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	<title>the Buenos Aires Review &#187; BAR Bellatin</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>Dossier Bellatin</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/dossier-bellatin-3/</link>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 06:47:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Editores - The Buenos Aires Review]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categorizar]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p>El Buenos Aires Review acaba de cumplir dos años, y los vamos a festejar con champán y un par de textos inéditos de y sobre uno de nuestros escritores más adorados: Mario Bellatin.</p>
<p>La obra de Bellatin es celebrada, debatida y examinada por todo el mundo hispanohablante. Desde el hermoso, agobiante Salón de belleza hasta la apócrifa (pero rigurosamente documentada) biografía del escritor japonés Shiki Nagaoka, Bellatin construye sistemas literarios sumamente complejos usando una prosa contenida como herramienta. Su proyecto estético también se extiende más allá de la página: en 2003 organizó un Congreso de Dobles en París, para el cual las celebridades literarias invitadas fueron reemplazados por suplentes entrenados para responder en su lugar.</p>
<p>Aunque a veces hace cosas inesperadas dentro del establishment literario con la escritura y el performance, hay una coherencia de concepto y forma que une e ilumina ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/dossier-bellatin-3/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Rodkin_Bellatin_A1.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5627" alt="Rodkin_Bellatin_A" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Rodkin_Bellatin_A1-1024x575.png" width="1024" height="575" /></a></p>
<p>El <em>Buenos Aires Review</em> acaba de cumplir dos años, y los vamos a festejar con champán y un par de textos inéditos de y sobre uno de nuestros escritores más adorados: Mario Bellatin.</p>
<p>La obra de Bellatin es celebrada, debatida y examinada por todo el mundo hispanohablante. Desde el hermoso, agobiante <i>Salón de belleza</i> hasta la apócrifa (pero rigurosamente documentada) biografía del escritor japonés Shiki Nagaoka, Bellatin construye sistemas literarios sumamente complejos usando una prosa contenida como herramienta. Su proyecto estético también se extiende más allá de la página: en 2003 organizó un Congreso de Dobles en París, para el cual las celebridades literarias invitadas fueron reemplazados por suplentes entrenados para responder en su lugar.</p>
<p>Aunque a veces hace cosas inesperadas dentro del <i>establishment</i> literario con la escritura y el performance, hay una coherencia de concepto y forma que une e ilumina los textos minimalistas de Bellatin. Por eso estamos tan emocionados con presentarles este dossier, dentro del cual se encuentran:</p>
<p>la <span style="color: #ff1493;"><a title="Clases de escritura para los sordos y ciegos (fragmento)" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/"><span style="color: #ff1493;">traducción</span></a></span> que hizo nuestro querido editor <strong>Fernando Montes Vera</strong> de una traducción que hizo el poeta David Shook de un texto que todavía no ha sido escrito por Mario Bellatin;</p>
<p>un <span style="color: #ff1493;"><a title="Mario Bellatin: Dobles y Descartadas" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/mario-bellatin-dobles-y-descartadas/"><span style="color: #ff1493;">ensayo</span></a></span> de <strong>Craig Epplin</strong> sobre dobles, Converse, y la búsqueda de Frida Kahlo;</p>
<p>una <span style="color: #ff1493;"><a title="Bellatin y Japón: una entrevista" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bellatin-y-japon-una-entrevista/"><span style="color: #ff1493;">entrevista</span></a></span> con <strong>Mat Chiappe</strong> en la cual Bellatin habla de su relación con lo japonés (y nos recomienda unas pelis);</p>
<p>una <span style="color: #ff1493;"><a title="Tratado sobre Mario Bellatin" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/tratado-sobre-mario-bellatin/"><span style="color: #ff1493;">meditación</span></a></span> de <strong>Edmundo Paz Soldán</strong> sobre <i>El libro uruguayo de los muertos</i>, por el cual Bellatin ganó este año el premio José María Arguedas;</p>
<p>y <span style="color: #ff1493;"><a title="Bola negra" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bola-negra-2/"><span style="color: #ff1493;"><i>Bola negra</i></span></a></span>, de Bellatin, ahora una ópera.</p>
<p>Además, todos los textos lucen imágenes de <strong>Sebastián Freire</strong> y otras de Bellatin mismo, junto con <strong>Ben Rodkin</strong> y David Shook, para la película <i>Barú</i>.</p>
<p>Esperamos que disfruten la colección tanto como hemos disfrutado armarla.<br />
—Los editores</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Ben Rodkin con Mario Bellatin y David Shook para <span style="text-decoration: underline;">Barú</span>.</em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Clases de escritura para los sordos y ciegos (fragmento)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 12 May 2015 06:04:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Fernando Montes Vera]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[México DF @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">de la traducción al inglés que hizo David Shook de una novela todavía no escrita por Mario Bellatin
traducción de Fernando Montes Vera</p>
<p>La madre de Josué era ciega. No desde siempre. Perdió los ojos uno por vez, empezando alrededor de los 49, contando años humanos. Para un chihuaha son siete años, lo que no es excepcionalmente inusual, aunque sí un poco temprano. El proceso comenzó con una pequeña lechosidad en el perímetro de su abultado ojo izquierdo. Ay, tiene cataratas, cacarearon los peluqueros del circuito de exposiciones, por ignorancia y falta de creatividad y curiosidad. Tenía uveítis. El oftalmólogo explicó la enfermedad en un pizarrón: hay unos triangulitos —las bombas de presión de los ojos, según explicó— que se encargan de secretar los residuos usuales de los ojos —compuestas mayoritariamente por minerales y sales—. Los residuos usuales estaban representados ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/clases-de-escritura-para-los-sordos-y-ciegos-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/D-by-Ben-Rodkin.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5573" alt="D by Ben Rodkin" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/D-by-Ben-Rodkin-1024x575.png" width="1024" height="575" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>de la traducción al inglés que hizo David Shook de una novela todavía no escrita por Mario Bellatin</em><br />
<em>traducción de Fernando Montes Vera</em></p>
<p>La madre de Josué era ciega. No desde siempre. Perdió los ojos uno por vez, empezando alrededor de los 49, contando años humanos. Para un chihuaha son siete años, lo que no es excepcionalmente inusual, aunque sí un poco temprano. El proceso comenzó con una pequeña lechosidad en el perímetro de su abultado ojo izquierdo. <i>Ay, tiene cataratas</i>, cacarearon los peluqueros del circuito de exposiciones, por ignorancia y falta de creatividad y curiosidad. Tenía uveítis. El oftalmólogo explicó la enfermedad en un pizarrón: hay unos triangulitos —las bombas de presión de los ojos, según explicó— que se encargan de secretar los residuos usuales de los ojos —compuestas mayoritariamente por minerales y sales—. Los residuos usuales estaban representados por cuadraditos que parecían granos de sal gruesa, quizás del Himalaya. El oftalmólogo recetó dos medicamentos: un ungüento para la hipertonicidad con 5% cloruro de sodio, para ayudar con la secreción de residuos, y flurbiprofeno, unas gotitas para los ojos que deben ser administradas día por medio, para desacelerar el proceso de mal funcionamiento de laúvea. La madre de Josué, Okie Doke, dos veces campeona de la exposición regional de Inland Empire, se había retirado a una edad temprana por culpa de la cesárea requerida para el nacimiento de Josué —con sólo un kilogramo, era muy chiquita para tenerlo naturalmente—. La operación le había dejado dos cicatrices: la primera atravesaba su bajo abdomen, y de alguna forma había hecho desaparecer uno de los pezones de la hilera izquierda, dejándole sólo siete, el número preferido de su criador —y de Dios—, a la vez que una desproporción inaceptable para una perra de exhibición. Okie Doke cargaba también con una cicatriz psicológica, que fue desapareciendo más lentamente, más carnosa, quelóidea y sospechosa. Era esa cicatriz, más que los ojos, lo que la descalificaba para la competición. Aún así, siguió siendo la favorita de su criador, su bestia más caprichosa, viviendo la mayor parte de su vida adulta encima de algún mueble: su sofá, su reposera favorita Milo Baughman, su cama. Era muy pequeña para saltar sola, él tenía que tomar su cuerpo como una pelota de rugby para niños, cruzando los dedos entre sus pezones impares.</p>
<div id="attachment_5574" style="width: 401px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img1.jpg"><img class="size-full wp-image-5574" alt="WritLess_img1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img1.jpg" width="391" height="291" /></a><p class="wp-caption-text">La chihuahua favorita del criador, Okie Doke, cerca de los siete años y medio, exhibe señales tempranas de uveítis en su ojo izquierdo.</p></div>
<p style="text-align: center;"><b>*</b></p>
<p>Una tarde, Dik Dik Tracy —bautizado en honor a las gacelas africanas miniatura que el criador solía ver en su enciclopedia pictográfica cuando niño— impregnó a Okie Doke con Josué mientras el humano dormía una siesta en el sofá. Auspiciaba la escena un programa estilo CSI como cortina de fondo del acto impulsivo del perro. El criador despertó en el momento en que el pene lápiz labial de la bestia eyaculó su penúltimo chorro de semen dentro de la inocente Okie Doke. Horrorizado, comenzó a gritar y le pegó con un diario enrollado hasta que Dik Dik se terminó acobardando bajo la mesita ratona. El criador pasó la noche delirando de culpa y Malbec, primero por haberse dormido dejando sin supervisión a dos criaturas en el pico de su celo, luego por haber castigado a Dik Dik tan severamente.</p>
<p>Dik Dik era demasiado grande para ser un perro de exhibición, pesando poco más de dos kilos. Aún así, en su juventud había participado en diversas exhibiciones —más por la experiencia que por la posibilidad de ganar—. Además, razonaba el criador, quizás podía trabajar de semental, con su contextura robusta y su buen linaje —su abuela, Reina Isabel, y su tátara tío, Columbus Casanova, habían sido campeones—. De alguna manera, el criador también lo consideraba un castigo por impregnar a Okie Doke: el acicalado y la limpieza meticulosa de glándulas, el barnizado de uñas, la limpieza de oídos, todo violaba el sentido de dignidad de Dik Dik, como él había violado a Okie Doke.</p>
<p>Ya sea por venganza o por naturaleza, no pasó mucho tiempo hasta que Dik Dik avergonzó públicamente al criador, primero por montarse a la pierna de un juez, una ocurrencia muy mal vista pero no del todo infrecuente en un perro de exhibición joven —algo que, a pesar de no descalificar técnicamente al animal, quizás resultura peor para su futuro en el circuito de exposiciones, ya que esa conducta no se olvidaba fácilmente y el pool de jurados, especialmente en áreas culturalmente carenciadas como Inland Empire, no era grande—. El criador mantuvo a Dik Dik en la competencia a pesar de la humillación, para entrenar a la adiestradora de Dik Dik, que pesaba al menos 50 veces más que el animal. De acuerdo a la adiestradora —que pasó a convertirse en uno de los pocos enemigos verdaderos del criador—, una falla en la correa había desembocado en el escape de Dik Dik del área de acicalado luego de su humillante performance. Cuando se lo devolvió al piso durante la exhibición de pomeranios, Dik Dik se montó a R.S. Poofball, cuatro veces campeón de la Asociación de Clubes Caninos Americana y habitué del circuito europeo —quizás lo más desafortunado era su sexo masculino, ya que, gracias al rápido ingenio de uno de los relatores del show, a Dik Dik se lo empezó a llamar ‘Rock Hudson’ en el circuito de perros de competencia—.</p>
<p>Al criador le llevó varios meses volver a ver a Dik Dik Tracy como un perro. Leyó varios artículos sobre homosexualidad en animales no humanos: un comportamiento natural en jirafas y algunas aves, aparentemente. Consultó con varios entrenadores sobre la posibilidad de sacarle lo gay, algo que casi todos desaconsejaron. Finalmente decidió castrar a Dik Dik, una decisión difícil, considerando sus planes previos de alquilar la bestia en calidad de semental, pero una solución más fácil y rápida, pensó, para domar la homosexualidad del perro. En la vejez, lamentaría su decisión como un acto de crueldad injustificada, aún más: un retorno al Medioevo y la evidencia de su rechazo a la personalidad, sin importar cuán desviada, de uno de sus perros más amados.</p>
<div id="attachment_5575" style="width: 367px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img2.jpg"><img class="size-full wp-image-5575" alt="WritLess_img2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/WritLess_img2.jpg" width="357" height="316" /></a><p class="wp-caption-text">Estatuilla de cerámica de R.S. Poofball, esculpida por una estudiante sorda y ciega como parte de una muestra de Historia en la Academia de Artes de la Escritura para los Sordos y Ciegos.</p></div>
<p style="text-align: center;"><b>*</b></p>
<p>Antes de contar mucho más de esta historia, debo admitir la naturaleza insólita de su relato, que merece una explicación básica. Primero, la coincidencia inusual con la sordoceguera de mi hermano. Según entiendo, yo contraje síndrome de rubéola congénita en la panza de mi madre, a las seis semanas de su primer embarazo, cuando padeció un caso particularmente purpúreo de la enfermedad en Colton, California. La retinopatía sal-y-pimienta de mi condición me permite dilucidar figuras difusas en ambientes bien iluminados; mi sordera neurosensioral es severa, pero la implantación quirúrgica de una clóquea experimental me permite identificar fonemas vocálicos, nasales, bilabiales y velares, y años de práctica de contextualización y un sistema de eliminación lexical me permitieron identificar sonidos alveolares con un 75% de eficacia. Mi hermano, con el cual comparto una madre pero cuyo padre es desconocido —al menos para mí—, ha tenido peor fortuna, habiendo nacido con síndrome de Usher I. A pesar de que sus primeros doctores esperaban que pudiera retener su visión foveal, quedó completamente ciego a los 6 años, habiendo aprendido a leer. Como soy cinco años mayor que él, mi madre ya había quedado en bancarrota dos veces por financiar mis propios tratamientos, y las limitaciones financieras prohibieron la posibilidad de descubruir si acaso un dispositivo expermental de cloqueo como el mío hubiera funcionado también para mi hermano. Quizás, el hecho de haber aprendido a leer antes de que su ceguera se manifestara completamente facilitó su aptitud al Braille, al que rápidamente dominó —llegando a componer poemas ocasionales en la lengua, que hasta el día de hoy seguimos utilizando para comunicarnos, a través de su primer Brailler de los 70s, que prefiere por nostalgia, y mi computadora, que me permite mucha mayor velocidad para las narraciones—.</p>
<p>Este documento, y su relato de la insólita fundación de la Academia de Artes de Escritura para los Ciegos y Sordos, es principalmente para él y ha sido tipeado originalmente en mi computadora Brailler en el curso de varios meses, luego de años de investigación. He viajado a través del país buscando fuentes relevantes, sin importar cuán inconsecuentes parecieran, y he entrevistado infinidad de personas, desde el adiestrador de R.S. Poofball en la mañana del fatídico incidente, quien todavía vive cerca de Downey, California, hasta la heredera sobreviviente de la poetisa compañera del criador, que ahora reside en la Costa Este. He decidido dar a conocer este documento en su forma actual con la esperanza de que pueda interesar al público en general, tanto como documento histórico y como un estudio de caso inspirador sobre la realización de sueños improbables por actores aún más improbables. La versión en Braille de este relato está disponible sin costo alguno en la Academia de Artes de Escritura para los Sordos y Ciegos, así también como varios servicios y recursos que se pueden solicitar por correo.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Una tarde, sentado en la sala de espera del osteópata canino mientras Okie Dokie atravesaba su ajuste semanal, el criador leyó un artículo sobre un químico ciego. Quedó fascinado. Las resonancias magnéticas mostraron que el cerebro de Okie Doke, a pesar de ser apenas más grande que una nuez con cáscara, la colocaban en el 20 por ciento superior por su bajo peso corporal, y el artículo le hizo preguntarse si, como el químico ciego, su visión degradada había afinado sus otros sentidos. El químico ciego había aprendido a identificar oscilaciones de entre tres y cinco grados en la temperatura de la llama de un mechero Bunsen a través del sonido emitido por la combustión de butano. El criador se excusó al baño de la oficina, donde discretamente destrozó las uniones de la revista para arrancar el artículo de tres páginas, antes de tirar la revista en el cesto de basura montado en la pared y cubrir sus restos con varias toallas de papel. Su cabeza daba vueltas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><b>Diez correos sobre la traducción de la obra aún no escrita <i>Lecciones de Escritura para Ciegos y Sordas</i>, con los personajes mencionados explicados por el traductor</b></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mario Bellatin y David Shook</em></p>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Nuevo Proyecto de Traducción</b><br />
