hollín. Desesperada, llevo mis maletas sucias desde la isla de Nagu hasta Rusia, donde no quedan emos ni emociones por sentir. En San Petersburgo compro una máquina de escribir, una de esas Smith Corona que siempre quise tener, y robo un taburete de una ferretería. Elijo una calle transitada y me siento a escribir. Las personas pasan y me piden una frase, una afirmación o una receta para <i>princesstårta</i>. Me aseguro de agregar que <i>no hay princesa sin mazapán</i>. A cambio me dejan sus almuerzos, que rara vez como. Tienen demasiada carne. Bollos con tiras de tocino o sopas espesas de zanahoria blanca con trozos de cerdo hundidos en el fondo.</p>
<p>Una mañana encuentro un perro con una misión. No se ve como un patán, solo como un modesto cruzado. Trato de darle un pastel de tocino, pero lo rechaza cortésmente diciendo que es vegetariano. <i>Cuéntame más</i>, le digo, y comienza una historia acerca de cómo una vez fue un hombre de origen sueco y portugués, pero se convirtió en perro cuando perdió a su chica. <i>Caminé desde un pueblo llamado Malmö, donde volvió a nacer el falafel, hasta San Petersburgo. La emoción está prohibida aquí. Durante el viaje me detuve en Budapest porque, verás, ella viene de la tierra de la paprika y la sandía. Se me ocurrió que quizás pudo habérsele antojado algo de eso, pero no la encontré en ningún sitio</i>. Cuando este perro de garras violentas me contó esto quise abrazarlo porque finalmente supe que se trataba de ti. Y tú me habías extrañado tanto que olvidaste lo que buscabas. Tuve que recordártelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>2.</b> Vivo alejada de ti, en el otro extremo de Suecia. Han pasado varios años desde la última vez que nos vimos. Desde esos diez días en Nagu. Lees un aviso en el periódico. Una vieja señora siente que se va a morir en uno o dos días, pero no tiene parientes que puedan heredar su casa de campo. Decides llamarla porque el nombre de la casa es <i>Bolond</i> (‘loco’ en húngaro). Una palabra con la que estás familiarizado. A ella le agradas por tu rostro sincero. Cuando te da las llaves las sientes pesadas en tu mano, pero el peso es un consuelo. Una promesa de buenos tiempos por venir.</p>
<p>Quitas el polvo del letrero de entrada, amontonas las sillas para hacer más espacio en la sala, limpias las ventanas por dentro y por fuera. Esperas compañía a pesar de que nadie sabe dónde estás. Un festival se avecina, ¿o es el Año Nuevo lo que se celebrará en un par de días? Algo hace que te levantes temprano un día. Hace que te duches y te afeites. Que te laves los dientes. Que te cortes las uñas de los pies. Que prepares una comida. Que enciendas una vela. Estás bien entrenado para la espera.</p>
<p>Al segundo golpe abres la puerta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>3.</b> Soy un cyborg. Tú eres mi cargador.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>4.</b> Hay un faro que no mucha gente conoce. En realidad, solo dos personas en el mundo saben de él. Una de ellas (yo) vive en este faro; la otra (tú), viene de visita. Navegas en tu bote y encuentras el camino guiándote solamente por la luz. Guardo un calendario marcado con los días que vendrás. Mis días contigo llevan una H, como una escalera con un solo peldaño. H. Subo los escalones y enciendo la luz. No puedo ver tu bote, pero tú sí ves la luz. No hemos hablado por años. La soledad en el mar y en el faro nos ha enmudecido. Dejamos que nuestros diarios hablen por nosotros. Los intercambiamos cuando nos vemos. Nos ponen al día en las cosas que nos hemos perdido. Son las palabras más ruidosas que hemos leído. ¿De quién es la voz que escuchamos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>5.</b> Luego de unos años me siento en el bus junto a un hombre con un mantel como camisa. Me pregunto por unos minutos si eres tú, pero te bajas antes de que me atreva a preguntar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>6.</b> Pasaste ya la mediana edad, pero la gente todavía te encuentra atractivo. Vives con tu esposa y tu hijo de 17 en las afueras de Londres. Tu esposa fue diagnosticada con esclerosis múltiple hace varios años y su dolor se ha arrastrado lentamente hacia ti. Das clases de húngaro y lingüística en una universidad de prestigio. Estás cansado porque a tus estudiantes parece no importarles lo que enseñas. En ocasiones, debes animar la clase para despertarlos. Les cuentas de <i>nivkh</i>, un idioma que no está enteramente relacionado con ningún otro, pero que aun así está incluido en el grupo de las lenguas paleosiberianas. Les muestras en el mapa cómo lo hablan aquí, en la Manchuria Exterior, <i>pero todo lo que nos queda son cintas</i>, y entonces señalas los cinco casetes negros en tu estante. Los estudiantes te miran con sus cabezas inclinadas hacia un costado. Nada le está llegando a nadie. Entonces ves mi cara. Desde el pequeño grupo de estudiantes (porque, ¿quién quiere estudiar húngaro en estos días?) me ves observándote como si estuviera dándole vueltas a una pregunta en mi cabeza. Pero no la haré hoy.</p>
