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	<title>the Buenos Aires Review &#187; Montevideo</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>Andrea Durlacher</title>
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		<comments>http://www.buenosairesreview.org/es/2017/10/andrea-durlacher/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 29 Oct 2017 16:05:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Montevideo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Andrea Durlacher</p>
<p>De eso nadie se arrepiente.</p>
<p>Me llegan ritos amenazadores en avalancha</p>
<p>y buenas costumbres.</p>
<p>&#160;</p>
<p>La llegada espanta el ocio de cualquier tarde.</p>
<p>Cierra las puertas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Nos arroja vencidos a la luz de la luna.</p>
<p>A su vez</p>
<p>saca cuentas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Espero que la luna</p>
<p>no nos acerque a tiempos violentos.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Nunca fui violenta</p>
<p>y no me pongo violenta ahora.</p>
<p>&#160;</p>
<p>A vos te quiero sin luna</p>
<p>en el pecado de tu propia valentía.</p>
<p>&#160;</p>
<p>*</p>
<p>&#160;</p>
<p>Se hunden las letras de cada sílaba</p>
<p>en mi cuarto reviven monstruos de una palabra.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Pájaros aislados</p>
<p>en jaulas dispersas.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Me quedo.</p>
<p>Me miro los pensamientos.</p>
<p>&#160;</p>
<p>Imagen: Eloisa Ballivian</p>
]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Eloisa_Ballivian_17.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-6025" alt="Eloisa_Ballivian_17" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Eloisa_Ballivian_17.jpg" width="700" height="488" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Andrea Durlacher</em></p>
<p>De eso nadie se arrepiente.</p>
<p>Me llegan ritos amenazadores en avalancha</p>
<p>y buenas costumbres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La llegada espanta el ocio de cualquier tarde.</p>
<p>Cierra las puertas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nos arroja vencidos a la luz de la luna.</p>
<p>A su vez</p>
<p>saca cuentas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Espero que la luna</p>
<p>no nos acerque a tiempos violentos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nunca fui violenta</p>
<p>y no me pongo violenta ahora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A vos te quiero sin luna</p>
<p>en el pecado de tu propia valentía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se hunden las letras de cada sílaba</p>
<p>en mi cuarto reviven monstruos de una palabra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pájaros aislados</p>
<p>en jaulas dispersas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me quedo.</p>
<p>Me miro los pensamientos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: Eloisa Ballivian</em></p>
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		<title>Árboles en la noche</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2014/12/arboles-en-la-noche/</link>
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		<pubDate>Wed, 31 Dec 2014 21:03:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Martín Felipe Castagnet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Montevideo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;">
Ramiro Sanchiz</p>
<p>&#160;</p>
<p>En las afueras de Punta de Piedra hay un bar bastante lejos de la última línea de casas. Desde la llanura descuidada se levanta un cubo, ante todo, de concreto gris con ventanas pequeñas y un predio para estacionar automóviles; de hecho, para simular un poco el efecto que me provocó siempre contemplarlo, con las casitas de Punta de Piedra a lo lejos y la llanura reducida a un paisaje del universo dentro de miles de millones de años, debería apelar a una imagen simple, tosca e improbable: un edificio art nouveau en un planeta remoto y deshabitado.</p>
<p>Mi abuelo solía darse una vuelta por allí los viernes a la noche, pero no se me permitía acompañarlo. Así que un día de febrero de 1990 mi amigo Marcos y yo tomamos nuestras bicicletas y partimos hacia el norte, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/12/arboles-en-la-noche/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/caro-maranguello-ARG.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5442" alt="caro maranguello (ARG)" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/caro-maranguello-ARG.jpg" width="2048" height="1570" /></a><br />
<em>Ramiro Sanchiz</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En las afueras de Punta de Piedra hay un bar bastante lejos de la última línea de casas. Desde la llanura descuidada se levanta un cubo, ante todo, de concreto gris con ventanas pequeñas y un predio para estacionar automóviles; de hecho, para simular un poco el efecto que me provocó siempre contemplarlo, con las casitas de Punta de Piedra a lo lejos y la llanura reducida a un paisaje del universo dentro de miles de millones de años, debería apelar a una imagen simple, tosca e improbable: un edificio art nouveau en un planeta remoto y deshabitado.</p>
<p>Mi abuelo solía darse una vuelta por allí los viernes a la noche, pero no se me permitía acompañarlo. Así que un día de febrero de 1990 mi amigo Marcos y yo tomamos nuestras bicicletas y partimos hacia el norte, hacia el bar. Eran más o menos las cinco de la tarde cuando llegamos; lo encontramos cerrado y recuerdo que hacía un poco de frío, el cielo estaba cubierto y se había levantado viento. Nos paramos ante la puerta, desilusionados. Estaba cubierta de adhesivos de mundiales de fútbol a los que no presté atención –Marcos, en cambio, los examinó con cara de asombro; eran tantos, además, que casi no dejaban ver hacia adentro. En cualquier caso, el interior del bar estaba a oscuras. No había mucho más que hacer.</p>
