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	<title>the Buenos Aires Review &#187; Viajeros in Buenos Aires</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>Argentina y Uruguay (fragmento)</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Nov 2015 06:08:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Lucas Mertehikian]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Viajeros in Buenos Aires]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Lucas Mertehikian</p>
<p>Sabemos muy poco de Gordon Ross. No sabemos cuánto tiempo vivió en Buenos Aires ni desde dónde llegó exactamente. Las primeras páginas de su libro Argentina and Uruguay aportan tan solo dos datos: que trabajó como traductor oficial durante la Cuarta Conferencia Internacional de Estados Americanos en 1910, y como editor de la sección financiera de The Standard, un periódico dirigido a la comunidad angloparlante de Buenos Aires que comenzó a publicarse en mayo de 1861 con el nombre The Weekly Standard y siguió imprimiéndose, con ligeras variaciones en su título, hasta 1959. En el primero de sus ejemplares, los editores habían declarado así sus intenciones: “The Weekly Standard se despliega hoy frente a los cuatro vientos del cielo no como emblema de un partido o bajo consignas de rivalidad, sino como un lazo de camaradería entre ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/11/argentina-y-uruguay-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gordon-Ross2-e1448516945747.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5785" alt="Gordon Ross2" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gordon-Ross2-e1448516945747.jpg" width="791" height="485" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Lucas Mertehikian</em></p>
<p>Sabemos muy poco de Gordon Ross. No sabemos cuánto tiempo vivió en Buenos Aires ni desde dónde llegó exactamente. Las primeras páginas de su libro <i>Argentina and Uruguay </i>aportan tan solo dos datos: que trabajó como traductor oficial durante la Cuarta Conferencia Internacional de Estados Americanos en 1910, y como editor de la sección financiera de <a href="http://standard.udesa.edu.ar/"><i>The Standard</i></a>, un periódico dirigido a la comunidad angloparlante de Buenos Aires que comenzó a publicarse en mayo de 1861 con el nombre <i>The Weekly Standard </i>y siguió imprimiéndose, con ligeras variaciones en su título, hasta 1959. En el primero de sus ejemplares, los editores habían declarado así sus intenciones: “<i>The Weekly Standard </i>se despliega hoy frente a los cuatro vientos del cielo no como emblema de un partido o bajo consignas de rivalidad, sino como un lazo de camaradería entre los muchos miembros de la raza anglo-céltica”. Argentina aún no había recibido el flujo inmigratorio arrollador que llegaría desde fines de siglo XIX, pero <i>The Standard </i>ya era, desde entonces, un testigo temprano de ese proceso que marcaría la fisonomía social del país para siempre.</p>
<p>Esa es, precisamente, una de las mayores preocupaciones de Gordon Ross, que sí escribe su libro en medio de esa profunda transformación. Publicado por primera vez en 1916 en Nueva York y reeditado en Londres en 1917, <i>Argentina and Uruguay</i> encierra una pregunta decisiva que, por supuesto, no tiene respuesta: ¿cómo serán los argentinos del futuro? Tal vez debido a su trabajo como periodista económico, Ross no puede evitar relacionar las características del argentino con las posibilidades de negocios que se abren en el país a principios del siglo pasado. De todas formas, advierte los mismos rasgos que <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/la-asombrosa-argentina-un-fragmento/">John Foster Fraser</a> antes que él y <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/viajeros-en-buenos-aires/">Katherine Dreier</a> más tarde: cierta desorganización generalizada, una naturaleza más bien indómita y un papel deslucido de las mujeres en la sociedad. También como ellos, traza una genealogía que llega hasta los conquistadores españoles y su herencia oriental. Sin poder predecir entonces qué habrá de ocurrir más adelante, Gordon Ross se concentra, en este primer fragmento, en otra pregunta, con la esperanza de que una respuesta informada sobre el pasado permita vislumbrar ese futuro esquivo: ¿cómo son los argentinos del presente?</p>