10 messages</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sat, Mar 2, 2013 at 7:24 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Querido Mario,</p>
<p>Te extraño mucho, casi tanto como a Pérez y a Golda[1], mi compañera fiel en tu sofá.He pensado comenzar un proyecto nuevo: la traducción de una de tus novelas aún no escritas. ¿Te ofende la idea? Ojalá no. Syd[2] me dijo que soy demasiado presuntuoso, y es por eso que te pregunto.Si prefieres, puedo escoger una de tus futuras novelas más cortas, para dejar las más largas en manos de una traductora con la gracia e inteligencia que merecen los textos.</p>
<p>Un abrazo, un saludo cariñoso de Syd, y un buen ladrazo de Okie Doke[3], ya dormida y muy enojona por su edad avanzada.</p>
<p>David</p>
<p>Typed with my thumbs.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Sat, Mar 2, 2013 at 7:54 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Fantástico, va, por supuesto&#8230;.mañana te mando el título: Lecciones de Escritura para Personas Ciegas y Sordas&#8230; Besos a Syd&#8230;ojala que te lleve a pasear en la madrugada en el auto, ya habrás visto lo divertido que es&#8230;<br />
Beso</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 4:27 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>OK. Te adjunto las primeras 800 palabras, más o menos, de mi traducción de <i>Lecciones de Escritura para Personas Ciegas y Sordas.</i> Cuando escribirás la obra, ¿querrás decir con el título que los estudiantes son ciegos y sordas, al estilo Helen Keller, o que algunos son ciegos y otros son sordos?</p>
<p>Te agradezco mucho tu homenaje a Okie Doke, con el nombre que darás al perro preferido del criador. En la tarde yo le cuento de tu futuro cariño, para que pueda esperarlo con impaciencia. (No es muy paciente, mi Okie Doke.) De verdad creo que todos los nombres caninos serán muy chistosos. No dudo que los nombres de los chicos estudiantes también serán interesantes—la mayoría de los ciegos o sordos que yo he conocido hasta ahora han tenido nombres muy comunes.</p>
<p>Un abrazo,</p>
<p>David<b>Writing Lessons.doc</b><br />
29K</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 6:50 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Unos sordos, otros ciegos, pero quien cuenta el relato es sorda y ciega con un aparato por el cual logra oír algo que le transmite por medio de la computadora a un aparato braille electrónico a su hermano que sí es ciego y sordo de veras&#8230;.</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Sun, Mar 3, 2013 at 6:53 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>perfecto.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 2:51 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>¿La máquina que imaginarás es más o menos rudimentaria, como la de Wolfgang von Kempelen[4]? ¿O es electrónica, como la que usa Stephen Hawking? Un modelo recuperado de la &#8220;cabeza hablante&#8221; del papa nº 139 Silvestre II[5] (el primer francés)?</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 6:32 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>No, existe, se llama implante coclear&#8230;y al hermano no se lo podían poner por falta de dinero&#8230;.y mi máquina es una underwood portátil modelo 1915&#8230;..</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Tue, Mar 5, 2013 at 9:49 PM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Sabes, fue el escritor haitiano Frankétienne<a title="" href="#_ftn6">[6]</a>—el profeta del terremoto de 2010—que me dió la confianza para intentar esto. Él mismo me dijo en noviembre del año pasado, en el balcón de su casa extraordinaria en Delmas, Puerto Príncipe, <i>No tengáis miedo de nadie, ni de ninguna cosa. </i>Y después me enseño varios secretos que usaba para adivinar el futuro, técnicas jamás escritas, que le habían dado su gran poder narrativa. (Es muy interesante que el escritor no es practicante del vudú, ni tampoco deriva del vudú sus técnicas proféticas.)</p>
<p>¿Cómo te fue en la feria de libros? (¿No estuviste en alguna?) Ya está de acuerdo Ben[7] sobre la grabación de la película en mayo. Debo preguntar a la gorda si podemos visitar a los perros[8] que viven solos en su palacio, que seguramente se parece mucho al de Alejandro[9].</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>Mario Bellatin </b></td>
<td>
<p align="right">Wed, Mar 6, 2013 at 8:01 AM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: David Shook</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>Pero ¿antes tenías miedo de algo acaso?&#8230;tú nunca has tenido miedo&#8230;qué bueno que te comuniques con mi esposo&#8230;y ojalá a la gorda[10] no la hayan estrangulado sus amigos maricones&#8230;.¿la modelo hepburn[11] dio señales de vida?&#8230;beso a todos&#8230;</p>
<p>Enviado desde mi iPhone</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div align="center">
<hr align="center" size="2" width="100%" />
</div>
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td><b>David Shook </b></td>
<td>
<p align="right">Wed, Mar 6, 2013 at 9:04 AM</p>
</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">To: Mario Bellatin</td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2">
<table style="width: 100%;" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td>¿Pero cuál de ellos lo hubiera hecho? Seguramente está bien. Y además cómo podría uno matar a la dueña de cincuenta y tantos podencos? Si no trabajan como guardaespaldas contra los sicarios homosexuales ofendidos, ¿de qué sirven? (Ya lo sé: para ayudarte a meter a los boletos del metro.)En mi vida he temido tres cosas: la desaprobación de mi familia—igual que el gran escritor Nagaoka[12], que tampoco quiso sucumbir al oficio familiar (en mi caso: el liderazgo de mega-iglesias tejanas), la traducción profética de textos literarios—que ahora voy desarrollando, y la modelo Hepburn. Tomando en cuenta lo que me ha dicho Frankétienne planeo escribirle un correo ahorita.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[1]</a> Los dos perros actuales de Mario. Pérez es un pastor australiano y Golda una galga española, a.k.a. Lady Galga.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[2]</a> La escritora Syd Shook, mi esposa y nuestra colaboradora en la película <i>BARÚ</i>.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[3]</a> Okie Doke es mi Chihuahua de once años. Pesa un kilo.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[4]</a> Von Kempelen es más reconocido por su invención El Turco Ajedrecista. Cuando el truco fue revelado se supo que dentro del casco de la máquina había escondido a un Turco de verdad.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[5]</a> Otro personaje interesante: el primer papa francés, supuestamente había aprendido la magia de los musulmanes en España. Otros especulaban que había llegado al oficio del papa por medio de un trato con el diablo. Cuando se murió en 1003 en Santa Cruz de Jerusalén, a sus cardenales les pidió desmembrar su cuerpo y esparcir los trozos por la ciudad. Los deseos de los muertos son deseos vacíos: no lo hicieron.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[6]</a> Frankétienne es el autor de la primera novela haitiana escrita en el criollo haitiano, <i>Dezafi</i>, en 1975. Ahora tiene 76 años de edad.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[7]</a> Ben Rodkin es el director de nuestra película <i>BARÚ</i>. También es el esposo gringo de Mario, no tanto por el amor como por los descuentos ofrecidos a las parejas en los parques de perros.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[8]</a> En Colton, California se cuenta la leyenda de los dos podencos ibicencos que viven solos en un palacio enorme, apoyados por la herencia que les dejó su dueño, que fue asesinado de manera tan horrorífica que todavía nadie ha podido contarlo.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[9]</a> Alejandro es un fotógrafo misterioso que vive entre DF y Roma. En la mesilla de su sala tiene un cerebro humano de los 1950s, encontrado en un manicomio abandonado.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[10]</a> La Gorda es la criadora de podencos en Colton que nos contó la leyenda ya mencionada. Su crasitud resulta de la culpa que siente por siempre estar juzgando a sus dos mejores amigos: una pareja de hombres que también son criadores de podencos.  Los dos nos contaron algunas cosas que ella, muy homofóbica, había dicho sobre sus supuestos amigos.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[11]</a> La Modelo Hepburn es una mujer muy misteriosa. Es dueña de varios Salukis, el perro preferido de Mohammed y de Mario, y a Mario le ha prometido el regalo de un perro.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-size: 10px;"><a title="" href="#_ftnref">[12]</a> El escritor japonés Shiki Nagaoka ha sido identificado como una de las influencias más grandes de Mario. Yo he traducido su biografía <i>Shiki Nagaoka: Una Naríz de Ficción </i>al inglés.</span></p>
</div>
</div>
<div>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Image: Ben Rodkin, from the filming of BARÚ</em></p>
</div>
]]></content:encoded>
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		<title>Mario Bellatin: Dobles y Descartadas</title>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 06:01:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayos]]></category>
		<category><![CDATA[Portland @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p align="center"></p>
<p style="text-align: right;" align="center">Craig Epplin
traducción de Mariana Barreto</p>
<p>Y el eco es anterior a las voces que lo producen.
—Nicanor Parra</p>
<p>El título de la biografía de Frida Kahlo por Mario Bellatin, Las dos Fridas (2008), no sorprende, es hasta obvio; de todas sus pinturas, Bellatin escoge una cuya resonancia con su propia literatura es inconfundible. Inconfundible porque todo en su trabajo parece al mismo tiempo doblado y modificado, sus interminables autorretratos mapeando un paisaje de dispersión. El nombre Mario Bellatin, o con mayor frecuencia mario bellatin, prolifera, adscribiéndose fugazmente a cualquier tipo de cuerpo, joven o viejo, hombre o mujer. Uno de sus libros más recientes, Disecado (2011), sigue el modelo de una pintura barroca (como lo expresa acertadamente Federico Zamora), detallando un soñoliento encuentro entre el narrador y su fantasma. El libro da la sensación de un fresco expansivo de ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/mario-bellatin-dobles-y-descartadas/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bellatin07.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5542" alt="Bellatin07" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bellatin07-1024x679.jpg" width="1024" height="679" /></a></p>
<p style="text-align: right;" align="center"><em><span style="line-height: 1.5em;">Craig Epplin<br />
traducción de Mariana Barreto</span></em></p>
<p>Y el eco es anterior a las voces que lo producen.<br />
—Nicanor Parra</p>
<p>El título de la biografía de Frida Kahlo por Mario Bellatin, <i>Las dos Fridas </i>(2008), no sorprende, es hasta obvio; de todas sus pinturas, Bellatin escoge una cuya resonancia con su propia literatura es inconfundible. Inconfundible porque todo en su trabajo parece al mismo tiempo doblado y modificado, sus interminables autorretratos mapeando un paisaje de dispersión. El nombre Mario Bellatin, o con mayor frecuencia mario bellatin, prolifera, adscribiéndose fugazmente a cualquier tipo de cuerpo, joven o viejo, hombre o mujer. Uno de sus libros más recientes, <i>Disecado</i> (2011), sigue el modelo de una pintura barroca (como lo expresa acertadamente Federico Zamora), detallando un soñoliento encuentro entre el narrador y su fantasma. El libro da la sensación de un fresco expansivo de la vida literaria del autor, uno de numerosos volúmenes en los que Bellatin aparece no como una figura especular, sino simplemente como otro ser en exhibición. Su escritura pasa por un proceso similar ya que cada nuevo título parece reinterpretar a los anteriores.</p>
<p>En otras palabras, las copias abundan en la obra de Bellatin, aunque cada una es ligeramente distinta a su antecedente. Cada elemento actúa como una corrección o adenda a lo que vino antes, que está invariablemente vinculado a algo más. Emplea numerosas estrategias de duplicación, así como Kahlo, en esta pintura, codifica varias afinidades entre sus dos avatares: el parecido físico, la dependencia biológica, la experiencia del tacto y el casual roce de las prendas vestidas.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="line-height: 1.5em;"><a href="http://www.proyecto-kahlo.com/2014/12/las-dos-fridas/" target="_blank"><img class="aligncenter  wp-image-5541" style="border: 1px solid black;" alt="20120520-Las-dos-Fridas" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/20120520-Las-dos-Fridas.jpg" width="614" height="583" /></a> </span></p>
<p>La pintura es una de sus más famosas. En ella, dos representaciones de la artista se toman de la mano, compartiendo tanto una banca como una arteria, sus corazones expuestos aludiendo al sustrato biológico debajo de la múltiple experiencia de vida. Sus rostros son casi iguales, con la diferencia inscripta solamente en sus respectivos vestidos: una viste un atuendo colonial, mientras que la otra usa vestimenta indígena. Dos Fridas y dos Méxicos, en otras palabras, unidas por el flujo de sangre, sangre que en última instancia se rebalsa, manchando el vestido blanco de la figura de la izquierda. Las identidades duplicadas, junto con sus excesos, señalan aquí la irreductibilidad de la cultura nacional.</p>
<p>Me pregunto, mirando esta imagen, qué piensa Bellatin sobre ella: si piensa acerca de la historia de México cuando la mira, o si ve la telaraña roja y venosa en la parte superior de cada corazón como una pequeña mano levantada para ahorcar al sujeto sentado impasiblemente —un signo, quizás, de los siniestros planes que nuestros cuerpos tienen finalmente para nosotros. A pesar de haber tomado prestado su título, Bellatin nunca habla acerca de la pintura ni tampoco incluye una reproducción de ella en su libro. En cambio, ésta ronda en el fondo, como el cielo nublado de la escena misma.</p>
<p>Esta omisión no señala una aversión a las imágenes. Una sola fotografía adorna cada página de <i>Las dos Fridas</i>. Estas fotos parecen haber sido envejecidas de manera artificial, un efecto logrado, nos cuenta Bellatin, utilizando una cámara de juguete de su infancia. La mayoría de estas imágenes trazan un viaje que emprendió en busca de una mujer que vive en un pequeño pueblo y vende sus mercancías en un puesto del mercado local. La mujer no es Frida Kahlo, que murió en 1954, pero podría serlo. Bellatin está dispuesto a contemplar esta posibilidad. Al menos esta es la pretensión sobre la que se funda la escritura de este libro.</p>
<p>Describe las circunstancias que engendran esta improbable hipótesis en las primeras páginas. Cuando la biografía fue encargada, pidió una fotografía de Kahlo, que luego hizo circular entre sus conocidos, en búsqueda de información sobre la mujer. La mayoría de encuestados vio a la emblemática pintora y respondió adecuadamente, pero uno escribió que reconocía a la mujer del puesto del mercado. Varios otros más tarde afirmaron algo parecido. La reacción de Bellatin, como él la registra, fue escéptica pero no despectiva: “La información que recibí,” escribe, “sobre la supuesta existencia de Frida Kahlo trabajando en un puesto del mercado no parecía creíble; sin embargo, estaba intrigado por la idea de que alguien pudiera seguir viviendo a pesar de su muerte.” Su viaje se funda sobre la premisa de esta posibilidad.</p>
<p>Leemos sobre su llegada al pequeño pueblo. Se acerca al mercado y pregunta dónde encontrar a la mujer de la foto; sus interlocutores ríen disimuladamente y le aconsejan no proceder. Cuando leí este fragmento en <i>Las dos Fridas</i> no pude evitar pensar en Pedro Páramo y otras narrativas de aventura. Momentos similares de presentimientos siniestros son fundamentales para estas tramas. Bellatin enfatiza este paralelo literario, escribiendo que esta travesía (literaria desde el principio) imitaba ahora “la trama ordinaria de ciertas obras literarias. Siempre parece existir un lugar intermedio donde se aconseja al viajero no continuar por su camino.” Éste es el punto donde vida y ficción se tornan indistinguibles.</p>
<p>A pesar de este presagio cautelar, el narrador encuentra eventualmente a la segunda Frida, la mujer que trabaja en el mercado. Está ocupada en su puesto y rodeada de ayudantes, pero él logra realizar una entrevista a través de la multitud a su alrededor. Le pregunta qué sabe de Frida Kahlo, la artista. Ella le responde con una biografía sucinta digna de Wikipedia—fechas, sucesos de vida importantes, logros profesionales, etc. Inmediatamente después de este fragmento, el más largo del libro, el narrador nos cuenta que notó que ella estaba leyendo esta lista directamente de un libro escondido en su falda, quizás un destello de la realización de la empresa encargada a Bellatin como biógrafo.</p>
<p>Es una repetición virtual de la dinámica implícita en el Congreso de Dobles, una exhibición organizada en 2003 por Bellatin en la que varios actores no profesionales reemplazaron a cuatro escritores mexicanos, cuya presencia había sido prometida con anticipación. Estos reemplazantes recitaron guiones memorizados, canalizando a sus avatares a la distancia. Arturo Valdivia ha mostrado —de forma brillante y juguetona— cómo el manejo de marionetas desde las sombras en esa exhibición se adhiere a las estrategias de <i>Las dos Fridas </i>—tanto al libro de Bellatin como, hasta cierto punto, a la pintura de Kahlo. En la medida en que la segunda Frida lee lo que sabe sobre Kahlo la pintora, nos convertimos en testigos de una escena peculiar: la presencia de Kahlo está canalizada, como por un médium, pero la fuente tangible de aquella canalización está acentuada, no disimulada.</p>