<p>De inmediato entendimos que si seguíamos el camino de tierra que nos había llevado al bar terminaríamos en la ruta, y que si la cruzábamos (algo impensable hasta ese momento) podríamos explorar la gran región que en nuestro mapa de fantasía llamábamos las Marismas –porque siempre que la mirábamos desde la ventana del auto de mis abuelos o de los padres de Marcos, en algún viaje a Castillos o al Chuy, nos parecía un panorama propio del delta del Nilo. Después de encontrar el bar cerrado era imposible no ceder ante la tentación de aquel paisaje más o menos imaginario, de juncos altísimos, atardeceres de pantano y árboles de troncos múltiples que más que árboles parecían los cuerpos de grandes bestias antediluvianas desfigurados por el tiempo. Iba a ser la primera vez que pudiéramos ver aquel paisaje sin la mediación de una ventanilla: nosotros solos, en el otoño anticipado de aquella tarde de febrero.</p>
<p>Pedaleamos hasta la ruta y más allá, donde no había caminos ni alambrados, y pronto nos encontramos ante una especie de bosquecillo; habría sido imposible dar vuelta atrás en ese momento (pese a que eran casi las seis y si demorábamos un poco más en regresar a nuestras casas estaríamos en problemas), así que dejamos las bicicletas y nos adentramos a pie. Al rato llegamos a una laguna no muy grande, un estanque de agua verde e inmóvil.</p>
<p>Rodeándola, a modo de mediación entre ella y el monte, había un cinturón de arena que nos pareció fría y húmeda, llena de insectos y gusanos diminutos. Sobre la arena, a pocos metros de dónde estábamos, vimos una cosa que debía ser el conjunto de los restos de un animal en avanzado estado de descomposición. Marcos se acercó de inmediato. Yo arranqué una rama del monte y lo seguí.</p>
<p>No era fácil darse cuenta de a qué animal pertenecían aquellas formas. Había, por ejemplo, partes comparables a las secciones de una columna vertebral, curva y con espinas, pero no podían verse indicios de patas, costillas o cráneo. Marcos dijo que debía tratarse de un carpincho muy grande y un poco deforme, y que la falta de algunos de los huesos se debía a la acción de comedores de carroña. Podía ser, pero yo seguía asombrado por las formas de la criatura. Para empezar, ya más de cerca, la textura del cuerpo no hacía pensar en la descomposición ni sentíamos tampoco olor a muerto; lo toqué con la rama y me pareció que aquella piel (o lo que fuese) era rígida y que tenía la dureza del cristal. Es un tronco, dije, a lo mejor estuvo mucho tiempo en el agua y quedó con esta forma. Marcos había conseguido otra rama y, entre los dos, empujamos como para hacerla girar. No se movió siquiera un milímetro: aquello parecía pesar toneladas o estar clavado al planeta, como un afloramiento de roca… cosa que podía ser, por supuesto, pero nos resultaba imposible no reconocer algo orgánico allí, una textura, un patrón de organización que, de cerca, parecía remedar nervaduras, capilares o nervios. Marcos retrocedió unos pasos y me llamó: había visto algo diferente desde su nueva perspectiva, y me lo señaló. Era una forma similar a un brazo, que terminaba en lo que parecía la pata de un ave o un dinosaurio, con dedos y uñas. Eso, al menos, fue lo que vi yo, porque él decía haber dado con el cráneo de la criatura. Giré en torno al cuerpo y busqué lo que originalmente había tomado por una columna vertebral: no pude encontrarlo. Aquello parecía ahora un animal con simetría radial, del tipo que yo –por mis lecturas de la vieja enciclopedia de historia natural de mi tío Hilario– entendía como una forma de vida esencialmente primitiva, y ajena por completo a los caminos que había tomado después la evolución sobre la Tierra.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5443" alt="Bosque 1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-1.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Ahora, al rememorar esa sensación de asco, viene también a mi memoria una suerte de asombro y terror que siempre han inspirado en mí los árboles en la noche. A toda hora puedo, por supuesto, mirarlos sin mirar, o apreciar, a un nivel superficial de percepción, sus colores, la distribución de las ramas, las formas de las hojas, las pautas de la corteza en sus troncos o la presencia o ausencia de flores, piñas y frutos, pero si me esfuerzo en cierta dirección llego a un estado en el que un árbol –tan ajeno a cualquier patrón morfológico reiterado a lo largo del reino animal– se revela como una criatura fuera de este mundo, un alienígena. Y accedo con gran facilidad a esa sensación por la noche, cuando los árboles parecen arrancados de su hábitat natural, que es la luz, y permanecen en el espacio de la ciudad (un baldío, especialmente, o también alguna de las grandes casonas del barrio del Prado, o incluso un parque o una cuadra de arboleda densa) como intrusos, como fantasmas o sombras de otra realidad. En esas ocasiones siento, ante la extraña y en apariencia caótica ramificación y proliferación de hojas que parece seguir las fisuras y rugosidades del espacio, invisibles para los animales, que estoy ante una criatura esencialmente incomprensible, dotada de una forma de consciencia a la que jamás podré acceder. Su obvia cualidad de máquinas solares, de artefactos de una tecnología pretérita y olvidada, y a la vez su no menos obvia cualidad viviente se configuran en un todo más extraño que cualquier animal, en los que los movimientos y las articulaciones, la vida móvil en busca del sustento, resultan mucho más familiares y comprensibles. Recuerdo, por ejemplo, detenerme ante las grandes formas (como helechos atrapados en el interior de un libro grande y pesado) de los árboles aplastados por varios reflectores de luz verde en un salón de fiestas, probablemente hacia 1993; y recuerdo también una noche en que me armé de valor y trepé a una gran higuera, en el fondo de la casa de un amigo, y traté de pensar, como si de lograrlo pudiera disipar para siempre el miedo, que me fundía con el árbol y sus ramas y su tronco se convertían en prolongaciones de mi cuerpo.</p>