<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gordon-Ross-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5787" alt="Gordon Ross 1" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Gordon-Ross-1.jpg" width="485" height="791" /></a></p>
<p align="center"><b>Elementos raciales y condiciones sociales</b></p>
<p style="text-align: right;"><em>Gordon Ross<br />
</em><em>traducción de Lucas Mertehikian</em></p>
<p>¿Cuál será dentro de algunas generaciones el resultado del enorme flujo de inmigrantes de todas partes de Europa que llegan a la Argentina y, aunque en mucho menor grado, a Uruguay? ¿Qué tipo de hombre será el argentino del futuro cuando haya concluido el desarrollo de su carácter nacional? A menudo se hace esta pregunta, pero por el momento solo pueden ofrecerse respuestas imprecisas. Es que son demasiados los elementos que contribuyen a su formación y es muy difícil juzgar qué cualidades de esos elementos tienen probabilidades de sobrevivir en el carácter que resultará de ellos. Todo lo que se puede hacer aquí es enumerar cuáles son los principales entre estos elementos en cuanto a su valor cuantitativo aproximado.</p>
<p>El auténtico argentino del pasado es el descendiente de los conquistadores españoles; en general, tiene algún ingrediente de sangre indígena proveniente de ancestros remotos, y tal vez haya heredado, de otro ancestro menos remoto, algo de sangre negra, que le recuerda los días en que los esclavos africanos se ocupaban de las plantaciones de caña de azúcar o de maíz de su tatarabuelo.</p>
<p>Pero predomina la sangre española, y las cualidades españolas distinguen a la mayoría de las familias prominentes argentinas –y a todas las uruguayas– hasta el día de hoy. Son ceremoniosamente corteses hasta el punto de llegar a estar en falta: la falta de considerar poco amable el rehusarse a conceder un favor, al mismo tiempo que se considera una extraña falta de <i>savoir vivre</i> de parte del demandante no entender que quien concede el favor lo hace por mera cordialidad, sin que esto signifique un compromiso serio.</p>
<p>Un argentino le pide un favor a otro solo para darle a entender que se pondría muy contento si el segundo estuviera dispuesto a concedérselo; un extranjero, ignorante de las costumbres y los modales de Argentina, podría pedir un favor esperando recibir una verdadera respuesta. La persona requerida les responderá a los dos, de manera vaga pero encantadora, que nada le daría más satisfacción que cumplir con sus deseos. Cada uno podría alcanzar o no su objetivo, según las obligaciones del caso; pero mientras que el primero de ellos será considerado una persona fina por haber pedido un favor, al otro se lo tachará de grosero por esperar que su requerimiento sea satisfecho de inmediato. Es casi como si uno se presentara sin aviso a almorzar en la casa de un argentino que, luego de recibirlo por primera vez, lo hubiera saludado con un gesto delicado y acogedor, diciéndole: “Esta casa es suya”.</p>
<p>De hecho, la casa de un argentino es en realidad una fortaleza difícil de penetrar para un extranjero.</p>
<p>Esto probablemente se deba a dos razones. En cuanto a la primera, debemos rastrear sus características raciales hasta la civilización morisca de España y su aislamiento de las mujeres, apartadas de la mirada de todos los hombres, excepto de los cercanos a ellas. La segunda razón es la falta de orden (otra característica también oriental) que en general prevalece incluso entre las familias más ricas de Argentina, que hace difícil recibir visitas salvo que se trate de ocasiones especialmente preparadas.</p>
<p>Debemos remontarnos a la sangre árabe-semítica que trajeron en sus venas los españoles que llegaron al Nuevo Mundo, y que mezclaron con la de los indígenas nativos y los negros, antes de dar con los héroes que lucharon y consiguieron la independencia de España hace ya más de un siglo. Desde entonces se han producido muchos matrimonios interraciales entre hombres y mujeres sobre todo de Italia, pero también de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Escandinavia y Bélgica.</p>