<p>En el transcurso de un par de semanas ocurre el contacto. Enseñas. Escucho. Pregunto. Explicas un poco más. Repartes hojas con mis intereses en mente y no tengo miedo de cuestionar tus teorías. Avanzamos de papeles a libros. Me das a Frost, Didion, Brautigan y Edna St. Vincent Millay. Te entrego a Boye, Tranströmer y Södergren. Tratamos de vernos tantas veces como podemos sin que resulte sospechoso para nadie más en la oficina, pero nunca son suficientes. Algunos fines de semana vamos a la Biblioteca Británica tan pronto como abren y nos sentamos en una cabina con nuestros proyectos hasta que las últimas líneas se pueden leer. Me traes peras japonesas que se ven como manzanas y saben a agua azucarada. Traigo para nosotros chocolate oscuro y amargo.</p>
<p>De pronto, los meses han pasado por encima de nosotros. Es tiempo de que me gradúe y de que tú organices otro año académico más. Acordamos seguir viéndonos, pero no llegamos ni siquiera a un tercer almuerzo porque tu esposa me llama por teléfono. Encontró mi nombre en tu diario. He arruinado su matrimonio, su vida, una familia con la que no debí jugar.</p>
<p>Me doy cuenta de mi egoísmo y termino todo contacto. Tú, sin quererlo, también dejas de escribirme.</p>
<p>Cinco años han pasado y todavía seguimos sin hablarnos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>7.</b> Te instalaste en tu departamento de Värnhem, Malmö. Algunos días manejas el camión del correo y la mayoría de las noches haces música. Me mudé a una pieza en Södermalm, Estocolmo. Casi todos los días los dedico a leer y escribir. Pero mi habitación está completamente vacía, así que me veo obligada a empezar desde cero y hacer lo más adulto del mundo: comprar una cama. Considerando mi situación económica, decido ir a IKEA. Recorro todo el piso, me detengo en el área de dormitorios y pruebo cada colchón. El más firme me convence; lo compro. Camino hacia el área de entregas y veo mi colchón de 50 kg. Lo arrastro hasta la caja y ya está, lo hice, compré mi primera cama para adultos. Es más grande que una plaza, pero más pequeño de lo que quisiera. Es el tamaño que nos daría espacio suficiente en caso de que alguna vez vengas a visitarme.</p>
<p>Hago la fila para el servicio de transporte y veo a un bebé desagradable en brazos de una madre histérica. Le preocupa que sus sábanas color pastel no combinen con el tapizado de la habitación y parece que no logra encontrar un tono más adecuado. Cuento hasta diez porque he escuchado que ayuda cuando estás molesta, pero no funciona. En lugar de ello trato de no mirar al bebé. De alguna forma eso me alivia. Tramito una orden para que lleven el colchón hasta mi nuevo hogar. El hombre gordo detrás del mostrador dice que llegará al día siguiente. Me preparo para su arribo. Limpio mis anaqueles, riego mis plantas y junto mis libros en una hilera. Entonces, el timbre de abajo suena. Una voz familiar* me dice que mi colchón ha llegado. Bajo corriendo y te veo sentado y satisfecho en una furgoneta de IKEA. Resulta que manejas todo tipo de camiones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">O bien:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>8.</b> Invento historias.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10px;">*Accidentalmente escribí “familia” la primera vez.</span></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em><em>Imagen: </em></em><strong><a href="www.atsealevel.net">Joel Gitelson</a> </strong></p>
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		<title>Árboles en la noche</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Dec 2014 21:03:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Montevideo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;">
Ramiro Sanchiz</p>
<p>&#160;</p>
<p>En las afueras de Punta de Piedra hay un bar bastante lejos de la última línea de casas. Desde la llanura descuidada se levanta un cubo, ante todo, de concreto gris con ventanas pequeñas y un predio para estacionar automóviles; de hecho, para simular un poco el efecto que me provocó siempre contemplarlo, con las casitas de Punta de Piedra a lo lejos y la llanura reducida a un paisaje del universo dentro de miles de millones de años, debería apelar a una imagen simple, tosca e improbable: un edificio art nouveau en un planeta remoto y deshabitado.</p>
<p>Mi abuelo solía darse una vuelta por allí los viernes a la noche, pero no se me permitía acompañarlo. Así que un día de febrero de 1990 mi amigo Marcos y yo tomamos nuestras bicicletas y partimos hacia el norte, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/12/arboles-en-la-noche/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/caro-maranguello-ARG.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5442" alt="caro maranguello (ARG)" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/caro-maranguello-ARG.jpg" width="2048" height="1570" /></a><br />