<p>Pero aquella criatura muerta frente a la laguna no era el tronco de un árbol. Pronto fue evidente que su forma mutaba según desde dónde la contemplásemos y que incluso la visión que habíamos alcanzado desde un punto en particular variaba dramáticamente si pasábamos a otra perspectiva y después de un rato regresábamos a la posición original. Así, lo que al principio había parecido una columna vertebral pronto fue uno de los ejes fosilizados de aquella concebible simetría radiada, pero luego también un apéndice, un tentáculo, una suerte de arco ojival, como en una catedral gótica o el techo de un Volkwswagen escarabajo. No recuerdo, entonces, si fui yo o Marcos el que sugirió –recuerdo sí que ya estaba haciéndose de noche– que debía tratarse de un extraterrestre.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5444" alt="Bosque 2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-2.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Lo más probable es que la idea del alienígena se nos ocurriese gracias al recuerdo de alguna película. Si bien en el cine los extraterrestres eran esencialmente antropomórficos –y no sólo en el sentido más inmediato de la conformación de sus cuerpos–, estaba el ejemplo de Alien, donde la criatura sin ojos se comportaba de una manera que hacía difícil concluir si era inteligente, y también Solaris, que habíamos visto sin entender gran cosa, excepto que todo aquel océano, como una ameba gigante, era un ser extraterrestre. Es cierto que ahora no puedo fijar con precisión cuándo vi cualquiera de esas películas; de Alien sí sé que fue en el ciclo de terror que el canal 4 de Montevideo emitía los viernes a partir de las 22 horas, pero el caso de Solaris es más dudoso, ya que mis primeros recuerdos sólidos de la película o del libro datan del 94 o el 95, cuando me uní al grupo de escritores de ciencia ficción liderado por Emilio Scarone –aunque a la vez siento que al comentarla en esas épocas yo afirmaba haberla visto antes. En cualquier caso, Marcos y yo sí habíamos visto Cosmos, donde Carl Sagan sostenía, en uno de los episodios, que los extraterrestres, de existir, debían ser sumamente diferentes a las formas animales o vegetales que veíamos en la Tierra. Esa idea debió ser la que nos llevó a concluir que aquello era un alien. ¿De qué otra cosa podía tratarse? No era un cadáver: lo dejaba claro la falta de señales de descomposición; tampoco un tronco; quizá era algo artificial, una escultura por ejemplo, pero aceptando esa hipótesis se volvía muy difícil justificar los dramáticos cambios de forma (o incluso de estructura) según el punto de vista.</p>
<p>Si tuviera que intentar explicarlo en este momento diría que, tratándose de una forma de vida alienígena, probablemente su estructura fuese tan ajena a los conceptos y percepciones posibles para la mente humana (formada, además, por siglos y siglos de cultura) que, de alguna manera, no nos resultaba del todo visible, o que la única manera que teníamos de percibirla era cediendo el mando a la imaginación, que reconstruía profusa e instantáneamente aquellas formas imposibles para evitarnos la contemplación del vacío, de lo que sería de otro modo un hueco imposible en la realidad.<br />
En cualquier caso, sin llegar entonces a esa conclusión, Marcos y yo nos convencimos de que estábamos ante un extraterrestre muerto. Quizá su nave se había estrellado días atrás y la criatura logró moverse hacia el monte y aquel estanque o laguna, para morir por alguna influencia de las aguas, los microorganismos o quién sabe qué detalle bioquímico. También pudo haber permanecido siglos allí, bajo el agua, y en su lento proceso de secado o reducción la laguna la había dejado finalmente descubierta sobre la arena. Para que nosotros la encontrásemos.</p>
<p>Nuestra primera decisión fue no avisar a nadie; pensamos que cualquier intrusión iba irremediablemente a apartarnos de aquella criatura; imaginábamos que llegarían de inmediato equipos científicos que cercarían la zona y nos volverían imposible acercarnos de nuevo. El secreto, entonces, era fundamental: ante los padres de Marcos y mis abuelos debíamos actuar como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos hecho otra cosa que dar una larga vuelta en bicicleta por los límites de Punta de Piedra.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5445" alt="Bosque 3" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-3.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
No recuerdo ahora cuánto tiempo permanecimos ante la cosa, pero pronto oscureció y entendimos que debíamos regresar; la contemplación había tenido los efectos de una sesión de hipnosis, como si nos hubiese desdibujado el mundo que nos rodeaba, los árboles, la laguna, el paisaje de aquella región al norte de Punta de Piedra, una suerte de blanqueado de nuestra percepción o anulación de cualquier cosa que pudiese elaborar nuestra mente.</p>
<p>Fue sólo mucho después que imaginé ciudades enteras que se levantaban con esas formas y texturas, ese color negruzco sobre el que a veces se deslizaban reflejos verdosos o azulados, esa rugosidad intrincada e infinita, esos patrones de ramificación y proliferación que nos obligaban a recorrerlos como se recorre un fractal, cada segundo del acto de percepción también subdividido (y ramificado) en innumerables espacios de tiempo en los que no podíamos sino perdernos.</p>