<p>Los Guthries, Dumas, Murphys, Schneidewinds, Christophersens, De Bruyns, Bunges, para no hablar de patronímicos históricos como Brow u O’Higgins, se cuentan ahora entre la aristocracia terrateniente de Argentina, a pesar de que, todavía hoy, la <i>crème de la crème</i> sigan siendo los descendientes de las familias españolas de la época colonial. Entre las clases medias y bajas, sobre todo en las ciudades, el elemento italiano es ahora arrollador, aunque, más recientemente, la inmigración español ha comenzado a superar otra vez a la italiana. Todo esto contribuye a una mezcla racial extraña. Dentro de ella, la primera generación nacida en suelo argentino habla poco y no se interesa en nada por la lengua de sus padres, y crece en cambio orgullosa –y esto resulta cómico para el observador imparcial– de las gloriosas Guerras de la Independencia (libradas en tiempos en que lo más probable es que sus propios ancestros fueran campesinos en algún país de Europa que lo ignoraban todo sobre la existencia del Río de la Plata), y son patriotas devotos de la bandera celeste y blanca y del himno nacional (una composición italiana, por cierto) de la tierra que sus padres adoptaron.</p>
<p>Todos aquellos nacidos en la Argentina o Uruguay son argentinos o uruguayos tanto por ley como por voluntad; lo son de manera furiosa, con el fervor propio de los conversos. No pueden o no quieren hablar inglés, francés, alemán, sueco, noruego, danés o flamenco, según el caso; no hablan más que español, español rioplatense; esto es, son dignos de su lengua y profesan un desprecio verdaderamente gallego por el español ceceoso de Castilla.</p>
<p>A diferencia de lo que en general se cree, bien mirado el asunto, un uruguayo es casi tan diferente de un argentino (o tan diferente) como un portugués de un español, y esto se debe a que la inmigración temprana de cada país llegó de distintas partes de España. El primer contingente que se asentó en lo que hoy es Uruguay provenía en su mayor parte de las Islas Canarias y el País Vasco –esto último se advierte fácilmente echando un vistazo a los nombres de los uruguayos más ilustres, del pasado o del presente–. Muchas de las admirables cualidades que distinguen a los uruguayos de sus primos de la otra costa del Río de la Plata se deben a aquellos primeros contingentes de extranjeros y al hecho de que, hasta hace poco, Uruguay era mucho menos atractiva para el flujo de inmigración europea que pasaba de largo por Montevideo hasta llegar a Buenos Aires. Estas cualidades han dado sostén a los créditos financieros que Uruguay recibió a nivel individual y nacional a pesar de todos los problemas y las vicisitudes políticas. Uruguay en tanto nación y sus comerciantes individuales siempre han pagado el correspondiente en oro por cada dólar, y su comunidad comercial ha logrado impedir cualquier intento por parte del gobierno de apartarse del patrón oro de su sistema monetario. El dólar uruguayo vale un poco más que el estadounidense. Este hecho significativo se debe a la preservación incontaminada de las cualidades raciales que se derivan de los antiguos colonos, provenientes del Norte de España; sobre todo de los vascos: no existe gente más honesta ni tal vez más obstinada que ellos.</p>
<p>[…]</p>
<p>Al pasar de la comparación al análisis particular, uno debe enfrentarse a la difícil pregunta: “¿qué es un argentino?”</p>
<p>[…]</p>