<em>Ramiro Sanchiz</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En las afueras de Punta de Piedra hay un bar bastante lejos de la última línea de casas. Desde la llanura descuidada se levanta un cubo, ante todo, de concreto gris con ventanas pequeñas y un predio para estacionar automóviles; de hecho, para simular un poco el efecto que me provocó siempre contemplarlo, con las casitas de Punta de Piedra a lo lejos y la llanura reducida a un paisaje del universo dentro de miles de millones de años, debería apelar a una imagen simple, tosca e improbable: un edificio art nouveau en un planeta remoto y deshabitado.</p>
<p>Mi abuelo solía darse una vuelta por allí los viernes a la noche, pero no se me permitía acompañarlo. Así que un día de febrero de 1990 mi amigo Marcos y yo tomamos nuestras bicicletas y partimos hacia el norte, hacia el bar. Eran más o menos las cinco de la tarde cuando llegamos; lo encontramos cerrado y recuerdo que hacía un poco de frío, el cielo estaba cubierto y se había levantado viento. Nos paramos ante la puerta, desilusionados. Estaba cubierta de adhesivos de mundiales de fútbol a los que no presté atención –Marcos, en cambio, los examinó con cara de asombro; eran tantos, además, que casi no dejaban ver hacia adentro. En cualquier caso, el interior del bar estaba a oscuras. No había mucho más que hacer.</p>
<p>De inmediato entendimos que si seguíamos el camino de tierra que nos había llevado al bar terminaríamos en la ruta, y que si la cruzábamos (algo impensable hasta ese momento) podríamos explorar la gran región que en nuestro mapa de fantasía llamábamos las Marismas –porque siempre que la mirábamos desde la ventana del auto de mis abuelos o de los padres de Marcos, en algún viaje a Castillos o al Chuy, nos parecía un panorama propio del delta del Nilo. Después de encontrar el bar cerrado era imposible no ceder ante la tentación de aquel paisaje más o menos imaginario, de juncos altísimos, atardeceres de pantano y árboles de troncos múltiples que más que árboles parecían los cuerpos de grandes bestias antediluvianas desfigurados por el tiempo. Iba a ser la primera vez que pudiéramos ver aquel paisaje sin la mediación de una ventanilla: nosotros solos, en el otoño anticipado de aquella tarde de febrero.</p>
<p>Pedaleamos hasta la ruta y más allá, donde no había caminos ni alambrados, y pronto nos encontramos ante una especie de bosquecillo; habría sido imposible dar vuelta atrás en ese momento (pese a que eran casi las seis y si demorábamos un poco más en regresar a nuestras casas estaríamos en problemas), así que dejamos las bicicletas y nos adentramos a pie. Al rato llegamos a una laguna no muy grande, un estanque de agua verde e inmóvil.</p>
<p>Rodeándola, a modo de mediación entre ella y el monte, había un cinturón de arena que nos pareció fría y húmeda, llena de insectos y gusanos diminutos. Sobre la arena, a pocos metros de dónde estábamos, vimos una cosa que debía ser el conjunto de los restos de un animal en avanzado estado de descomposición. Marcos se acercó de inmediato. Yo arranqué una rama del monte y lo seguí.</p>
<p>No era fácil darse cuenta de a qué animal pertenecían aquellas formas. Había, por ejemplo, partes comparables a las secciones de una columna vertebral, curva y con espinas, pero no podían verse indicios de patas, costillas o cráneo. Marcos dijo que debía tratarse de un carpincho muy grande y un poco deforme, y que la falta de algunos de los huesos se debía a la acción de comedores de carroña. Podía ser, pero yo seguía asombrado por las formas de la criatura. Para empezar, ya más de cerca, la textura del cuerpo no hacía pensar en la descomposición ni sentíamos tampoco olor a muerto; lo toqué con la rama y me pareció que aquella piel (o lo que fuese) era rígida y que tenía la dureza del cristal. Es un tronco, dije, a lo mejor estuvo mucho tiempo en el agua y quedó con esta forma. Marcos había conseguido otra rama y, entre los dos, empujamos como para hacerla girar. No se movió siquiera un milímetro: aquello parecía pesar toneladas o estar clavado al planeta, como un afloramiento de roca… cosa que podía ser, por supuesto, pero nos resultaba imposible no reconocer algo orgánico allí, una textura, un patrón de organización que, de cerca, parecía remedar nervaduras, capilares o nervios. Marcos retrocedió unos pasos y me llamó: había visto algo diferente desde su nueva perspectiva, y me lo señaló. Era una forma similar a un brazo, que terminaba en lo que parecía la pata de un ave o un dinosaurio, con dedos y uñas. Eso, al menos, fue lo que vi yo, porque él decía haber dado con el cráneo de la criatura. Giré en torno al cuerpo y busqué lo que originalmente había tomado por una columna vertebral: no pude encontrarlo. Aquello parecía ahora un animal con simetría radial, del tipo que yo –por mis lecturas de la vieja enciclopedia de historia natural de mi tío Hilario– entendía como una forma de vida esencialmente primitiva, y ajena por completo a los caminos que había tomado después la evolución sobre la Tierra.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5443" alt="Bosque 1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-1.