<p>A la vez, habíamos entendido que aquel había sido el momento más importante de nuestras vidas, que la larga búsqueda de algo nuevo en el mundo nunca podría llevar a nada diferente a lo que habíamos encontrado ya que todo el resto, desde los templos de Angkor Vat hasta las iglesias subterráneas en Etiopía, desde el más avanzado caza de guerra o las estaciones orbitales que imaginábamos para el futuro cercano, desde la computadora más poderosa hasta el mayor acelerador de partículas, jamás podría ser algo realmente diferente, libre de las pautas de lo humano, de lo que nos constituía. Y la criatura era todo lo contrario. Las máquinas, las grandes obras de arte, las maravillas arquitectónicas, incluso las bellezas de la naturaleza, todo eso estaba adentro, estaba en nosotros, era parte lo que nos hacía humanos, el mobiliario o las paredes de nuestra mente; el extraterrestre, en cambio, era el verdadero afuera; por debajo de la danza de formas intrincadas y cambiantes había algo que nos ponía en contacto con lo incomprensible, algo que vaciaba o destruía nuestra mente y volvía a construirla, de a poco, de acuerdo a otros principios. Nos sentíamos como dos viajeros inmortales que han recorrido miles de veces el mundo y las épocas y, cuando todo parecía perdido y nada lograba arrancarlos del hastío más terrible y desolado, llegaban a encontrarse cara a cara con la maravilla, para, al contacto con ella, perder capas y capas de cansancio y de mundo y convertirse en dos niños de once años, más libres para fundirse con lo nuevo, para asimilarlo, para hacerlo circular, ahora sí, hacia el adentro, cambiándolo para siempre.<br />
Entonces nos miramos, asombrados, como flotando todavía en el lento despertar de un sueño profundo, y, sin pensarlo, me arrodillé en la arena y toqué a la criatura.</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-4.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5446" alt="Bosque 4" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Bosque-4.jpg" width="1280" height="960" /></a><br />
Cuando regresamos, después del inevitable regaño, cené con mis abuelos mirando la televisión; no recuerdo nada más de esa noche y, si intento representarme sentado a la mesa, sólo puedo imaginar mi mirada perdida, mi expresión absorta mientras mis abuelos conversan y comentan el programa al aire o los hechos del día; me acosté temprano y apenas pude leer unas pocas líneas del libro que me ocupaba en ese momento. Instantes después ya dormía y soñaba: estaba, ahora sí, recorriendo esa ciudad deslumbrante que podía ser tanto el lugar que habitaban criaturas de la especie de la que habíamos encontrado como, en sí misma, un único ser viviente. En el sueño me preguntaba si estaba yo dentro de la criatura o si aquello que habíamos encontrado con Marcos era un fragmento de una forma de vida alienígena o del vehículo que la había traído a nuestro planeta. En mis recuerdos, además, el sueño ocupa toda la noche y, a la vez, se limita a unos pocos minutos, durante los que camino por esas extrañas avenidas pensando en la criatura. Cuando desperté mi abuela sostenía un paño frío y húmedo sobre mi frente. No estaba en mi cama del garaje sino en la de mis abuelos, recostado entre almohadones. Intenté hablar pero no pude sino susurrar lo que sentí como un lamento vergonzoso. Mi abuela me pidió que guardara silencio; jamás la había visto tan preocupada, por lo que, supongo, aquella noche debí haber delirado por la fiebre. Al poco tiempo llegó un médico de la policlínica que había en el barrio viejo; habló con mis abuelos durante un largo rato pero no pude entender una sola palabra. Debí quedarme dormido una vez más, porque mi siguiente recuerdo es volver a ver a mi abuela a un lado de la cama, esta vez bajo la luz del atardecer. En ese momento pude hablar un poco más, y le pregunté qué me estaba pasando: Contestó que todavía tenía algo de fiebre y necesitaba descansar. Y me contó que había permanecido inconsciente por casi cuatro días y que recién esa mañana había logrado despertar; me habían llevado a Castillos, donde fui examinado sin que los médicos lograsen llegar a mayores conclusiones que el proverbial virus. La recomendación, como era imaginable, fue bajar la fiebre y esperar.<br />
No sé exactamente cuántos días pasé en la cama. A la que sentí como la mañana siguiente al primer despertar recordé la laguna y la criatura, pero también me sentía seguro de haber estado allí varias veces, en distintos momentos del día, a veces con Marcos y a veces solo. Recordaba también haber acampado ante la cosa más de una noche, lo cual era imposible, ya que no había manera de que mis abuelos me permitiesen algo así (ni yo querría hacerlo, al menos en circunstancias normales). Pero ahí estaba, sin embargo, en mis recuerdos: me veía sentado ante la laguna mirando tanto al alien como al cielo, no las estrellas sino el cielo, completamente negro, y era como si hubiera algo que indagar, un detalle que estaba perdiéndome y que debía buscar como si armase un rompecabezas sobre una mesa muy grande y tuviese a mi lado un pequeño modelo a escala muy reducida de la imagen y la mirase insistentemente para detectar los patrones que se me escapaban en el caos de todas aquellas piezas.</p>
<p>También recordé que, en las últimas ocasiones en que la visitamos, la criatura mostraba evidentes señales de deterioro. Los cambios de forma según la perspectiva no se daban de la misma manera que en las primeras oportunidades y había estructuras que parecían estancarse y durar hasta el día siguiente, a la vez que grandes porciones del cuerpo desaparecían con señales de haber sido arrancadas o mordidas por animales. Marcos dijo que si buscábamos en el monte quizá encontraríamos los pedazos que faltaban, y a mí se me ocurrió que aquello seguramente iba a tener consecuencias, como si de alguna manera esa extrañeza de la cosa extraterrestre pudiese fundirse con los árboles y el paisaje, como una mancha de tinta que se extiende por los capilares del mapa y alcanza también a Punta de Piedra y de ahí a toda la costa y a Montevideo y quizá al resto del mundo.</p>
