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	<title>the Buenos Aires Review</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
	<lastBuildDate>Sun, 11 Mar 2018 01:18:13 +0000</lastBuildDate>
	<language>es-ES</language>
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		<title>Nikkō, un flash</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Dec 2017 14:27:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayos]]></category>

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		<description><![CDATA[<p align="center"></p>
<p align="right">Matías Ariel Chiappe Ippolito</p>
<p style="text-align: left;" align="right">日々旅にして旅を栖とす。
（松尾芭蕉）</p>
<p style="text-align: left;" align="right">“Cada día viajo y hago del viaje mi hogar”.
–Matsuo Bashō</p>
<p>&#160;</p>
<p>Me habían dicho que me contactara con Hideki, al que todos llaman ‘el sensei’. Yo creía que tenía todo listo para ir a conocer la ciudad de Nikkō; les había preguntado a varias personas y también había chequeado diversas páginas de Internet; incluso había conseguido un folleto turístico de la prefectura de Tochigi que aún no había podido leer. Sabía acerca de los alrededores: la catarata Kegon, el puente Shinkyo, el monte Nantai. Sabía que en realidad el atractivo principal era el templo Rinnoji y los santuarios Futarasan y Toshogu, donde está la tumba de Ieyasu Tokugawa, primer shogun del período Edo. Sabía que estaba por adentrar a un área mágica y ancestral, repleta de construcciones con relieves en formas ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/12/nikko-un-flash/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Collage-Nikko-2.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-6035" alt="Collage Nikko " src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Collage-Nikko-2-1024x568.jpg" width="1024" height="568" /></a></p>
<p align="right"><em>Matías Ariel Chiappe Ippolito</em></p>
<p style="text-align: left;" align="right">日々旅にして旅を栖とす。<br />
（松尾芭蕉）</p>
<p style="text-align: left;" align="right">“Cada día viajo y hago del viaje mi hogar”.<br />
–Matsuo Bashō</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me habían dicho que me contactara con Hideki, al que todos llaman ‘el sensei’. Yo creía que tenía todo listo para ir a conocer la ciudad de Nikkō; les había preguntado a varias personas y también había chequeado diversas páginas de Internet; incluso había conseguido un folleto turístico de la prefectura de Tochigi que aún no había podido leer. Sabía acerca de los alrededores: la catarata Kegon, el puente Shinkyo, el monte Nantai. Sabía que en realidad el atractivo principal era el templo Rinnoji y los santuarios Futarasan y Toshogu, donde está la tumba de Ieyasu Tokugawa, primer shogun del período Edo. Sabía que estaba por adentrar a un área mágica y ancestral, repleta de construcciones con relieves en formas de dragones y de gatos y, el más famoso, uno con tres monos, cada uno de los cuales se cubre su boca, sus orejas y sus ojos respectivamente. Un lugar suspendido en la neblina y atravesado por infinitos caminos de lámparas.</p>
<p>Cada uno de estos elementos tiene una historia. Una de las lámparas, por ejemplo, es conocida como 化灯籠 (<i>bakedoro</i>), la lámpara fantasma. Su fama reside en que, dado su particular diseño y las propiedades de sus materiales, esta lámpara genera más sombras de las normales de todo aquello que esté alrededor. Los samuráis de los siglos anteriores creían que por esto invocaba fantasmas y espíritus, por lo cual atacaban las sombras sin dar con esas ilusorias amenazas. Es por esto que pueden verse en el enrejado las marcas de sus espadas, producto de la paranoia o del mal-flash. Tal fue el temor que infundió en la población, que aún hoy se enciende sólo una vez al año, del 13 al 17 de abril, durante el festival Yayoi, cuando el lugar está lleno de gente que podría ayudar en caso de un ataque espectral.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Collage-Nikko-1.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-6039" alt="Collage Nikko 1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Collage-Nikko-1-1024x568.jpg" width="1024" height="568" /></a></p>
<p>“¿Y a vos te importan esas estupideces?”, me preguntó Hideki cuando le dije que ése era mi próximo destino, cuando le confesé que quería hacer el recorrido que había hecho Matsuo Bashō por todo Japón. Me lo quedé mirando una fracción de segundo. Después bajé la vista. Me sentí un turista listo para que lo estafen; sentí que tenía enfrente a un profundo conocedor que se quejaba de las mismas cosas que se había quejado Rodó ante las imitaciones que hizo Darío de Loti: la novedad de lo aparente, la frivolidad, las puerilidades ligeras y graciosas. “Supongo”, le dije, quedando como un boludo. Se rió y me dijo que todo eso es interesante sólo en la superficie. “¿Y entonces qué es lo mejor de Tochigi?”, le pregunté. Me pidió que lo esperara. Se levantó del futón, fue hasta una pequeña biblioteca, agarró un libro y lo abrió por el medio. Me mostró la imagen que cubría la página entera.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Nikkō-6.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-6036" alt="Nikkō 6" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Nikkō-6.png" width="678" height="518" /></a></p>
<p>“Tochigi es la tierra de la marihuana japonesa”, dijo, mostrándome otras fotos del libro: plantaciones de cáñamo, grabados de <i>ukiyo-e</i> con chalas, pipas laqueadas de todas las formas y colores. Después agregó: “hay otros centros productores, como Nagano y Okinawa, pero en ningún lado se cultiva una tan potente como allí”. Y continuó como si estuviese dando una conferencia: el material que se produce a partir de la planta de marihuana (cotidianamente conocido como hemp, aclaró) se usó para infinidad de objetos propios del archipiélago desde el período Jōmon, mil años antes de Cristo. Más adelante se usó para la manufactura de ropas y canastas, para la creación de pergaminos en el período Heian, para el atado de monedas en los años de los señores feudales, para la práctica del <i>dohyō-iri</i> en que un luchador de sumo limpia el área de combate llevando puesta una soga de cáñamo, para los gorros de los soldados de la Segunda Guerra, dada su resistencia. También, que el cannabis ha sido desde siempre un símbolo de pureza en la religión autóctona de Japón, el sintoísmo, usándose para rituales y ropas de ceremonia.</p>
<p>“Sin embargo, en 1948 se prohibió la producción durante la Ocupación de Estados Unidos”. Al parecer, el general Douglas MacArthur creía que la marihuana estaba estrechamente relacionada con el comunismo, cosa intolerable para la posguerra. También, relacionada con los músicos negros que habían destruido el verdadero jazz norteamericano. Siguió los designios de su <i>homeland</i> y decretó la prohibición en territorio japonés. “Yukio Funai, quien escribió este libro, dice que se debió a cuestiones militares; que fue una forma de reducir el poderío militar japonés que hasta entonces había dominado una industria muy fructífera y potente”. Lo cierto es que dicha prohibición se mantuvo inalterada hasta el día de hoy. Incluso hubo una reticencia por flexibilizar (esto es, actualizar) las penas; siquiera considerar el uso de la marihuana medicinal, remató Hideki. De nuevo me lo quedé mirando en absoluto silencio. Sentí que Latinoamérica y Asia, por lo menos Japón, compartían en este asunto una historia de hipócritas imposiciones yankees.</p>
<p>El punto es que Tochigi se convirtió en epicentro de una resistencia contracultural, reivindicando la larga tradición de uso de cannabis que hubo en el país. “Así que ya ves, lo de la lámpara no tiene nada que ver ni con el diseño ni con los materiales; seguramente los samuráis, siguiendo costumbres propias de nuestras más antiguas tradiciones, estaban recontra fumados y se la pasaban dándole espadazos a un palo de metal”. Se me vino a la mente la imagen de un rastafario samurái. Esto también significaba que uno de los centros más importante de la llamada «cultura japonesa» era antes que nada un edén de la marihuana. “¿Viste la película <i>La Playa</i>?”, “claro, soy un nostálgico de fin de milenio”, “bueno, algo así, pero con paisajes japoneses”. ¿Cuántas otras culturas podían explicarse a partir de sus usos de plantas sagradas y psicotrópicas? Recordé que Albert Hofmann y Robert Wasson propusieron algo parecido respecto a la cultura griega al analizar la pócima que se consumía durante el ritual a la diosa Démeter; concluyeron que esa mezcla de trigo y cebada gestaba el hongo <i>claviceps purpurea</i>, de donde puede derivarse un precursor del LSD.</p>
<p>“Es lo último que me queda de aquella vez…”, dijo Hideki, abriendo una cajita con el motivo de una geisha fumando. Mientras cargaba una pipa, me preguntó si no había pensado en las conexiones de la marihuana con los poetas como Bashō, que “en realidad eran los hippies de otras épocas”, dijo. Y siguió: una contracultura en contra de la aristocracia imperial primero y de la élite militar después. “Fue por eso que tuvieron el impacto que tuvieron entre los <i>beatniks</i>”. ¿Poetas de haiku como percusores de hippies fumones? Era cierto que los <i>beatniks</i> habían usado a Bashō y a sus discípulos como modelos. No sólo en la cuestión del peregrinaje, del escape y de las líneas de fuga, sino que también tomaron al budismo zen como la base de su proyecto filosófico. “Exactamente”, concluyó Hideki acercando el fuego a su rostro.</p>
<p>Quizás un poeta ejemplar de estas raras conexiones fue Dom Sylvester Houédard, un monje benedictino de la abadía de Prinknash, quien tradujo la Biblia mientras que se carteaba con Ginsberg, Burroughs y demás. Como los <i>beatniks</i> (o, más bien, como San Juan o como Sor Juana), este poeta buscaba alguna forma de revelación mística, la cual encontró en el catolicismo, pero también en el haiku. A diferencia de los <i>beatniks</i>, sin embargo, Houédard optaba por la poesía visual, por la llamada ‘poesía concreta’ y, sobre todo, por los caligramas; de hecho, escribió varios textos de crítica literaria, cada uno de ellos con una caligrafía distinta. También tradujo de la siguiente manera aquel famoso haiku de Bashō sobre una rana:</p>
<p align="center"><i>frog<br />
</i><i>pond<br />
</i><i>plop</i></p>
<p>El original (古池や蛙飛びこむ水の音 <i>Furu ike ya kawazu tobikomu mizu no oto</i>, que literalmente puede traducirse como: “Viejo estanque / una rana salta / sonido de agua”) fue versionado cientos de veces con mayores y menores agregados: “The old pond / a frog leaps in, / and a splash” (Makoto Ueda); “Un vieil étang / une grenouille plonge / le bruit de l’eau” (Joan Titus-Carmel); “Un viejo estanque / salta una rana, ¡zas! / chapaleteo” (Paz &amp; Hayashiya). Pero tengo la impresión que a Bashō le habría agradado la versión (aún más) minimalista de Houédard. O por lo menos, divertido. Quizás le habría confirmado que las coincidencias existen en este mundo, en este universo. Después de todo, un contemporáneo suyo había tenido una revelación similar. Bashō observó una rana caer dentro de un estanque y, ¡splash!, una iluminación mística. Mientras, en Inglaterra, una manzana caía en la cabeza de Newton y, ¡wow!, una iluminación racional.</p>
<p>Hideki extendió su mano y me pasó lo que desde ese momento en adelante empecé a concebir como elemento primordial y hasta necesario de la «cultura japonesa»; si es que esta última existe, si es necesario hacer una salvedad dentro del marco de lo nacional. Esta vez, se estiró desde el futón sin levantarse y movió los dedos por el pad de su computadora. Arriba, abajo y, con el golpecito que haría una rana al saltar, puso un tema de una lista de reproducción. “Éstos hacen una mezcla de folk, ska y reggae; todo en la lengua ainu de esa etnia de Hokkaidō”. Miré de costado y alcancé a ver el nombre de la banda: «Oki Dub Ainu». Hideki me contó sobre otras parecidas: sobre el rapero Oni y su banda Still Ichimiya, sobre la cantante Likkle Mai, sobre los Cicala Mvta, quienes hicieron un cover de ‘El derecho de vivir en paz’ de Víctor Jara. Fue un breve y flashero recorrido por la música fumona del Japón actual.</p>
<p><a href="https://www.youtube.com/watch?v=0ByiXt0TUr0&amp;list=PLN8jn1rpcIHCCDsH3_Tg5rO2_4x3-_JI1">https://www.youtube.com/watch?v=0ByiXt0TUr0&amp;list=PLN8jn1rpcIHCCDsH3_Tg5rO2_4x3-_JI1</a></p>
<p>Que va, que viene; ya en un momento no podía enfocar bien la vista. Hideki siguió contándome de los árboles que rodean al santuario de Nikkō. “En ese bosque tuve el mejor… <i>el más fuerte </i>flash de toda mi vida”. Me contó que había estado fumado tanto del porro de Toshigi que no sabía ni dónde estaba. Que en un momento se dejó llevar por la música en sus auriculares y empezó a caminar sin rumbo entre los árboles, por un arroyo y entre unas cataratas; dos, tres, no sabe cuántas horas; que llegó así a un claro en donde se topó con una cabaña a través de cuyas ventanas creyó ver cuerpos desnudos y en las más extrañas posiciones sexuales; que siguió de largo hasta que, sin darse cuenta, terminó en medio de una aldea al mejor estilo western estadounidense, con caballos y barriles y el típico cartel de «Saloon»; que finalmente sintió que lo estaban persiguiendo y tuvo que correr y recién entonces se percató que detrás suyo había unos ninjas con espadas. “ほんとだ！”, agregó. Que escapó de todo eso como de una pesadilla y que no sabe cómo, pero que llegó a una estación, donde se subió a un tren y se durmió todo el regreso. “Te repito… la gansha más fuerte de todo Japón”. Su historia me pareció tan delirante que no dudé en ningún momento que fuera verdad.</p>
<p style="text-align: center;"> <a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Nikkō-7.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-6037" alt="Nikkō 7" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Nikkō-7-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p>Nos saludamos y dijo: “pasala bien en Nikkō; el mayo que viene vamos juntos a la marcha por la legalización”. Me fui. En el tren de vuelta revisé mi mochila y estaba lo de siempre: el paraguas plegable, esa novela de Pynchon que no puedo terminar, las tarjetas de kanjis que a esta altura creo me van a acompañar toda la vida cual estampitas de santos. Bien al fondo di con la guía turística. La abrí. Ahí encontré, entre otras cosas, datos sobre: el Museo del Sexo Kinugawa, el parque temático al estilo Far Western estadounidense, la antigua aldea Edo donde todavía se hacen espectáculos ninja… Incluso todo sobre un ‘Museo de la Marihuana’. «Tochigi, la región más increíble de Japón», sentenciaba el folleto. Recordé las pirámides de Chichén Itzá, plagadas de vendedores ambulantes; la catedral de Notre-Dame, en donde se venden suvenires durante las misas; la sección de la Gran Muralla China donde instalaron un tobogán para que bajaran los visitantes. Me quedé mirando al frente, expectante de llegar a casa. Cuando salí de la estación de Koenji, el viento hizo volar un boleto de la mano de una mujer hasta dentro de una alcantarilla. Fue un instante revelador, un flash: se me ocurrieron las palabras que acabo de escribir en este texto.</p>