<p>El verdadero argentino, sea patricio, <i>estanciero</i>, o un <i>peón gaucho</i>, nunca es grosero, ni siquiera cuando pretende empezar una pelea con un insulto calculado; y a pesar de que su humor y su lenguaje, por momentos, resultarían muy chocantes para los delicados oídos europeos, se cuida con atención de reservar esa manera de hablar para el interior de su propia familia y allegados. Si se le permite ser parte de esa intimidad, bueno, tanto peor para usted si es más bien remilgado, pero tal vez lo consuele el hecho de que el privilegio del que goza es muy especial e infrecuente, y le ha sido concedido en virtud de alguna cualidad empática excepcional que la imaginación de su anfitrión le ha atribuido. El auténtico argentino es generosamente caritativo: una extraña mezcla de vanidad infantil y un fuerte sentido común, hospitalario frente a cualquiera que llegue a su casa movido por la fuerza de sus circunstancias, o si puede encontrar una excusa razonable para ingresar en la privacidad casi de harén que guardan su hogar y sus asuntos familiares íntimos. Cortés él mismo, el argentino espero cortesía de los demás, y no soportará la torpeza en el habla o los modales. De modales parsimoniosos, ningún tipo de negocio conseguirá alterarlo. Intente apurarlo y no solo le reprochará su grosería, sino que también sospechará que está tratando de tenderle una peligrosa trampa. Como sea, no solo no se correrá un centímetro de su actitud anterior, deliberada; lo más probable es que oponga una puerta cerrada e inerte a todos sus futuros intentos por acercársele. Esta característica argentina es una roca contra la cual más de un estafador yanqui ha visto colapsar sus planes mejor elaborados.</p>
<p>Sea cual sea el negocio o la relación que establezca con un verdadero argentino, no debe esperar que vaya a acudir a una cita que hayan arreglado verbalmente, ni que se vaya a disculpar luego por no haberlo hecho. En general, tampoco usted debe preocuparse por cumplir. Lo que sea que tenga entre manos con él progresará al mismo ritmo –y tal vez incluso más rápido– si se conforma con retomar el asunto en donde lo dejaron durante su último encuentro la próxima vez que se lo cruce por casualidad en cualquier otro lugar y momento, por inconveniente que sea. No le hable hasta el hartazgo del asunto, entenderá muy rápido sus deseos y sus propuestas apenas con una simple pista. De lo contrario, él mismo le hará preguntas muy directas.</p>
<p>Pero es <i>él</i> quien debe llevar adelante las negociaciones; debe vestir él mismo sus ideas hasta que tengan una apariencia respetable y parezcan que fue a él a quien se le ocurrieron. Ahí radica su vanidad, pero solo entonces podrá usted aventurarse y desnudar esas ideas de algunas ropas nuevas que, al examinarlas de cerca, verá que en realidad son más favorables los intereses del argentino en cuestión que a los suyos.</p>
<p>Si no tiene cuidado, con los cambios que sus propuestas sufrirán inevitablemente durante las negociaciones, puede que lo perjudique en el arreglo que hagan. También en eso consiste su vanidad; una vanidad por protegerse sin nunca cometer el error de permitir que se descubran abiertamente sus intenciones. Si ve que usted se mantiene firme pero amable como un caballero debería hacerlo, se habrá ganado su amistad y su respeto –bienes a menudo valiosos, incluso si su negocio original no prospera–.</p>
<p>En pocas palabras: en Argentina, como en todas partes, si uno no desea enfrentarse con obstáculos, debe respetar las costumbres y las convenciones nativas. Y la inercia que un argentino puede oponer (y así lo hará) frente a las personas y las ideas que no le caen en gracia es invencible.</p>
<p>A esas personas y planes las remitirá siempre a un “mañana” que nunca llega. Ese es el verdadero significado en Argentina de <i>mañana</i>: una excusa amable para posponer temporaria o definitivamente aquellos asuntos que no han causado una impresión favorable. No es, como en general se piensa, un simple pretexto perezoso para no hacer hoy cualquier cosa que pueda dejarse para mañana.</p>
<p>[…]</p>
<p>¿Y las mujeres argentinas? Respecto a esto, uno se ve tentado a atenerse a los lugares comunes que definen el tipo de belleza española, y en verdad corresponde hacerlo: una belleza de ojos grandes, opulenta, y en su apogeo durante la década que va de los quince a los veinticinco años de edad.</p>
<p>Es raro que una mujer argentina, de cualquier clase social, se preocupe por asuntos de negocios, menos aún por teorías sobre los derechos de su sexo. En general está contenta con cumplir sus tareas más evidentes en la esfera para la que Dios ha querido llamarla.</p>