<p>Esa noche me sentí bien. Habían dejado la ventana abierta y entraba la brisa. Mi abuela dormía en la cama pequeña que yo usaba más de niño; me levanté y recorrí la casa. Había cosas de mis padres, ropa, bolsos, y en mi cama del garaje estaba mi madre, también dormida (de un modo apacible, me pareció, que daba a entender que yo estaba bien, que lo peor realmente había sido dejado atrás). Sobre la mesa del comedor encontré el reloj de mi padre: eran la una y media de la mañana del veinticuatro de febrero; creí entender que habían sido semanas, no días, y que debí pasar inconsciente más tiempo del que suponía. ¿Cuándo habían llegado mis padres desde Montevideo? ¿Y dónde estaban mi abuelo y mi padre? Sobre la heladera, en una cesta de frutas, había siempre una linterna; la tomé y volví al garaje. Pasé su círculo de luz por las paredes; faltaban las cañas de pescar, los baldes, el mediomundo y el calderín. Seguramente se habían ido a pescar, a la encandilada. Yo no solía acompañar a mi abuelo en esas sesiones de pesca nocturna –me aburría muchísimo y siempre tuve miedo de los árboles en la noche– pero esta vez fueron más fuertes las ganas de mover mi cuerpo en el aire fresco y salado, bajar a la playa, buscar a papá y hacerle entender que ya estaba bien, que ya estaba de vuelta, que me daban las fuerzas para quedarme allí, pescando con él, con mi abuelo y con él. La puerta principal estaba cerrada con llave, pero la trasera, la de la cocina, no. Me puse unas bermudas, las ojotas y una remera y, con cuidado de no hacer ruido, salí al fondo. Después de rodear la casa y avanzar hacia la calle miré hacia atrás: los pinos parecían criaturas dormidas muy cerca unas de otras, como en el fondo de una madriguera. Era una noche luminosa, llena de estrellas. Caminé hacia la playa sintiéndome todavía mejor y encontré la camioneta de mi abuelo en la bajada, ella sola sobre la arena color de plata. Corrí hacia la orilla, iluminando el camino con la linterna, y los vi; primero los faroles a mantilla, luego a mi abuelo y a mi padre bastante adentrados en el agua, con una red, y a Marcos y su padre en la orilla, sosteniendo las luces. Alcé el brazo con la linterna y grité sus nombres. Se había levantado un poco de viento, por lo que mi voz no debió alcanzarlos. Avancé más, volví a gritar, y entonces sí, entonces sí me oyeron.</p>
<p><em>Imagen: &#8220;Bosque&#8221; de <a href="http://quedesplaceaire.tumblr.com/">Caro Maranguello</a><br />
</em></p>
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		<title>Dragón entre nubes</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/dragon-en-las-nubes/</link>
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		<pubDate>Tue, 13 Aug 2013 14:11:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Pola Oloixarac]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Montevideo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Juan Carlos Mondragón</p>
<p>Hasta la media tarde de anteayer, yo creía tener una buena intuición para redactar el artículo sobre un episodio de la guerra ruso japonesa de 1904, y avanzar así en la reflexión sobre la estrategia submarina mientras duró el cerco de Port Arthur. Durante la investigación también trabajé para mis cursos del semestre que viene –doy clases de historia americana en una universidad italiana y dicto un seminario a partir de La batalla del Río de la Plata, de Sir Eugen Millington Drake– sobre aquello que hace la eficacia fulgurante de un ataque combinado en alta mar, el factor imponderable que lo transforma en episodio ejemplar de la memoria bélica, y sin alcanzar todavía una conclusión convincente. Lo único que se puede hacer cuando la conexión deductiva está herrumbrosa es buscar a tientas, hasta ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/08/dragon-en-las-nubes/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/hokusai_bnwdragon2-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-3123" alt="hokusai_bnwdragon" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/hokusai_bnwdragon2-1.jpg" width="600" height="436" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Juan Carlos Mondragón</em></p>
<p>Hasta la media tarde de anteayer, yo creía tener una buena intuición para redactar el artículo sobre un episodio de la guerra ruso japonesa de 1904, y avanzar así en la reflexión sobre la estrategia submarina mientras duró el cerco de Port Arthur. Durante la investigación también trabajé para mis cursos del semestre que viene –doy clases de historia americana en una universidad italiana y dicto un seminario a partir de <i>La batalla del Río de la Plata</i>, de Sir Eugen Millington Drake– sobre aquello que hace la eficacia fulgurante de un ataque combinado en alta mar, el factor imponderable que lo transforma en episodio ejemplar de la memoria bélica, y sin alcanzar todavía una conclusión convincente. Lo único que se puede hacer cuando la conexión deductiva está herrumbrosa es buscar a tientas, hasta que en un rincón de la tapicería, en el reverso de la trama lo más probable, aparezca la Licorne llegada de la nada.</p>