<p style="text-align: center;">*   *   *</p>
<p><b>Bibliografía</b></p>
<p>船井幸雄 [Funai Yukio]『悪法! ! 「大麻取締法」の真実』[¡Maldita ley! La verdad sobre la prohibición de la marihuana en Japón] Tokio: Business-sha, 2012.</p>
<p>Mitchell, Jon. “Cannabis: The Fabric of Japan”. En: <i>The Japan Times</i>. Accesado 21/11/2016.</p>
<p>長吉 秀夫 [Nagayoshi Hideo]『大麻入門』[Introducción a la marihuana] Tokio: Gentosha, 2009.</p>
<p style="text-align: center;"> *   *   *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes cortesía del autor.</em></p>
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		<item>
		<title>Andrea Durlacher</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/andrea-durlacher/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/andrea-durlacher/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 29 Oct 2017 16:05:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Montevideo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Andrea Durlacher</p>
<p>De eso nadie se arrepiente.</p>
<p>Me llegan ritos amenazadores en avalancha</p>
<p>y buenas costumbres.</p>
<p>&#160;</p>
<p>La llegada espanta el ocio de cualquier tarde.</p>
<p>Cierra las puertas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Nos arroja vencidos a la luz de la luna.</p>
<p>A su vez</p>
<p>saca cuentas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Espero que la luna</p>
<p>no nos acerque a tiempos violentos.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Nunca fui violenta</p>
<p>y no me pongo violenta ahora.</p>
<p>&#160;</p>
<p>A vos te quiero sin luna</p>
<p>en el pecado de tu propia valentía.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Se hunden las letras de cada sílaba</p>
<p>en mi cuarto reviven monstruos de una palabra.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Pájaros aislados</p>
<p>en jaulas dispersas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Me quedo.</p>
<p>Me miro los pensamientos.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Imagen: Eloisa Ballivian</p>
]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Eloisa_Ballivian_17.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-6025" alt="Eloisa_Ballivian_17" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Eloisa_Ballivian_17.jpg" width="700" height="488" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Andrea Durlacher</em></p>
<p>De eso nadie se arrepiente.</p>
<p>Me llegan ritos amenazadores en avalancha</p>
<p>y buenas costumbres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La llegada espanta el ocio de cualquier tarde.</p>
<p>Cierra las puertas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos arroja vencidos a la luz de la luna.</p>
<p>A su vez</p>
<p>saca cuentas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Espero que la luna</p>
<p>no nos acerque a tiempos violentos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nunca fui violenta</p>
<p>y no me pongo violenta ahora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A vos te quiero sin luna</p>
<p>en el pecado de tu propia valentía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se hunden las letras de cada sílaba</p>
<p>en mi cuarto reviven monstruos de una palabra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pájaros aislados</p>
<p>en jaulas dispersas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me quedo.</p>
<p>Me miro los pensamientos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: Eloisa Ballivian</em></p>
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		<title>Kanada (fragmento)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/kanada-fragmento/</link>
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		<pubDate>Sun, 29 Oct 2017 15:20:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Santander @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Juan Gómez Bárcena</p>
<p>Te asomas a la ventana para ver salir al Vecino. Lo acompañan dos hombres. Llevan la gorra calada y una especie de pañuelo o bufanda que sólo les deja al descubierto los ojos. Pero tú eres capaz de reconocerlos: los has visto tantas veces debajo de esta misma ventana, llevando sus carteras y sus maletines de cuero. Parecen tener mucha prisa y el Vecino casi tiene que arrastrar la pierna. Los ves enfilar la calle en dirección al río.</p>
<p>Desaparecen.</p>
<p>Al otro lado de la pared, de nuevo la voz de la Niña. Pasa de las capitales a las tablas de multiplicar, donde se muestra más segura y más mecánica, y de ahí a los afluentes a izquierda y derecha del Danubio, y por último a una retahíla que llama Grandes Momentos de la Lucha Obrera. La publicación ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/kanada-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Marina-Salles-Bricks.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-6008" alt="Marina Salles Bricks" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Marina-Salles-Bricks-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Juan Gómez Bárcena</em></p>
<p>Te asomas a la ventana para ver salir al Vecino. Lo acompañan dos hombres. Llevan la gorra calada y una especie de pañuelo o bufanda que sólo les deja al descubierto los ojos. Pero tú eres capaz de reconocerlos: los has visto tantas veces debajo de esta misma ventana, llevando sus carteras y sus maletines de cuero. Parecen tener mucha prisa y el Vecino casi tiene que arrastrar la pierna. Los ves enfilar la calle en dirección al río.</p>
<p>Desaparecen.</p>
<p>Al otro lado de la pared, de nuevo la voz de la Niña. Pasa de las capitales a las tablas de multiplicar, donde se muestra más segura y más mecánica, y de ahí a los afluentes a izquierda y derecha del Danubio, y por último a una retahíla que llama Grandes Momentos de la Lucha Obrera. La publicación del Manifiesto Comunista, recita. Los mártires de Chicago. La sublevación de Odessa. El Palacio de Invierno. Una pausa, y en esa pausa el ruido de la puerta. Guadalajara. Stalingrado. Berlín. La guerra de Corea. De nuevo un ruido, esta vez en el pasillo. Es la Esposa del Vecino. Reconocerías el taconeo de sus zapatos en cualquier parte. Se detiene al otro lado de tu puerta, como si estuviera a punto de entrar. Pero para qué habría de hacerlo, si todavía tienes agua, y comida, y cigarrillos, y el cubo casi intacto; si falta mucho para que otro de esos días tan largos termine. No: al final no entra. En su lugar desanda sus pasos y se dirige al baño. Es entonces cuando la Niña deja de recitar. O más bien eres tú quien deja de escucharla, porque el ruido del agua ha pasado a llenarlo todo. El agua, otra vez, lamiendo la superficie fría y blanca. El suspiro de la Esposa. La ropa desprendiéndose pieza a pieza, como con dudas, en pausas llenas de vapor y azulejos. Los pies desnudos, caminando de puntillas hasta el agua. Todo lo escuchas con una precisión nueva, casi terrorífica, que vuela por encima de los ruidos que vienen del otro lado de la ventana. Comprendes que la puerta del baño ha de estar abierta. Y por qué no iba a estarlo, si como siempre tú tienes la tuya cerrada. Pegas la oreja a la madera para certificar que la Esposa ya ha comenzado su baño –los talones han hecho rechinar un momento la cerámica; las manos asiendo los bordes con un chasquido como de ventosa o anfibio–. Y luego, cuando estás a punto de escuchar el resto, la humedad y el calor de su cuerpo al completo, comienzan las voces. Un cántico que se eleva. Un hervidero de proclamas que parece proceder del otro lado río, entre silbatos, palmadas y arengas. Juegas a destrenzar las voces que llegan hasta ti tramadas en un mismo rumor, olas que vienen y van. Voces que piden dimisiones, voces que piden calma, voces que piden ayuda internacional, voces que piden armas. Todos quieren lo mismo: un país sin rusos y una Rusia sin soviéticos. Eso repiten en una ovación furiosa, y son tantas bocas, y gritan tan fuerte desde todas las direcciones, que no te cabe duda de que conseguirán su objetivo.  Por debajo de las palabras que se repiten escuchas otras muchas que no se repiten. Escuchas a un niño que tiene dolor de muelas. Escuchas a un taxista que toca el claxon y la multitud que no se aparta. Escuchas una docena de transmisiones de radio que informan en directo en diferentes idiomas y una emisora que se obstina en repetir la misma fanfarria militar. Escuchas el desgarrón con el que dos manos hacen añicos un carné del Partido y las tijeras que recortan la hoz y el martillo de una bandera. Escuchas a un soldado que carga su arma. Escuchas los susurros de un hombre que aprovecha las apreturas para rozar el talle de su amante. Escuchas diecisiete mecheros encendiendo diecisiete cigarros en distintos puntos de la Plaza Bem. Escuchas una voz que maldice a Dios y nueve más que le rezan. Escuchas los poemas que un estudiante lee desde lo alto de un edificio o de un estrado. Escuchas a un agente de la policía secreta que pregunta si ya es el momento de intervenir y a su sargento que no contesta nada o contesta con un gesto. Todo eres capaz de escucharlo. Todo menos el cuerpo de la Esposa. Por eso has adelantado la mano hasta tocar la manecilla de la puerta, esa manecilla que todo este tiempo parecía quemar y no quemaba.</p>
<p>Abres la puerta.</p>
<p>Y entonces ella. Primero su mano, apoyada en el filo de la bañera. Una mano que cada tanto se mueve, que parece vibrar, que quizá tiembla. Una mano estremecida por el contacto de un pensamiento o una pesadilla. La melena suelta, cayendo blandamente. El perfil inmóvil de su rostro. Los ojos cerrados. Miras esos ojos y comprendes que está llorando. Que llora sin hacer ningún ruido. Y es extraño, puede que incluso imposible, porque te parece escuchar el viento frágil de su respiración; escuchas incluso su pulso amortiguado por el agua, pero eso, su llanto, no eres capaz de distinguirlo. Tal vez no llora. ¿Cómo podrías ver desde aquí sus lágrimas? La ves llorar porque crees que debería llorar. Tal vez sólo se da un baño mientras en la calle todos gritan y piden cosas que no entiendes.</p>
<p>Se alza lentamente, te ofrece de pronto la visión de su cuerpo desnudo. Se entrega a ti como entresacada de la niebla de un sueño. Un calor que se propaga a través del vaho y del pasillo: la temperatura de su cuerpo. Y entonces, al verla, comprendes de pronto que la Esposa ya no es la Esposa. Que no es esa muchacha que un día te abrió la puerta. Es una mujer. Una mujer con sus primeras arrugas y puede que incluso sus primeras canas. Una mujer que tiene miedo. Una mujer que llora o que quizá no llora. Que ha necesitado todas esas bandejas, todos esos periódicos, ese ir y venir de cubos, para convertirse en lo que es ahora. Porque tú no la mirabas: no al menos hasta este momento. Aceptabas sus tazas, sus cuencos, sus jofainas llenas de agua, pero no la mirabas. Veías su sonrisa como fosilizada, una sonrisa que estaba hecha de cansancio y de tiempo. Y ahora sí, ahora la miras, ahora la ves como la mujer en la que se ha convertido, y te parece ver incluso al hombre en que te has convertido tú. Una procesión de imágenes y pensamientos que caben en el tiempo que tarda en extender la mano y tomar la toalla. El instante que va entre ese gesto y el gesto insignificante de alzar la cara para mirarte. Su mirada, de pronto.</p>
<p>Y acompañando esa mirada, ningún gesto. La Esposa que sostiene el peso de tus ojos sin mover ningún otro rasgo de su cara. Como si toda su concentración estuviera en el resto de movimientos: el movimiento con el que se enrolla la toalla, con el que se seca el pelo, con el que sacude un pie primero y después el otro. Te mira durante un tiempo que no parece largo ni corto sino  incomprensible, casi mineral, como es el transcurso de las eras geológicas. Así es su mirada, que también parece hecha de piedra, mirarte sin ver, sin expresión, sin juicio, y aun así no se aparta todavía, sigue clavada en ti mientras se viste lentamente, mientras se ajusta el sostén sin apuro ni temblor, mientras se sube la falda y sus manos recuperan las prendas desparramadas por el suelo casi a ciegas. Te mira como si fueras tú quien estuviera hecho de piedra. Tal vez con un punto de curiosidad, como se celebra la primera palabra de un mudo por más que ésta sea una blasfemia o un insulto que no puede perdonarse y se perdona. Así te está mirando durante este instante que no dura, este durante en el que se queda encallado el tiempo y que sin embargo termina, se calza el último zapato, apaga la luz, se aleja por el pasillo sin volver la cabeza, como si no existieras o como si sólo ahora hubieras comenzado a existir.</p>
<p>Desaparece. Y sin embargo aún está frente a ti, todavía de pie y todavía desnuda en el baño vacío. Es joven de nuevo. Cinco, diez, puede que incluso quince años atrás. La ves tal y como era en el momento en que llegaste a la casa –aunque sientes como si no hubiera pasado el tiempo; como si ese primer día no hubiera acabado nunca–. Sigue desnuda, pero ya no está parada en la puerta del aseo. Ni siquiera está ya la puerta. Sólo persiste el vaho de la bañera o algo que parece el vaho de la bañera, penachos de bruma que ascienden de la tierra helada. Y ella está tendida sobre la nieve. Está desnuda y está también, seguramente, muerta. La imaginas así, eternizada en el gesto de abrir la boca, fosilizada por el frío. No está sola. Por todas partes hay otros cuerpos, mujeres desnudas y muertas como ella, apiladas sobre la nieve. De pronto, un ruido. Se acerca un carro, bamboleándose: dos hombres con ropa de presidiario lo empujan con esfuerzo. Se detienen, se miran un instante y caminan hasta el primero de los cuerpos, apoyándose en sus bastones. De sus bocas asciende el calor de la respiración, en vaharadas rápidas que se disipan en el aire. Luego se inclinan y comienzan a cargar los cadáveres. Sólo que no son cadáveres: eso se lo han enseñado.  Hay que llamarlos mierda, muñecos, basura, espantapájaros. Cuando alguien se equivoca y pronuncia la palabra «muerto», la palabra «víctima», los soldados lo azotan con sus fustas. Así que eso hacen ahora: recogen espantapájaros. Más tarde beberán un pocillo de fango y lo llamarán agua: masticarán una torta de arcilla negra y la llamarán pan. Porque han aprendido que sobrevivir significa sobre todo conocer el nombre apropiado de las cosas. Saben, por ejemplo, que organizar una camisa quiere decir robarla; que hay que evitar a los prisioneros con un triángulo verde cosido al uniforme y en cambio es fácil aprovecharse de aquellos que llevan un triángulo rosa o una estrella amarilla; que ser elegido en las selecciones significa convertirse uno mismo en espantapájaros; que hay que dormir encima de la escudilla y la cuchara para evitar que otros las organicen durante la noche; que trabajar en el comando Kanada alarga tu vida y palear carbón te la acorta. Lo que están haciendo ahora también tiene un nombre. Se llama limpiar el campo, y hay que hacerlo rápido, antes de que el kapo se acerque. La palabra kapo también han tenido tiempo de aprenderla.</p>