<p>Este momento en la narrativa reconoce que hasta este punto poco ha tratado directamente sobre Frida Kahlo, por lo menos no en el sentido convencional de la palabra <i>sobre</i>. Veo dos formas posibles de interpretar este gesto. Por un lado, podemos concluir que Kahlo ha servido simplemente como pretexto para que Bellatin cuente la historia de un viaje que erra no por el espacio, sino en la memoria: de ahí los extensos apartes del narrador sobre su perro, sus amigos y sus antepasados fascistas. En otras palabras, el narcisismo es inevitable. Siempre escribimos sobre nosotros mismos, y Bellatin simplemente ha hecho de este enigma el objeto de su libro. El juego de la identidad y la presencia no sería nada más que un artificio que le permite al escritor mismo convertirse en el ocupar el papel protagónico</p>
<p>La otra forma de entender <i>Las dos Fridas</i> es menos obvia, pero puede esclarecer más el trabajo, en el sentido amplio, de Bellatin como escritor. Esta segunda opción sostiene que en realidad el libro sí cumple su promesa: que es, a su manera, una biografía de Frida Kahlo, a pesar de que la mayor parte de la narrativa esté compuesta de preparaciones y tangentes, que pocas fotografías parecen tener conexión directa con Kahlo o con su mundo y que el autor siente evidente placer en dejar la mayoría de detalles biográficos comunes para las últimas páginas.</p>
<p>El enfoque de Bellatin, entonces, dialoga directamente con el género biográfico y su supuesto de que la vida puede ser reducida a una secuencia de eventos estrechamente ligados a los desplazamientos de un cuerpo, distribuidos cronológicamente y vueltos a contar a manera de una narrativa lineal. En este género, el nacimiento y la muerte proveen un marco de referencia para eventos familiares y profesionales; acción política y ambiciones cívicas; y el paso por varias instituciones. Sabemos, sin embargo, que la vida no tiene lugar en un vacío, por ello las mejores biografías nos permiten poner en relación un destino individual con fuerzas históricas más amplias.</p>
<p>Bellatin insiste en este último punto, lo amplifica, no solo en sus propias cambiantes narrativas autobiográficas diversas, sino a lo largo de toda su obra; un hilo que une a estos textos es su tendencia a llevar la noción de contexto al extremo. Para seguir con este caso, Bellatin ha decidido, en <i>Las dos Fridas</i>, que el rumbo místico de su amigo es de alguna manera relevante para vida de Frida Kahlo, como lo eran las creencias fascistas comunes tanto a sus propios ancestros como a un inmigrante aislado en una comunidad de México rural. Éstos son solamente dos ejemplos en un libro lleno de este tipo de apartes. Al incluir tantos hilos narrativos que no guardan relación entre sí en esta biografía, Bellatin busca borrar las líneas que separan una vida determinada de las otras y, sin su duda, de todo lo demás.</p>
<p>Dicho eso, la inclusión de estas historias no es del todo arbitraria. Emergen sucesivamente de un proceso que Bellatin describe al comienzo: la circulación de la fotografía inicial y el viaje que esta produce. Este proceso se convierte en una suerte de método, a través del cual Bellatin busca aproximarse a su sujeto por medio de los caminos abiertos por una manifestación de la imagen de Frida Kahlo en el presente. Este método busca desestabilizar la unidad básica de la escritura biográfica: la vida cuidadosamente delineada. En lugar de esta noción rígida, Bellatin parece proponer que una vida siempre se extiende hacia afuera, que brilla y reverbera en lugares inesperados. Un proyecto como<i> Las dos Fridas</i>, como mucha de la obra de Bellatin, intenta develar aquellos lugares. El fondo se convierte en el primer plano. O, para utilizar otra analogía cinematográfica, si la biografía tradicional es un filme cuidadosamente editado, Bellatin preferiría sentarse a ver las tomas descartadas.</p>
<p>En otras palabras, si la vida efectivamente se extiende infinitamente más allá de los límites, entonces Bellatin ve la tarea del biógrafo como aquella de escuchar los ecos súbitos y revelar los trazos subterráneos de los muertos por medio de situaciones controladas, escenarios artificiales. Esto es la biografía como <i>séance</i>.</p>
<p>Los resultados de tal operación pueden resultar banales. Pueden degenerar en el tipo de narcisismo que menciono arriba. ¿Es esta una debilidad del método de Bellatin? Quizás, aunque de repente se deba más a la tensa naturaleza del mismo impulso biográfico, basada en la escurridiza tarea de delinear una vida. Y también al hecho de que esta tarea se ha vuelto aún más intimidante en el presente, cuando nuestras semejanzas proliferan extensamente, punto que Bellatin enfatiza hacia el final de <i>Las dos Fridas</i> al fotografiar un par de Chuck Taylors serigrafiados con la cara de Kahlo. En esta ecología de medios, rastros de los muertos —y de los vivos— emergen con o sin la <i>séance</i> de la escritura.</p>
<p>Todo se convierte en tomas descartadas, en otras palabras. La cinta es interminable. Y partes, incluso cautivantes.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imágenes: Fotografía de <a href="http://www.sebastianfreire.com/#!fotos" target="_blank">Sebastián Freire</a>; <span style="text-decoration: underline;">Las dos Fridas</span> via <a href="http://www.proyecto-kahlo.com/2014/12/las-dos-fridas/" target="_blank">Proyecto Kahlo</a>.</em></p>
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		<title>Tratado sobre Mario Bellatin</title>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 05:59:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Edmundo Paz Soldán</p>
<p>Hace unos quince años viajé a Lima en busca de un chamán que me librara del espíritu de un amigo muerto. El amigo se había suicidado, y su fantasma, o lo que yo creía que era su fantasma, se me aparecía todas las noches. Lima, me recomendaron, es la solución, y yo partí. El chamán vestía de negro, llevaba botas militares, era calvo y le faltaba el brazo derecho. Se llamaba Mario Bellatin e iba con sus perros a todas partes. También era escritor. Me contó que escribía novelas, aunque en realidad los géneros eran más bien difusos para él. Quería llegar a un punto de libertad que le permitiera escribir simplemente libros. En la primera sesión de terapia me pidió que escribiera durante una hora. Sobre qué, pregunté. Tema libre, como cuando eras niño. Así ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/tratado-sobre-mario-bellatin/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bellatin16.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5556" alt="Bellatin16" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bellatin16-1024x749.jpg" width="1024" height="749" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Edmundo Paz Soldán</em></p>
<p>Hace unos quince años viajé a Lima en busca de un chamán que me librara del espíritu de un amigo muerto. El amigo se había suicidado, y su fantasma, o lo que yo creía que era su fantasma, se me aparecía todas las noches. Lima, me recomendaron, es la solución, y yo partí. El chamán vestía de negro, llevaba botas militares, era calvo y le faltaba el brazo derecho. Se llamaba Mario Bellatin e iba con sus perros a todas partes. También era escritor. Me contó que escribía novelas, aunque en realidad los géneros eran más bien difusos para él. Quería llegar a un punto de libertad que le permitiera escribir simplemente libros. En la primera sesión de terapia me pidió que escribiera durante una hora. Sobre qué, pregunté. Tema libre, como cuando eras niño. Así lo hice, algo nervioso porque no estaba acostumbrado a tanta informalidad. Yo admiraba a Vargas Llosa, eso de las estructuras bien cuidadas, eso de la arquitectura narrativa. Mario se rió cuando le mencioné a Vargas Llosa. Me dijo que la escritura era intuición y me pasó algunos de sus libros. Me impresionó <i>Salón de belleza</i>, me impactaron <i>Flores</i> y <i>La escuela del dolor humano de Sechuán</i>, me dejó frío <i>Poeta ciego</i>. Le pregunté por mi amigo muerto. Por toda respuesta, Mario se puso a girar como un derviche. Pertenecía a la religión sufí, me dijo, y eso le había enseñado que no debía tenerle miedo a mi amigo. Más bien debía disfrutarlo. Los muertos están vivos y siguen con nosotros, dijo. Viven en otra realidad, quizás más interesante que esta. Me fui de Lima con cierta tranquilidad; aunque el amigo no dejó de aparecer, yo ya sabía qué hacer con él, o al menos eso creía. Cinco años después viajé a México y me encontré en el metro con un hombre que vestía de negro, llevaba botas militares, era calvo y le faltaba un brazo. Mario, susurré. Me dijo que por pura coincidencia se llamaba Mario, pero que no me conocía. También se apellidaba Bellatin por pura coincidencia. Vendía sus libros en la puerta del metro. Eran libros artesanales, bien cuidados. Quería llegar a escribir cien libros, y si editaba mil de cada uno llegaría a vender cien mil. Le compré varios, todavía sorprendido por el encuentro, seguro de que él era quien yo decía aunque lo negara. Leí en casa libros que no entendí, con títulos que mencionaban a liebres muertas y un gran vidrio, libros escritos con un hermetismo que me negaba la entrada. Con todo, volví al metro al día siguiente, a saludarlo. No lo encontré. Pensé que quizás Mario Bellatin se había muerto hacía mucho y que me había topado con su fantasma. Poco después, en Ithaca, ciudad donde vivo, se iniciaron las apariciones. Un día, en el centro comercial, Bellatin se puso a caminar conmigo y robó un gorro de beisbol de una tienda Old Navy. Otro, hizo una presentación a mis estudiantes, sobre <i>Salón de belleza</i>, en la que no abrió la boca. Los estudiantes escuchaban una grabación de Mario sobre los orígenes autobiográficos de <i>Salón de belleza</i>, extasiados. Para hablar sobre <i>Shiki Nagaoka: una nariz de ficción</i>, nos puso un video de diez minutos en que se lo veía hablando feliz de Rulfo, José María Arguedas y Prince, mientras sus perros correteaban por la casa. Bellatin dejó de aparecer, pero igual siguieron llegando los libros. El más impresionante de todos se llama <i>El libro uruguayo de los muertos</i> (Sexto Piso). “Así que a partir de lo intuitivo me parece que se crea una de las imágenes más propias posible”, dice el narrador de ese libro magistral, que se llama Mario Bellatin, aunque esa intuición, claro, también se rige por una estructura bien cuidada, una arquitectura narrativa impresionante. ¿Cuál Mario es el narrador? Ya no importa. Ahora veo con claridad que, desde sus años en Lima, a partir de su práctica en apariencia inicua, él había estado formando una realidad fantasma. Un espacio donde las normas son otras. Tan ajenas a las habituales que se creaba incluso en ese momento de mi madurez la posibilidad de ir tras un Mario Bellatin que deambulaba por las estaciones del metro de la Ciudad de México vendiendo, uno a uno, los libros que, ironía de ironías, lo han ido convirtiendo en uno de esos seres imprescindibles que nunca estará muerto.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Esta nota apareció por primera vez en <span style="text-decoration: underline;">La Tercera</span> el 30 de julio de 2012.</em></p>
<p><em>Imagen: <a href="http://www.sebastianfreire.com/#!fotos" target="_blank">Sebastián Freir</a></em></p>
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		<title>Bellatin y Japón: una entrevista</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bellatin-y-japon-una-entrevista/</link>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 05:57:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[México DF @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Mat Chiappe</p>
<p>Cierta vez, Mario Bellatin me dijo: “yo no quiero ir a Japón”. No sé si aquella vez seguimos hablando de otra cosa o qué pasó, pero no tuve mayores explicaciones. Así que, cuando se me presentó la posibilidad de entrevistarlo específicamente sobre la relación de lo japonés con su literatura, decidí que lo que más me importaba era la respuesta a aquella afirmación. Preparé una larga lista de otras preguntas (como se verá, todas inútiles), me vestí lo más solemne que pude, cargué mi computadora en mi mochila y fui en metro hasta su casa. Toqué el timbre y esperé a que, desde el pasillo de una larga galería, apareciese el autor, cineasta, conferencista y traductor.</p>
<p>“Hola, Mat”, me dijo mientras retenía a los perros, “pasá por acá, justo estaba preparando jugo de maracuyá… ¿viste que ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bellatin-y-japon-una-entrevista/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Freire_Bellatin08.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5601" alt="Freire_Bellatin08" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Freire_Bellatin08-1024x679.jpg" width="1024" height="679" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em><span style="line-height: 1.5em;">Mat Chiappe</span></em></p>
<p>Cierta vez, Mario Bellatin me dijo: “yo no quiero ir a Japón”. No sé si aquella vez seguimos hablando de otra cosa o qué pasó, pero no tuve mayores explicaciones. Así que, cuando se me presentó la posibilidad de entrevistarlo específicamente sobre la relación de <i>lo japonés</i> con su literatura, decidí que lo que más me importaba era la respuesta a aquella afirmación. Preparé una larga lista de otras preguntas (como se verá, todas inútiles), me vestí lo más solemne que pude, cargué mi computadora en mi mochila y fui en metro hasta su casa. Toqué el timbre y esperé a que, desde el pasillo de una larga galería, apareciese el autor, cineasta, conferencista y traductor.</p>
<p>“Hola, Mat”, me dijo mientras retenía a los perros, “pasá por acá, justo estaba preparando jugo de maracuyá… ¿viste que acá en México no se consigue?”. Asentí, sin decirle que en Argentina tampoco se consigue. Entramos a su casa, esos ambientes que fluctúan entre lo minimalista y colonial. Me senté, jugué con sus perros, hablamos de cómo van mis estudios, de su vida, de un viaje reciente, de su hijo Tadeo, del paro de maestros en el Zócalo, de que le debo unos ñoquis. “La próxima sin falta”, sentenció. Yo estaba un poco nervioso; lo había visto ya muchas veces y habíamos hecho cosas más divertidas que una entrevista; no sé por qué esta vez sentí algo perversamente profesional.</p>
<p>Como soy un atolondrado, sin abrir siquiera mi computadora con la cual pensaba grabarlo, mientras me servía jugo de maracuyá, interferí la tan tonta y predecible pregunta: “che, Mario ¿qué obras de la literatura japonesa te gustaron más?”. Me dio una larga lista, de la cual acordamos en que <i>La casa de las bellas durmientes</i> de Kawabata y <i>La mujer de la arena </i>de Abe Kōbō eran las mejores. “La primera es sencillamente fascinante, hermosa, las escenas que pasan una a una en esa habitación cerrada, como dentro de una cámara oscura… en cuanto a la otra, todavía siento la angustia kafkiana de esa arena que no para de moverse”. Me preguntó si yo había leído <i>Pálida luz en las colinas</i>, la primera de Kazuo Ishiguro. “No, ¿debería?”, “Otra joya… una mujer rememora desde Inglaterra su pasado en Japón durante la guerra, también los años de la preguerra, ese otro Japón, perdido en el tiempo… Luego todo eso se pierde y el texto se transforma en una típica novela europea hasta el final”. Silencio. “No sé qué hacés acá, deberías ir a leerla <i>ya</i>”. Sonrió.</p>
<p>Habló por un largo rato de que el desarraigo, el recuerdo de ese Japón antiguo, tradicional, el Japón de la preguerra, era característico de la literatura japonesa que más le gustaba. “También me interesan los cruces, las mezclas, los viajes”. Supuse que tenía que ver con su condición de peruano-mexicano, el hibridaje, las nacionales mixtas. “Ah… tengo otra cosa para recomendarte”. Aproveché para tomar mi computadora. “Sí, sí, veamos el trailer, es buenísimo”. Me sacó el aparato de las manos. “Se llama <i>Kamikaze Taxi</i>, ¿la viste?”. No, tampoco. “Es delirante: dos amigos se enfrentan al gobierno y mafia de Japón: uno de ellos es un médico que vivió en Perú, que construyó un hospital allí y que luego volvió con su hijo peruano; el otro es un ser vil que manipula al primero para satisfacer sus ambiciones políticas… circunstancias de lo más diversas hacen que el médico se suicide mediante el ritual del <i>seppuku</i>… Su hijo se hace taxista, conoce a una mujer, juntos huyen de los <i>yakuza</i>, ella le pide escapar a Perú, tener otra vida; él le dice que tiene una misión final, una cuenta que saldar”. Me quedé mudo. “Malísima”, remató, “pero el mero hecho de que exista, de que pueda hacerse una película o una novela o lo que sea sobre estos cruces, estos vínculos, me parece absolutamente fascinante”. Puso el trailer otra vez y otra. Después, <a href="http://www.youtube.com/watch?v=sx55qF1zTDg" target="_blank">la película completa</a>.</p>
<p>Me contó sobre su fascinación por el cine japonés, sobre películas de Kurosawa, de Kitano, puso mucho énfasis en las de Ozu. “¿Viste alguna suya?”. No, Mario. “Bueno, miralas… en Ozu todo se repite: en una película pasa un tren a lo lejos; en otra, el mismo cuadro, otro tren, pero con una leve diferencia; en una tercera, otro tren. En otra película ocurre una discusión familiar; uno sabe lo que dirá la hija para defenderse, porque lo ha visto en otra película; lo que uno espera ver es cómo el cineasta logra en ésta una sutil diferencia”. Le recomendé una yo: <i>Páprika</i>. “La escribió Tsutsui Yasukata, el autor de…”, “El de <i>Hombres Salmonela en el planeta porno</i>, sí, me encantaron esos cuentos, el del bonsái que provoca sueños eróticos a quienes duermen a su lado es casi tan borgeano como pop”. Después puso otro tráiler o música (ya no lo recuerdo). “Conseguime más cosas para leer de Tsutsui, Mat, es brillante: sus perversiones, sus deformidades, sus cuerpos extraños e inseguros; es una mezcla bizarrísima”. Anoté todo esto en mi mente. “Y si es posible… en una buena traducción, viste que hay cada cosa dando vueltas”.</p>