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Ahora, al rememorar esa sensación de asco, viene también a mi memoria una suerte de asombro y terror que siempre han inspirado en mí los árboles en la noche. A toda hora puedo, por supuesto, mirarlos sin mirar, o apreciar, a un nivel superficial de percepción, sus colores, la distribución de las ramas, las formas de las hojas, las pautas de la corteza en sus troncos o la presencia o ausencia de flores, piñas y frutos, pero si me esfuerzo en cierta dirección llego a un estado en el que un árbol –tan ajeno a cualquier patrón morfológico reiterado a lo largo del reino animal– se revela como una criatura fuera de este mundo, un alienígena. Y accedo con gran facilidad a esa sensación por la noche, cuando los árboles parecen arrancados de su hábitat natural, que es la luz, y permanecen en el espacio de la ciudad (un baldío, especialmente, o también alguna de las grandes casonas del barrio del Prado, o incluso un parque o una cuadra de arboleda densa) como intrusos, como fantasmas o sombras de otra realidad. En esas ocasiones siento, ante la extraña y en apariencia caótica ramificación y proliferación de hojas que parece seguir las fisuras y rugosidades del espacio, invisibles para los animales, que estoy ante una criatura esencialmente incomprensible, dotada de una forma de consciencia a la que jamás podré acceder. Su obvia cualidad de máquinas solares, de artefactos de una tecnología pretérita y olvidada, y a la vez su no menos obvia cualidad viviente se configuran en un todo más extraño que cualquier animal, en los que los movimientos y las articulaciones, la vida móvil en busca del sustento, resultan mucho más familiares y comprensibles. Recuerdo, por ejemplo, detenerme ante las grandes formas (como helechos atrapados en el interior de un libro grande y pesado) de los árboles aplastados por varios reflectores de luz verde en un salón de fiestas, probablemente hacia 1993; y recuerdo también una noche en que me armé de valor y trepé a una gran higuera, en el fondo de la casa de un amigo, y traté de pensar, como si de lograrlo pudiera disipar para siempre el miedo, que me fundía con el árbol y sus ramas y su tronco se convertían en prolongaciones de mi cuerpo.</p>
<p>Pero aquella criatura muerta frente a la laguna no era el tronco de un árbol. Pronto fue evidente que su forma mutaba según desde dónde la contemplásemos y que incluso la visión que habíamos alcanzado desde un punto en particular variaba dramáticamente si pasábamos a otra perspectiva y después de un rato regresábamos a la posición original. Así, lo que al principio había parecido una columna vertebral pronto fue uno de los ejes fosilizados de aquella concebible simetría radiada, pero luego también un apéndice, un tentáculo, una suerte de arco ojival, como en una catedral gótica o el techo de un Volkwswagen escarabajo. No recuerdo, entonces, si fui yo o Marcos el que sugirió –recuerdo sí que ya estaba haciéndose de noche– que debía tratarse de un extraterrestre.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5444" alt="Bosque 2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-2.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Lo más probable es que la idea del alienígena se nos ocurriese gracias al recuerdo de alguna película. Si bien en el cine los extraterrestres eran esencialmente antropomórficos –y no sólo en el sentido más inmediato de la conformación de sus cuerpos–, estaba el ejemplo de Alien, donde la criatura sin ojos se comportaba de una manera que hacía difícil concluir si era inteligente, y también Solaris, que habíamos visto sin entender gran cosa, excepto que todo aquel océano, como una ameba gigante, era un ser extraterrestre. Es cierto que ahora no puedo fijar con precisión cuándo vi cualquiera de esas películas; de Alien sí sé que fue en el ciclo de terror que el canal 4 de Montevideo emitía los viernes a partir de las 22 horas, pero el caso de Solaris es más dudoso, ya que mis primeros recuerdos sólidos de la película o del libro datan del 94 o el 95, cuando me uní al grupo de escritores de ciencia ficción liderado por Emilio Scarone –aunque a la vez siento que al comentarla en esas épocas yo afirmaba haberla visto antes. En cualquier caso, Marcos y yo sí habíamos visto Cosmos, donde Carl Sagan sostenía, en uno de los episodios, que los extraterrestres, de existir, debían ser sumamente diferentes a las formas animales o vegetales que veíamos en la Tierra. Esa idea debió ser la que nos llevó a concluir que aquello era un alien. ¿De qué otra cosa podía tratarse? No era un cadáver: lo dejaba claro la falta de señales de descomposición; tampoco un tronco; quizá era algo artificial, una escultura por ejemplo, pero aceptando esa hipótesis se volvía muy difícil justificar los dramáticos cambios de forma (o incluso de estructura) según el punto de vista.</p>