<p>Los presos –porque llevar un uniforme a rayas quiere decir estar preso, en este y en todos los lenguajes de la tierra– comienzan a arrastrar la basura hasta el carro. Cada uno lleva su propia porción, tal y como los soldados les han enseñado: basta disponer la contera de sus bastones por debajo de la barbilla –la barbilla de un espantapájaros– y tirar, tirar muy fuerte. Los talones van abriendo surcos poco profundos en la nieve, que a veces se tiñe de rosa. Los muñecos parecen levemente azules cuando aún están acostados sobre la nieve y blancos cuando los van cargando uno a uno sobre la carreta. Lo hacen con cuidado, con algo que parece consideración o respeto, y que quizá es simplemente cansancio. Cinco, diez, doce, veinte espantapájaros dispuestos como se amontonan las traviesas: una madera en un sentido y la siguiente en el opuesto. Para aprovechar el espacio. Esos hombres saben lo que hacen y la carga parece ligerísima en sus manos, cuarenta, tal vez treinta y cinco kilos cada una. Como si verdaderamente estuvieran rellenas de paja. No es un hermoso espectáculo: las muñecas están sucias y rotas, y los hombres procuran no mirarlas. Hay una que parece una anciana –la piel rugosa, de trapo– y otra que parece una niña y una tercera preñada como una matrioshka rusa, y también una muñeca a la que parecen faltarle o sobrarle piezas: en la piel blanca le brillan grumos como de sangre solidificada. Todas son feas. Todas están veteadas por costras de barro y de hielo y tienen las cabezas peladas. Los hombres las cargan lo más aprisa que pueden y al alzarlas en el aire los brazos raquíticos les cuelgan pesadamente, con el abandono de una marioneta descoyuntada.</p>
<p>Sólo el cuerpo de la Esposa parece intacto. Sólo el suyo parece, de hecho, un cuerpo, y uno de los presos se detiene en el mismo momento en que llega su turno. También ella tiene la cabeza afeitada y está iluminada por el resplandor del yeso, pero no parece una muñeca. Es una mujer. Una mujer hermosa, del modo contradictorio e insoportable en que puede ser hermoso un muerto. Parece una actriz, una modelo, una bailarina, con las piernas largas y torneadas colgando en el aire: una joven novia entregada a los brazos de su esposo, y el esposo que todavía no se decide a cruzar el umbral. Su cuerpo es pulposo, acogedor, sin heridas en los pies ni salpicaduras de lodo. Sobre la carne blanca sólo resaltan los pezones, muy rojos y muy duros, como bayas brillando en la escarcha. Vista de cerca resulta que no es la Esposa. No puede serlo, claro, pero a pesar de todo es fácil confundirlas. Se diría que es la Esposa si el tiempo pudiera marchar hacia atrás. La Esposa si en lugar de darse un baño hubiera preferido morirse sobre la nieve. Tampoco ella parece haber llevado zuecos de madera, ni alzado una pala, ni soportado un solo varazo en la espalda. Simplemente está muerta, y el preso la sujeta todavía indeciso en el aire. Tal vez piensa que es demasiado bonita para ser un muñeco, un trozo de basura, un espantapájaros. Tal vez está sopesando si puede cargarla sobre las demás o si al hacerlo la montaña se vendrá abajo. Su duda es casi conmovedora. Y ella es casi una niña, con las manos sin llagas hechas para bordar tapetes o sujetar estilográficas. Fue joven y hermosa en algún lugar muy lejano, en Grecia o en Noruega, en España o en Yugoslavia, en Francia o en Rusia o en Italia, y ahora está allí, acunada en los brazos de un desconocido, como si esperara continuar su viaje. Seguramente era todavía virgen. Y es inevitable imaginar el inmenso trabajo que ha implicado cuidar y alimentar ese cuerpo durante tantos años, toda la vida cubriéndolo de vestidos y frazadas, de camisones de noche, de faldas, de medias, pañuelos, ligas, pulseras, enaguas; baños calientes en la tina de la casa y domingos de colorete y perfume. Su madre envolviendo día tras día a su hija para regalo; para que algún día encuentre un buen esposo que desabroche la lazada de su sostén, como algunos niños tiran del cordel de las piñatas. Y luego descubrir que lo único que los hombres querían era sacarla de su aldea –y tal vez ése era su primer viaje– y amontonarla en una carreta demasiado pequeña igual que se amontonan los leños. La suya es una historia que no se puede contar, que no se debería contar, porque deja de tener sentido. Cómo podrían comprenderla los chicos anónimos que se hicieron hombres soñando con desnudarla con sus manos; que una noche se escondieron al pie de su ventana para espiarla en la oscuridad y atisbar un pecho, un muslo, un tobillo, cualquier minúscula porción de su carne al descubierto. Ahora está allí, sujeta en el aire con desgano, con el secreto de su belleza por fin revelado y después de todo inútil. Esa desnudez guardada tanto tiempo para nadie, convertida ahora en basura que todos evitan mirar o tocar. Una cosa inútil hecha para dar quebraderos de cabeza al preso que no sabe si apretar la carga un poco más o hacer otro viaje. También él es muy joven. Dieciséis, como mucho diecisiete años; cuarenta y cinco, todo lo más cincuenta kilos. Quizá él también es virgen. Ésta podría ser la primera vez que toca a una mujer desnuda. A lo mejor siente asco o a lo mejor se excita: quién puede saberlo. Porque es la primera vez que toca a una mujer desnuda y quizá también la primera vez que toca un muerto. O tal vez no piense, no sienta nada. Un momento de duda y luego una decisión súbita: han de caber en la misma carreta, las veintitrés. Apretémoslas tanto como sea necesario o si no el kapo nos castigará por la demora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: &#8220;Bricks, Budapest&#8221; de <a href="https://unsplash.com/@marinacrds">Marina Salles</a></em></p>
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		<title>Zweifel</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/08/zweifel-es/</link>
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		<pubDate>Wed, 30 Aug 2017 18:52:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Martín Gambarotta
Übersetzt von Timo Berger</p>
<p>&#160;</p>
<p>Hier ist das Wasser anders, die Schuppenblätter</p>
<p>der Artischocken sind anders, alles ist</p>
<p>im Wesentlichen anders</p>
<p>aber der, der eine Flasche aus dem Kühlschrank fischt</p>
<p>und sie auf die Arbeitsplatte stellt, ist</p>
<p>grundsätzlich derselbe.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ihr, die ihr euch für die Konfrontation</p>
<p>entscheidet, ihr die ihr euch für</p>
<p>die Konfrontation entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr euch für die Konfrontation entscheidet</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ihr die ihr euch für den Nachhall entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr euch für den Nachhall entscheidet, ihr, die</p>
<p>ihr euch für den Nachhall entscheidet.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ihr, die ihr euch für den Zweifel entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr für den Zweifel entscheidet, ihr, die ihr für den Zweifel</p>
<p>entscheidet.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ihr, die ihr die für die Anomalie entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr für die Anomalie entscheidet, ihr, die ihr für die Anomalie</p>
<p>entscheidet.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ihr, die ihr millimetergenau eure Handlungen</p>
<p>messt, ihr, die ihr millimetergenau</p>
<p>eure Handlungen messt, ihr</p>
<p>eure Handlungen messt.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Fünfzehn Monate, drei der Monate</p>
<p>um den Rest der Monate zu entschlüsseln</p>
<p>deine Monate, das ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/08/zweifel-es/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/larger.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5956" alt="larger" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/larger.jpg" width="1024" height="692" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Martín Gambarotta<br />
</em><em>Übersetzt von Timo Berger</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hier ist das Wasser anders, die Schuppenblätter</p>
<p>der Artischocken sind anders, alles ist</p>
<p>im Wesentlichen anders</p>
<p>aber der, der eine Flasche aus dem Kühlschrank fischt</p>
<p>und sie auf die Arbeitsplatte stellt, ist</p>
<p>grundsätzlich derselbe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr euch für die Konfrontation</p>
<p>entscheidet, ihr die ihr euch für</p>
<p>die Konfrontation entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr euch für die Konfrontation entscheidet</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr die ihr euch für den Nachhall entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr euch für den Nachhall entscheidet, ihr, die</p>
<p>ihr euch für den Nachhall entscheidet.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr euch für den Zweifel entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr für den Zweifel entscheidet, ihr, die ihr für den Zweifel</p>
<p>entscheidet.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr die für die Anomalie entscheidet, ihr</p>
<p>die ihr für die Anomalie entscheidet, ihr, die ihr für die Anomalie</p>
<p>entscheidet.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr millimetergenau eure Handlungen</p>
<p>messt, ihr, die ihr millimetergenau</p>
<p>eure Handlungen messt, ihr</p>
<p>eure Handlungen messt.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Fünfzehn Monate, drei der Monate</p>
<p>um den Rest der Monate zu entschlüsseln</p>
<p>deine Monate, das heißt im Norden der</p>
<p>Monate war nichts.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ich schließ mich der Gewerkschaft</p>
<p>des Zweifels an</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ich schließ mich</p>
<p>der Gewerkschaft des Zweifels an</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ich schließ mich der Gewerkschaft</p>
<p>des Zweifels an</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr fähig seid zu materialiseren, ihr</p>
<p>die ihr fähig seid, zu materialisieren. Ihr, die ihr fähig seid</p>
<p>zu materialisieren.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ihr, die ihr den Nutzen nicht versteht</p>
<p>stundenlang, ganze Tage Vögel</p>
<p>mit Fernstechern beobachtet zu haben und</p>
<p>ihre Namen in Bestimmungsbücher einzutragen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Die Vogelart</p>
<p>gut zu kennen</p>
<p>bevor man sie benennt</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ist die einzig ehrliche</p>
<p>Form</p>
<p>sie zu benennen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>als er sah</p>
<p>was vier wilde Papageien</p>
<p>schienen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>im rasenden Flug</p>
<p>durch die schütteren Palmen</p>
<p>eines Platzes</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>und unisono: grüne</p>
<p>Jagdflieger</p>
<p>in Miniatur</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Zickzack fliegend</p>
<p>um zusammen Tel Aviv</p>
<p>in den Himmel zu schreiben</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>konnte er deshalb</p>
<p>die Erfahrung</p>
<p>nicht gut verdauen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Der flüchtige Schachspieler in einem Vergnügungspark</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Die Haarspalterei verzerrt den Blick</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es ist nicht der Moment, die Artischocke</p>
<p>auf eine makellosen Arbeitsplatte aus Edelstahl zu legen</p>
<p>und es ist nicht der Moment zu untersuchen</p>
<p>warum er keine Artischocke</p>
<p>auf die Arbeitsplatte gelegt hat: Es ist nicht der einziehbare Moment</p>
<p>der alles zurückversetzende Moment, der Moment</p>
<p>jedem Monat eine Farbe zuzuweisen</p>
<p>der Moment des schwarzen Lappens, der über</p>
<p>seinem Kopf flattert.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Wenn du willst</p>
<p>dass dein Zuhause</p>
<p>Babylon ist</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>ohne Visum</p>
<p>kannst du nicht</p>
<p>singen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>wenn du dich nicht</p>
<p>auf eine Plastikstuhl</p>
<p>setzen möchtest</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>wenn du singt</p>
<p>gibt man dir kein</p>
<p>Visum.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Er ist nicht hier</p>
<p>ist Mazze</p>
<p>holen gegangen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>er ist nicht hier</p>
<p>ist für ein Bad</p>
<p>zun Fluss gegangen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>er ist nicht hier</p>
<p>ist sich in der Leere</p>
<p>drehen gegangen</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>er ist nicht hier</p>
<p>ist aus der Kälte</p>
<p>in die Kälte gegangen</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Volver al <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/04/dubitacion-seleccion/">castellano</a></strong><a href="http://www.buenosairesreview.org/2015/08/the-riverbed/"><br />
</a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Bilder: <em>Delfina Estrada, “Campo de batalla” [Schlachtfeld]</em></em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Cardenio (fragmento)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/06/cardenio-2/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/06/cardenio-2/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 16 Jun 2017 03:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.buenosairesreview.org/?p=5970</guid>
		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"></p>
<p style="text-align: right;" align="center">Carlos Gamerro</p>
<p style="text-align: right;">Vivían juntos en el Bankside, no lejos del teatro, ambos solteros, y dormían juntos; una misma muchacha tenían entrambos en la casa, a la que mucho admiraban; compartían también la capa y los vestidos.</p>
<p style="text-align: right;">                                   ―John Aubrey, Vidas breves.</p>
<p>&#160;</p>
<p align="center">UNO</p>
<p align="center">Octubre a noviembre de 1612</p>
<p>&#160;</p>
<p>Carta de John Fletcher a Francis Beaumont, 31 de octubre de 1612.</p>
<p> </p>
<p>Querido Damón:</p>
<p>Ayer comencé a trabajar con Will en nuestro Cardenio, o quizá debiera decir con Cardenio sobre Will, pues me vi obligado a hacer el mercader y pregonar sus muchas bondades y virtudes, y por poco ponerme de rodillas para rogarle que me ayudara a escribirlo – a este estado tu deserción me ha reducido. Nos sentamos en el rincón de los poetas, con un frío que calaba los huesos, pero el fuego permaneció apagado; oscurecía, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/06/cardenio-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;" align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/The-Speakers-Corner-Jorge-Macchi.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5968" alt="The Speakers Corner - Jorge Macchi" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/The-Speakers-Corner-Jorge-Macchi-1024x792.png" width="1024" height="792" /></a></p>