<p>Lo obligué de inmediato a desarrollar un poco el tema de la traducción. “Es que debe ser tan difícil traducir literatura japonesa al español… vos sí que estás demente”. (Efectivamente, estudio japonés y planeo traducir algún día). Lo que dijo fue que “hay como dos mundos, el allá y el acá, que además son ficticios porque de fondo hay algo que nos une… hay como dos mundos creados por el lenguaje y al intentar unirlos queda algo que no puede ser dicho, límites difusos”. “No tenés que ser tan políticamente correcto, no te estoy grabando”. “Ah… lo que quiero decir es que los españoles traducen como animales”, concluyó. Mencionamos palabras como <i>gilipollas</i>, <i>chutar</i>, <i>sabéis</i>, <i>os</i>, etcétera. “No tienen nada que ver con nosotros los latinoamericanos”. Después mencionó nombres que jamás pensé que podría conocer: Atsuko Tanabe, Javier Sologuren, Guillermo Quartucci, otros sobre los cuales yo no había oído, una larga lista de académicos y de traductores latinoamericanos que se especializaron en Japón. Aproveché para intercalar a mexicanos como Tablada o Paz, y a peruanos como Arguedas o Vargas Llosa, cada uno de los cuales incluyó personajes, elementos y temas japoneses en sus obras. Creo que no le gustó para nada la comparación; sí se permitió aceptar estar más cerca de las fantasmagorías japonistas de aquellos que del realismo de los segundos. Volvió al tema de la traducción. “Octavio Paz era otro pésimo traductor… de un mísero <i>haiku</i> capaz te traducía hasta cincuenta versos propios”. Hablamos de Liliana Ponce, esposa de César Aira, quien tradujo del japonés a Murakami Haruki. “En cuanto a la traducción, todo empeoró cuando empezaron a traer masivamente a Kenzaburo Ōe… de ahí en adelante, todo fue un desastre”.</p>
<p>Le pregunté qué novela suya debería traducirle al japonés el día de mañana. Me respondió con los títulos de aquellas que hacen referencia explícita a Japón: sus <i>Shiki Nagaoka, una nariz de ficción</i>, <i>Biografía ilustrada de Mishima</i>, <i>El jardín de la señora Murakami</i> y <i>El pasante de notario Murasaki Shikibu</i>. La primera es una biografía apócrifa de un escritor japonés que emigra a Perú y a quien lo atormenta su monstruosa nariz. La segunda narra el vagabundeo del fantasma decapitado del escritor, militar y fisicoculturista Yukio Mishima. En la tercera, la viuda y resentida Izu reivindica el haber traicionado sus ideales artísticos durante su juventud, destruyendo su bello y tradicional jardín. En la última novela se cuentan las transformaciones de una escritora mexicana en varios <i>otros</i>, incluso en la autora de la ya clásica primera novela de la historia de la literatura: Murasaki Shikibu.</p>
<p>Me sirvió más jugo de maracuyá. “Capaz los japoneses no quieren una novela <i>a-la-japonesa</i>, capaz quieren algo más, eh, latinoamericano”, disparé. “Es cierto, capaz tendrías que traducir otra”. “¿Y <i>Salón de belleza</i>?, tiene la medida justa de japonesidad ya desde ese epígrafe de Kawabata, esa sutil referencia a la obra maestra que ya mencionamos: <i>La casa de las bellas durmientes</i>”. Acordó. “Igual, esta cosa de <i>lo-japonés</i> y <i>lo-latinoamericano</i> ya me parece un poco anacrónica”. Le pregunté si sabía que en relación a sus novelas, diversos críticos han hablado y repetido frases como “procesos de descontextualización”, “extrañamiento”, “mecanismos de desfamiliarización”, para explicar su uso de elementos y de temas característicos de Japón. Según aquellos, Bellatín usaría al mundo nipón como ejemplo de aquello más lejano a su propia cultura. “¿Vos qué pensás?”, le pregunté. “Qué sé yo… a mí me encanta la literatura japonesa y punto… Capaz algunos por <i>descontextualización</i> se refieren a escapismo, lo que es una estupidez; hablar de esto, de lo otro… todo se mezcla en el lenguaje”.</p>
<p>La “descontextualización” hizo surgir en la charla algo inesperado: empezó a hablarme de Fujimori y de su vida juvenil en Perú. En lo primero se explayó bastante, con detalles, e incluso llegó a comparar al expresidente con un samurai al que los japoneses recibieron como héroe tras su huída en el 2000. Allí estaba Mario Bellatín hablándome de política, de ideología, como esos poetas del 1920 japonés que no pudieron sólo escribir <i>haiku</i> o <i>tanka</i> como sus contemporáneos. Hayama, Kobayashi, algunos otros. “También está mi vínculo con Japón en mi infancia”, me dijo Bellatín o leí en algún lado, “gran parte de la sociedad peruana tiene aún hoy un fuerte sentimiento anti-japonés, producto de la propaganda estadounidense del siglo XX; todo japonés era potencialmente un nacionalista y por lo tanto una amenaza… Tanto fue así que a mis padres siempre los avergonzó que mis abuelos hayan ocultado a un inmigrante japonés durante la Segunda Guerra, y de hecho en mi casa estaba prohibida la comida japonesa… ahora perdí contacto con ellos”. Me resonaban algunas palabras suyas, otras de las cuales no sé si me dijo o leí en algún lado: “Cada vez se me hace más obvio que mis personajes son mis otros yo&#8230; Es una forma de entender el mundo: todo es todo, todo forma parte del todo”.</p>
<p>“Pero cambiemos de tema…” continuó Mario, “si te interesa todo lo de la ‘descontextualización’ lo mejor es mi relato <i>Bola negra</i>”. Puta madre; tampoco lo había leído. ¿Cómo entrevistar a alguien sobre sus vínculos con la cultura japonesa si desconozco el texto que él mismo considera tan importante dentro de esa relación? “No lo leí…” confesé. “Ay, Mat, Mat…”, rió, “trata de un abúlico entomólogo, Endo Hiroshi, que encuentra una especie extinta de insecto durante una expedición. Lo guarda en una caja, lo conserva, lo atesora, pero el bicho termina convirtiéndose en una bola negra… Hacia el final sólo encuentra una única manera de conservarlo para siempre, pero eso no te lo voy a contar”. “Suena a algo de Abe, algo de Shimada”, agregué. “Mucho… aunque la verdadera importancia del relato es otra; vení, seguime”.</p>
<p>Fuimos al cuarto de huéspedes. En los anaqueles de arriba estaban los primeros cinco mil de los tan famosos Cien Mil Libros de Mario Bellatín. Abajo había una colección de su autoría con el título “Escritores de América”, dos tomos de libros huecos dentro de los cuales (me mostró) guardaba las primeras hojas con las dedicatorias de todos los libros que le habían regalado. Más allá de uno que otro título disperso (Rulfo, Tanizaki, Roth), no había libros de otros autores. Algunos estaban apilados, en posiciones extrañas, dispuestos secreta, premeditadamente quizás. Me dio la sensación de que allí solía realizarse algún tipo de ritual, como los japoneses al construir un altar <i>sintoísta</i> o al realizar esa tan popular práctica de envolver regalos, el <i>furoshiki</i>. Mario movió algunos libros, sacó revistas sobre Japón, libros suyos ilustrados, ediciones especiales; toda una delicada colección de <i>libros-objeto</i>. Después tomó una cajita blanca y me la dio. Era la edición-objeto de <i>Bola negra</i>. Tenía un frasco en un costado y una perilla; al girar ésta se abría una pequeña compuerta y, dentro, una tela en la cual estaba estampado todo el cuento. Era la cajita del entomólogo Endo Hiroshi:</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bola-negra.png"><img class="aligncenter  wp-image-5603" alt="Chiappe_Bola negra" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bola-negra-765x1024.png" width="536" height="717" /></a></p>
<p>“<i>Bola negra</i> va a ser ahora una película”, continuó Mario, “no lo mismo, no igual, ni siquiera sé si puede llamarse documental o narración o todo junto”. Volvió a tomar mi computadora; volvió a poner un breve video con imágenes. “Lo más terrible que sucede en Ciudad Juárez es la naturalización del horror, ya está desterritorilizado, ya está todo en otro lugar; lo terrorífico es lo normal… en <i>Bola negra, el musical de Ciudad Juárez</i>, y me interesa que el título sea éste, Mat, distinto al del cuento, en el film lo que busco es descontextualizar lo descontextualizado, verter un cuento aparentemente sin vínculo alguno sobre la ciudad, sobre la realidad, ver si las frases pueden cobrar una nueva dimensión e interpretar de otra forma lo que allí pasa; nuevas formas de acercarnos a los hechos, de sentirlos&#8230; Que una novela hable cuasi-heroicamente no me interesa; quería pensar qué pasaba con un grupo de jóvenes que son parte de un coro y quieren hacer una ópera allí, en el territorio del horror naturalizado pero también institucionalizado y corporativizado”. Las imágenes continuaban en la computadora, una superposición rara de colinas de Ciudad Juárez, empresas, niños cantando. Entonces comprendí que aquel cuento sobre un entomólogo japonés, ese relato encerrado, aparentemente ajeno a todo, desde la distancia de su cajita artesanal en un cuarto de huéspedes de la metrópolis más grande de Latinoamérica, era también un símbolo de todo México.</p>
<p>Volvimos a la sala. Miré mi computadora, sin usar, e intenté anotar en mi mente todos los nombres y referencias y citas, todo sobre Kawabata, Ozu, la traducción, el siniestro y político pasado, y también el presente. “Mirá Mario… todo lo que me contás es tan fascinante, pero todavía me queda una pregunta que quiero que me respondas, una que creo que sostiene a todas las demás”. Me miró fijo. “¿Cuál, Mat?… Te pusiste muy serio”.  Se lo dije: “una vez me dijiste que no querés ir a Japón… exijo una explicación pública”.</p>
<p>Hubo otro largo silencio y no sé si otra vez lo incomodé. Sonrió. “Es sencillo… yo quiero mantener la idea distorsionada de lo que es Japón, una suerte de esencia, una esencia construida, ficticia, también desmoronada… Mi interés está en lo que queda de esas ruinas, no en sus orígenes… Basta para mí con lo que queda, el residuo, lo que dejan las traducciones, el misterio, el texto, los caracteres, todo un sistema del lenguaje, y, sobre todo, cómo puede ser éste transmitido a lo largo de los siglos. No me interesa la verdad sobre Japón sino esa ilusión, o más aún: cómo construimos la ilusión”. Recordé a Severo Sarduy, que dijo algo muy similar a propósito de la India. También me vinieron a la mente Roland Barthes y sus palabras al regresar de Tokio en <i>El imperio de los signos</i>:</p>
<blockquote><p>Si quiero imaginar un pueblo ficticio, puedo darle un nombre inventado, tratarlo declaradamente como un objeto novelesco, fundar una nueva Garabagne, sin comprometer así ningún país real en mi fantasía (pero entonces esta misma fantasía es la que comprometo en los signos de la literatura). También puedo, sin pretender en absoluto representar o analizar la menor realidad (he aquí los mayores gestos del discurso occidental), tomar de alguna parte del mundo (allá) un cierto número de rasgos (palabra gráfica y lingüística) y con ellos crear deliberadamente un sistema. A este sistema lo llamaré: el Japón.</p></blockquote>
<p>Mario trajo cuernitos, lo que en Argentina llamamos medialunas. Más que reivindicar un Japón exótico, la construcción orientalista por Occidente, Bellatín desnuda la mismísima construcción, la pone en escena, nos dice que sí, que no es más que un invento, un sistema, que es lo que podemos y queremos imaginar. Esas imaginaciones hablan mucho más de nosotros que de lo<i> otro</i>, mucho más de Latinoamérica que de Japón, más de Ciudad Juárez que del entomólogo Endo Hiroshi, más del peluquero travesti de <i>Salón de belleza</i> que de las bellas durmientes de Kawabata.</p>
<p>Terminamos de merendar; me tomé el último trago de maracuyá. Era de noche cuando Mario puso otro trailer de una película japonesa de la década del ’40. Y entonces me acordé: “Che, ni te grabé.” “Y bueno…”, “No te quejes después si agarro citas de cualquier lado y con eso invento una entrevista”. “Para nada”. Nos saludamos. Mientras esperaba el metro recordé ese tipo de poesía japonesa, el <i>renga</i>, en la incursionaron Octavio Paz, Charles Tomlison, Jacques Rouband y Edoardo Sanguinetti. En el <i>renga</i>, un poeta improvisa unos versos, luego otro pronuncia unos nuevos siguiendo temas o palabras de los anteriores, luego otro hace lo mismo, y otro, y así siete u ocho poetas encadenan versos hasta que la ronda vuelve a empezar. Finalmente los copistas de la antigüedad transcribían lo que querían y surgieron fuertes disputas sobre quién era el verdadero autor de los<i> renga</i>. El mismo Bellatín, en una nota en <i>La Nación</i> titulada “Kawabata: el abrazo del abismo”, a través de la apropiación y el copy-paste, plagió a críticos y al propio Kawabata, usando sus frases, citas, menciones. Esta obligada forma de reescritura que habría de tener esta entrevista fue la que percibí al subirme al metro, durante el viaje, al llegar a casa. Después de todo, ya Mario ha dicho: “Yo no tengo nada qué decir, sólo sé que quiero decir algo y para esto necesito crear formas narrativas”. Abrí la computadora y escribí todo lo que pude.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Freire_Bellatin18.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-5604" alt="Freire_Bellatin18" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Freire_Bellatin18-590x1024.jpg" width="413" height="717" /></a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Sebastián Freire (retratos) y Mat Chiappe (Bola negra)</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Bola negra</title>
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		<pubDate>Tue, 12 May 2015 05:55:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;"></p>
<p style="text-align: right;">Mario Bellatin</p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED
Primera mirada de autor al bande desinée Bola Negra*</p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la soledad demasiado ruidosa en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/05/bola-negra-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-4021" alt="Cover for Bola by Mario" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png" width="608" height="606" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mario Bellatin</em></p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED<br />
Primera mirada de autor al <i>bande desinée</i> <i>Bola Negra*</i></p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la <i>soledad demasiado ruidosa </i>en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que compartí una infinidad de sesiones hace algunos años. Recuerdo que las terapias no las pagaba con dinero sino con textos. Precisamente el síntoma evidente que me llevaba allí era la falta de dinero. Estar incapacitado para pagar por algún bien o servicio. Tal vez por la naturaleza de la persona de la que provenía la información me puse a pensar durante esos días en las palomas. ¿Más bien, no habrían hartado de tal modo a Hrabal hasta llevarlo al suicidio? ¿El arrullo constante que suelen producir no lo habría hecho concebir el término de<i> la soledad demasiado ruidosa </i>que repitió en muchos de sus escritos? Hoy mis perros mataron una paloma. A dos cuadras de mi casa se había formado en un parque un gran charco ocasionado por las lluvias de la noche anterior. Algunas personas se encontraban al lado del agua. Estaban frente a una señora que ofrece desayunos ambulantes durante ciertas horas. Algunas palomas comían los restos que les arrojaban los desayunadores. Yo había salido de mi casa con los perros momentos antes. Al llegar a esa zona Isaías y Manga tomaron a una de las aves y la dejaron malherida en medio del charco. Los desayunadores protestaron. Yo huí. Al ver lo que estaba ocurriendo, pocos metros más adelante di la media vuelta. Los perros me siguieron. Mientras caminábamos giraban la cabeza una y otra vez hacia la presa vencida. Seguramente deseaban seguir mordiéndola. O tal vez traerla para ofrendármela como trofeo. Escuché a alguien que gritaba a mis espaldas ordenándome que levantara el cuerpo muerto y lo colocara sobre la rama de un árbol. Me pareció un pedido curioso. Tal vez esa persona pensaba que para una paloma era más digno morir en una rama que en un charco oscuro. Pensé en la cada vez más complicada relación entre los hombres y los animales. En las premisas actuales. En los deberes que tenemos que cumplir en estos tiempos. En preceptos que algunos años atrás nos hubieran parecido inimaginables. Por ejemplo, el hecho de no comprar animales sino adoptarlos. El de tenerlos operados tanto a hembras como a machos. Olvidar por completo mutilarlos inútilmente o hacerles cortes de pelo en virtud de obsoletos estándares de belleza animal. Pensé también en los insectos que nos rodean. En lo nocivos que suelen ser, salvo que se trate de aquellos con los que solemos alimentarnos. Justamente acabo de realizar un trueque de hormigas gigantes por los libros que estoy realizando actualmente. Pensé también en las ratas que siento de vez en cuando debajo del piso de mi estudio. Recibí hoy también otra llamada. En ella me informaron que el perro que hacía más de ocho años le entregué a mi editora acababa de morir envenenado por morder a un sapo. Mi editora está desolada. Había llevado al perro a su casa de campo y allí ocurrió el accidente. Se trata de un veneno para el cual no existe ninguna clase de antídoto. En el momento de la llamada mi editora se encontraba en la sala de espera de un horno crematorio para animales domésticos. Cuando escuché la noticia yo no había salido aún a pasear a los perros. Después del incidente en el parque regreso a mi casa. Los perros están excitados. Ignoro si es por el asunto de la paloma o porque no han realizado completo el paseo matutino. Tanto Perezvón como Manga como Isaías como Abelardo dan incontables vueltas a mi alrededor. Sin hacerles caso y pensando que los sacaré nuevamente a media mañana me acomodo en mi estudio y abro el libro <i>Bola Negra</i> que está estructurando el artista Liniers. Admiro su portada verde. La bola efectivamente negra al centro. El verde que cubre casi todo el espacio me da la impresión de provenir de algo sintético. No pienso en ningún símbolo de la naturaleza al mirarlo. De alguna manera siento que se trata del verde adecuado para acompañar el trance que significa discurrir a través de un libro como <i>Bola Negra</i>. Un verde ideal para, entre otras cosas, describir lo falso como se nos presenta la cacería semisalvaje de una paloma en un charco creado por la lluvia nocturna. De ese color deben de ser las hojas del árbol donde los desayunadores me pidieron que colocara el cuerpo maltrecho del ave. Sin duda es el tono que luce el sapo venenoso. Según la noticia, el perro de la editora lo llevaba muerto entre las fauces. La bola negra me hace recordar a una bola de bowling. También a la pesada bola atada a la pierna de algún condenado a muerte norteamericano. Esa bola puede representar también el interior del universo. Yo soy de los pocos que saben que se trata de una suerte de bolo alimenticio. De la mola en que se convirtieron tanto el insecto hallado en las selvas del África que aparece en el texto como el entomólogo que lo encontró. Pero trato en ese momento de fingir que desconozco su origen. Cuando paso la página comprendo que se trata en realidad de la bola de donde surgen mis pesadillas más terribles. Me veo entonces de pie frente al atril de un escenario. Aparezco sin brazo. Se supone que hay alguna cantidad de público presente en la suerte de auditorio donde estoy presente. Vuelvo a advertir que me falta un brazo. Me sorprendo. En la primera escena del libro <i>Bola Negra</i> ideado por Liniers, el escritor Mario Bellatin aparece sin el brazo derecho. Lleva rígida y vacía la nada que muestra.  