<p>Se ocupa de su hogar de una forma desorganizada, cuasi oriental. La mujer de clase alta hace poco más que ordenar el hogar según lo dicte su capricho momentáneo; la más pobre, naturalmente, hace el trabajo ella misma, pero de la misma y caprichosa forma.</p>
<p>El sábado es el gran día para las tareas domésticas, sin importar la clase social; el domingo es un día festivo y se trabaja poco.</p>
<p>Al margen de estos calendarios generales, podría decirse que las tareas del hogar nunca empiezan y nunca terminan. En todas las casas, en cualquier momento del día, pueden verse a las sirvientas o a la ama de casa, según el caso, con la escoba en una mano y la pala en la otra. Lo que no se termina hoy se hace mañana, eso es todo; ¿qué más puede hacerse?</p>
<p>Estos métodos pueden causar en los europeos recién llegados una sensación de incomodidad permanente, pero cuanto antes se acostumbren a los hábitos del país, en cuanto a este tema y otros, mejor para su tranquilidad. De algo pueden estar seguros desde su llegada al Río de la Plata, eso sí: no son ellos los que habrán de cambiar en nada estas costumbres, y, por lo tanto, harían bien en abandonar desde el principio todas sus ideas respecto a lo que creen que sería bueno reformar, en lugar de hacerlo después de una lucha más o menos prolongada y estresante.</p>
<p>El problema de la servidumbre es particularmente acuciante en estas tierras soleadas donde muy pocos saben lo que es realmente sufrir necesidades o adversidades más allá de una sanción aduanera.  La mujer europea que moleste a sus sirvientes con ideas nuevas respecto a cómo debe organizarse el hogar solo obtendrá de ellos su renuncia, maravillosamente rápida y unánime.</p>
<p>No cambiarán, eso es todo. Puede que esta mujer europea les provea de mejores condiciones para dormir u otras comodidades que nunca hayan disfrutado o incluso soñado. Estos gestos no tocarán ninguna fibra de empatía si al mismo tiempo interfieren en la forma en que ellos o ellas están acostumbrados a hacer su trabajo –algo que los nativos argentinos consideran de una nimiedad tonta–. Cualquier sirviente argentino preferiría dormir –y así lo hacen muchos– sobre un colchón echado por la noche en algún pasillo y sufrir la alternancia entre el trato familiar y los vehementes retos de una señora cuyos hábitos ya conocen y que los deja en paz con sus asuntos, antes que ocupar la habitación de servicio más hermosa posible en un hogar más estrictamente organizado. La principal lección que se aprende de esto es que los argentinos, hombres y mujeres, sin importar a qué clase pertenezcan, son hijos de la naturaleza para quienes las cadenas disciplinarias de cualquier tipo se vuelven insoportables, y para los que, debido a su naturaleza más libre, la monotonía de la regularidad puntillosa, que los europeos tienden a considerar un factor necesario para el verdadero confort, es una carga imposible de soportar.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><b>De Gordon Ross. <i>Argentina and Uruguay</i>. New York, The Macmillan Company, 1916.</b></p>
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		<title>Viajeros en Buenos Aires</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 17:51:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Lucas Mertehikian]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayos]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros in Buenos Aires]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Lucas Mertehikian</p>