<p>Eso fue hasta lunes, pues; me agradaba la idea de ser el octavo ponente del próximo congreso en Cartagena, leer una comunicación sobre la técnica de escape a la malla de los radares enemigos. Aspiraba a que mi intervención fuera recordada como el Alien de Ridley Scott, el octavo pasajero de la película de 1979: la quimera polizonte a bordo del navío Nostromo inventada por Hans Ruedi Giger; quería improvisar una criatura semejante, pero que en lugar de proceder del espacio infinito, donde nadie te escucha gritar, surgiera del fondo de los abismos marinos. La guerra ruso japonesa de 1904 también fue una monstruosidad de la historia y esa gritería del mundo de los muertos regresa a mi campo de preocupación en ráfagas periódicas.</p>
<p>A eso de las once de la mañana, supe que nada podría hacer si olvidaba incluir la palabra cerezo en el artículo y evocar, en concordancia, el sonido de la lluvia cayendo sobre una cabaña de madera a la orilla del río. Nadie que trate de los asuntos sobre el mar ardiendo y la guerra como experiencia última escapa al hipnotismo japonés; Mikado y los súbditos, sujetos a la isla indefensa ante fenómenos de la naturaleza, cotejados a la locura atómica de los hombres, tuvieron en el mar el territorio de conquista delirante.</p>
<p>Lo del cerezo en flor fue el mandato de un sueño recurrente y profético, precipitado digestivo de la cena sushi de anoche con tres colegas, su secuela en el estómago flojo y mis recientes relecturas: <i>Togo</i>, del vicealmirante Nagayo Ogasawara y las <i>Memorias del General Kuropatkin</i>, la versión rusa del conflicto, editadas a comienzo del siglo pasado en Barcelona por Montaner y Simón.</p>
<p>El plan implicando el artículo del octavo ponente fracasó. Se postergó unas semanas por razones azarosas y convalecencia sentimental; quise redactar el parte subjetivo de ese accidente de circulación cerebral, evocar los dos hechos concomitantes que se asociaron y para que esa idea del ardor guerrero, cuando hay que dar cuenta de masacres en masa, de miles de muertos en una sola jornada de asalto, como el tercer ataque el 3 de noviembre, que costó trece mil bajas japonesa –el 20 de septiembre murió el general Yamamoto y el 13 de diciembre una granada mató al general Kondratenko, héroe de la resistencia–, se evaporase en la línea del horizonte tal como se dibuja en el Mar Amarillo. Es patente que no estoy en la disposición de espíritu ideal para hacerlo y retroceder es impensable. Me llevará unos minutos apenas y después  hoy, una vez liberado, quizá pueda hacer algo de provecho.</p>
<p>Ello sucedió hace poco, el 18 de junio pasado, día de San Leoncio, y cerca del plazo límite que me impuse para rematar el trabajo. Por alguna razón venía aplazando el momento de redactar con la necesaria concentración. El artículo prometido rondaba el pensamiento, tenía un título atractivo e insinuaba un homenaje tangencial al ingeniero Isaac Peral, hijo ilustre de la ciudad donde fui invitado. En eso estaba cuando abrí el correo electrónico, antes de marchar a prepararme un café y después de mojarme la cara para refrescar las ideas.</p>
<p>Allí estaba emboscado el mensaje que me estaba destinado: alguien del país de la juventud, querido amigo y compañero de estudios, me anunciaba la muerte ayer de Jorge Medina Vidal, nuestro profesor de literatura en el Instituto de Profesores. Yo estudié Letras una breve temporada, fue antes de darme de baja y pasarme a las Armas, que cambiaron la naturaleza de mis proyectos. La noticia me sumió en un estado melancólico de contornos difusos; volvieron los recuerdos de la juventud en malón, la senda que lleva a los maestros de la novela, las charlas en las cafeterías y los amores de estudiante con el auxilio de libros de teoría. La voz de Medina Vidal, el dedo que le faltaba como signo de distinción y una forma de hablar que recupero apenas entornando los ojos.</p>
<p>Vivo en Trieste desde hace años pero nací bien lejos y ahora estoy pasando un semestre sabático en París, para estar cerca del museo de la Marina, su impresionante fondo de documentación, y lejos de la familia por una temporada. Alquilé un estudio en Montparnasse que me insume la mitad de la beca y ya estoy en el período de la cuenta regresiva. Medina Vidal hablaba poco de París, que ya no es la capital del siglo XIX, y prefería hacerlo de los poetas franceses. Lo único nuevo en mi ciudad de paso son las bicicletas públicas para limpiar la atmósfera de partículas de carbono, una falsa playa en las orillas del Sena, la comedia del poder diciendo una decadencia resignada, algunos meteoritos venidos de nebulosas distantes y que de vez en cuando cruzan el cielo dejando una estela persistente.</p>
<p>Había preparado ese día despejando la agenda para adelantar en el artículo y no podría, la tristeza viajando desde la juventud me interrumpió. Entonces recordé haber visto en un corredor del Metro un Monte Fuji en rojo; fue en la estación Place Monge sobre la línea 7, durante el accidente de pasajero que la semana pasada paralizó el servicio una hora, otro suicidio escamoteando su nombre.</p>
<p>El afiche anunciaba una muestra del maestro Katsushiba Hokusai, excepcional por la cantidad del material reunido. ¿Le gustarían a Medina Vidal las estampas de Hokusai? Sin pensarlo dos veces decidí que era lo que necesitaba y una hora después subía al colectivo 92. Quería visitar un siglo diecinueve XIX sin campos de batalla que memoricé en los cursos de Historia Patria, sin los pasajes de Benjamin ni los desastres de la guerra de Goya.</p>
<p>Veinte minutos después me bajé en la parada Pont de l’Alma, lugar que cobró fama mundial porque allí ocurrió el accidente de la princesa Diana, amiga entrañable de Elton John, madrina de la lucha contra las minas antipersonales en África y madre de reyes, dirían las tres brujas de lo bello y lo feo el mismo día. Donde la gente llega en peregrinación definiendo lo sagrado de los tiempos que corren, depositan ramilletes de flores frescas, violetas imperiales, cirios de colores y mensajes manuscritos de dolor por la hermana perdida, escribiendo un cuento de hadas con diadema de diamantes, cierta vida sentimental edulcorada a medio camino entre pubertad tardía y revistas de cotilleo.</p>