Es muy extraño verlo así. Sin el brazo derecho. ¿Lo habrá dejado entre bambalinas? ¿Se tratará de una broma que le tiene preparada a su público? Su cabeza luce calva como siempre y se representa a la perfección el corte de la camisa de sacerdote que suele utilizar cuando no lleva puesta una túnica negra. Estoy nervioso. Se trata de la vivificación de la peor de las posibilidades que se le pueden presentar en la vida a un escritor de esa naturaleza. No creo que sea capaz de soportar encontrarse sin brazo en medio de un auditorio. Pero ya está plasmada en la obra <i>Bola Negra</i> esta escena inaguantable. Mario Bellatin recuerda que en el libro <i>Flores</i> hay también un personaje similar. Aunque a diferencia del que aparece en <i>Bola Negra</i> el de <i>Flores</i> se presenta desnudo y sin pierna en el escenario de un teatro repleto de público. Me parece que en aquel libro, <i>Flores</i>, es un escritor el que está experimentando una pesadilla semejante. Un mal sueño que ha comenzado cuando sintió que vivía dentro de una violeta que cultivaba su madre en una maceta. Cuando el sueño avanza debe bailar desnudo y sin pierna. Se trata del número preliminar para presentar a las estrellas de la noche. A los Mellizos Kuhn. A ese par de hermanos encontrados en un desfiladero dentro de una canasta. Los mismos que fueron remitidos de inmediato al orfanato de la ciudad. En aquella institución existía la modalidad de ser madre adoptiva por turnos. Una serie de mujeres deseosas de ejercer el rol de madres se inscribía y escogía tanto el tipo de niño con el que deseaban experimentar su papel como el horario que mejor podía acomodarles. Apenas llegaron esos niños las mujeres pelearon por obtener la custodia temporal que les ofrecían. A uno de ellos le faltaban los brazos. Al otro, las piernas. Muchos años después lograron montar una coreografía que atraía y al mismo tiempo espantaba a cualquiera que la apreciara. La fama de los mellizos se extendió rápidamente. Fue tal su éxito que llegó a convertirse en el capítulo de <i>Flores</i> que Mario Bellatin rememoraba en ese momento. Miro con más detenimiento el libro <i>Bola Negra</i> y veo entonces mis dientes. Aparecen de manera nítida cuando en la ficción he llegado ya frente al micrófono para comenzar a relatar en voz alta el texto <i>Bola Negra</i>. <i>El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas</i>…</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4035" alt="li" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p>2- Esos dientes hoy no están colocados de esa manera. Aquí se ven separados, prominentes, diabólicos. Ahora se encuentran peor. Han sido rebajados hace dos días hasta volverlos puntiagudos y amarillentos. Han sido convertidos en los dientes propios de alguien con ciento cincuenta años de edad. El dentista me convenció el lunes de que podía arreglar los que vengo trayendo desde la niñez. Utilizó una serie de recursos para lograr mi aceptación. El más contundente fue el que se refirió a la vergüenza que debía causarme salir en las fotos de prensa con una dentadura cuadrada y con las piezas separadas, como la que aparece en la versión de Liniers del libro <i>Bola Negra</i>. Ignoro la manera en que el dentista conoce ese libro. Desconozco también su familiaridad con las imágenes que aparecen en la obra. Tengo estas dudas principalmente porque el libro no ha sido todavía publicado. Me asusta pensar en la existencia de dentistas que llegan a conocer de esa manera los dientes de sus pacientes. Incluso los que son imaginados a cientos de kilómetros de distancia. No me queda más remedio que aceptar. El dentista comienza con su trabajo. Lima las puntas. Va afilando las piezas hasta que siento que se convierten en unas pequeñas tripas. Se transforman en una serie de estalactitas entre las cuales advierto la entrada del aire del exterior. Una hora después el dentista me pasa un pequeño espejo para que los vea. Me horrorizo. Me invade una sensación parecida a la que sentí esta mañana al ver a mis perros matando una paloma o cuando me enteré de la noticia de que el perro de mi editora acababa de morir por efecto de un sapo venenoso. Quizá se trate de la misma impresión que experimenta el público que acostumbra acudir a los espectáculos de los Mellizos Kuhn. Aparte de haberse convertido en una suerte de tiras aisladas entre sí, los dientes han perdido además todo resto de color. Me encuentro ante piezas que carecen totalmente de vida. Tienen un tono que no llega al negro profundo, pero es oscuro —oscuro como tal vez debió haber sido en algún momento la bola negra que aparece en la portada del libro—. Si los desayunadores de aquella mañana hubiesen estado presentes en el consultorio me habrían instado de seguro a colgar los restos que quedaban en mi boca en la rama de algún árbol. Me los imagino colocados allí. Para apreciarlos de esa manera primero habrían tenido que extraerlos y haber multiplicado miles de veces su proporción. Habrían tenido que crecer mucho aquellas estalactitas que llevaba por dientes. Volverse flexibles además. En cada rama de aquel árbol estaría cada uno de los gigantes y afilados dientes de Bellatin adoptando la forma de la superficie que los acoge. Como aquellos relojes cansados que todo el mundo ha visto por allí. Mientras sostiene el pequeño espejo el dentista parece satisfecho con su trabajo. Me pregunta a cada momento si me duele. Es cierto. Hay dolor. Advierto entonces que el horror que experimento no sólo proviene de lo que estoy viendo reflejado en la luna sino del dolor que me causa mi dentadura. El profesional me dice que ya está pasando el efecto de la anestesia. Reparo recién en ese momento que aquellos pinchazos que sentía se trataba de las inyecciones que me fue administrando durante el proceso. Añade que no me preocupe. Afirma que de esa manera no saldré a la calle. Puntualiza que lo tiene todo preparado. Me pondrá unas carillas que harán de dientes falsos provisionales y me recetará algunos analgésicos. Finalmente hace lo que dice. Me deja solo unos momentos interminables. Trabaja luego en mi boca. Va y vuelve. Hace que abra y cierre las mandíbulas. Toma moldes. Cuando termina el trabajo me miro nuevamente al espejo y veo otros dientes. No como los separados tétricamente que aparecen en la bola negra de Liniers. Que se ven precisamente en el  momento en que empiezo a mencionar la existencia del entomólogo Endo Hiroshi. Aunque tampoco se aprecian como los afilados y negruzcos que aprecié minutos antes. Son unos dientes extraños los que luce Bellatin en ese momento. No se trata de los que traía consigo esa mañana. El dentista añade que tampoco son con los que se quedará. En la boca de Bellatin están los dientes que serán suyos sólo durante tres días. El viernes de esa misma semana deberán ser cambiados por los definitivos. Me alarma lo que suceda después de ese viernes con la imagen inicial de la boca del autor que aparece en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. ¿Cómo hacer para demostrar que los dientes de Bellatin ya no son los dientes de Bellatin? Ni siquiera se trata de una dentadura postiza. En este caso son los mismos dientes. A Bellatin incluso se le niega de esa manera la opción no sólo de sacarse el brazo y dejarlo detrás de bambalinas, sino también la de sacarse los dientes y hacerlos dormir en un vaso de agua que seguramente beberá en medio de la noche algún huésped distraído. Antes de partir Bellatin advierte que ha pasado ocho horas sentado en el sillón dental colocado en medio del consultorio. Le parece un exceso haber hecho semejante esfuerzo y haberse dejado manipular de esa manera sólo porque el dentista ha visto sus dientes en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. Para Bellatin el día ya está muerto. No tiene ya ganas de hacer nada durante la jornada. Sale a la calle y el frío del viento le causa un agudo dolor. Siente además que las piezas provisionales que lleva puestas han sido mal pegadas. Debe realizar determinado gesto con la boca para evitar que se caigan. En ese momento hubiera deseado pertenecer a la <i>Caravana de los Seres Desdentados</i> que aparece en el libro <i>Bola Negra</i>. Ser parte de aquellos infelices que cuando sienten caer la última pieza dental saben que deben partir hacia la muerte. Bellatin escuchó de niño esa historia una y otra vez. Se la narró su abuela. Aquella narración le fue contada a la abuela a su vez por la madre de una familia japonesa que se mudó al lado de la casa familiar huyendo de una de las tantas oleadas de hambruna de Oriente. La abuela le dijo a Bellatin que para la vecina la historia de su vida no pareció terminar de esa manera. A la abuela no le constaba que la vecina se hubiera visto obligada a tomar alguna decisión después de verse despojada de su última pieza dental. Para la abuela el relato de la Caravana de los Seres Desdentados tuvo su final la noche en que las fuerzas del gobierno hicieron una <i>razzia</i> de inmigrantes japoneses para ser embarcados hacia campos de concentración en los Estados Unidos. La vecina y su marido se suicidaron esa misma noche. La abuela me contó que horas antes le encargaron a sus dos pequeños hijos. Uno era muy gordo y la otra flaquísima. Me dijo también que una hora después escucharon un disparo seguido de otro. El marido primero mató a su mujer y después se suicidó. La vecina le había pedido que escondiera bien a sus hijos. Al gordo y a la flaca. Que los tratara como si fueran propios. Pero mi abuelo entregó a los niños a la policía poco después de escuchar los disparos. Creo que a manera de disculpa, mi abuela me dijo en ciertas ocasiones que en aquella época se vivían tiempos difíciles. Que no debía reclamar por la conducta del abuelo ni de la del resto de la familia. Creo que por acciones de esta naturaleza entiendo más que nunca a Bohumil Hrabal trepando por el alféizar con el supuesto fin de espantar a las palomas. Cuentan que su caída fue estrepitosa. Que no mostró ni por asomo la elegancia con la que un ave realiza su vuelo final. En realidad las aves mueren acurrucadas en sí mismas en algún rincón de la naturaleza. Recuerdo haber visto a varias moribundas en las playas del sur. Pensaba, cuando era niño, que las gaviotas imposibilitadas de volar se quedaban quietas porque habían decidido hacerse amigas de las personas. Apenas aparecían a mi vista las perseguía. Intentaba darles algo de comer. No advertía que muchas de ellas cojeaban. Otras se quedaban quietas dejando que mi mano las acaricie. Horas después las encontraba muertas. Se quedaban quietas mirando hacia la nada. Se negaban a comer ni una migaja de pan. Parecían rechazar de una manera atávica todo lo que pudiera parecerle saludable al resto de las personas.  De la misma manera que Endo Hiroshi, el mismo que afirmó cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Enseguida Mario Bellatin colocó la mano sobre la hoja de papel colocada sobre el atril donde se encontraba leyendo el texto <i>Bola Negra</i>. Una mosca gigante apareció frente al micrófono. Una mosca semejante a las que suelen volar alrededor de los cadáveres cuando comienzan a descomponerse. Semejante a las que seguramente revolotearon alrededor del cuerpo de la paloma colocado en la rama de un árbol por los desayunadores que miraron aterrados cómo mi perro Isaías le destrozaba el cuello en un instante. O dando vueltas sobre las violetas que cultivaba dentro de una maceta la madre del escritor sin piernas. Era una mosca que me aterró aún más que haberme presentado sin brazo delante del público a leer el texto de <i>Bola Negra</i>. Un texto donde un entomólogo decide de pronto dejar de comer todo aquello que pueda resultarle saludable al resto de las personas.</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4043" alt="Gg" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p style="text-align: left;">3- El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Tomó la decisión luego de la noche de insomnio —provocado quizá por el recuerdo de la vieja cocinera de la casa partiendo hacia la Caravana de los Seres Desdentados—<sup>1</sup> que siguió al banquete de bodas de sus padres. Durante aquella noche había sentido, entre dormido y despierto, la desaparición de sus brazos y piernas provocada por la voracidad descontrolada de su propio estómago. Fue tal la agresividad que mostró aquel órgano que Endo Hiroshi, con las primeras luces del alba, ya se sentía miembro del bando de aquellos que comen sólo para estropearlo. De los que pretenden transformarlos en apéndices casi inservibles. Endo Hiroshi conocía de cerca historias de jóvenes, que morían mostrando una delgadez extrema por negarse de pronto a comer ni un grano de arroz. Algunos decían que muchas de aquellas inapetencias eran causadas por alguna desilusión amorosa, y otros que se producía por seguir de una manera estricta la imposición de las modas que provenían de Occidente. Por el contrario, sabía también de hombres y mujeres que comían hasta hartarse mostrando en sus corpulentos cuerpos la imposibilidad de abstraerse al desenfrenado deseo de representar dentro de sí mismos el universo entero.<sup>2</sup> En su familia, en más de una ocasión se habían dado las dos situaciones opuestas. Se presentó incluso el caso de unos primos, mellizos, en el que la hermana se consumió producto de la anorexia y el hermano se convirtió en un destacado luchador de <i>sumo.</i><sup>3</sup> Endo Hiroshi recordaba también algunas historias de los años de guerra, que oyó de niño, en las que solía hacerse referencia a una escasez tal que obligó a muchos a matar por una ración de arroz o un trozo de pescado.<sup>4</sup> Asimismo había escuchado relatos de la existencia de carne de roedor envuelta en delicados <i>sushis</i>, y de jóvenes que se dedicaban a atrapar moscas para después consumirlas a manera de <i>mijo</i>.<sup>5</sup> Parece que el impacto de esos cuentos motivó que el entomólogo Endo Hiroshi adquiriera, desde pequeño, un espíritu que de cierta manera mezclaba una suerte de aversión y reverencia hacia la comida. Por ese motivo nunca dio la impresión de estar de acuerdo con aquella expresión extranjera, que afirmaba que la cocina de su nación parecía estar hecha más para la apreciación visual que para ser consumida.<sup>6</sup> En casa de sus abuelos, donde pasó parte de su infancia porque a sus padres les estaba prohibido vivir juntos mientras no muriera la cocinera, no se acostumbraba desperdiciar nada comestible. Muchas veces —basados principalmente en el libro de enseñanzas del Profeta Magetsu, del cual toda la familia era devota— se había ejercido una peculiar manera de preparar los alimentos, que consistía en enterrar los ingredientes varias horas seguidas en medio de piedras encendidas con leña o carbón. El Profeta Magetsu, monje del que se dice que no había tenido una sino muchas muertes, concebía la creación del universo como un obsequio de la madre tierra a los elementos constitutivos del cosmos, entre los que estaba incluido, por supuesto, el ser humano. Durante un viaje que hizo al África, invitado por la sociedad de entomólogos de la que formaba parte, Endo Hiroshi debió consumir todo el tiempo alimentos empaquetados, que compró en un negocio cercano a su casa que le recomendaron los miembros de la asociación a la que pertenecía. Realizó por eso aquel viaje llevando en sus maletas botes, platos y vasos de plástico que contenían distintas fórmulas de alimento deshidratado. Endo Hiroshi sólo debía agregar agua hirviendo a los recipientes para conseguir una cierta variedad de comidas que, de algún modo, guardaban un lejano parentesco con las que originalmente se consumían en el país. Esta excursión fue bautizada, por el mismo entomólogo Endo Hiroshi, como “El largo viaje del agua hirviendo”, pues fue fundamental en la trayectoria la presencia de teteras y de estufas portátiles que le permitieron no sólo alimentarse de forma adecuada, sino además tomar el té a la manera tradicional. Endo Hiroshi habría podido prescindir por varios días de la comida, pero mientras estuviera despierto le era prácticamente imposible dejar de tomar té por más de cuatro horas seguidas. Algunos entomólogos le aconsejaron que aprovechara el viaje y probara uno de los tantos insectos comestibles que se consumían en las regiones que iban visitando. Desde las hormigas comunes, que eran servidas bañadas con miel dentro de cucuruchos de papel, hasta la pulpa de ciertas tarántulas de patas azules que vivían únicamente en la copa de ciertos árboles.