<p>Si tuviera que intentar explicarlo en este momento diría que, tratándose de una forma de vida alienígena, probablemente su estructura fuese tan ajena a los conceptos y percepciones posibles para la mente humana (formada, además, por siglos y siglos de cultura) que, de alguna manera, no nos resultaba del todo visible, o que la única manera que teníamos de percibirla era cediendo el mando a la imaginación, que reconstruía profusa e instantáneamente aquellas formas imposibles para evitarnos la contemplación del vacío, de lo que sería de otro modo un hueco imposible en la realidad.<br />
En cualquier caso, sin llegar entonces a esa conclusión, Marcos y yo nos convencimos de que estábamos ante un extraterrestre muerto. Quizá su nave se había estrellado días atrás y la criatura logró moverse hacia el monte y aquel estanque o laguna, para morir por alguna influencia de las aguas, los microorganismos o quién sabe qué detalle bioquímico. También pudo haber permanecido siglos allí, bajo el agua, y en su lento proceso de secado o reducción la laguna la había dejado finalmente descubierta sobre la arena. Para que nosotros la encontrásemos.</p>
<p>Nuestra primera decisión fue no avisar a nadie; pensamos que cualquier intrusión iba irremediablemente a apartarnos de aquella criatura; imaginábamos que llegarían de inmediato equipos científicos que cercarían la zona y nos volverían imposible acercarnos de nuevo. El secreto, entonces, era fundamental: ante los padres de Marcos y mis abuelos debíamos actuar como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos hecho otra cosa que dar una larga vuelta en bicicleta por los límites de Punta de Piedra.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5445" alt="Bosque 3" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-3.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
No recuerdo ahora cuánto tiempo permanecimos ante la cosa, pero pronto oscureció y entendimos que debíamos regresar; la contemplación había tenido los efectos de una sesión de hipnosis, como si nos hubiese desdibujado el mundo que nos rodeaba, los árboles, la laguna, el paisaje de aquella región al norte de Punta de Piedra, una suerte de blanqueado de nuestra percepción o anulación de cualquier cosa que pudiese elaborar nuestra mente.</p>
<p>Fue sólo mucho después que imaginé ciudades enteras que se levantaban con esas formas y texturas, ese color negruzco sobre el que a veces se deslizaban reflejos verdosos o azulados, esa rugosidad intrincada e infinita, esos patrones de ramificación y proliferación que nos obligaban a recorrerlos como se recorre un fractal, cada segundo del acto de percepción también subdividido (y ramificado) en innumerables espacios de tiempo en los que no podíamos sino perdernos.</p>
<p>A la vez, habíamos entendido que aquel había sido el momento más importante de nuestras vidas, que la larga búsqueda de algo nuevo en el mundo nunca podría llevar a nada diferente a lo que habíamos encontrado ya que todo el resto, desde los templos de Angkor Vat hasta las iglesias subterráneas en Etiopía, desde el más avanzado caza de guerra o las estaciones orbitales que imaginábamos para el futuro cercano, desde la computadora más poderosa hasta el mayor acelerador de partículas, jamás podría ser algo realmente diferente, libre de las pautas de lo humano, de lo que nos constituía. Y la criatura era todo lo contrario. Las máquinas, las grandes obras de arte, las maravillas arquitectónicas, incluso las bellezas de la naturaleza, todo eso estaba adentro, estaba en nosotros, era parte lo que nos hacía humanos, el mobiliario o las paredes de nuestra mente; el extraterrestre, en cambio, era el verdadero afuera; por debajo de la danza de formas intrincadas y cambiantes había algo que nos ponía en contacto con lo incomprensible, algo que vaciaba o destruía nuestra mente y volvía a construirla, de a poco, de acuerdo a otros principios. Nos sentíamos como dos viajeros inmortales que han recorrido miles de veces el mundo y las épocas y, cuando todo parecía perdido y nada lograba arrancarlos del hastío más terrible y desolado, llegaban a encontrarse cara a cara con la maravilla, para, al contacto con ella, perder capas y capas de cansancio y de mundo y convertirse en dos niños de once años, más libres para fundirse con lo nuevo, para asimilarlo, para hacerlo circular, ahora sí, hacia el adentro, cambiándolo para siempre.<br />
Entonces nos miramos, asombrados, como flotando todavía en el lento despertar de un sueño profundo, y, sin pensarlo, me arrodillé en la arena y toqué a la criatura.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-4.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5446" alt="Bosque 4" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-4.