<p>La media mañana, llegando al mediodía, estaba pesada de aguacero, esa sensación tormentosa que se hace desear y se filtra en humedad impregnando la ropa y cala hasta los huesos. Era yo, tal vez, apesadumbrado por la muerte del maestro tan lejos de mi circunstancia inmediata. Sus clases sobre Rulfo hablando con los muertos olvidados y abriendo como un melocotón las pistas de “The love song of J. Alfred Prufrock” fue la educación literaria y contra eso no se puede –por otra parte, para qué intentarlo y en nombre de qué– hasta el fin de la existencia.</p>
<p>Allí, en esa zona de la ciudad, el cielo, por la proximidad del Sena, es una presencia material cercana que desciende cual Espíritu Santo en óperas barrocas sobre episodios bíblicos. Hasta podía olerse el temporal en las nubes a la manera de un animal salvaje de la pradera. Tenía algo de atmósfera bucólica en campos de Tacuarembó, antes de que baje a galope tendido una caballada espectral de lanceros suicidas. No obstante, el disco del sol insistía en aparecer hasta enceguecerme, impidiendo que asomara ese llanto sensiblero, haciendo posible que recordara un poema de Jorge Medina que se titula “El gran teatro”</p>
<p>Remember Salvadora Cairón,<br />
bolera andaluza por mil ochocientos sesenta,<br />
de “arrogante presencia”.<br />
Casada con el actor José Valero que la llevó<br />
a primera figura por mil ochocientos sesenta y cinco.<br />
Reconocida por el DIFÍCIL papel de doña Constanza<br />
en el drama: “Las campanas de Almudaina”<br />
de Palou y Coll (además dramaturgo)</p>
<p>que se retiró, a la vida privada, por la maldita<br />
disminución de un esteroide, la<br />
“17-hidroxi-preg-5-enolona” que se transformó en<br />
“11-desoxi-17-cetoesteroide”<br />
y envejeció</p>
<p>como tú, como todos nosotros,<br />
como yo,<br />
hasta que se descubra controlar su maldita presencia<br />
y entonces<br />
tendremos más tiempo<br />
para el bolero<br />
para el amor<br />
para el teatro.</p>
<p>Después del teatro, el amor y el bolero en el distrito XVI avancé a paso regular por la Avenida Presidente Wilson y cuatro cuadras después desemboqué en la plaza de Iena. Uno no puede equivocarse de orientación si mantiene la vista sobre el plano ideal; después de todo, leemos ciencia ficción y nunca subimos a una cápsula espacial, ni aterrizamos en un asteroide invadido por insectos; creemos en la astrología y jamás tocamos un meteorito extirpado de los planetas muertos. Sobre la derecha está el Museo Guimet dedicado a las Artes Asiáticas.</p>
<p>Había en las inmediaciones una fila de gente aguardando para ingresar a la muestra montada sobre los soportes más delicados que se puedan imaginar. Poco intimidante la cola humana, pero lenta en su avance para interrogarme sobre por qué tanta humanidad, esa mañana, a pesar del tiempo amenazante, habiendo tantas cosa para hacer de provecho, quería observar la obra de Hokusai y conjeturar si acaso perdía el tiempo en la espera, en lugar de encerrarme a redactar el artículo sobre la estrategia de la inmersión.</p>
<p>Tampoco eran dudas dramáticas, pero una hora y media después tenía la respuesta para salir del paso. En ese desconectar del presente viví una experiencia intensa y acaso si me aplico con modestia puedo intentar explicarla. Boceto de palabras que dejan una leve constancia de lo vivido, un apunte, que dicen. Lenta inmersión en un misterio de la existencia que descuidé en los últimos tiempos y que la muerte del amigo me recordó de manera brutal.</p>
<p>Como si la escritura quisiera ser el sonido del pincel impregnado de azul de Prusia (“talking of Michelangelo”) sobre el papel de arroz y preparado en la luz mortecina del taller, cuando irrumpe el otoño de ocres y las lluvias se sienten en la piel del antebrazo. Una traza de lo vivido y olvidado en suspensión en esa exposición efímera. La delicadeza de una ilusión de haiku en relato. Si ello fuera posible en un mundo decepcionante, si no es otra utopía poética y destinada a la papelera. La necesidad de dominar la disciplina kendo para partir de un solo movimiento con el sable sagrado la vida en dos mitades, donde el filo sea la tristeza del día que transcurre, sabiendo que era más incisiva la experiencia, la conexión emotiva y el recuerdo de lo visto que todo lo que pudiera especular en las próximas semanas.</p>
<p>Traza y conciencia, memoria y deseo. Dibujo que se inscribe en la retina del lector: mirando un puente inconcebible en su levedad y tendido. Conjunto asimétrico de flores de loto flotando en la corriente circular, la palabra cerezo y su dibujo que se acomoda sin sobresaltos en la frase vertical. Un pájaro inexistente buscado por el color tornasolado de su plumaje desplegado. El árbol centenario de cerezo en floración, que tiene tanto de cosa concluida.</p>
<p>Pagué la entrada de siete euros con la tarjeta de crédito. Había una segunda fila de espera antes de ingresar a los salones de la exposición iluminada con bajísima intensidad. Pasábamos al otro lado del biombo del tiempo. A la izquierda los organizadores colgaron reproducciones para ir creando el clima propicio a la emoción. Sobre la pared de la derecha había indicaciones cronológicas para orientar a los visitantes.</p>
<p>La vida y obra de Hokusai fluyeron entre 1760 y 1849, el período segmentado mientras se desprendía del magma colonial mi patria americana. El maestro coincidió con Napoleón en Madrid y Goya grabando los desastres del asunto. Otro mundo en transformación de alquimia por las armas de fuego, caballos cayendo en desfiladeros andinos, lanzas partiendo corazones realistas. El maestro, sin saber de esos acontecimientos, ilustraba en las antípodas poemas de los contemporáneos y mientras transcurría la infancia de Salvadora Cairón en Andalucía.</p>