<p style="text-align: right;" align="center"><em>Carlos Gamerro</em></p>
<p style="text-align: right;">Vivían juntos en el Bankside, no lejos del teatro, ambos solteros, y dormían juntos; una misma muchacha tenían entrambos en la casa, a la que mucho admiraban; compartían también la capa y los vestidos.</p>
<p style="text-align: right;">                                   <strong>―John Aubrey, <i>Vidas breves.</i></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><b>UNO</b></p>
<p align="center"><b>Octubre a noviembre de 1612</b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>Carta de John Fletcher a Francis Beaumont, 31 de octubre de 1612.</b></p>
<p><b> </b></p>
<p>Querido Damón:</p>
<p>Ayer comencé a trabajar con Will en nuestro <i>Cardenio, </i>o quizá debiera decir con <i>Cardenio</i> sobre Will, pues me vi obligado a hacer el mercader y pregonar sus muchas bondades y virtudes, y por poco ponerme de rodillas para rogarle que me ayudara a escribirlo – a este estado tu deserción me ha reducido. Nos sentamos en el rincón de los poetas, con un frío que calaba los huesos, pero el fuego permaneció apagado; oscurecía, pero nadie prendió una vela; muertos de sed con el mucho hablar y ni una gota para mojarnos la lengua; hubiera sido un milagro que saltara una chispa de ingenio de una habitación tan fría, sobria y sombría. A propuesta mía nos trasladamos a la taberna Mermaid, donde pronto calentamos nuestros huesos con un fuego de hulla y dos medidas de jerez servido en vasos de cerveza, recordando a los amigos lejanos (o sea tú, y Ben) y a los amigos muertos (los de Will, mayormente). Maese William Johnson te manda saludos y pregunta cuándo volverás con tus ollas de oro. No es nada fácil, esto de empezar de cero; como despertar aprendiz tras acostarse maestro: me volvió a los días en que trabajábamos en nuestro <i>Filáster, </i>o más atrás todavía, antes de conocerte, pues mi mente ya no es capaz de regresar al momento en que éramos dos y no uno.</p>
<p>Pero qué remedio. Se acerca la temporada de invierno, y con ella se cerrarán las puertas del Globe y se abrirán las del Blackfriars, tú debes poner todo tu empeño en el cortejo que te llevará al matrimonio y en la mascarada que honrará el de la princesa, y yo debo reclutar una mano amiga o aprender a escribir en soledad de nuevo. Le pregunté a John por los términos de nuestro contrato y me dijo que mientras la obra esté para la temporada navideña, poco le da si la escribo con Will, contigo o con mi perro. Ojalá tuviéramos uno, pues en verdad creo que su pata desnuda me sería de mayor ayuda que el guante vacío de nuestro venerable amigo. La historia que tantas veces nos leímos el uno al otro con tan grandísimo gusto la tomó como hace un enfermo con una píldora amarga, guardándola en un costado de la boca para escupirla apenas el médico se dé vuelta. Me temo que Dick esté en lo cierto: no queda en él sino el rescoldo de su antiguo fuego, como si el esfuerzo de engendrar a Calibán y su tribu lo hubiera consumido por completo.</p>
<p>Pero bien mirada, esta pesada carga que me abruma, y que sólo se aligera cuando me recuerdo que la llevo por los dos, puede a la corta o a la larga trocarse en una bendición. ¿Pues quién, te crees, tomará el lugar de Will cuando diga su adiós definitivo al teatro? Dick tiene a las obras de Ben en buen concepto, pero al oso mismo lo mantendrá a raya, con perros si es preciso – sobre todo cuando trata de darle lecciones de dicción y métrica. No hay que dejar pasar la ocasión cuando nos ofrece sus bucles con tan buen comedimiento. ¿Qué me dices entonces? ¿Aventajaremos al Olimpo apilando el monte Pelión sobre el monte Osa? ¿Qué te haría más feliz heredar, dos yugadas de tierra en Kent o la entera redondez del Globo?</p>
<p>Joanie te ruega que te cuides de los resfríos y que evites las mojaduras excesivas, sea por las inclemencias del cielo o las del lecho. Melancólica y mohína anda por la casa el día entero la pobrecita. Ayer se le cayó otra taza, la que solo por distinguirla de las otras solíamos llamar tuya. Habrá una nueva esperando tu muy ansiado regreso.</p>
<p>Tu (fugazmente) infiel pastorcillo,</p>
<p>Fintias.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b> </b></p>
<p><b>Conversación entre John Fletcher y William Shakespeare, Teatro Blackfriars, Londres, 30 de octubre de 1612.</b></p>
<p><b> </b></p>
<p><b>JF: </b>Lo descubren en la parte más escondida de la sierra, saltando como una cabra de mata en mata y de piedra en piedra; el rostro tostado por el sol y desencajado, la cabeza descubierta, la barba mucha y espesa. Un salvaje, y roto por añadidura, pero sus harapos eran de holanda, y de terciopelo los calzones rasgados que sus carnes descubrían. Por ellos imaginaron que se trataba del dueño de la mula muerta y de la maleta podrida que habían encontrado en la hondonada; y un cabrero con el que cruzaron unas palabras confirmó sus sospechas. Les contó que el roto, que entonces no lo era, sino un joven de gentil talle y apostura, se les había aparecido por aquellas soledades haría cosa de seis meses, y que tras preguntarle a él y a sus compañeros cuál parte de la sierra era la más áspera y escondida, había procedido a emboscarse en ella. Desde aquel entonces ocupaba los días que estaba en su seso, que eran los menos, en vagar por el bosque en busca de sustento, y los otros se los pasaba mesándose los cabellos y maldiciendo su suerte. De ordinario obtenía su alimento de los pastores pidiéndolo cortés y comedidamente, y con no pocas lágrimas; pero cuando estaba con el accidente de su locura se los arrebataba por fuerza y los agradecía con injurias. Aparece, finalmente, entre una quebrada de una sierra, y si cuando se llega hasta ellos no está en la furia de su locura, tampoco lo hace en calma, pues viene mordiéndose los labios y hablando entre sí con la cabeza hundida sobre el pecho; alza el ceño fruncido no más de una vez, para responder a sus saludos, y de ahí en más no vuelve a levantar la vista. En acabando lo que Sancho y su amo le dan de comer acepta contarles su historia. Su nombre, les dice, es Cardenio; su patria, una de las mejores ciudades de Andalucía; sus padres, ricos, y su desventura tanta que ni su riqueza, su linaje o su cuna –</p>
<p><b>WS</b>: Ahórrame la retórica, Jack.</p>
<p><b>JF</b>: Perdón. Te lo sigo entonces a lo llano y a lo liso: Cardenio amaba a una tal Luscinda, la amaba desde que eran niños; ella también lo amaba y estaba dispuesta a casarse con él, y como iban de la mano sus linajes y riquezas, el padre de ella no puso objeción alguna –</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y qué necesidad tienen de nosotros entonces? Tal parece que no hay obstáculos en su camino.</p>
<p><b>JF</b>: Hay uno, que apenas merecería el nombre de tal si la imaginación de Cardenio no lo magnificara al infinito. El padre de Luscinda considera que toca al padre de Cardenio hacer la demanda primera. Pareciéndole al mozo que no le falta razón en lo que solicita, se dirige presto a su casa a enterar a su padre del pedido, pero a cada paso que da su determinación se escurre de él como si la tierra misma le sangrara las piernas. Teme que el permiso de su padre, que él suponía suyo antes de solicitarlo siquiera, dejará de serlo apenas tenga el atrevimiento de hacerlo; que éste objetará, si no su pedido, sí al menos la ocasión, la manera y las palabras en que lo formule, las cuales se pone a ensayar al punto mientras camina a paso desmayado hacia la casa paterna, atajando objeciones nonatas y parando estocadas de espadas envainadas. No, se desalienta al punto, es inútil: su presunción será burlada y su petición escarnecida, así: <i>¿Consentimiento? Pero claro, muchacho, si tienes su consentimiento, ¿por qué habría yo de negarte el mío? A fe mía que puedo ser tan generoso como ella. Solo me queda este escrúpulo: si has logrado que ella consienta a tus requerimientos, ¿cómo, dime, evitarás que consienta a los del resto del mundo? Pues habrás de consentir que quienquiera que consienta a uno como tú deberá consentir a más de uno.</i></p>
<p><b>WS</b>: Jack…</p>
<p><b>JF</b>: ¿Sí, Will?</p>
<p><b>WS</b>: No le has hecho ascos a la pluma, según veo.</p>
<p><b>JF</b>: Ya sabes cómo es. Una palabra aquí, otra allá… Cuando vienen por propia voluntad y consentimiento.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y por qué no sigues adelante?</p>
<p><b>JF</b>: Will amigo, sabes bien que no me gusta escribir solo. Una sola vez lo intenté, y ya viste el resultado.</p>
<p><b>WS</b>: ¿<i>La pastorcilla fiel</i>? No la vi pero me la contaron. ¿Qué hay de <i>El domador domado</i>? Creía que también entonces Frank se abstuvo de mojar su pluma en tu tintero.</p>
<p><b>JF</b>: Así fue. No tomó nunca la pluma, pero me ayudó con el argumento. Y fue suya la idea de responder a tu <i>Fierecilla domada</i> con una obra que diera la victoria a la segunda esposa de Petruchio. Las damas que concurren al Blackfriars no son tan mansas como las que acudían al Globe en tus tiempos.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y cómo le ha ido a él con la suya? ¿La encontró tan rica y perfecta como buscaba?</p>
<p><b>JF</b>: Le falta algún tanto para ser perfecta, dice, pero siempre será mejor que ganarse la vida escribiendo.</p>
<p><b>WS</b>: En eso al menos estamos de acuerdo. La pregunta sigue siendo, ¿por qué yo? Escribir de a dos no es lo mío. ¿No te ha contado Tom lo mal que la pasamos juntos?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Qué Tom, Kyd? No llegué a conocerlo. No sabía que habíais trabajado juntos. ¿Fue en <i>La tragedia española</i>?</p>
<p><b>WS</b>: No, a esa fue Ben quien le metió mano. Hasta el codo. Y sin duda escandió cada verso y lo rapó de excrementos. ¡Pobre Tom Kyd! ¡Una que le salió bien, ni él mismo supo cómo! <i>¡Adelante, Jerónimo! </i>No. Me refería a Tom Middleton. Trabajamos juntos en <i>Timón de Atenas</i>, por decirlo de algún modo. Sabe ser muy rápido cuando necesita el dinero.</p>
<p><b>JF</b>: Ese es su estado habitual me parece.</p>
<p><b>WS</b>: Verdad. El hambre vuelve a tu poeta atolondrado y la hartura lo sume en la pereza. El justo medio está en los medios escasos pero suficientes. ¿Y qué me dices de Ben?<b> </b></p>
<p><b>JF</b>: Ben. Quieres que escriba con Ben. Prefiero ser uncido con un toro bravo cola con cuerno. O compartir el lecho con un puercoespín erizado.</p>
<p><b>WS</b>: Has tenido compañeros de cama aun más extraños.</p>
<p><b>JF</b>: No empieces. Vamos, Will, sabes que siempre quise que hiciéramos algo juntos.</p>
<p><b>WS</b>: No mientras Frank estaba contigo.</p>
<p><b>JF</b>: Eso es distinto.</p>
<p><b>WS</b>: ¿En qué manera?</p>
<p><b>JF</b>: En tantas como puedas imaginar tú y callar yo.</p>
<p><b>WS</b>: Bien. Quizás haya algo que sí puedas decirme.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Como ser?</p>
<p><b>WS</b>: ¿Fue Dick quien te mandó?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Para qué?</p>
<p><b>WS</b>: Ya sabes. Al viejo Will se le ha secado el candil. Hay que echarle aceite limpio.</p>
<p><b>JF</b>: Will…</p>
<p><b>WS</b>: Tinta fresca en un tintero viejo. Se le pegó la pluma a la oreja.</p>
<p><b>JF</b>: Si sigues vas a ofenderme.</p>
<p><b>WS</b>: No respondiste a mi pregunta.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Y qué quieres que te diga? Sabes bien que si hacemos algo juntos el beneficio será todo mío. Verdad tan notoria no hace falta decirla. Ya sé que no necesitas de mi ayuda. Soy yo el que necesita de la tuya. No era así cuando Frank y yo escribíamos juntos, no tengo problema en admitirlo. Pero ahora no está. Ayúdame por esta vez y te prometo no volver a molestarte en el futuro.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y entonces?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Entonces qué?</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué le respondió el padre?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Qué padre?</p>
<p><b>WS</b>: El de comosellame. El mozo. ¿Tiene nombre?</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio.</p>
<p><b>WS</b>: El padre.</p>
<p><b>JF</b>: No que yo recuerde. Pensé que podíamos llamarlo Camilo. Ah, pero ya lo usaste, ¿o no? ¿Dónde fue?</p>
<p><b>WS</b>: En <i>Cuento de invierno</i>.</p>
<p><b>JF</b>: Cierto. Podemos cambiarlo si prefieres no repetirte.</p>
<p><b>WS</b>: Pasito a paso, Jack. No tengo el sí tan fácil como la niña de tu cuento.</p>
<p><b>JF</b>: Lo tendrás cuando acabe de contártelo. Es el mejor libro del mundo, Will, deberías leerlo. Ben lo tiene en su biblioteca.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Te ha dejado las llaves antes de irse? Qué privilegio el tuyo.</p>
<p><b>JF</b>: Fue Francis el que logró sacárselas. Con la promesa de no darlas a ninguno.</p>
<p><b>WS</b>: Te agradezco el ofrecimiento, Jack. Pero mi español no es tan bueno como el tuyo.</p>
<p><b>JF</b>: No, te hablo de la traducción a nuestra lengua, ya sabes, esa que hizo un tal Tom Shelton y anduvo de mano en mano, y ahora Blount acaba de dar a la estampa.</p>
<p><b>WS</b>: Ah, sí. ¿Qué sabemos del tal Shelton? Es irlandés, ¿verdad?</p>
<p><b>JF</b>: Y mucho. El hermano estuvo mezclado en alguna de las rebeliones de Tyrone y terminó colgado de un hilo. Él huyó a España y estudió en alguno de los seminarios que los de su nación allí tienen. Ben afirma haberlo conocido en Flandes, donde según él espía para ambos bandos. Palabra de Ben &#8211; ya sabes. ¿Quieres que te lo busque entonces?</p>
<p><b>WS</b>: No por ahora, Jack, gracias. Prefiero que me lo cuentes. Volvamos al joven y a su padre. ¿Salió todo tan mal como esperaba?</p>
<p><b>JF</b>: Peor. Pues al tiempo que entró en el aposento lo halló con una carta abierta en la mano. Una carta del duque Ricardo, señor muy principal de aquellas partes, que le pedía a Cardenio para compañero de su hijo el mayor, en cambio de lo cual él tomaría a cargo ponerlo en estado según sus merecimientos. Cardenio se retiró confuso y enmudecido, sabiendo que tanto podía oponerse a la voluntad de su padre como su padre a la del duque. Porque aun cuando tuviera el coraje de negarse, ¿cómo pretender que su padre accediera a su pedido, si él desatendía el suyo? Si, en cambio, se dijo, accedía de buena gana, compraría la buena voluntad de su padre y las mercedes del duque, las cuales acrecentarían su valor, si no a los ojos de Luscinda – pues ella lo estimaba más que a hombre alguno en el mundo – sí a los del padre de ésta. Armándose en tales pensamientos se llegó a la ventana enrejada que era habitual testigo de sus encuentros con Luscinda. Aquí veo una bonita escena de despedida. Pensé que podíamos mostrarla en lo alto de la galería, y a Cardenio encaramándose a su balcón –</p>
<p><b>WS</b>: Eso creo haberlo visto en otra parte.</p>
<p><b>JF</b>: ¿Dónde?<br />
<b>WS</b>: Una obra olvidada. <i>Romeo y Julieta</i>. De un tal William Shakespeare.</p>