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Cuando regresamos, después del inevitable regaño, cené con mis abuelos mirando la televisión; no recuerdo nada más de esa noche y, si intento representarme sentado a la mesa, sólo puedo imaginar mi mirada perdida, mi expresión absorta mientras mis abuelos conversan y comentan el programa al aire o los hechos del día; me acosté temprano y apenas pude leer unas pocas líneas del libro que me ocupaba en ese momento. Instantes después ya dormía y soñaba: estaba, ahora sí, recorriendo esa ciudad deslumbrante que podía ser tanto el lugar que habitaban criaturas de la especie de la que habíamos encontrado como, en sí misma, un único ser viviente. En el sueño me preguntaba si estaba yo dentro de la criatura o si aquello que habíamos encontrado con Marcos era un fragmento de una forma de vida alienígena o del vehículo que la había traído a nuestro planeta. En mis recuerdos, además, el sueño ocupa toda la noche y, a la vez, se limita a unos pocos minutos, durante los que camino por esas extrañas avenidas pensando en la criatura. Cuando desperté mi abuela sostenía un paño frío y húmedo sobre mi frente. No estaba en mi cama del garaje sino en la de mis abuelos, recostado entre almohadones. Intenté hablar pero no pude sino susurrar lo que sentí como un lamento vergonzoso. Mi abuela me pidió que guardara silencio; jamás la había visto tan preocupada, por lo que, supongo, aquella noche debí haber delirado por la fiebre. Al poco tiempo llegó un médico de la policlínica que había en el barrio viejo; habló con mis abuelos durante un largo rato pero no pude entender una sola palabra. Debí quedarme dormido una vez más, porque mi siguiente recuerdo es volver a ver a mi abuela a un lado de la cama, esta vez bajo la luz del atardecer. En ese momento pude hablar un poco más, y le pregunté qué me estaba pasando: Contestó que todavía tenía algo de fiebre y necesitaba descansar. Y me contó que había permanecido inconsciente por casi cuatro días y que recién esa mañana había logrado despertar; me habían llevado a Castillos, donde fui examinado sin que los médicos lograsen llegar a mayores conclusiones que el proverbial virus. La recomendación, como era imaginable, fue bajar la fiebre y esperar.<br />
No sé exactamente cuántos días pasé en la cama. A la que sentí como la mañana siguiente al primer despertar recordé la laguna y la criatura, pero también me sentía seguro de haber estado allí varias veces, en distintos momentos del día, a veces con Marcos y a veces solo. Recordaba también haber acampado ante la cosa más de una noche, lo cual era imposible, ya que no había manera de que mis abuelos me permitiesen algo así (ni yo querría hacerlo, al menos en circunstancias normales). Pero ahí estaba, sin embargo, en mis recuerdos: me veía sentado ante la laguna mirando tanto al alien como al cielo, no las estrellas sino el cielo, completamente negro, y era como si hubiera algo que indagar, un detalle que estaba perdiéndome y que debía buscar como si armase un rompecabezas sobre una mesa muy grande y tuviese a mi lado un pequeño modelo a escala muy reducida de la imagen y la mirase insistentemente para detectar los patrones que se me escapaban en el caos de todas aquellas piezas.</p>
<p>También recordé que, en las últimas ocasiones en que la visitamos, la criatura mostraba evidentes señales de deterioro. Los cambios de forma según la perspectiva no se daban de la misma manera que en las primeras oportunidades y había estructuras que parecían estancarse y durar hasta el día siguiente, a la vez que grandes porciones del cuerpo desaparecían con señales de haber sido arrancadas o mordidas por animales. Marcos dijo que si buscábamos en el monte quizá encontraríamos los pedazos que faltaban, y a mí se me ocurrió que aquello seguramente iba a tener consecuencias, como si de alguna manera esa extrañeza de la cosa extraterrestre pudiese fundirse con los árboles y el paisaje, como una mancha de tinta que se extiende por los capilares del mapa y alcanza también a Punta de Piedra y de ahí a toda la costa y a Montevideo y quizá al resto del mundo.</p>
<p>Esa noche me sentí bien. Habían dejado la ventana abierta y entraba la brisa. Mi abuela dormía en la cama pequeña que yo usaba más de niño; me levanté y recorrí la casa. Había cosas de mis padres, ropa, bolsos, y en mi cama del garaje estaba mi madre, también dormida (de un modo apacible, me pareció, que daba a entender que yo estaba bien, que lo peor realmente había sido dejado atrás). Sobre la mesa del comedor encontré el reloj de mi padre: eran la una y media de la mañana del veinticuatro de febrero; creí entender que habían sido semanas, no días, y que debí pasar inconsciente más tiempo del que suponía. ¿Cuándo habían llegado mis padres desde Montevideo? ¿Y dónde estaban mi abuelo y mi padre? Sobre la heladera, en una cesta de frutas, había siempre una linterna; la tomé y volví al garaje. Pasé su círculo de luz por las paredes; faltaban las cañas de pescar, los baldes, el mediomundo y el calderín. Seguramente se habían ido a pescar, a la encandilada. Yo no solía acompañar a mi abuelo en esas sesiones de pesca nocturna –me aburría muchísimo y siempre tuve miedo de los árboles en la noche– pero esta vez fueron más fuertes las ganas de mover mi cuerpo en el aire fresco y salado, bajar a la playa, buscar a papá y hacerle entender que ya estaba bien, que ya estaba de vuelta, que me daban las fuerzas para quedarme allí, pescando con él, con mi abuelo y con él. La puerta principal estaba cerrada con llave, pero la trasera, la de la cocina, no. Me puse unas bermudas, las ojotas y una remera y, con cuidado de no hacer