<sup>7</sup> Mientras iban alimentándose con estos especímenes, era común que los miembros de la expedición hablaran de las propiedades nutritivas de los insectos. Algunos años atrás ciertos expertos, principalmente el científico Olaf Zumfelde de la universidad de Heidelberg, habían construido una tabla donde se detallaba la cantidad de proteínas de los invertebrados que era asimilada de manera inmediata por el cuerpo humano.<sup>8</sup> Sin embargo, Endo Hiroshi no probó nada distinto a los alimentos envasados que había comprado en su país. Continuó con la travesía llevando siempre consigo sus comidas empaquetadas, el té, su tetera, y la pequeña hornilla que funcionaba con pilas. Faltando unos días para el final del viaje, en el que trabajó con su diligencia habitual, halló un extraño espécimen que se creía extinguido. Encontró un ejemplar desconocido. El único del que se tenía memoria, el <i>Newton Camelus Eleoptirus, </i>era de otro color. Logró guardarlo en la mejor de las condiciones posibles, y sin decirle nada al resto de la expedición lo llevó consigo en el viaje de regreso. Una vez desembarcado, se dirigió directamente al laboratorio que tenía montado en la parte trasera de la que después sería casa de sus padres.<sup>9</sup> En ese entonces, sus padres aún estaban solteros y vivían separados. Pese a esta situación, los miembros de la familia se encontraban todas las noches en esa casa, que habitaba Hiroshi desde la infancia, para rezar las oraciones del monje Magetsu. Endo Hiroshi sabía que el hallazgo del insecto era fundamental para su carrera de entomólogo. Su nombre, Hiroshi, iba a ser utilizado a partir de entonces para nombrar siempre a la especie cazada. Según sus conocimientos, y el de otros muchos investigadores, el insecto que se conocía era azul y no rojo como el que Hiroshi había encontrado. <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus  </i>sería el nombre que llevaría esta nueva variedad. Pero cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir la caja de plástico encontró sólo una pequeñísima bola negra en lugar de su insecto. La bola era tan minúscula que incluso fue curioso que se diera cuenta de su presencia. La caja había sido diseñada especialmente para transportar ejemplares de esa naturaleza. Es decir, insectos de pequeñas y medianas proporciones. Las fabricaban exclusivamente para los miembros de la sociedad de entomólogos a la que pertenecía. Estaban hechas de tal modo que los insectos atrapados podían vivir mucho tiempo en su interior. Era impensable que se hubiese escapado el eleoptero encontrado la semana anterior. Endo Hiroshi lo había visto en el aeropuerto de Nairobi antes de abordar el avión de regreso. Dentro de la nave le había echado otra ojeada y el día anterior, inmediatamente después de instalarse nuevamente en su casa, lo había estado contemplando largo rato bajo unas lentes de entomólogo.<sup>10</sup> En esa última ocasión estuvo comparándolo no sólo con el <i>Newton Camelus Eleoptirus</i>  que aparecía en una ilustración del libro de insectos que siempre llevaba consigo, sino con una serie de tratados especializados que llenaban la biblioteca de su estudio. Fue tal la impresión ante la ausencia que no reparó en la llegada de sus padres a la casa, quienes a partir del regreso sano y salvo del hijo se preparaban a reanudar las oraciones en la sala principal de la casa. Durante las semanas que había durado el viaje al África no habían tenido otra alternativa sino la de rezar en el propio templo del Profeta, que se levantaba en las faldas del monte principal. Para lograrlo habían tenido que realizar fatigosos ascensos. Las cosas no podían hacerse de otro modo. Era tal la prohibición antes de la muerte de la cocinera que los padres no solamente estaban impedidos de vivir juntos antes de que se casaran, sino que ni siquiera podían permanecer un minuto en el casa principal sin la presencia fìsica del hijo. Hiroshi escuchó que lo llamaban, querían seguramente saludarlo pero quizá lo más importante era que los ritos religiosos no podían comenzar en su ausencia. Shikibu, la vieja sirvienta, terminaba en esos momentos de preparar la gran olla de arroz blanco que se ofrecería luego de la ceremonia. Desde que había cumplido los quince años de edad, el cuenco de arroz que se servía después de las oraciones era el único alimento que Endo Hiroshi consumía durante la jornada. Arroz y, como se señaló, varios litros de té. Cualquiera hubiera dicho que esa dieta lo pondría delgado y débil. Sin embargo, su lozanía demostraba lo contrario. Como los viejos monjes, incluso como el mismo Profeta Magetsu, un cuenco de arroz diario era comida suficiente para atravesar la vida entera. Respecto a esta idea  se dice que una de las muertes del Profeta Magetsu, al parecer la definitiva, ocurrió cuando el Profeta decidió permitir que su cuerpo fuera el alimento de su propio cuerpo.<sup>11</sup> Para dejar evidencia del proceso, en el que su carne desapareció gradualmente para curiosamente convertirse en una huella de su propia carne, contó con la presencia de su discípulo, Oshiro, quien escribió en un gran pergamino de papel de arroz, disponible actualmente para quien quiera consultarlo, las palabras que su maestro le fue dictando durante el proceso. El maestro se limitó a pronunciar cada día una palabra. Curiosamente, la última puede ser traducida como <i>paz</i>. Resulta extraño que un ser de la altura espiritual del Profeta Magetsu, al final de un proceso de muerte tan complejo como el que llevó a cabo, hubiese pronunciado una palabra cuyo sentido para muchos puede resultar más que obvio. Antes de comenzar el ritual de adoración al Profeta, tanto los padres como Endo Hiroshi debían proceder a revisar los dientes de la anciana cocinera. Los padres fueron siempre los más interesados en aquella inspección, pues sólo podrían casarse y gozar a plenitud su condición de señores de la casa cuando aquella mujer perdiera la dentadura completa. El día en que no pudiera volver a comer la cocinera moriría por inanición durante el viaje solitario —un camino sin fin que debía iniciar en uno de los tantos caminos que rodean al monte principal—, que tendría que emprender la misma noche de la celebración de las bodas de sus señores. Bastaba que en la inspección de la dentadura se detectase la ausencia de todas las piezas para que, de inmediato, se iniciaran los preparativos de la celebración. Por lo general, dos días después estaba todo consumado. Los señores ya eran marido y mujer. Durante esas jornadas la anciana no podría probar ni una migaja del banquete nupcial, estado que sería fundamental para que en su camino a la muerte las acciones se precipitasen lo más rápido posible. Unos minutos después, luego de los saludos de rigor y de presentar sus respetos a la imagen del Profeta Magetsu, se procedió a la inspección de la boca de la cocinera. Todavía no era el momento de comenzar las oraciones en regla, pues era importante, para encontrar el tono adecuado de practicarlas, saber si se oraba conociendo que la cocinera contaba con piezas molares o no. En esa ocasión, pese a cumplirlos a cabalidad, Endo Hiroshi no le dio ninguna importancia a los ritos que dirigía. Estaba consternado con la desaparición del insecto. Pero, como fiel devoto, disimulaba lo más que podía. Se había colocado su tradicional túnica y, después de saludar a sus padres como lo debe hacer cualquier hijo que regresa de una larga expedición les comenzó a arrojar, a sus cuerpos tendidos, el agua correspondiente —que iba sacando de un pequeño cuenco de madera—. Luego de los saludos, los padres se habían acostado en el suelo boca abajo y cuán largos eran. Cuando se terminó aquella parte del ritual, notaron la ausencia de la cocinera. Los padres intuyeron, al instante, la verdad. Se dirigieron rápidamente a la cocina donde encontraron a la anciana, escondida detrás de las leñas del fogón. Como lo presumieron, al abrirle la boca, descubrieron que la última muela, que los había tenido en vilo durante los últimos años, había desaparecido. Mientras la vieja sirvienta suplicaba y se negaba a separar nuevamente las mandíbulas, Endo Hiroshi, quien había seguido a sus padres hasta la cocina, pareció comprender entonces lo sucedido con su insecto. Entendió que la minúscula bola, que había hallado en lugar del exótico ejemplar, se trataba de una especie de estómago del insecto. Aunque en realidad parecía ser nada más que el bicho deglutido por sí mismo. No podía serle extraña una teoría semejante. No en vano había pasado casi toda su vida, exactamente todos los momentos que le dejaba libre su profesión de entomólogo, dirigiendo los ritos del monje Magetsu. Parecía haberse repetido, en su caja de entomólogo, el proceso por el que había transitado el monje antes de morir de manera definitiva. Aquella bola tenía que ser una masa informe, conformada por los elementos que habían constituido al pequeño bicho. Los gritos de la anciana fueron desgarradores.<sup>12</sup> Los padres se mostraron inflexibles. Finalmente la anciana calló —mostró de pronto un repentino silencio que pareció ser una rotunda aceptación de su destino—. Los padres pudieron entonces, tranquilamente, discutir los preparativos de la boda. Principalmente hablaron del banquete. Servirían comidas tradicionales. No habría toques modernos, salvo los besugos ofrecidos a los recién casados antes de que comenzase la ceremonia. Había que pensar en el cocinero que tuviera la maestría suficiente para preparar el <i>Besugo fantasma</i>.<sup>13</sup> La receta consistía en destazar el pez hasta dejarlo descarnado pero vivo, para luego introducirlo en una pecera que sería puesta en el centro de la mesa de los novios. La pareja de recién casados comería la carne mientras el animal seguía nadando, moribundo, mostrando sus órganos internos a todo el que quisiera verlos. Como señal de buen augurio para el matrimonio, la comida debía durar el tiempo exacto que tardaba el pez en morir. El entomólogo Endo Hiroshi corroboró aquella noche sus sospechas. Luego de que condenaran a Shikibu y que realizaran, de una manera más intensa que la habitual los ritos para el Profeta, ya en su habitación y con la ayuda de un microscopio vio que, efectivamente, el insecto parecía haberse consumido a sí mismo. Sin razón aparente, experimentó un acceso de náuseas. Vomitó. Mientras tanto, en la planta baja, sus padres continuaban con los planes. A partir de entonces la madre podría, además de arreglar la casa a su gusto, pintar sus dientes de negro. El padre, aparte de comenzar a dar las órdenes para el funcionamiento del hogar estaba en el derecho de ir al dentista para hacerse extraer de una vez por todas la parte frontal de la dentadura. Esas características, de los dientes negros y la ausencia de dientes en la parte anterior, eran los símbolos de encontrarse en posesión de una vida plena. Reflexionando sobre la transformación que había sufrido un insecto que podría haberse llamado <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus</i>, nombre que de inmediato lo habría llevado a la fama internacional, decidió que después de las bodas de sus padres el fin de su vida iba a consistir en atenuar, hasta el mínimo punto posible, el normal funcionamiento de su estómago. Buscaría neutralizarlo de una manera similar a la atrofia hepática que llegan a sufrir ciertos gansos, cebados con obsesión por sus dueños, o los gatos que en ciertos países suelen ser criados en jaulas minúsculas y alimentados con maíz aromatizado con sustancias químicas. Cuando al día siguiente el sol entró por la ventana, iluminando la caja de plástico que contenía aún el supuesto estómago del insecto, Endo Hiroshi decidió no sólo comerse aquella bola negra sino también una serie de gorgojos y otros bichos que recolectaría durante la mañana. En el ropero de su cuarto guardaba, casi intacto, el traje para la cacería de orugas que se celebraba los años bisiestos. La última vez que participó en una de esas jornadas lo hizo acompañado de su prima, la muchacha sumamente delgada que murió como consecuencia de esa delgadez, y de su primo, el obeso luchador de <i>sumo</i>.</p>
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<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">* Este texto ha aparecido con anterioridad, pero se desconoce dónde.</span></p>
<p> *</p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;"><strong>Notas de pie de página</strong></span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">1 Costumbre arcaica a la que deben someterse los ciudadanos que han perdido completamente la dentadura.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">2 Creencia popular, entre los caldeos asirios principalmente, de que en el cuerpo humano estaba contenida la totalidad de las esferas celestes. Se cree, gracias a recientes estudios de corte psicológico profundo, que en el hombre existen remanentes de esta convicción como símbolo de superioridad social.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">3 Tipo de lucha deportiva que tiene como fin celebrar los tiempos de cosecha o de abundancia. Se practica sobre todo en regiones que se rigen por el calendario solar.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">4 El pez por el cual la gente cometió un mayor número de asesinatos fue el lenguado.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">5 Hasta el día de hoy aparecen de cuando en cuando, en los diarios, casos de comerciantes que venden moscas tostadas en lugar de semillas comestibles.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">6 Ver revista <i>Newsweek</i> # 234, pag.56.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">7 Se trataba de las tarántulas Larpicus fosforescentes, que únicamente existen en el este de Namibia.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">8 Consultar Tabla Zumfelde. Disponible en la Sociedad de Nutriólogos de Berlín.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">9 Según la tradición del profeta Magetsu, bastante incomprensible en el mundo occidental, los señores de una casa no podían sostener una vida marital hasta que la más anciana de las mujeres del servicio no perdiera el último de sus dientes. Este hecho no les negaba el derecho a tener hijos.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">10 Se usaron unas lentes Stewarson, importadas por la Casa Tenkei-Marú.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">11 Ver el libro <i>Catecismo Sagrado de la secta Hiro-Sensei</i>.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">12 Se dice que aquella noche algunos vecinos no pudieron conciliar el sueño.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">13 Los maestros en esta técnica suelen encontrarse en la costa sur del país.</span><br />
<span style="font-size: 12px;">  </span></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Ben Rodkin con Mario Bellatin y David Shook, para <span style="text-decoration: underline;">Barú</span><br />
Este texto apareció anteriormente en BAR en noviembre de 2013.</em></p>
</div>
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		<title>Bola Negra</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Nov 2013 23:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[BAR Bellatin @es]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;"></p>
<p style="text-align: right;">Mario Bellatin</p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED
Primera mirada de autor al bande desinée Bola Negra*</p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la soledad demasiado ruidosa en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/bola-negra/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-4021" alt="Cover for Bola by Mario" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/cover-Bola-by-Mario.png" width="608" height="606" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mario Bellatin</em></p>
<p>1- BLACK BALL RELOADED<br />
Primera mirada de autor al <i>bande desinée</i> <i>Bola Negra*</i></p>