<p><b>JF</b>: Sí, he oído hablar de ella. Que sea sobre el escenario principal entonces. Ahí tendremos lágrimas, juramentos y besos, dedos entrelazados a través de los barrotes crueles, y adiós Cardenio. Escena siguiente: ya llegó a lo del duque, donde es muy bien recibido y tratado, tanto del señor de la casa como de su primogénito; pero el que más se holgó con su presencia fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, el cual, en poco tiempo, quiso que Cardenio fuese muy amigo suyo –</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué tanto?</p>
<p><b>JF</b>: Tanto que no habrá secretos entre ellos; al menos don Fernando le comunica todos sus pensamientos, especialmente uno enamorado que lo trae sin sosiego. Cardenio le corresponde cuando se trata de poner la oreja, pero en lo de soltar la lengua se lo nota mas circunspecto.</p>
<p><b>WS</b>: Discreto y avisado mancebo.</p>
<p><b>JF</b>: Así, opina, debe administrarse la franqueza entre amigos cuando uno es señor y el otro siervo. Aprendió, pues, que Don Fernando quería bien a una labradora vasalla de su padre, hermosa, recatada y honesta, de padres humildes en linaje pero en bienes casi tan ricos como éste.</p>
<p><b>WS</b>: Tiene buen ojo nuestro amigo.</p>
<p><b>JF</b>: Llevado de su pasión, don Fernando comenzó a cortejarla abiertamente, lo cual no sólo no ablandaba a la labradora, sino que la endurecía, y sus recatos, que él tuvo por desdenes, redujeron a tal término sus deseos que se determinó, para poder alcanzarlos, darle palabra de ser su marido. Cardenio procuró apartarlo de tal propósito con las mejores razones que supo; pero viendo que no aprovechaba, determinó de decirle el caso a su padre el duque.</p>
<p><b>WS</b>: Menos mal que eran grandísimos amigos.</p>
<p><b>JF</b>: Era su deber de criado, ya habrás notado que se trata de un joven muy respetuoso de las reglas. Más don Fernando, recelándose y temiéndose de esto, propuso a Cardenio que se fueran para su ciudad, diciéndole a su padre que irían a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en ella había, y a su amigo que lo hacía para poder apartar de la memoria a la recatada doncella. En esto al menos no mentía, o lo hacía apenas en un punto.</p>
<p><b>WS</b>: ¿En cuál?</p>
<p><b>JF</b>: En que no lo era más la hermosa labradora. Ya había gozado de ella.</p>
<p><b>WS</b>: Empieza a caerme bien. ¿Por qué no hacerlo el personaje principal de la pieza?</p>
<p><b>JF</b>: ¿Se trata de una oferta?</p>
<p><b>WS</b>: Mas bien de una idea.</p>
<p><b>JF</b>: A mí me sonó a oferta.</p>
<p><b>WS</b>: Cuando empiece a hacerlas serás el primero en saberlo. Prosigue adelante, te lo ruego.</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio por supuesto no cabía en sí de contento, pues este plan le ofrecía una salida a su dilema y, a la vez, la ocasión de volver a ver a su Luscinda. Tan contento estaba que en el camino le contó a don Fernando todo sobre sus amores con ella, alabando de tal manera su discreción, donaire y hermosura que éste no pudo sino manifestar el deseo de ver doncella adornada de tan buenas partes.</p>
<p><b>WS</b>: Comienzo a ver hacia dónde se encamina este negocio.</p>
<p><b>JF</b>: Lo harás del todo a la luz de la vela.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Qué vela?</p>
<p><b>JF</b>: La misma que Cardenio, a pedido de su amigo, coloca en la reja de Luscinda, para que su amigo pueda verla y decidir si mentía al alabar su hermosura; y quiso la suerte, buena o mala dependiendo de quién la juzgue, que ella al sentirlo se levantara sobresaltada de su lecho, mostrándose en sayo, con los pechos descubiertos, a lo que Don Fernando, oculto en las sombras del jardín, enmudeció y perdió el sentido. Quedó, a partir de entonces, tan enamorado que no se pasaba momento donde no quisiese que trataran de Luscinda, procuraba siempre leer los papeles que Cardenio le enviaba y ella le respondía, y lo acompañaba en cada encuentro como testigo mudo y oculto. Por una carta que cayó en sus manos don Fernando se enteró de la condición que el padre de Luscinda había puesto, y se ofreció, como buen amigo, a hablarle al de Cardenio y hacer que éste hablase con el de Luscinda, provocándole al susodicho tales transportes de gratitud y alivio que, cuando Don Fernando le pidió que fuera con su hermano a procurar dineros para pagar los caballos que había elegido, mal pudo negarse a cumplirle el deseo. En llegando a lo del duque fue bien recibido, mas no bien despachado, del hermano de don Fernando, porque éste le mandó esperar a que reuniese los dineros solicitados. Muy a su disgusto obedeció Cardenio, pues lo atormentaban los presagios y la tristeza de verse separado de su Luscinda; a los cuatro o cinco días, como para confirmarlos, llegó un hombre con una carta que por la letra conoció ser de ella, y cuando sus dedos lograron abrirla se enteró de lo que a estas alturas el teatro entero ha adivinado: que apenas había dejado a Luscinda, don Fernando se había presentado ante su padre para pedirla por esposa, y éste había dado su acuerdo de tan buen grado que el desposorio se había de hacer en dos días. Tras la lectura de la carta Cardenio se sintió con derecho a partir sin pedir permiso –</p>
<p><b>WS</b>: ¡Temerario mancebo! ¡Le ha crecido una melena de león al ratoncito!</p>
<p><b>JF</b>: Y alas a sus pies, o mas bien a los de su mula, que casi como en un vuelo lo lleva hasta la ventana junto a la cual languidece Luscinda, vestida ya para la boda mientras en la sala la aguardan don Fernando, su padre y los testigos que – le dice – antes lo serán de su muerte que de su casamiento. Entonces le muestra la daga con que se quitará la vida, pidiéndole apenas que también él se haga testigo de su sacrificio. Cardenio, para no ser menos, desenvaina su espada y jura defenderla, o seguirla en la muerte si la suerte les fuera adversa. En eso sienten que la llaman a voces: el novio se impacienta. Cuando ella sale Cardenio queda atónito y suspenso, sin acertar a entrar en la casa ni a alejarse de ella; pero considerando luego cuánto importaba su presencia para lo que pudiere suceder, se atreve a entrar y a ocultarse tras dos tapices juntos. Desde allí observa a don Fernando entrar seguido de Luscinda, vestida de encarnado y blanco: nunca la había visto tan hermosa como ahora, que estaba a punto de perderla.</p>
<p><b>WS</b>: Y lo que él espera es que ella se quite la vida.</p>
<p><b>JF</b>: Así parece.</p>
<p><b>WS</b>: Interesante. ¿Y ella le da el gusto?</p>
<p><b>JF</b>: Cardenio ya vislumbra el relumbrar del acero entre el brillo de la seda cuando escucha una voz desmayada y flaca decir “sí, quiero”, y la de don Fernando lo mismo, y abre los ojos para ver cómo la mano de él desliza el anillo en el dedo de ella. Mas al punto Luscinda cae desmayada, y cuando alguno de los presentes, digamos su padre, le desabrocha el pecho descubren en él un papel cerrado que don Fernando toma y se pone a leer sin acudir a los remedios que a su esposa le están haciendo. Cardenio aprovecha el alboroto para salir sin ser visto, pero con determinación que, si lo hicieran, haría un desatino tal que todo el mundo vendría a entender la justa indignación de su pecho. Recupera su mula, sale de la ciudad y cuando se ve en el campo desata la lengua en maldiciones de Luscinda, dándole títulos de cruel, de ingrata, de falsa y sobre todo de codiciosa; y en mitad de esos vituperios la disculpa, diciendo que no era mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha a obedecerlos siempre, hubiese consentido con su gusto, pues le daban por esposo un caballero tan principal y tan rico. Con tales voces y tal inquietud caminó lo que quedaba de la noche y dio, al amanecer, con una entrada de las sierras, por las cuales caminó otros tres días, hasta que su mula cayó muerta de cansancio y de hambre, o tal vez, prefiere pensar, por desechar de sí tan inútil carga como llevaba. Y así de igual manera espera que la muerte lo libere a él de la suya, que es su vida, y lo que quede de ella lo pasará componiendo canciones y sonetos, ya sea grabándolos por las cortezas de los árboles o echándolos de viva voz al viento acompañado por los pastores con sus flautas y rabeles…</p>
<p><b>WS</b>: Pasito a paso, a ver si escuché bien. ¿Pastores? ¿Flautas? ¿Sonetos? ¿No estarás pensando en reincidir en tus ejercicios pastoriles, verdad?</p>
<p><b>JF</b>: No se trataría de una pieza pastoril, no exactam –</p>
<p><b>WS</b>: Hasta acá llegamos.</p>
<p><b>JF</b>: Will, escúchame, se trata a lo sumo de dos o tres escenas – una.</p>
<p><b>WS</b>: No, escúchame tú a mí. Y mírame a los ojos. Nada de pastores poetas. Ni de pastorcillas. Ni fieles ni infieles. Nada de ovejas. Ni una hebra de lana siquiera.</p>
<p><b>JF</b>: Mira quién habla. ¿Qué me dices de la escena de Perdita y Autólico en <i>Cuento de invierno</i>?</p>
<p><b>WS</b>: Justamente. Es la más larga en su género. Con la excepción, se entiende, de obras pastoriles <i>enteras </i>como las tuyas. Cuando logré terminarla juré sobre la tumba de mi padre, y de mi madre, y de mis hermanos, que nunca más –</p>
<p><b>JF</b>: Yo la escribo.</p>
<p><b>WS</b>: Jack, ¿por qué te haces esto?</p>
<p><b>JF</b>: No sé a qué te refieres.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Quién escribirá esta vez los elogios que te quiten la pena? Ben está de viaje y Frank ocupado en sus asuntos; y se vería mal si yo lo hiciera, siendo el segundo engendrador del engendro&#8230; ¡Un momento! ¡Ya lo  tengo! Tú escribes tu nueva tragicomedia pastoril, y yo me ocupo de los elogios, ¿trato hecho?</p>
<p><b>Muchacho</b>: Maese Shakespeare…</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y ahora qué?</p>
<p><b>Muchacho</b>: Los actores esperan.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y qué se me da a mí? Hoy le tocaba a Dick. ¿No ha llegado aun?</p>
<p><b>Muchacho</b>: No, señor.</p>
<p><b>WS</b>: ¿Y dónde está, si puede saberse?</p>
<p><b>Muchacho</b>: No lo sé, señor.</p>
<p><b>WS</b>: Así no se puede. Jack, dame un minuto para encaminar el ensayo, y apenas lo haya hecho vámonos a algún lugar donde menos pueda ser hallado cuando más me necesiten.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong><i>Cardenio</i>, cuyo eje narrativo es la mítica obra perdida de Shakespeare, fue escrita originalmente en inglés y después traducida por el autor al castellano. Para seguir leyendo, busquen la novela en su librería preferida o en la página de <a href="http://www.edhasa.com.ar/libro.php?ean=9789876284011&amp;t=Cardenio" target="_blank" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en&amp;q=http://www.edhasa.com.ar/libro.php?ean%3D9789876284011%26t%3DCardenio&amp;source=gmail&amp;ust=1497814024725000&amp;usg=AFQjCNFkZAh1uDDqnovmh23ZzCyK3NV_xA">Edhasa</a> y echen un vistazo a esta <a href="http://www.lanacion.com.ar/1893039-carlos-gamerro-homenajea-a-shakespeare-y-cervantes-en-cardenio" target="_blank" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en&amp;q=http://www.lanacion.com.ar/1893039-carlos-gamerro-homenajea-a-shakespeare-y-cervantes-en-cardenio&amp;source=gmail&amp;ust=1497814024725000&amp;usg=AFQjCNEzsZysUChYkA5h538ysU4oMNc5KA">entrevista a Gamerro</a> que salió en <i>La Nación</i>.</strong></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Jorge Macchi, &#8220;The Speakers Corner&#8221;</em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Dubitación (selección)</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/04/dubitacion-seleccion/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/04/dubitacion-seleccion/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 07 Apr 2017 15:43:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.buenosairesreview.org/?p=5959</guid>
		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;"> Martín Gambarotta</p>
<p>Acá, el agua es distinta, los pétalos</p>
<p>del alcaucil son distintos, todo es</p>
<p>en esencia, distinto</p>
<p>pero el que saca una botella de la heladera</p>
<p>y la pone sobre la mesada básicamente</p>
<p>es el mismo.</p>
<p>&#160;</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que eligen la</p>
<p>confrontación, ustedes que eligen</p>
<p>la confrontación, ustedes</p>
<p>que eligen la confrontación</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que eligen la reverberación, ustedes</p>
<p>que eligen la reverberación, ustedes que</p>
<p>eligen la reverberación.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que eligen la dubitación, ustedes</p>
<p>que eligen la dubitación, ustedes que eligen</p>
<p>la dubitación.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que eligen la anomalía, ustedes</p>
<p>que eligen la anomalía, ustedes que eligen</p>
<p>la anomalía.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que miden milimétricamente</p>
<p>sus actos, ustedes que miden</p>
<p>milmétricamente sus actos, ustedes</p>
<p>que miden milimétricamente sus actos.</p>
<p>&#160;</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Quince meses, tres de esos meses</p>
<p>para descifrar el resto de los meses</p>
<p>tus meses, es decir al norte de esos</p>
<p>meses no había nada.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Me afilio al Sindicato de</p>
<p>la Dubitación.</p>
<p>&#160;</p>
<p>me afilio al</p>
<p>Sindicato de la Dubitación</p>
<p>&#160;</p>
<p>me afilio al Sindicato</p>
<p>de la Dubitación</p>
<p>&#160;</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ustedes que logran materializar, ustedes</p>
<p>que logran materializar. Ustedes que logran</p>
<p>materializar.</p>
<p>&#160;</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
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<p>Ustedes que ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2017/04/dubitacion-seleccion/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/larger.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5956" alt="larger" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/larger.jpg" width="1024" height="692" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em> Martín Gambarotta</em></p>
<p>Acá, el agua es distinta, los pétalos</p>
<p>del alcaucil son distintos, todo es</p>
<p>en esencia, distinto</p>
<p>pero el que saca una botella de la heladera</p>
<p>y la pone sobre la mesada básicamente</p>
<p>es el mismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
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<p>Ustedes que eligen la</p>
<p>confrontación, ustedes que eligen</p>
<p>la confrontación, ustedes</p>
<p>que eligen la confrontación</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ustedes que eligen la reverberación, ustedes</p>
<p>que eligen la reverberación, ustedes que</p>
<p>eligen la reverberación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ustedes que eligen la dubitación, ustedes</p>
<p>que eligen la dubitación, ustedes que eligen</p>
<p>la dubitación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ustedes que eligen la anomalía, ustedes</p>
<p>que eligen la anomalía, ustedes que eligen</p>
<p>la anomalía.</p>
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<p>Ustedes que miden milimétricamente</p>
<p>sus actos, ustedes que miden</p>