ruido, salí al fondo. Después de rodear la casa y avanzar hacia la calle miré hacia atrás: los pinos parecían criaturas dormidas muy cerca unas de otras, como en el fondo de una madriguera. Era una noche luminosa, llena de estrellas. Caminé hacia la playa sintiéndome todavía mejor y encontré la camioneta de mi abuelo en la bajada, ella sola sobre la arena color de plata. Corrí hacia la orilla, iluminando el camino con la linterna, y los vi; primero los faroles a mantilla, luego a mi abuelo y a mi padre bastante adentrados en el agua, con una red, y a Marcos y su padre en la orilla, sosteniendo las luces. Alcé el brazo con la linterna y grité sus nombres. Se había levantado un poco de viento, por lo que mi voz no debió alcanzarlos. Avancé más, volví a gritar, y entonces sí, entonces sí me oyeron.</p>
<p><em>Imagen: &#8220;Bosque&#8221; de <a href="http://quedesplaceaire.tumblr.com/">Caro Maranguello</a><br />
</em></p>
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		<title>El pan del cuervo (fragmento)</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Nov 2014 16:19:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[São Paulo @es]]></category>

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<p style="text-align: right;">Nuno Ramos
 traducción de Martín Caamaño</p>
<p>Lección de geología</p>
<p>Hay una capa de polvo que recubre las cosas, protegiéndolas de nosotros. Polvo oscuro de hollín, fragmento de sal y de alga, toneladas de materia en granos que van cruzando el océano transformándose en hilachas transparentes depositadas poco a poco para preservar lo que quedó abajo. Casi nada se ha pensado respecto a este fenómeno. Se trata probablemente de una enorme operación de camuflaje, de ecualización de una señal remota que percibiríamos fácilmente en ausencia de esta montaña de pequeños agregados. Algo dentro de las cosas está siendo disfrazado, escondido a cualquier precio, e incluso hasta el extracto de roca, tierra y lava seca donde pisamos, construimos nuestras cabañas y parimos a nuestros hijos parece estar allí para envolver algo que tiende al centro. La agregación  interminable de la ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/11/el-pan-del-cuervo-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/04_05_Desenho_17.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5415" alt="Ramos_04_05_Desenho_17" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/04_05_Desenho_17-1024x825.jpg" width="1024" height="825" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Nuno Ramos</em><br />
<em> traducción de Martín Caamaño</em></p>
<p><strong>Lección de geología</strong></p>
<p>Hay una capa de polvo que recubre las cosas, protegiéndolas de nosotros. Polvo oscuro de hollín, fragmento de sal y de alga, toneladas de materia en granos que van cruzando el océano transformándose en hilachas transparentes depositadas poco a poco para preservar lo que quedó abajo. Casi nada se ha pensado respecto a este fenómeno. Se trata probablemente de una enorme operación de camuflaje, de ecualización de una señal remota que percibiríamos fácilmente en ausencia de esta montaña de pequeños agregados. Algo dentro de las cosas está siendo disfrazado, escondido a cualquier precio, e incluso hasta el extracto de roca, tierra y lava seca donde pisamos, construimos nuestras cabañas y parimos a nuestros hijos parece estar allí para envolver algo que tiende al centro. La agregación  interminable de la Gravedad, de la masa cayendo sobre la masa, materia abrazando materia con apetito siempre renovado, constituye la razón más evidente de este principio. Es como si un ser primordial, pleno en una carcajada antigua, percibiera un tajo en su cuerpo o pus en sus ojos, una pelusa de color extraño en su pelo o incluso una mal formación en sus miembros. Antes de abismarse en la tristeza, avergonzado de lo que percibió, aún pudo recubrirse con lo que había a sus espaldas, levantando todo lo que dejara escapar de sí, pues hasta hace poco era parte de su cuerpo perfecto la materia de la que ahora se viste –el polvo y la tierra, el follaje y las pelusas, el fuego explosivo de las estrellas y la oscuridad congelada. La gigantesca espiral en movimiento, concéntrica, como un feto encogiéndose, con que se retrajo esta divinidad incapaz de comprenderse, de incluirse entera, enseñó al tiempo y al espacio, que hasta entonces estaban en ella, eran ella, su comportamiento básico –caída, choque, suspensión; arena, materia, enigma. Es difícil comprender cómo habrá irradiado en las cosas esta actitud de reclusión y de vergüenza. La materia, en verdad, tal vez no sea más que la expresión primera de esta fuga. En vez de la afirmación explosiva de una nada plena, toda la Física tendría por principio la negación y el ocultamiento de algo percibido, el disfraz de un defecto, la espiral protectora en torno a una identidad llena de disgusto. La expansión del universo, según este punto de vista, debería proseguir apenas hasta que el recubrimiento se cumpla, volviéndose después innecesaria. Pero si el flujo de polvo y lava