<p style="text-align: left;">Ayer me escribieron para informarme cosas acerca del escritor checo Bohumil Hrabal. Contesté que al final de sus días no pareció soportar la <i>soledad demasiado ruidosa </i>en la que vivía. Trepó por eso al alféizar de una las ventanas superiores del asilo donde se encontraba internado y saltó al vacío. Me respondieron a su vez diciéndome que durante sus últimos años estuvo obsesionado con el trajinar de las palomas que veía a través de los vidrios del pabellón donde se ubicaba su cama. Quizá deseó convertirse en un ave más, me aseguraron en el mensaje. Quizá por ello eso se aventuró a tratar de volar como una de ellas. Quien me enviaba aquellas notas era mi psicoanalista. Una terapeuta con la que compartí una infinidad de sesiones hace algunos años. Recuerdo que las terapias no las pagaba con dinero sino con textos. Precisamente el síntoma evidente que me llevaba allí era la falta de dinero. Estar incapacitado para pagar por algún bien o servicio. Tal vez por la naturaleza de la persona de la que provenía la información me puse a pensar durante esos días en las palomas. ¿Más bien, no habrían hartado de tal modo a Hrabal hasta llevarlo al suicidio? ¿El arrullo constante que suelen producir no lo habría hecho concebir el término de<i> la soledad demasiado ruidosa </i>que repitió en muchos de sus escritos? Hoy mis perros mataron una paloma. A dos cuadras de mi casa se había formado en un parque un gran charco ocasionado por las lluvias de la noche anterior. Algunas personas se encontraban al lado del agua. Estaban frente a una señora que ofrece desayunos ambulantes durante ciertas horas. Algunas palomas comían los restos que les arrojaban los desayunadores. Yo había salido de mi casa con los perros momentos antes. Al llegar a esa zona Isaías y Manga tomaron a una de las aves y la dejaron malherida en medio del charco. Los desayunadores protestaron. Yo huí. Al ver lo que estaba ocurriendo, pocos metros más adelante di la media vuelta. Los perros me siguieron. Mientras caminábamos giraban la cabeza una y otra vez hacia la presa vencida. Seguramente deseaban seguir mordiéndola. O tal vez traerla para ofrendármela como trofeo. Escuché a alguien que gritaba a mis espaldas ordenándome que levantara el cuerpo muerto y lo colocara sobre la rama de un árbol. Me pareció un pedido curioso. Tal vez esa persona pensaba que para una paloma era más digno morir en una rama que en un charco oscuro. Pensé en la cada vez más complicada relación entre los hombres y los animales. En las premisas actuales. En los deberes que tenemos que cumplir en estos tiempos. En preceptos que algunos años atrás nos hubieran parecido inimaginables. Por ejemplo, el hecho de no comprar animales sino adoptarlos. El de tenerlos operados tanto a hembras como a machos. Olvidar por completo mutilarlos inútilmente o hacerles cortes de pelo en virtud de obsoletos estándares de belleza animal. Pensé también en los insectos que nos rodean. En lo nocivos que suelen ser, salvo que se trate de aquellos con los que solemos alimentarnos. Justamente acabo de realizar un trueque de hormigas gigantes por los libros que estoy realizando actualmente. Pensé también en las ratas que siento de vez en cuando debajo del piso de mi estudio. Recibí hoy también otra llamada. En ella me informaron que el perro que hacía más de ocho años le entregué a mi editora acababa de morir envenenado por morder a un sapo. Mi editora está desolada. Había llevado al perro a su casa de campo y allí ocurrió el accidente. Se trata de un veneno para el cual no existe ninguna clase de antídoto. En el momento de la llamada mi editora se encontraba en la sala de espera de un horno crematorio para animales domésticos. Cuando escuché la noticia yo no había salido aún a pasear a los perros. Después del incidente en el parque regreso a mi casa. Los perros están excitados. Ignoro si es por el asunto de la paloma o porque no han realizado completo el paseo matutino. Tanto Perezvón como Manga como Isaías como Abelardo dan incontables vueltas a mi alrededor. Sin hacerles caso y pensando que los sacaré nuevamente a media mañana me acomodo en mi estudio y abro el libro <i>Bola Negra</i> que está estructurando el artista Liniers. Admiro su portada verde. La bola efectivamente negra al centro. El verde que cubre casi todo el espacio me da la impresión de provenir de algo sintético. No pienso en ningún símbolo de la naturaleza al mirarlo. De alguna manera siento que se trata del verde adecuado para acompañar el trance que significa discurrir a través de un libro como <i>Bola Negra</i>. Un verde ideal para, entre otras cosas, describir lo falso como se nos presenta la cacería semisalvaje de una paloma en un charco creado por la lluvia nocturna. De ese color deben de ser las hojas del árbol donde los desayunadores me pidieron que colocara el cuerpo maltrecho del ave. Sin duda es el tono que luce el sapo venenoso. Según la noticia, el perro de la editora lo llevaba muerto entre las fauces. La bola negra me hace recordar a una bola de bowling. También a la pesada bola atada a la pierna de algún condenado a muerte norteamericano. Esa bola puede representar también el interior del universo. Yo soy de los pocos que saben que se trata de una suerte de bolo alimenticio. De la mola en que se convirtieron tanto el insecto hallado en las selvas del África que aparece en el texto como el entomólogo que lo encontró. Pero trato en ese momento de fingir que desconozco su origen. Cuando paso la página comprendo que se trata en realidad de la bola de donde surgen mis pesadillas más terribles. Me veo entonces de pie frente al atril de un escenario. Aparezco sin brazo. Se supone que hay alguna cantidad de público presente en la suerte de auditorio donde estoy presente. Vuelvo a advertir que me falta un brazo. Me sorprendo. En la primera escena del libro <i>Bola Negra</i> ideado por Liniers, el escritor Mario Bellatin aparece sin el brazo derecho. Lleva rígida y vacía la nada que muestra.  Es muy extraño verlo así. Sin el brazo derecho. ¿Lo habrá dejado entre bambalinas? ¿Se tratará de una broma que le tiene preparada a su público? Su cabeza luce calva como siempre y se representa a la perfección el corte de la camisa de sacerdote que suele utilizar cuando no lleva puesta una túnica negra. Estoy nervioso. Se trata de la vivificación de la peor de las posibilidades que se le pueden presentar en la vida a un escritor de esa naturaleza. No creo que sea capaz de soportar encontrarse sin brazo en medio de un auditorio. Pero ya está plasmada en la obra <i>Bola Negra</i> esta escena inaguantable. Mario Bellatin recuerda que en el libro <i>Flores</i> hay también un personaje similar. Aunque a diferencia del que aparece en <i>Bola Negra</i> el de <i>Flores</i> se presenta desnudo y sin pierna en el escenario de un teatro repleto de público. Me parece que en aquel libro, <i>Flores</i>, es un escritor el que está experimentando una pesadilla semejante. Un mal sueño que ha comenzado cuando sintió que vivía dentro de una violeta que cultivaba su madre en una maceta. Cuando el sueño avanza debe bailar desnudo y sin pierna. Se trata del número preliminar para presentar a las estrellas de la noche. A los Mellizos Kuhn. A ese par de hermanos encontrados en un desfiladero dentro de una canasta. Los mismos que fueron remitidos de inmediato al orfanato de la ciudad. En aquella institución existía la modalidad de ser madre adoptiva por turnos. Una serie de mujeres deseosas de ejercer el rol de madres se inscribía y escogía tanto el tipo de niño con el que deseaban experimentar su papel como el horario que mejor podía acomodarles. Apenas llegaron esos niños las mujeres pelearon por obtener la custodia temporal que les ofrecían. A uno de ellos le faltaban los brazos. Al otro, las piernas. Muchos años después lograron montar una coreografía que atraía y al mismo tiempo espantaba a cualquiera que la apreciara. La fama de los mellizos se extendió rápidamente. Fue tal su éxito que llegó a convertirse en el capítulo de <i>Flores</i> que Mario Bellatin rememoraba en ese momento. Miro con más detenimiento el libro <i>Bola Negra</i> y veo entonces mis dientes. Aparecen de manera nítida cuando en la ficción he llegado ya frente al micrófono para comenzar a relatar en voz alta el texto <i>Bola Negra</i>. <i>El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas</i>…</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4035" alt="li" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/li-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p>2- Esos dientes hoy no están colocados de esa manera. Aquí se ven separados, prominentes, diabólicos. Ahora se encuentran peor. Han sido rebajados hace dos días hasta volverlos puntiagudos y amarillentos. Han sido convertidos en los dientes propios de alguien con ciento cincuenta años de edad. El dentista me convenció el lunes de que podía arreglar los que vengo trayendo desde la niñez. Utilizó una serie de recursos para lograr mi aceptación. El más contundente fue el que se refirió a la vergüenza que debía causarme salir en las fotos de prensa con una dentadura cuadrada y con las piezas separadas, como la que aparece en la versión de Liniers del libro <i>Bola Negra</i>. Ignoro la manera en que el dentista conoce ese libro. Desconozco también su familiaridad con las imágenes que aparecen en la obra. Tengo estas dudas principalmente porque el libro no ha sido todavía publicado. Me asusta pensar en la existencia de dentistas que llegan a conocer de esa manera los dientes de sus pacientes. Incluso los que son imaginados a cientos de kilómetros de distancia. No me queda más remedio que aceptar. El dentista comienza con su trabajo. Lima las puntas. Va afilando las piezas hasta que siento que se convierten en unas pequeñas tripas. Se transforman en una serie de estalactitas entre las cuales advierto la entrada del aire del exterior. Una hora después el dentista me pasa un pequeño espejo para que los vea. Me horrorizo. Me invade una sensación parecida a la que sentí esta mañana al ver a mis perros matando una paloma o cuando me enteré de la noticia de que el perro de mi editora acababa de morir por efecto de un sapo venenoso. Quizá se trate de la misma impresión que experimenta el público que acostumbra acudir a los espectáculos de los Mellizos Kuhn. Aparte de haberse convertido en una suerte de tiras aisladas entre sí, los dientes han perdido además todo resto de color. Me encuentro ante piezas que carecen totalmente de vida. Tienen un tono que no llega al negro profundo, pero es oscuro —oscuro como tal vez debió haber sido en algún momento la bola negra que aparece en la portada del libro—. Si los desayunadores de aquella mañana hubiesen estado presentes en el consultorio me habrían instado de seguro a colgar los restos que quedaban en mi boca en la rama de algún árbol. Me los imagino colocados allí. Para apreciarlos de esa manera primero habrían tenido que extraerlos y haber multiplicado miles de veces su proporción. Habrían tenido que crecer mucho aquellas estalactitas que llevaba por dientes. Volverse flexibles además. En cada rama de aquel árbol estaría cada uno de los gigantes y afilados dientes de Bellatin adoptando la forma de la superficie que los acoge. Como aquellos relojes cansados que todo el mundo ha visto por allí. Mientras sostiene el pequeño espejo el dentista parece satisfecho con su trabajo. Me pregunta a cada momento si me duele. Es cierto. Hay dolor. Advierto entonces que el horror que experimento no sólo proviene de lo que estoy viendo reflejado en la luna sino del dolor que me causa mi dentadura. El profesional me dice que ya está pasando el efecto de la anestesia. Reparo recién en ese momento que aquellos pinchazos que sentía se trataba de las inyecciones que me fue administrando durante el proceso. Añade que no me preocupe. Afirma que de esa manera no saldré a la calle. Puntualiza que lo tiene todo preparado. Me pondrá unas carillas que harán de dientes falsos provisionales y me recetará algunos analgésicos. Finalmente hace lo que dice. Me deja solo unos momentos interminables. Trabaja luego en mi boca. Va y vuelve. Hace que abra y cierre las mandíbulas. Toma moldes. Cuando termina el trabajo me miro nuevamente al espejo y veo otros dientes. No como los separados tétricamente que aparecen en la bola negra de Liniers. Que se ven precisamente en el  momento en que empiezo a mencionar la existencia del entomólogo Endo Hiroshi. Aunque tampoco se aprecian como los afilados y negruzcos que aprecié minutos antes. Son unos dientes extraños los que luce Bellatin en ese momento. No se trata de los que traía consigo esa mañana. El dentista añade que tampoco son con los que se quedará. En la boca de Bellatin están los dientes que serán suyos sólo durante tres días. El viernes de esa misma semana deberán ser cambiados por los definitivos. Me alarma lo que suceda después de ese viernes con la imagen inicial de la boca del autor que aparece en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. ¿Cómo hacer para demostrar que los dientes de Bellatin ya no son los dientes de Bellatin? Ni siquiera se trata de una dentadura postiza. En este caso son los mismos dientes. A Bellatin incluso se le niega de esa manera la opción no sólo de sacarse el brazo y dejarlo detrás de bambalinas, sino también la de sacarse los dientes y hacerlos dormir en un vaso de agua que seguramente beberá en medio de la noche algún huésped distraído. Antes de partir Bellatin advierte que ha pasado ocho horas sentado en el sillón dental colocado en medio del consultorio. Le parece un exceso haber hecho semejante esfuerzo y haberse dejado manipular de esa manera sólo porque el dentista ha visto sus dientes en el libro <i>Bola Negra</i> de Liniers. Para Bellatin el día ya está muerto. No tiene ya ganas de hacer nada durante la jornada. Sale a la calle y el frío del viento le causa un agudo dolor. Siente además que las piezas provisionales que lleva puestas han sido mal pegadas. Debe realizar determinado gesto con la boca para evitar que se caigan. En ese momento hubiera deseado pertenecer a la <i>Caravana de los Seres Desdentados</i> que aparece en el libro <i>Bola Negra</i>. Ser parte de aquellos infelices que cuando sienten caer la última pieza dental saben que deben partir hacia la muerte. Bellatin escuchó de niño esa historia una y otra vez. Se la narró su abuela. Aquella narración le fue contada a la abuela a su vez por la madre de una familia japonesa que se mudó al lado de la casa familiar huyendo de una de las tantas oleadas de hambruna de Oriente. La abuela le dijo a Bellatin que para la vecina la historia de su vida no pareció terminar de esa manera. A la abuela no le constaba que la vecina se hubiera visto obligada a tomar alguna decisión después de verse despojada de su última pieza dental. Para la abuela el relato de la Caravana de los Seres Desdentados tuvo su final la noche en que las fuerzas del gobierno hicieron una <i>razzia</i> de inmigrantes japoneses para ser embarcados hacia campos de concentración en los Estados Unidos. La vecina y su marido se suicidaron esa misma noche. La abuela me contó que horas antes le encargaron a sus dos pequeños hijos. Uno era muy gordo y la otra flaquísima. Me dijo también que una hora después escucharon un disparo seguido de otro. El marido primero mató a su mujer y después se suicidó. La vecina le había pedido que escondiera bien a sus hijos. Al gordo y a la flaca. Que los tratara como si fueran propios. Pero mi abuelo entregó a los niños a la policía poco después de escuchar los disparos. Creo que a manera de disculpa, mi abuela me dijo en ciertas ocasiones que en aquella época se vivían tiempos difíciles. Que no debía reclamar por la conducta del abuelo ni de la del resto de la familia. Creo que por acciones de esta naturaleza entiendo más que nunca a Bohumil Hrabal trepando por el alféizar con el supuesto fin de espantar a las palomas. Cuentan que su caída fue estrepitosa. Que no mostró ni por asomo la elegancia con la que un ave realiza su vuelo final. En realidad las aves mueren acurrucadas en sí mismas en algún rincón de la naturaleza. Recuerdo haber visto a varias moribundas en las playas del sur. Pensaba, cuando era niño, que las gaviotas imposibilitadas de volar se quedaban quietas porque habían decidido hacerse amigas de las personas. Apenas aparecían a mi vista las perseguía. Intentaba darles algo de comer. No advertía que muchas de ellas cojeaban. Otras se quedaban quietas dejando que mi mano las acaricie. Horas después las encontraba muertas. Se quedaban quietas mirando hacia la nada. Se negaban a comer ni una migaja de pan. Parecían rechazar de una manera atávica todo lo que pudiera parecerle saludable al resto de las personas.  De la misma manera que Endo Hiroshi, el mismo que afirmó cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Enseguida Mario Bellatin colocó la mano sobre la hoja de papel colocada sobre el atril donde se encontraba leyendo el texto <i>Bola Negra</i>. Una mosca gigante apareció frente al micrófono. Una mosca semejante a las que suelen volar alrededor de los cadáveres cuando comienzan a descomponerse. Semejante a las que seguramente revolotearon alrededor del cuerpo de la paloma colocado en la rama de un árbol por los desayunadores que miraron aterrados cómo mi perro Isaías le destrozaba el cuello en un instante. O dando vueltas sobre las violetas que cultivaba dentro de una maceta la madre del escritor sin piernas. Era una mosca que me aterró aún más que haberme presentado sin brazo delante del público a leer el texto de <i>Bola Negra</i>. Un texto donde un entomólogo decide de pronto dejar de comer todo aquello que pueda resultarle saludable al resto de las personas.</p>
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<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4043" alt="Gg" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gg-1024x575.jpg" width="1024" height="575" /></a></p>