<p>milmétricamente sus actos, ustedes</p>
<p>que miden milimétricamente sus actos.</p>
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<p>Quince meses, tres de esos meses</p>
<p>para descifrar el resto de los meses</p>
<p>tus meses, es decir al norte de esos</p>
<p>meses no había nada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me afilio al Sindicato de</p>
<p>la Dubitación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>me afilio al</p>
<p>Sindicato de la Dubitación</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>me afilio al Sindicato</p>
<p>de la Dubitación</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ustedes que logran materializar, ustedes</p>
<p>que logran materializar. Ustedes que logran</p>
<p>materializar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ustedes que no entienden el beneficio</p>
<p>de haber estado largas horas, días enteros</p>
<p>con largavista observando pájaros e ir</p>
<p>anotando sus nombres en una libreta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conocer bien la</p>
<p>especie de pájaro</p>
<p>antes de nombrarlo</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>es la única forma</p>
<p>honesta de nombrar</p>
<p>lo</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>por eso cuando vio</p>
<p>lo que le parecían</p>
<p>cuatro loros</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>salvajes en vuelo</p>
<p>rasante entre las palmeras</p>
<p>magras de una plaza</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>al unison: cuatro caza</p>
<p>bombarderos verdes</p>
<p>en miniature</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>zigzaguendo</p>
<p>como para escribir juntos</p>
<p>Tel Aviv en el aire</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>no pudo</p>
<p>masticar bien</p>
<p>la experiencia</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El ajedrecista prófugo en un parque de diversion</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La tricotomía que distorsiona la visión</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es el momento de poner el alcaucil</p>
<p>sobre una mesada de metal immaculado</p>
<p>y no es el momento de disquisiciones</p>
<p>acerca de por qué no puso un alcaucil</p>
<p>sobre la mesada; no es el momento retractile</p>
<p>el momento retrotraído de todo, el momento</p>
<p>de asignarle un color a cada mes</p>
<p>el momento del trapo negro flameando</p>
<p>sobre su cabeza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Si quieres que</p>
<p>tu casa sea</p>
<p>bibilonia</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>sin visa</p>
<p>no se puede</p>
<p>trovar</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>si no quieres</p>
<p>sentarte en una</p>
<p>silla de plastica</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>si trovas no</p>
<p>te dan</p>
<p>visa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No está</p>
<p>se fue a comprar</p>
<p>pan judío</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>no está</p>
<p>fue a bañarse</p>
<p>al río</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>no está</p>
<p>se fue a rotar</p>
<p>en el vacío</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>no está se</p>
<p>fue del frío</p>
<p>a lo frío</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: Delfina Estrada, &#8220;Campo de batalla&#8221;</em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Kondenswasser</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/kondenswasser-2/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/kondenswasser-2/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 30 Oct 2016 17:40:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[lenguajes invitados]]></category>
		<category><![CDATA[Hamburg @es]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.buenosairesreview.org/?p=5929</guid>
		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Anja Kampmann</p>
<p>&#160;</p>
<p>Versuch über das Meer</p>
<p>&#160;</p>
<p>Es soll um den Horizont gehen den</p>
<p>Farbauftrag der Ferne das helle Knistern</p>
<p>der Flächen von Licht und die Verbreitung</p>
<p>des Lichts wie es sich aufbäumt das Meer</p>
<p>in seiner weiten Brust der Faulschlamm</p>
<p>der Fischmehlfabriken das Meer der romantischen</p>
<p>Feuer an den Kiesstränden Reisende</p>
<p>die sich für immer verlieren</p>
<p>in einer Aussicht das Meer in den Häfen, den Docks</p>
<p>den Containerarealen das Meer züngelnd</p>
<p>unter Kränen die nachtwärts</p>
<p>das Heimweh hieven das Meer der Muränen</p>
<p>lauernd hinter einem Stein</p>
<p>das Meer der Tiefe verborgen ein Suchbild</p>
<p>für die Träume vom. Meer</p>
<p>die im Meer verschwunden sind grundlos</p>
<p>die Gräben darüber ein Mosaik aus Flocken</p>
<p>strömendes zähes Feld aus Dreck das Meer</p>
<p>das so gut verborgen ist japsend nach Luft in</p>
<p>seiner weiten Brust nach sich selbst</p>
<p>schnappend.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>grenzland</p>
<p>wir haben tauwetter für die helleren stunden</p>
<p>wir haben keine kälte gekannt nur die leitern</p>
<p>führten hoch und höher in den baum wo die früchte</p>
<p>in gruppen hingen das laub ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/kondenswasser-2/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5917" alt="frank-berendt" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-1024x690.png" width="1024" height="690" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Anja Kampmann</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Versuch über das Meer</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es soll um den Horizont gehen den</p>
<p>Farbauftrag der Ferne das helle Knistern</p>
<p>der Flächen von Licht und die Verbreitung</p>
<p>des Lichts wie es sich aufbäumt das Meer</p>
<p>in seiner weiten Brust der Faulschlamm</p>
<p>der Fischmehlfabriken das Meer der romantischen</p>
<p>Feuer an den Kiesstränden Reisende</p>
<p>die sich für immer verlieren</p>
<p>in einer Aussicht das Meer in den Häfen, den Docks</p>
<p>den Containerarealen das Meer züngelnd</p>
<p>unter Kränen die nachtwärts</p>
<p>das Heimweh hieven das Meer der Muränen</p>
<p>lauernd hinter einem Stein</p>
<p>das Meer der Tiefe verborgen ein Suchbild</p>
<p>für die Träume vom. Meer</p>
<p>die im Meer verschwunden sind grundlos</p>
<p>die Gräben darüber ein Mosaik aus Flocken</p>
<p>strömendes zähes Feld aus Dreck das Meer</p>
<p>das so gut verborgen ist japsend nach Luft in</p>
<p>seiner weiten Brust nach sich selbst</p>
<p>schnappend.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p><b>grenzland</b></p>
<p>wir haben tauwetter für die helleren stunden</p>
<p>wir haben keine kälte gekannt nur die leitern</p>
<p>führten hoch und höher in den baum wo die früchte</p>
<p>in gruppen hingen das laub roch die dünneren zweige</p>
<p>nur so viel blieb von der aussicht dir müdigkeit</p>
<p>in den knochen auf der waage wurden die stunden</p>
<p>vermessen die sonne lag in all der rötlichen schale</p>
<p>wir sammelten in dem grenzgebiet nur die hohlen</p>
<p>eimer voll in denen die erinnerung hauste ein</p>
<p>rötlicher boden neben den bäumen wie gebrüll</p>
<p>als die sonne sich schließlich neigte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>du hast von kaliningrad</p>
<p>den grießbrei behalten der blechtopf am morgen</p>
<p>im internat die hunde die wilden mit gebrochenen</p>
<p>schwänzen und schließlich ein schiff</p>
<p>das dir entgegen kam entfernt und weit später</p>
<p>im hafen die schatten der mützen brachen</p>
<p>den blick brachen hinter den kragen</p>
<p>die wochen auf zwischen krieg und marine</p>
<p>lagen meilen auf see und gänge so schmal</p>
<p>und kartoffeln so viele und nur</p>
<p>das geschrei von den möwen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>Leichthin</p>
<p>ist der Sommer</p>
<p>Ferne schreibt</p>
<p>die Buchstaben deines Gedächtnisses</p>
<p>mit leichter Hand</p>
<p>Während ein einzelnes Riesenrad</p>
<p>Gondel um Gondel</p>
<p>in die Luft steigen lässt</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>So ist auch die Nacht</p>
<p>nämlich das Aufsteigen</p>
<p>einer ungefähren Sprache</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Kondenswasser</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>und so sind die Tage</p>
<p>nämlich ähnlicher dem Vergessen</p>
<p>dem Abwenden des Blicks wenn</p>
<p>der frühe Abend die Kleider durchdringt</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>die Übergänge ins Vorhin</p>
<p>dem du ähnlicher</p>
<p>wirst. Abtreiben auf diesem alten Dampfer in Richtung Atlantik, Cuba</p>
<p>So sind Tage</p>
<p>leichthin -</p>
<p>fallen die Gondeln</p>
<p>fallen wie jeder Schritt</p>
<p>Setzkästen mit getrockneten Faltern</p>
<p>eine Sammlung</p>
<p>die wie ein Schnalzen in der Dunkelheit verklingt.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
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<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-Vergessenes-Kinderbild.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-5920" alt="frank-berendt-vergessenes-kinderbild" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-Vergessenes-Kinderbild.png" width="653" height="658" /></a></p>
<p><em>Bilder: <a href="http://www.kunsthalle-sparkasse.de/kunstwerk/detail/berendt-frank-vergessenes-kinderbild-1-1996.html">Frank Berendt</a></em></p>
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		<item>
		<title>Agua condensada</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/agua-condensada/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/agua-condensada/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 30 Oct 2016 17:30:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Hamburgo]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.buenosairesreview.org/?p=5923</guid>
		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Anja Kampmann
Traducción de Belén Agustina Sánchez</p>
<p>&#160;</p>
<p>Ensayo sobre el mar</p>
<p>&#160;</p>
<p>Se debe tratar del horizonte el</p>
<p>entintado de la distancia las claras chispas</p>
<p>de las superficies de la luz y la extensión</p>
<p>de las luces como encabritan el mar</p>
<p>en su ancho pecho el lodo pútrido</p>
<p>de las fábricas de harina de pescado el mar de los románticos</p>
<p>fuegos en las playas de guijarros viajeros</p>
<p>que se pierden a sí mismos para siempre</p>
<p>en una lejana vista el mar en los puertos, las dársenas</p>
<p>las áreas de contenedores lamiendo el mar</p>
<p>debajo de grullas que hacia la noche</p>
<p>levan anclas a la nostalgia el mar de morenas</p>
<p>acechando tras una roca</p>
<p>el mar de la profundidad tras una imagen oculta</p>
<p>para los sueños del mar</p>
<p>que se desvanecieron en el mar sin fondo</p>
<p>las zanjas sobre todo un mosaico de copos</p>
<p>fluyendo espeso campo de mugre el mar</p>
<p>que está tan bien disimulado jadeando por aire dentro</p>
<p>de su ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/agua-condensada/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-5917" alt="frank-berendt" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-1024x690.png" width="1024" height="690" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Anja Kampmann</em><br />
<em>Traducción de Belén Agustina Sánchez</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ensayo sobre el mar</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se debe tratar del horizonte el</p>
<p>entintado de la distancia las claras chispas</p>
<p>de las superficies de la luz y la extensión</p>
<p>de las luces como encabritan el mar</p>
<p>en su ancho pecho el lodo pútrido</p>
<p>de las fábricas de harina de pescado el mar de los románticos</p>
<p>fuegos en las playas de guijarros viajeros</p>
<p>que se pierden a sí mismos para siempre</p>
<p>en una lejana vista el mar en los puertos, las dársenas</p>
<p>las áreas de contenedores lamiendo el mar</p>
<p>debajo de grullas que hacia la noche</p>
<p>levan anclas a la nostalgia el mar de morenas</p>
<p>acechando tras una roca</p>
<p>el mar de la profundidad tras una imagen oculta</p>
<p>para los sueños del mar</p>
<p>que se desvanecieron en el mar sin fondo</p>
<p>las zanjas sobre todo un mosaico de copos</p>
<p>fluyendo espeso campo de mugre el mar</p>
<p>que está tan bien disimulado jadeando por aire dentro</p>
<p>de su ancho pecho y a sí mismo</p>
<p>se pesca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p><strong>frontera</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>tenemos deshielo para las horas más claras</p>
<p>no conocimos ningún frío sólo las escaleras</p>
<p>llevaban alto y más alto en el árbol donde los frutos</p>
<p>cuelgan en grupos las hojas perfuman las ramas más finas</p>
<p>sólo un tanto te quedó de la vista el cansancio</p>
<p>en los huesos era la balanza para medir las horas</p>
<p>el sol yace en toda la cáscara roja</p>
<p>nosotros reunimos en la frontera sólo el hueco</p>
<p>balde lleno en el que la memoria vive su</p>
<p>suelo más rojizo al lado de los árboles como un clamor</p>
<p>mientras el sol finalmente se inclina.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>vos de kaliningrado</p>
<p>conservaste la sémola la olla por la mañana</p>
<p>en el internado los perros los salvajes con rotas</p>
<p>colas y finalmente un barco</p>
<p>que vino hacia vos distante y mucho más lejos</p>
<p>en el puerto las sombras de las gorras se rompieron</p>
<p>el paisaje se rompió tras los cuellos</p>
<p>las semanas abiertas entre guerra y marina</p>
<p>yacen millas sobre el mar y caminos tan estrechos</p>
<p>y papas tantísimas y tan sólo</p>
<p>el griterío de las gaviotas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ligeramente</p>
<p>es el verano</p>
<p>la distancia escribe</p>
<p>las letras de tu memoria</p>
<p>con un toque liviano</p>
<p>Mientras que una cierta noria</p>
<p>góndola tras góndola</p>
<p>en el aire levanta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así es también la noche</p>
<p>a saber el ascenso</p>
<p>de un lenguaje aproximado</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Agua condensada</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>y así son los días</p>
<p>a saber más como olvidar</p>
<p>la mirada desviada cuando</p>
<p>la tarde se empapa en tu ropa</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>las transiciones a más temprano</p>
<p>en las que te convertiste</p>
<p>más como. Irse sin rumbo en este viejo barco a vapor hacia el Atlántico, Cuba</p>
<p>así son los días</p>
<p>livianamente -</p>
<p>las góndolas caen</p>
<p>caen como si cada paso</p>
<p>tipeara letras con polillas secas</p>
<p>una colección</p>
<p>que como un chasquido se pierde en la oscuridad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">**</p>
<p style="text-align: center;">Leé esto en <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/10/kondenswasser/">alemán</a></p>
<p style="text-align: center;">**</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-Vergessenes-Kinderbild.png"><img class="aligncenter size-full wp-image-5920" alt="frank-berendt-vergessenes-kinderbild" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Frank-Berendt-Vergessenes-Kinderbild.png" width="653" height="658" /></a></p>