<p>Hacía visibles fantasmas antropomorfos, engarzaba escenas eróticas fantaseadas y donde los sexos masculinos se imponen con una desproporción ritual.</p>
<p>Una muchacha de rasgos asiáticos me permitió ingresar al corazón luminoso de la muestra. Me detuve a leer el texto sobre la creación según pasa la vida y lo traduje mentalmente.</p>
<p><i>Desde mis seis años yo tenía la manía de dibujar la forma de los objetos. Llegado a los cincuenta ya había publicado una infinidad de dibujos; pero estoy desconforme de todo lo que produje antes de los setenta años. Fue recién a los setenta y tres años que comprendí aproximadamente la forma y la verdadera naturaleza de los pájaros, de los peces y de las plantas.</i></p>
<p><i>En consecuencia, llegado a los ochenta yo habré progresado de manera considerable; a los noventa alcanzaré el fondo de las cosas; a los cien habré accedido decididamente a un estado superior, indefinible, y a la edad de ciento diez años, ya sea un punto, ya una línea, todo lo que haga tendrá vida. Yo pido a quienes alcancen mi misma longevidad y me sobrevivan que observen si cumplo mi palabra.</i></p>
<p>Por dios, me dije al leer aquello, y sentí lo que perdimos por el camino en los últimos años. La reflexión creativa era incapaz de producir un pensamiento con tal profundidad de desprendimiento y humildad, tamaña inmersión en el oficio cuando el Tiempo devora el tramo brevísimo de una existencia: la vida lúcida es el único haiku que trazaremos ante la indiferencia del cosmos, mientras se transfiguran los esteroides que nos condenan al envejecimiento prematuro.</p>
<p>Comencé un recorrido sin buscar nada en particular y de haber allí algo concreto que me estaba aguardando me percataría sin premeditarlo. Detenido ante paisajes con y sin personajes pensé: eso es una versión intocable de la eternidad que nunca existió.</p>
<p>Aquel que pueda escribir ese puente de madera uniendo la noche lunar y la claridad irracional de la aurora alcanzará el poema perfecto, como nos desafiaba Jorge Medina Vidal, que venía de morir, en sus cursos sobre poesía moderna.</p>
<p>Así, pues, hay que esperar a los setenta y tres años para entender el proyecto estético de la creación y la naturaleza. También la locura guerrera de los hombres en el año 1904. No debería tener apuro, estoy lejos todavía y esa mañana faltaban dieciséis años. Tal vez es cierto que el arte es largo, además no importa y nos negamos a escucharlo por una amnesia semejante a la tontería que resulta merecida.</p>
<p>Estampas y libros únicos, grabados irrepetibles y muchachas tañendo el shamisu de las cuerdas de acero.</p>
<p>Un filósofo sin nombre que contempla el vuelo desconcertante de las mariposas.<br />
Croquis preparatorios de los grandes proyectos.<br />
Conchas y langostas.<br />
Armaduras de samurai y sables rituales.<br />
Los manga de los trabajos y los días en las islas.</p>
<p>En la sala final estaban las dos pinturas que el maestro realizó en los últimos meses de su vida, testamento sin ser tal y que la muerte cargó de sentido póstumo.</p>
<p>“Tigre bajo la lluvia” y “Dragón entre las nubes”.</p>
<p>Piezas sublimes formato kakemono reafirmando el respeto por la tradición de forma al milímetro preciso. Los dos animales esenciales: uno que viene de la espesura selvática con paso de felino y el otro que vuela trayendo el fuego desde la imaginación de los hombres, y viceversa.</p>
<p>Estaba ahí no para admirar sino para recordar en paz y dejando abierto el cauce de las correspondencias. La mano firme de Hokusai que sabía, capturando el vuelo del Dragón fantástico entre las nubes. Criatura de fuego, ese octavo pasajero de la imaginación de los hombres me trasladó bien lejos en el tiempo.</p>
<p>Entonces volví treinta años atrás. Escuché la voz de Medina Vidal quizá una mañana como esa, como si fuera ahora recitando un poema de Guido Cavalcanti, como si él hubiera estado allá y nosotros también. Con esa intersección ingobernable, este miércoles de ceniza no se puede armar un artículo y menos la del octavo ponente en la lista armada en Cartagena. Luego de dejar por escrito el testimonio de lo vivido en ese fragmento del día me siento mejor. Habiendo saldado una cuenta pendiente con la educación lectora de los queridos maestros. En la coherencia de haber hecho lo que debía hacerse, esperando llegar a los setenta y tres años, 2024 si los dioses lo consienten y pasar al otro lado que tampoco es seguro.</p>
<p>Cuando salí a la intemperie la fila de visitantes a la espera casi ni se movía. Era una anaconda fantástica haciendo la digestión; un viento del Este remolineaba hojas de la memoria en el círculo de la plaza a enorme velocidad. La idea de la guerra por el control de Port Arthur me asaltó el espíritu y calculé que en 1904 Hokusai hubiera tenido 144 años. Si no hubiera envejecido como Salvadora Cairón y Medina Vidal, como Cavalcanti y todos nosotros.</p>
<p>Apuré el paso tentando alcanzar la boca del Metro Iéna y adelantarme así a la lluvia necesaria para lavar el agobio de la ciudad. Dudé sobre si había cerrado bien las ventanas del departamento antes de salir; eso era sin importancia si lograba distinguir el Dragón alado de la memoria, el animal imaginario de la juventud perdida. Ahí cerca, acorralado por el fuego interior, entre las nubes esas que viajan, imitando un barrilete de colores y en medio de la tormenta eléctrica que se ensaña sobre Montevideo la coqueta.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Katsushika Hokusai (Siglo XVIII)</em></p>
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