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<p style="text-align: left;">3- El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Tomó la decisión luego de la noche de insomnio —provocado quizá por el recuerdo de la vieja cocinera de la casa partiendo hacia la Caravana de los Seres Desdentados—<sup>1</sup> que siguió al banquete de bodas de sus padres. Durante aquella noche había sentido, entre dormido y despierto, la desaparición de sus brazos y piernas provocada por la voracidad descontrolada de su propio estómago. Fue tal la agresividad que mostró aquel órgano que Endo Hiroshi, con las primeras luces del alba, ya se sentía miembro del bando de aquellos que comen sólo para estropearlo. De los que pretenden transformarlos en apéndices casi inservibles. Endo Hiroshi conocía de cerca historias de jóvenes, que morían mostrando una delgadez extrema por negarse de pronto a comer ni un grano de arroz. Algunos decían que muchas de aquellas inapetencias eran causadas por alguna desilusión amorosa, y otros que se producía por seguir de una manera estricta la imposición de las modas que provenían de Occidente. Por el contrario, sabía también de hombres y mujeres que comían hasta hartarse mostrando en sus corpulentos cuerpos la imposibilidad de abstraerse al desenfrenado deseo de representar dentro de sí mismos el universo entero.<sup>2</sup> En su familia, en más de una ocasión se habían dado las dos situaciones opuestas. Se presentó incluso el caso de unos primos, mellizos, en el que la hermana se consumió producto de la anorexia y el hermano se convirtió en un destacado luchador de <i>sumo.</i><sup>3</sup> Endo Hiroshi recordaba también algunas historias de los años de guerra, que oyó de niño, en las que solía hacerse referencia a una escasez tal que obligó a muchos a matar por una ración de arroz o un trozo de pescado.<sup>4</sup> Asimismo había escuchado relatos de la existencia de carne de roedor envuelta en delicados <i>sushis</i>, y de jóvenes que se dedicaban a atrapar moscas para después consumirlas a manera de <i>mijo</i>.<sup>5</sup> Parece que el impacto de esos cuentos motivó que el entomólogo Endo Hiroshi adquiriera, desde pequeño, un espíritu que de cierta manera mezclaba una suerte de aversión y reverencia hacia la comida. Por ese motivo nunca dio la impresión de estar de acuerdo con aquella expresión extranjera, que afirmaba que la cocina de su nación parecía estar hecha más para la apreciación visual que para ser consumida.<sup>6</sup> En casa de sus abuelos, donde pasó parte de su infancia porque a sus padres les estaba prohibido vivir juntos mientras no muriera la cocinera, no se acostumbraba desperdiciar nada comestible. Muchas veces —basados principalmente en el libro de enseñanzas del Profeta Magetsu, del cual toda la familia era devota— se había ejercido una peculiar manera de preparar los alimentos, que consistía en enterrar los ingredientes varias horas seguidas en medio de piedras encendidas con leña o carbón. El Profeta Magetsu, monje del que se dice que no había tenido una sino muchas muertes, concebía la creación del universo como un obsequio de la madre tierra a los elementos constitutivos del cosmos, entre los que estaba incluido, por supuesto, el ser humano. Durante un viaje que hizo al África, invitado por la sociedad de entomólogos de la que formaba parte, Endo Hiroshi debió consumir todo el tiempo alimentos empaquetados, que compró en un negocio cercano a su casa que le recomendaron los miembros de la asociación a la que pertenecía. Realizó por eso aquel viaje llevando en sus maletas botes, platos y vasos de plástico que contenían distintas fórmulas de alimento deshidratado. Endo Hiroshi sólo debía agregar agua hirviendo a los recipientes para conseguir una cierta variedad de comidas que, de algún modo, guardaban un lejano parentesco con las que originalmente se consumían en el país. Esta excursión fue bautizada, por el mismo entomólogo Endo Hiroshi, como “El largo viaje del agua hirviendo”, pues fue fundamental en la trayectoria la presencia de teteras y de estufas portátiles que le permitieron no sólo alimentarse de forma adecuada, sino además tomar el té a la manera tradicional. Endo Hiroshi habría podido prescindir por varios días de la comida, pero mientras estuviera despierto le era prácticamente imposible dejar de tomar té por más de cuatro horas seguidas. Algunos entomólogos le aconsejaron que aprovechara el viaje y probara uno de los tantos insectos comestibles que se consumían en las regiones que iban visitando. Desde las hormigas comunes, que eran servidas bañadas con miel dentro de cucuruchos de papel, hasta la pulpa de ciertas tarántulas de patas azules que vivían únicamente en la copa de ciertos árboles.<sup>7</sup> Mientras iban alimentándose con estos especímenes, era común que los miembros de la expedición hablaran de las propiedades nutritivas de los insectos. Algunos años atrás ciertos expertos, principalmente el científico Olaf Zumfelde de la universidad de Heidelberg, habían construido una tabla donde se detallaba la cantidad de proteínas de los invertebrados que era asimilada de manera inmediata por el cuerpo humano.<sup>8</sup> Sin embargo, Endo Hiroshi no probó nada distinto a los alimentos envasados que había comprado en su país. Continuó con la travesía llevando siempre consigo sus comidas empaquetadas, el té, su tetera, y la pequeña hornilla que funcionaba con pilas. Faltando unos días para el final del viaje, en el que trabajó con su diligencia habitual, halló un extraño espécimen que se creía extinguido. Encontró un ejemplar desconocido. El único del que se tenía memoria, el <i>Newton Camelus Eleoptirus, </i>era de otro color. Logró guardarlo en la mejor de las condiciones posibles, y sin decirle nada al resto de la expedición lo llevó consigo en el viaje de regreso. Una vez desembarcado, se dirigió directamente al laboratorio que tenía montado en la parte trasera de la que después sería casa de sus padres.<sup>9</sup> En ese entonces, sus padres aún estaban solteros y vivían separados. Pese a esta situación, los miembros de la familia se encontraban todas las noches en esa casa, que habitaba Hiroshi desde la infancia, para rezar las oraciones del monje Magetsu. Endo Hiroshi sabía que el hallazgo del insecto era fundamental para su carrera de entomólogo. Su nombre, Hiroshi, iba a ser utilizado a partir de entonces para nombrar siempre a la especie cazada. Según sus conocimientos, y el de otros muchos investigadores, el insecto que se conocía era azul y no rojo como el que Hiroshi había encontrado. <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus  </i>sería el nombre que llevaría esta nueva variedad. Pero cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir la caja de plástico encontró sólo una pequeñísima bola negra en lugar de su insecto. La bola era tan minúscula que incluso fue curioso que se diera cuenta de su presencia. La caja había sido diseñada especialmente para transportar ejemplares de esa naturaleza. Es decir, insectos de pequeñas y medianas proporciones. Las fabricaban exclusivamente para los miembros de la sociedad de entomólogos a la que pertenecía. Estaban hechas de tal modo que los insectos atrapados podían vivir mucho tiempo en su interior. Era impensable que se hubiese escapado el eleoptero encontrado la semana anterior. Endo Hiroshi lo había visto en el aeropuerto de Nairobi antes de abordar el avión de regreso. Dentro de la nave le había echado otra ojeada y el día anterior, inmediatamente después de instalarse nuevamente en su casa, lo había estado contemplando largo rato bajo unas lentes de entomólogo.<sup>10</sup> En esa última ocasión estuvo comparándolo no sólo con el <i>Newton Camelus Eleoptirus</i>  que aparecía en una ilustración del libro de insectos que siempre llevaba consigo, sino con una serie de tratados especializados que llenaban la biblioteca de su estudio. Fue tal la impresión ante la ausencia que no reparó en la llegada de sus padres a la casa, quienes a partir del regreso sano y salvo del hijo se preparaban a reanudar las oraciones en la sala principal de la casa. Durante las semanas que había durado el viaje al África no habían tenido otra alternativa sino la de rezar en el propio templo del Profeta, que se levantaba en las faldas del monte principal. Para lograrlo habían tenido que realizar fatigosos ascensos. Las cosas no podían hacerse de otro modo. Era tal la prohibición antes de la muerte de la cocinera que los padres no solamente estaban impedidos de vivir juntos antes de que se casaran, sino que ni siquiera podían permanecer un minuto en el casa principal sin la presencia fìsica del hijo. Hiroshi escuchó que lo llamaban, querían seguramente saludarlo pero quizá lo más importante era que los ritos religiosos no podían comenzar en su ausencia. Shikibu, la vieja sirvienta, terminaba en esos momentos de preparar la gran olla de arroz blanco que se ofrecería luego de la ceremonia. Desde que había cumplido los quince años de edad, el cuenco de arroz que se servía después de las oraciones era el único alimento que Endo Hiroshi consumía durante la jornada. Arroz y, como se señaló, varios litros de té. Cualquiera hubiera dicho que esa dieta lo pondría delgado y débil. Sin embargo, su lozanía demostraba lo contrario. Como los viejos monjes, incluso como el mismo Profeta Magetsu, un cuenco de arroz diario era comida suficiente para atravesar la vida entera. Respecto a esta idea  se dice que una de las muertes del Profeta Magetsu, al parecer la definitiva, ocurrió cuando el Profeta decidió permitir que su cuerpo fuera el alimento de su propio cuerpo.<sup>11</sup> Para dejar evidencia del proceso, en el que su carne desapareció gradualmente para curiosamente convertirse en una huella de su propia carne, contó con la presencia de su discípulo, Oshiro, quien escribió en un gran pergamino de papel de arroz, disponible actualmente para quien quiera consultarlo, las palabras que su maestro le fue dictando durante el proceso. El maestro se limitó a pronunciar cada día una palabra. Curiosamente, la última puede ser traducida como <i>paz</i>. Resulta extraño que un ser de la altura espiritual del Profeta Magetsu, al final de un proceso de muerte tan complejo como el que llevó a cabo, hubiese pronunciado una palabra cuyo sentido para muchos puede resultar más que obvio. Antes de comenzar el ritual de adoración al Profeta, tanto los padres como Endo Hiroshi debían proceder a revisar los dientes de la anciana cocinera. Los padres fueron siempre los más interesados en aquella inspección, pues sólo podrían casarse y gozar a plenitud su condición de señores de la casa cuando aquella mujer perdiera la dentadura completa. El día en que no pudiera volver a comer la cocinera moriría por inanición durante el viaje solitario —un camino sin fin que debía iniciar en uno de los tantos caminos que rodean al monte principal—, que tendría que emprender la misma noche de la celebración de las bodas de sus señores. Bastaba que en la inspección de la dentadura se detectase la ausencia de todas las piezas para que, de inmediato, se iniciaran los preparativos de la celebración. Por lo general, dos días después estaba todo consumado. Los señores ya eran marido y mujer. Durante esas jornadas la anciana no podría probar ni una migaja del banquete nupcial, estado que sería fundamental para que en su camino a la muerte las acciones se precipitasen lo más rápido posible. Unos minutos después, luego de los saludos de rigor y de presentar sus respetos a la imagen del Profeta Magetsu, se procedió a la inspección de la boca de la cocinera. Todavía no era el momento de comenzar las oraciones en regla, pues era importante, para encontrar el tono adecuado de practicarlas, saber si se oraba conociendo que la cocinera contaba con piezas molares o no. En esa ocasión, pese a cumplirlos a cabalidad, Endo Hiroshi no le dio ninguna importancia a los ritos que dirigía. Estaba consternado con la desaparición del insecto. Pero, como fiel devoto, disimulaba lo más que podía. Se había colocado su tradicional túnica y, después de saludar a sus padres como lo debe hacer cualquier hijo que regresa de una larga expedición les comenzó a arrojar, a sus cuerpos tendidos, el agua correspondiente —que iba sacando de un pequeño cuenco de madera—. Luego de los saludos, los padres se habían acostado en el suelo boca abajo y cuán largos eran. Cuando se terminó aquella parte del ritual, notaron la ausencia de la cocinera. Los padres intuyeron, al instante, la verdad. Se dirigieron rápidamente a la cocina donde encontraron a la anciana, escondida detrás de las leñas del fogón. Como lo presumieron, al abrirle la boca, descubrieron que la última muela, que los había tenido en vilo durante los últimos años, había desaparecido. Mientras la vieja sirvienta suplicaba y se negaba a separar nuevamente las mandíbulas, Endo Hiroshi, quien había seguido a sus padres hasta la cocina, pareció comprender entonces lo sucedido con su insecto. Entendió que la minúscula bola, que había hallado en lugar del exótico ejemplar, se trataba de una especie de estómago del insecto. Aunque en realidad parecía ser nada más que el bicho deglutido por sí mismo. No podía serle extraña una teoría semejante. No en vano había pasado casi toda su vida, exactamente todos los momentos que le dejaba libre su profesión de entomólogo, dirigiendo los ritos del monje Magetsu. Parecía haberse repetido, en su caja de entomólogo, el proceso por el que había transitado el monje antes de morir de manera definitiva. Aquella bola tenía que ser una masa informe, conformada por los elementos que habían constituido al pequeño bicho. Los gritos de la anciana fueron desgarradores.<sup>12</sup> Los padres se mostraron inflexibles. Finalmente la anciana calló —mostró de pronto un repentino silencio que pareció ser una rotunda aceptación de su destino—. Los padres pudieron entonces, tranquilamente, discutir los preparativos de la boda. Principalmente hablaron del banquete. Servirían comidas tradicionales. No habría toques modernos, salvo los besugos ofrecidos a los recién casados antes de que comenzase la ceremonia. Había que pensar en el cocinero que tuviera la maestría suficiente para preparar el <i>Besugo fantasma</i>.<sup>13</sup> La receta consistía en destazar el pez hasta dejarlo descarnado pero vivo, para luego introducirlo en una pecera que sería puesta en el centro de la mesa de los novios. La pareja de recién casados comería la carne mientras el animal seguía nadando, moribundo, mostrando sus órganos internos a todo el que quisiera verlos. Como señal de buen augurio para el matrimonio, la comida debía durar el tiempo exacto que tardaba el pez en morir. El entomólogo Endo Hiroshi corroboró aquella noche sus sospechas. Luego de que condenaran a Shikibu y que realizaran, de una manera más intensa que la habitual los ritos para el Profeta, ya en su habitación y con la ayuda de un microscopio vio que, efectivamente, el insecto parecía haberse consumido a sí mismo. Sin razón aparente, experimentó un acceso de náuseas. Vomitó. Mientras tanto, en la planta baja, sus padres continuaban con los planes. A partir de entonces la madre podría, además de arreglar la casa a su gusto, pintar sus dientes de negro. El padre, aparte de comenzar a dar las órdenes para el funcionamiento del hogar estaba en el derecho de ir al dentista para hacerse extraer de una vez por todas la parte frontal de la dentadura. Esas características, de los dientes negros y la ausencia de dientes en la parte anterior, eran los símbolos de encontrarse en posesión de una vida plena. Reflexionando sobre la transformación que había sufrido un insecto que podría haberse llamado <i>Hiroshi Camelus Eleoptirus</i>, nombre que de inmediato lo habría llevado a la fama internacional, decidió que después de las bodas de sus padres el fin de su vida iba a consistir en atenuar, hasta el mínimo punto posible, el normal funcionamiento de su estómago. Buscaría neutralizarlo de una manera similar a la atrofia hepática que llegan a sufrir ciertos gansos, cebados con obsesión por sus dueños, o los gatos que en ciertos países suelen ser criados en jaulas minúsculas y alimentados con maíz aromatizado con sustancias químicas. Cuando al día siguiente el sol entró por la ventana, iluminando la caja de plástico que contenía aún el supuesto estómago del insecto, Endo Hiroshi decidió no sólo comerse aquella bola negra sino también una serie de gorgojos y otros bichos que recolectaría durante la mañana. En el ropero de su cuarto guardaba, casi intacto, el traje para la cacería de orugas que se celebraba los años bisiestos. La última vez que participó en una de esas jornadas lo hizo acompañado de su prima, la muchacha sumamente delgada que murió como consecuencia de esa delgadez, y de su primo, el obeso luchador de <i>sumo</i>.</p>
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<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">* Este texto ha aparecido con anterioridad, pero se desconoce dónde.</span></p>
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<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;"><strong>Notas de pie de página</strong></span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">1 Costumbre arcaica a la que deben someterse los ciudadanos que han perdido completamente la dentadura.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">2 Creencia popular, entre los caldeos asirios principalmente, de que en el cuerpo humano estaba contenida la totalidad de las esferas celestes. Se cree, gracias a recientes estudios de corte psicológico profundo, que en el hombre existen remanentes de esta convicción como símbolo de superioridad social.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">3 Tipo de lucha deportiva que tiene como fin celebrar los tiempos de cosecha o de abundancia. Se practica sobre todo en regiones que se rigen por el calendario solar.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">4 El pez por el cual la gente cometió un mayor número de asesinatos fue el lenguado.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">5 Hasta el día de hoy aparecen de cuando en cuando, en los diarios, casos de comerciantes que venden moscas tostadas en lugar de semillas comestibles.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">6 Ver revista <i>Newsweek</i> # 234, pag.56.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">7 Se trataba de las tarántulas Larpicus fosforescentes, que únicamente existen en el este de Namibia.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">8 Consultar Tabla Zumfelde. Disponible en la Sociedad de Nutriólogos de Berlín.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">9 Según la tradición del profeta Magetsu, bastante incomprensible en el mundo occidental, los señores de una casa no podían sostener una vida marital hasta que la más anciana de las mujeres del servicio no perdiera el último de sus dientes. Este hecho no les negaba el derecho a tener hijos.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">10 Se usaron unas lentes Stewarson, importadas por la Casa Tenkei-Marú.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">11 Ver el libro <i>Catecismo Sagrado de la secta Hiro-Sensei</i>.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">12 Se dice que aquella noche algunos vecinos no pudieron conciliar el sueño.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-size: 12px;">13 Los maestros en esta técnica suelen encontrarse en la costa sur del país.</span><br />
<span style="font-size: 12px;">  </span></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Ben Rodkin con Mario Bellatin y David Shook, para <span style="text-decoration: underline;">Baru</span><br />
Próximamente&#8230; el dossier Bellatin de BAR</em></p>
</div>
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