<p><em>Imágenes: cortesía de <a href="http://www.kunsthalle-sparkasse.de/kunstwerk/detail/berendt-frank-vergessenes-kinderbild-1-1996.html">Frank Berendt</a></em></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Islas</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/islas/</link>
		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/islas/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 18 Jul 2016 03:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[San Salvador @es]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.buenosairesreview.org/?p=5902</guid>
		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Gabriela Poma
traducción de María Agustina Pardini</p>
<p>Finalmente las pastillas para dormir dejaron de hacer efecto.</p>
<p>Abrió apenas el ojo izquierdo, y se acordó de respirar.</p>
<p align="center">Yo no entiendo nada de esto.</p>
<p>Desde su perspectiva, el mundo parecía estar dado vuelta. Todo era nuevo a su alrededor y de hecho nada le pertenecía, aun así tendría que familiarizarse.</p>
<p>Observó la habitación: un sillón reclinable junto a la ventana, el televisor aún encendido, un armario, dos lámparas, la ropa de cama, la espantosa alfombra verde, el empapelado jaspeado en plateado con siluetas de elegantes cañas de bambú.</p>
<p>Había hecho un inventario de todas las cosas que había en la habitación, repitiendo el orden una y otra vez. Luego notó que sus anillos estaban desparramados como dados en una de las mesas de noche. Todo estaba de la manera que lo había dejado la noche anterior.</p>
<p>Por ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/islas/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_6666.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5900" alt="IMG_6666" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/IMG_6666-1024x1024.jpg" width="1024" height="1024" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Gabriela Poma<br />
</em><em>traducción de María Agustina Pardini</em></p>
<p>Finalmente las pastillas para dormir dejaron de hacer efecto.</p>
<p>Abrió apenas el ojo izquierdo, y se acordó de respirar.</p>
<p align="center"><i>Yo no entiendo nada de esto.</i></p>
<p>Desde su perspectiva, el mundo parecía estar dado vuelta. Todo era nuevo a su alrededor y de hecho nada le pertenecía, aun así tendría que familiarizarse.</p>
<p>Observó la habitación: un sillón reclinable junto a la ventana, el televisor aún encendido, un armario, dos lámparas, la ropa de cama, la espantosa alfombra verde, el empapelado jaspeado en plateado con siluetas de elegantes cañas de bambú.</p>
<p>Había hecho un inventario de todas las cosas que había en la habitación, repitiendo el orden una y otra vez. Luego notó que sus anillos estaban desparramados como dados en una de las mesas de noche. Todo estaba de la manera que lo había dejado la noche anterior.</p>
<p>Por último, sus ojos se posaron en las partículas de polvo que lentamente caían de la cortina y se iluminaban con la luz del sol.</p>
<p>¿Cómo enfrentar el día, el primer día de una nueva vida?</p>
<p>Había puesto el bolso de fin de semana junto a la cama, tal como lo hacía en su casa. Adentro tenía un cambio de ropa, un chal, una botella de <i>Fidji</i>, algunos artículos de higiene personal, lo esencial. El bolso le recordaba al lugar que acababa de dejar, donde había estado a la espera de noticias sobre la libertad de su esposo, con el bolso, lista para partir en un cualquier instante, para llevarlo a un lugar seguro, para cuidarlo hasta que se recuperara, así la vida podría continuar de la manera en que estaba prevista.</p>
<p>Sin embargo, este era el primer día de una vida diferente  y estaba sola en un lugar extraño, Florida, con dos niños pequeños.</p>
<p>Recordó la última carta que su suegro había recibido de él, y que ella había memorizado. Era del 25 de enero.</p>
<p><i>Querido papá, </i></p>
<p align="center"><i>La letra me sale bastante mal porque tengo la mano dormida. Como deseo<br />
</i><i>que esta nota te llegue hoy la haré breve.  He recibido muy buen trato aunque ya<br />
</i><i>deseo estar en casa.  Espero que todas las negociaciones vayan viento en popa.<br />
</i><i>Abrazos cariñosos para todos y para Lucía y mis hijos mil besos</i>.</p>
<p style="text-align: right;"><i>Roberto</i></p>
<p>Se acordó de volver a respirar y se deshizo de las sabanas limpias y ajenas que la retenían. Decidió comenzar.</p>
<p>Seguían diciendo que había dejado una esposa y dos hijos: una niña y un niño, y… ¡ah! ¡Qué lástima! Tan joven y con un futuro tan prometedor. ¿Qué iba a ser de ellos ahora?</p>
<p>Pasarían sus vidas buscando a un referente.</p>
<p>La prensa había sacado aquella fotografía de la joven esposa con los niños que bajaba los escalones de la casa y se dirigía hacia un automóvil en marcha. Llevaba el pelo recogido con una colita y tenía puesto una camisa color azul marino con el cuello en punta, una falda de jean larga, tacones altos, los dedos de sus pies pintados, sin dormir, sin maquillaje, tan joven, aún bella, con la mirada hacia abajo.</p>
<p>Los niños también miraban hacia abajo, sus cabezas pesadas, el cabello castaño claro, pajoso, en estado de estupor, igual que su madre, con los ojos rasgados por el sol.</p>
<p>Todo en aquella fotografía apunta hacia abajo: los ojos, el cabello, las bocas, sus hombros, su silencio, sus corazones cerrándose de a poco, hasta quedar recluidos. Firmemente cerrados y como si se hubieran reducido, sellados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Déjenlos en paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Déjenlos en paz para siempre, pareciera decir la imagen.</p>
<p>La madre fumaba cigarrillos largos.</p>
<p>Se quedaba mirando a través de la pared de la cocina al estudio, al comedor, a su habitación, a las estanterías del pasillo, al baño que estaba cerca de la habitación de los niños; a través de la ventana miraba el jardín, a través de los arbustos de claveles veía la cerca, la piscina del vecino, la chimenea en el tejado y el vasto cielo abierto.</p>
<p>Se quedaba absorta en sus pensamientos, con sus grandes ojos tristes, en silencio, una pierna cruzaba la otra y daba patadas, movía el aire viciado de la cocina de su nuevo hogar, lejos del primer departamento donde habían aterrizado, la constante señal de impaciencia y miedo, su pie marcando el tiempo.</p>
<p>Aún así seguía esperando que algo cambiara, una llamada, el fin de todo esto, un poco de descanso, el permiso para volver a casa, para volver a la situación anterior, para que se realizara una reserva, un número ganador, la varita mágica.</p>
<p>¡Para que alguien se ocupara de esto!</p>
<p align="center"><i>¿Y quién soy ahora?</i></p>
<p>¿Era una viuda, una esposa? En su mente todavía estaba casada.</p>
<p>Los tres se sentaron alrededor de la mesa de madera del comedor, comían lentamente, de a bocados, decían fragmentos de oraciones, la niña solía permanecer callada, el niño engendraba una incipiente violencia.</p>
<p>El vapor emanaba de la pava, tal como lo hacía la niebla en Panchimalco, donde  los niños habían jugado y se habían buscado como parte de un juego, fingiendo que estaban perdidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para distraerse mientras esperaban noticias de su padre, habían dejado San Salvador e ido a La Libertad.</p>
<p>Durante la noche, el jardín junto al mar se llenaba de luciérnagas.</p>
<p>Los niños las perseguían, las agarraban con cuidado y las ponían en viejos frascos de vidrio con agujeros en las tapas de lata. Intentaban leer con la luz de las lámparas improvisadas y luego se contaban historias mientras la luz de los insectos moribundos comenzaba a disminuir.</p>
<p>El aire del océano era espeso con sal y hacía que les ardieran los ojos, la sal se les pegaba en las mejillas y los brazos. Los niños se dirigían a la piscina, pelaban la corteza de los árboles de jiote, similar al papel, y evitaban pisar cualquier hormiguero que pudiera estar inactivo.</p>
<p>Allí permanecían, juntos, después de haber llegado al lugar mejor iluminado del terreno, y se permitían brillar bajo la luna y las estrellas.</p>
<p>De pronto los sapos croaron y, como es debido, los niños temieron que el animal segregara su veneno lechoso.</p>
<p>El océano era extraño, lo que provocaba.</p>
<p>Estaban confundidos por tanto misterio, deseaban que llegara la mañana, cuando pensaban que lo habían vuelto a ver, cuando aparecía en los sectores de césped espinoso y en medio de una plaga de mariposas, o ¡allí! zambulléndose en la quietud de la piscina, o recostado en una hamaca mientras leía gruesos volúmenes.</p>
<p>La madre y los niños siempre se iban y lo esperaban en algún otro lugar.</p>
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<p style="text-align: right;">O al menos eso parecía.</p>
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<p>A visitar a sus familiares en Managua. A una granja por un par de días. A la casa de un amigo en Panchimalco durante el fin de semana, donde los niños jugaban en la espesa niebla que bajaba a los costados del volcán en</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>lentas</p>
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<p>y profundas</p>
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<p>respiraciones.</p>
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<p>Y luego un día se fueron definitivamente.</p>
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<p>La madre buscó ayuda para empacar todo lo que había en la casa que habían alquilado mientras su padre aún estaba vivo.</p>
<p>Regalaron al perro y enviaron al cuyuso al zoológico regional. Cerraron las puertas, vaciaron la piscina, corrieron las cortinas, se oyó el sonido del llavero, atornillaron los cerrojos, sacaron los libros de los estantes y los pusieron en cajas con etiquetas y distribuyeron la ropa de su padre entre varias organizaciones benéficas.</p>
<p>Se quedaron con algunas cosas y las guardaron en una habitación: las camisetas deportivas y los tacos de polo, las cartas de amor a su madre separadas con cuidado, atadas con moño y puestas de manera prolija en bolsas de plástico, fotografías, trofeos, cuadernos escolares con su primera caligrafía, sus zapatos, los restos arquitectónicos de la casa que habían planeado construir: una casa estilo rancho californiano con habitaciones para más niños y un gran claro.</p>
<p>La casa habría estado junto a la de su hermano, en una colina tranquila y poco iluminada desde donde durante la noche, se podrían observar las luces brillantes de la extensa ciudad.</p>
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<p>Cuando no permanecía tranquila, la niña escribía poesía. Inocentes haikus acerca de pájaros volando y globos aerostáticos sobre lejanas praderas.</p>
<p>Siempre acerca de despedidas.</p>
<p>Escribió un cuento sobre viajar en el tiempo que ganó el primer premio en la feria local.</p>
<p>¿Alguien se percató de esto?</p>
<p>¿Cómo podía ser que esta niña se sintiese tan joven y adulta a la vez?</p>
<p>¿Y cómo era que, cuando estaba tranquila, sentía que la totalidad de su corta vida la envolvía? El peso de su vida desgastaba sus pequeños huesos, la nostalgia que sentía era dolorosa, incluso su caja torácica sentía la insuficiencia respiratoria, como si estuviera separada del resto del cuerpo, como si tuviera vida propia.</p>
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<p>Mientras su padre todavía estaba vivo, todos los fines de semana se escapaban de la ciudad y conducían hacia el oeste por una angosta carretera que disminuía su tráfico a medida que se abría y acercaba a la costa.</p>
<p>El camino era llano, luego de repente ascendía, y se veía envuelto en colinas de color anaranjado que habían sido forjadas para crear estas carreteras: delgados y peligrosos corredores que atravesaban una combinación de árboles sin hojas y arbustos sin vida.</p>
<p>Finalmente, el altar del Cristo Negro hacia que el automóvil acelerara, pilas de rocas yacían al costado del camino que se acumulaban debido a los continuos derrumbes durante las épocas de lluvia, los niños se relajaban en sus asientos como si hubiesen terminado una vuelta en la montaña rusa.</p>
<p>Su padre silbaba cuando la estación de radio se desintonizaba y conducía con las rodillas, sin manos, mientras introducía un pedazo de goma de mascar en su boca, o se tocaba el pelo con la punta de los dedos, o le acariciaba la rodilla a ella. Conducía a través de la ciudad portuaria  de La Libertad y se detenía en una cooperativa donde ella compraba ostras frescas, una bolsa de mango verde pelado con jugo de lima y sal, billetes de lotería, flotadores, caramelos de miel y barriletes artesanales.</p>
<p>Atravesaban puentes de cemento, debajo de ellos fluía el rio donde varias mujeres lavaban la ropa. Cuando giraban la cabeza contra el reflejo del agua, sus cabellos largos, negros y brillantes parecían espejos dentro de espejos. Sus brazos se movían con rápidos movimientos sobre la irregular superficie de las rocas, el aroma a musgo, almizcle y tierra que se concentraba debajo del pavimento, revelaba un atractivo mundo que había sido develado para que los niños lo pudieran ver, siempre el mismo, confiable, debajo de los puentes.</p>
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<p>Primero vivieron en un edificio en el centro de Miami. Eran cuatro edificios, este era el <b>B</b>. Los otros eran <b>A</b>, <b>C</b> y <b>D</b>, cada letra correspondía al nombre de una isla. El edificio <b>B</b>, Barbados, se convirtió en su hogar provisional. Un pequeño descanso los calmaría y aliviaría el dolor mientras esperaban alguna señal para volver a casa.</p>
<p>Entretanto, los niños organizaban fiestas en una habitación en el vestíbulo del edificio, fiestas para adultos con bolsas de hielo y vasos de papel extra grandes, luces estroboscópicas y bailes lentos en la oscuridad. Se robaban dulces o pasta de guayaba del almacén de abajo y participaban en carreras en bicicleta por un sendero polvoriento cerca de la iglesia Luterana. Escribían malas palabras en las ventanas sucias de los automóviles estacionados con la suave punta de sus dedos y apretaban el botón de emergencia del ascensor para evitar que se escaparan. Hacían bromas telefónicas y pensaban en todas las formas posibles de escapar del edificio en caso de inundación o huracán.</p>
<p>Se hacían amigos.</p>