en nuestro planeta continúa, si la luz se desvía en su espectro hacia el rojo, señalando el alejamiento progresivo de las estrellas ya tan alejadas, es porque el cuerpo avergonzado todavía no puede cubrirse entero. En verdad, el movimiento con que giran los gases calentados, los choques de masas polares con el aire más liviano y caliente que viene de los trópicos, la condensación de las tempestades sobre el océano, toda la sal lanzada en la atmósfera, la lucha de las mucosas y las branquias, el sufrimiento mismo de las aspiraciones humanas, dragones esparciendo lentejuelas y escamas, vidas sesgadas, pedazos de madera que naufragan, ojos que las cataratas velan, cuenca donde habitan los secretos, todo lo que quedó gris y después floreció en primavera, todo lo que el otoño ecualizó con plata y monotonía, el leve rosado del poniente, el aire que infla el pecho de alegría, en verdad parecen parte de una astucia, gestos furtivos que no   comprendemos, secuelas de un cuerpo enorme y defectuoso que intenta inútilmente recubrirse, desaparecer debajo de la apariencia. El motivo de su fracaso, probablemente, se deba al hecho de que la materia de la que se recubre sea ella misma parte suya, compartiendo su decepción –<i>ella</i> <i>también </i>quiere ocultarse, reproduciendo infinitesimalmente el movimiento que debería ser restricto al carozo que le dio origen. Acaba así traicionando por mimetismo y semejanza el papel que le fue designado mientras la larga letanía de que existe, girando su rostro para adentro, neutralizando sus facciones, desfila lentamente. Tal vez sea una curiosa contradicción que aquello que tanto se esconde precise de testigos como nosotros, que lo contemplamos, lo admiramos y, encima, nos parece bonito. Pues así toda la eliminación progresiva, la nebulización periódica de lo que podría brotar en flores enloquecidas, la monotonía de un lenguaje que debería ser carne, una matemática que debería ser de troncos y de mármoles, sí, toda la laguna de posibilidades que la frágil ambición de nuestros órganos no supo realmente desear, consigue su <i>imprimatur</i>, su documentación en tanto necesidad –abrazamos lo que huye de nosotros, invertimos su propio disgusto y rechazo, juzgamos como perfecta la naturaleza avergonzada y defectuosa, adherimos, en fin, perdidamente y para siempre a lo que parece bello, porque nos conformamos con amar.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Ceniza</strong></p>
<p>Si el fuego viene del bosque, tenemos nuestro fuego. Si viene de adentro de una de las casas, hay tierra alrededor de ellas para evitar que se propague. Si crece en una gran choza, ojalá que la destruya. Tal vez sea un rayo que nos fulmine. Sabemos que el fuego vendrá porque todos tuvimos el mismo sueño. Una llama azul y un humo claro. El aroma dulce de la carne quemada. La huida de los sobrevivientes entre las brasas, hasta la laguna seca. Nuestra carcasa calcinada junto a la de dos leones. Después nuevos árboles creciendo, nuevas casas, la gran choza. Después el mismo sueño y la disipación nuevamente.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Avispa</strong></p>
<p>Me dijeron, fue la vecina la que habló, que vinieron tras de mí cubiertos con capuchas. Yo estaba sumergido. Revisaron toda la habitación buscando el pasaje. La habitación entera es el pasaje. El sofá hundido. Las paredes son livianas. Preferiría que me encontrasen pronto. Preferiría que esto terminara y soltasen la vieja avispa sobre mí. Ella ahora está atrapada en un tarro de glucosa, atiborrándose de comida. Me dijeron, fue la vecina la que habló, que es exactamente eso lo que van a hacer.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Banda de la luna</strong></p>
<p>La última lluvia fuerte les quitó tierra de encima. Andaban en banda. Seguían la luna. Está probado que no trasmiten nuestras dolencias, pero nos gusta el último ladrido. Hacemos jabón. Fabricamos la harina de huesos, pelo y sangre caliente. Después me lavo con eso. Eso animal. El mejor amigo del hombre huye del hombre. Permanece secándose en el asfalto con la pata floja, moribunda.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Yo cuido de ellos</strong></p>
<p>Desde que llegó la ruta yo cuido de ellos. Solo necesito una pala, un poco de cal y una bicicleta. Ni siquiera necesito pedalear mucho. Cuelgo el balde lleno de cal en el mango del manubrio. Cada mañana hay un perro nuevo. Al menos uno. Lo miro bien. A veces viene junto con unos pedazos de asfalto, piedras de alquitrán pegadas en el pelo. Intento acordarme cómo era. Anoto el tamaño, el dibujo de las manchas, el lugar donde el auto le dio y la fecha. Si alguien me viene a preguntar estoy preparado. Después lo tapo con  tierra de mi jardín. Necesito desenterrar a los más antiguos y hacer lugar para los nuevos. Quiero saber sus nombres. Cuando conozco al dueño le pregunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Nuno Ramos, &#8220;Sin título&#8221; (2005). O pão do corvo fue publicado por Editorial 34.</em></p>
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