<p>A veces iban a la peluquería con su madre para cuidarla: un fortín, prohibido el paso, un círculo de fuego alrededor de ella y una legión de ángeles. El peluquero usaba patines y tenía un perro de pelo largo. Su madre se reía a carcajadas de los chistes que susurraba, las piernas cruzadas, marcaba el tiempo con anticipación, luego se desarmaba mientras su boca se abría ampliamente y su cabeza se inclinaba hacia atrás. A continuación, sus piernas se entrelazaban con un suspiro, terminaba de reírse mucho tiempo después de que el chiste se hubiese dicho. La madre sorprendía a los niños con sus gestos y su risa, tan abrupta e inusual. Sus ojos saltones miraban para aquí y para allá, con rápidos movimientos, agitados, se humedecían cuando fijaban la vista y se vaciaban cuando los cerraba. El agua fluía y drenaba. Los ventiladores prendidos y apagados les recordaban a las parpadeantes luces de navidad o a ¡Pare! Y ¡Arranque!, ¡Sí! y ¡No! El <i>drone</i> de la aspiradora resonaba a través del olor a cenizas de cigarrillo, cremas para café, revistas viejas, cabello cortado y teñido. A los niños les gustaba toda la actividad, el murmullo alrededor de ellos: rápido, bullicioso, abrumador.</p>
<p>Las mujeres se maravillaban ante el color del cabello de los niños: esos rizos dorados de la infancia. Pedían tintura de ese color, envidiaban el brillo, la engañosa juventud alrededor de sus caras que, dependiendo del ángulo, comenzaba a mostrar envejecimiento y señales que delataban tiempo pasado.</p>
<p>Los niños salían de la peluquería y se limpiaban la parte delantera de sus jardineros, satisfechos de haber cumplido con la obligación de cuidar a su madre, intentaban eliminar cualquier rastro de los extraños deseos que el lugar les había provocado y que habían dejado su huella sobre su ropa infantil.</p>
<p>Durante la noche, en el departamento los niños rezaban juntos, mientras miraban a través de la puerta de vidrio corrediza, a la estrella más brillante, hacían de cuenta que era su padre. No era sólo la más brillante sino también la más cercana.</p>
<p>Compartían una habitación y la puerta corrediza daba a un balcón con vista a la Bahía Biscayne, donde miraban los aviones que despegaban o aterrizaban. A la noche, los aviones parecían estrellas fugaces que rastreaban una línea invisible en el cielo. De día, los aviones parecían pulverizarse, disolverse en el algodón blanco de su despertar, contrario a la cartulina azul de la media mañana o al apagado gris de algunas tardes.</p>
<p>Había una determinada hora del día en la que a los niños no les importaba nada, porque les recordaba al momento en que habían subido al avión, tan apurados.</p>
<p>Por lo general, los niños estaban en la escuela cuando llegaba esa hora y si no estaban intentaban dormirse, incapaces de resistir la oscilación interna que los hacía estremecerse. Los dedos de la niña se entrelazaban mientras rotaba las manos, juntas, como si las estuviera lavando.</p>
<p>Llegaba la última hora de la tarde, luego el atardecer, luego la noche. Y los niños se alegraban.</p>
<p>Rezaban juntos antes de irse a dormir. Se preparaban, buscaban consuelo el uno en el otro, en los versos que intercambiaban, en el ¡Amén! colectivo, luego la señal de reverencia. Desataban las sabanas enganchadas debajo del colchón, revisaban el armario que compartían, miraban debajo de la cama. Antes de apagar la luz, se aseguraban de que todas las puertas estuvieran cerradas, la que daba a la habitación y la que daba al balcón, y así enmarcaban un gran cielo lleno de estrellas y aviones.</p>
<p>El niño solía despertarse en medio de la noche, sin poder volver a dormirse a menos que la niña lo sostuviera y acunara; incluso si ella no dormía lo suficiente o si a la mañana siguiente le costara despertarse.</p>
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<p>La madre se estaba preparando para una reunión con amigos en el departamento.</p>
<p>Se paró frente al tocador con superficie de mármol del baño principal y puso el estuche de los maquillajes enfrente de ella, el de plástico con ramitos de flores moradas y fondo blanco. El tocador tenía un espejo que cubría toda la pared y el espejo tenía una línea recta de grandes y redondas bombitas de luz opaca en el borde superior, como el camarín de una bailarina. Debajo de las luces y del espejo había dos lavabos, uno de ellos no se usaba nunca y a veces juntaba una delgada capa de polvo traslucido.</p>
<p>La madre sacó los pinceles y se pintó los ojos. Tenía puesto pantalones de jean hechos a medida, una camisa estilo safari con cuello rígido y zapatos de tacón con hebilla de carey en las puntas. Lentamente giró el gancho del collar hasta que estuviera bien sujeto, humedeció el cuello y los brazos con <i>Fidji,</i> se peinó su ondulada y dorada cabellera con un pequeño cepillo, pasó el dedo índice a lo largo de una de sus gruesas cejas, luego la otra,  se alejó dos pasos del espejo para verse por última vez, frunció los labios para realzar las mejillas y caminó hacia la sala: los listones de madera laqueados, la escultura del caballo de su padre junto a un frondoso helecho y un<i> bowl </i>de plata lleno de nueces. En la otra esquina de la habitación, un estante exponía la figura de una gallina de oro y una caja de cigarros; desde la percepción óptica creaba un balance.</p>
<p>Ponía botellas y vasos de manera metódica sobre un carro bar, junto con servilletas de lino azul bordadas con elefantes; ceniceros en miniatura, cubetas de hielo, rodajas de lima. Luego sus dedos rastrearon los discos que guardaba en una funda de acrílico; agarraba uno, lo ponía se movía al compás de la música, una muñeca contra la otra, lista para aplaudir, los ojos cerrados, los labios diciendo: “I love the night life, I’ve got to boogie…” <i></i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Gabriela Poma</em></p>
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		<title>La World Wide Widener</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2016 15:39:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Cambridge @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;"> Patricia Marechal
 Traducción de Eugenia Santana Goitia</p>
<p>La historia de la Biblioteca Widener comienza con una tragedia. Widener no es sólo un lugar de estudio y una de las reservas de libros y periódicos más grandes del mundo; también es un homenaje. El acto de devoción de una madre que perdió a su hijo en el naufragio del Titanic; un verdadero Trauerarbeit. Harry Elkins Widener, de la promoción de 1907 de Harvard, era un amante de los libros y un coleccionista. Después de su muerte, su madre decidió donar su envidiable colección, junto con una suma considerable de dinero, para construir la que hoy es una de las bibliotecas más impresionantes de Harvard. Widener es, al mismo tiempo, el centro geográfico y simbólico de Harvard, y el edificio que todos los turistas quieren ver. Es imposible subir los ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2016/07/la-world-wide-widener/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0429.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5883" alt="DSC_0429" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0429-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em> Patricia Marechal</em><br />
<em> Traducción de Eugenia Santana Goitia</em></p>
<p>La historia de la Biblioteca Widener comienza con una tragedia. Widener no es sólo un lugar de estudio y una de las reservas de libros y periódicos más grandes del mundo; también es un homenaje. El acto de devoción de una madre que perdió a su hijo en el naufragio del Titanic; un verdadero <i>Trauerarbeit</i>. Harry Elkins Widener, de la promoción de 1907 de Harvard, era un amante de los libros y un coleccionista. Después de su muerte, su madre decidió donar su envidiable colección, junto con una suma considerable de dinero, para construir la que hoy es una de las bibliotecas más impresionantes de Harvard. Widener es, al mismo tiempo, el centro geográfico y simbólico de Harvard, y el edificio que todos los turistas quieren ver. Es imposible subir los treinta peldaños de su ancha escalera principal sin verse obligado a esquivar a un guía turístico inmerso en la narración de la tragedia de la familia Widener. Es difícil culpar a los estudiantes sobreexcitados que ofician de guías amateur por su entusiasmo; porque ¿cómo no caer en la tentación de mencionar la historia del nacimiento de la biblioteca? Es, simplemente, demasiado buena para ser cierta. Un aura de heroísmo personal o locura envuelve al edificio: la leyenda cuenta que Harry Widener estaba a punto de subirse a un bote salvavidas cuando recordó que se había olvidado una edición rara de los <i>Ensayos</i> de Bacon, adquirida en sus viajes por el Viejo Continente. Así que volvió a buscarla, y perdió el bote y la vida en el intento. En otras palabras, los libros mataron a Harry.</p>
<p>Tan impresionante como el mismo Titanic, Widener emerge del corazón del llamado “Patio Nuevo”, un área adyacente al antiguo campus universitario en el que se sitúan los primeros edificios de Harvard College, que datan de 1636. ¿Es la Biblioteca Widener el edificio más emblemático del rojizo campus de Nueva Inglaterra? Quizás en sus mejores días. Cuando llegué, la primera construcción que llamó mi atención fue la Iglesia Memorial, que está justo en frente de la Biblioteca Widener. “Acá las universidades tienen iglesias”, me preocupé. Mis preocupaciones sólo aumentaron cuando me di cuenta de que mientras que las puertas de la Iglesia Memorial están abiertas al público, acceder a la Biblioteca Widener no es tan fácil. De hecho, entrar es casi tan difícil como que un camello pase por el ojo de una aguja. Para acceder a Widener, hay que atravesar un portón custodiado empuñando un carnet de identificación de Harvard que pocos poseen. A los estudiantes de Harvard les gusta comparar el acceso restringido a su biblioteca con la política democrática “todos bienvenidos” de su primo oriundo de Cambridge, el MIT. Pero esto es sólo la punta del iceberg que sirve para para ilustrar y sintetizar el estilo de vida harvardiano.</p>
<p>Si sos uno de los elegidos, una vez que entrás a Widener su estilo imperial te saluda. Inmediatamente, te encontrás en una sala panóptica donde tenés que elegir tu propia aventura: publicaciones periódicas a la derecha, estanterías a tu izquierda, y, en frente tuyo, unas majestuosas escaleras de mármol que conducen a un cuarto especial con una Biblia de Gutenberg y el Primer Folio de Shakespeare. Como el Titanic, Widener tiene varios pisos. En la superficie, reina el esplendor y la elegancia de las salas de lectura y exhibición. Dos murales de la Primera Guerra Mundial de John Singer Sargent se despliegan a los costados de la sala de exhibición principal. Debajo de uno, está grabada la leyenda: “Felices los que con reluciente fe en un abrazo estrecharon la Muerte y la Victoria”. Debajo del otro, “Atravesaron el mar, cruzados ansiosos por ayudar. Las naciones combatiendo por una causa justa”. En los dos, un águila americana extiende sus alas. Como estudiante, el vínculo entre la victoria y la muerte parece un prospecto espeluznante. Todavía más desalentadora es la sospecha de que tu tesis está muy lejos de merecer la etiqueta de “causa justa”. En definitiva, el águila me habla más del sufrimiento de Prometeo que de la gloria.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0440.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5887" alt="DSC_0440" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0440-682x1024.jpg" width="682" height="1024" /></a></p>
<p>El otro piso está bajo tierra. Desconocida para los que la ven desde afuera, hay una Widener subterránea: un laberinto de túneles donde está guardada la mayor parte de la colección de libros. Para buscar un volumen, los estudiantes tienen que descender a las profundidades y traspasar pasillos estrechos iluminados por tenues luces artificiales, impregnados del olor rancio del moho y de los lugares encerrados, atravesados por caños oxidados que gotean. El inframundo de las arterias de Widener alberga pilas de libros en estantes plegables de metal que, para ganar espacio, se abren y cierran como acordeones. El apretar de un botón revela cientos de libros polvorientos, bañados por la luz exigua que ofrecen las lámparas que cuelgan del techo. A veces siento que estoy en una especie de archivo de la policía secreta de un <i>film noir</i> de la década de 1940. Cuando las estanterías exhiben sus frutos, uno se regocija en el hallazgo de un ejemplar de Anacreonte del siglo XVIII, o de una edición bilingüe de Petrarca. Una vez que uno encuentra la publicación codiciada, está listo para emerger, tesoro en mano, al paraíso soleado y luminoso de las salas de lectura. El regreso del Hades <i>nerd</i> reconforta y cura la claustrofobia momentánea: los estudiantes pueden volver a respirar aire limpio y aristocrático.</p>
<p>Pero las salas de la lectura no son siempre un paraíso redescubierto para los que concurren con asiduidad a la Biblioteca Widener. Para la mayoría de sus moradores, el sentimiento es propio del Purgatorio. Los doctorandos pueblan las salas amplias, iluminadas por lámparas de pantallas de cristal grabado en verde oscuro o dorado. Se huele la ansiedad de las tesis. Escritos sin terminar que nunca terminan de ser satisfactorios, pilas de libros reservados que se multiplican como el pan y los peces pero no ofrecen sustento, manos frenéticas que pasan páginas en vano. Las miradas de apoyo entre los estudiantes se mezclan con miradas de envidia a los que lucen concentrados. Los estudiantes se agrupan de acuerdo a departamentos, y ocupan áreas específicas de las salas de lectura. En la sala Phillips se juntan los del Departamento de Lenguas Romances. De vez en cuando, alguien le susurra a un colega si no quiere ir a hacer una pausa de café–ya no hay pausa de cigarrillos; recientemente, la universidad aprobó una prohibición del tabaco.</p>
<p>Toma un tiempo darse cuenta de que existe un tercer piso (tal vez, finalmente, el paraíso) donde están las bibliotecas privadas. Bibliotecas como muñecas rusas. Las bibliotecas más pequeñas de Widener pertenecen a la Facultad de Artes y Ciencias, FAS por sus siglas en inglés, y son todavía más seguras y demandan incluso más permisos especiales para acceder. Ningún carnet de Harvard puede abrir sus puertas. Uno sólo puede preguntarse qué sueños de bibliógrafo yacen ahí adentro; con las ventanas ocluidas por cortinas caqui de los años 50. Caminar por los angostos corredores de techos altos donde se ubican las bibliotecas de los Departamentos de la FAS es como hacer un viaje al pasado de Widener: la Biblioteca del Seminario Celta, la Biblioteca de Historia de la Ciencia, la Biblioteca de Paleografía, la Biblioteca de Sánscrito, están flanqueadas por antiguos ficheros. La primera vez que caminé por esos corredores, me fue imposible no sonreír y estremecerme cuando les di una ojeada a las primeras y a las últimas fichas guardadas en cada archivador: “Moscú ~ Norte”, “Pesquerías ~ Francia”, “Varsovia ~ Mundo” “Bhagavadgita ~ Empresarias”, “Argentina ~ Bhagavadgita”, “A.A.A ~ Argentina”.</p>
<p>Recientemente, descubrí una Sala de Poesía. Por desgracia, no puedo entrar.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0442.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5884" alt="DSC_0442" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/DSC_0442-1024x682.jpg" width="1024" height="682" /></a></p>
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