<p>Como la de toda América, la historia de Argentina es inescindible de la idea de viaje. Más aún: su historia literaria solo puede entenderse en relación con los hombres y mujeres que llegaron hasta aquí desde tierras lejanas y escribieron sobre esa experiencia. Desde su independencia, los viajeros (sobre todo ingleses) llegaron de inmediato a la Argentina para aventurarse en el país y explorar qué posibilidades de negocios existían. Las extensas llanuras llamaron la atención de estos viajeros casi anónimos, cuya sensibilidad, a mitad de camino entre el naturalismo y el romanticismo de la época, dejó numerosos libros como registro de ese asombro. Según la hipótesis de Adolfo Prieto, fueron esos textos los que leyeron los primeros escritores de la joven república (Sarmiento, Alberdi, Mármol) para dar con el paisaje que constituiría el elemento fundacional ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/viajeros-en-buenos-aires/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_0079.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-5747" alt="amazingargentine00frasrich_0079" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_0079.jpg" width="830" height="510" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Lucas Mertehikian</em></p>
<p>Como la de toda América, la historia de Argentina es inescindible de la idea de viaje. Más aún: su historia literaria solo puede entenderse en relación con los hombres y mujeres que llegaron hasta aquí desde tierras lejanas y escribieron sobre esa experiencia. Desde su independencia, los viajeros (sobre todo ingleses) llegaron de inmediato a la Argentina para aventurarse en el país y explorar qué posibilidades de negocios existían. Las extensas llanuras llamaron la atención de estos viajeros casi anónimos, cuya sensibilidad, a mitad de camino entre el naturalismo y el romanticismo de la época, dejó numerosos libros como registro de ese asombro. Según la hipótesis de Adolfo Prieto, fueron esos textos los que leyeron los primeros escritores de la joven república (Sarmiento, Alberdi, Mármol) para dar con el paisaje que constituiría el elemento fundacional de la literatura argentina. Luego, ya entrado el siglo XX, los viajeros –esta vez ilustres, como José Ortega y Gasset– llegaron para festejar el Centenario de la nación en 1910 y ya no se detuvieron. Esos “viajeros culturales”, como los llamaron Gonzalo Aguilar y Mariano Siskind, son un dato ineludible de la primera mitad del siglo XX. Los círculos intelectuales y artísticos argentinos los esperaban con devoción, se disputaban su obra y su cuerpo, demandaban de ellos una respuesta a la misma pregunta que se hacían los primeros escritores argentinos: ¿quiénes somos?</p>
<div>
<p>En el medio, durante la segunda década del siglo XX, llega a Buenos Aires otro tipo de viajeros de Europa y Estados Unidos. No son aventureros ni ilustres, aunque gocen de cierta fama en sus países. Los argentinos no los esperan con particular ansia ni los reciben con mucho entusiasmo. Tal vez por ello, salvo excepciones, sus textos tampoco han sido traducidos al español. En esta serie de <i>Buenos Aires Review</i> se pretende rescatar cuatro nombres de entre ellos y sus textos sobre Argentina, en este orden: <a title="La asombrosa Argentina [un fragmento]" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/la-asombrosa-argentina-un-fragmento/">John Foster Fraser</a>, Gordon Ross, Katherine Dreier, John Alexander Hammerton. A ellos se suma el de Jules Huret, a quien el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo tradujo del francés al español, en un esfuerzo también a menudo olvidado. Entre 1914 y 1920 se publicaron las crónicas cuyos fragmentos aquí iremos presentando. No tanto para preguntarse otra vez quiénes somos, sino para darle a esa pregunta el dinamismo histórico que la relectura de estos textos, cien años después de su publicación original, reclama: ¿en qué nos hemos convertido?</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #ff1493;"><a title="La asombrosa Argentina [un fragmento]" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/la-asombrosa-argentina-un-fragmento/"><span style="color: #ff1493;">Leer el primer fragmento de la serie</span></a></span></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #ff1493;"><a title="Argentina y Uruguay (fragmento)" href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/11/argentina-y-uruguay-fragmento/"><span style="color: #ff1493;">Leer el segundo fragmento de la serie</span></a></span></p>
</div>
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		<title>La asombrosa Argentina [un fragmento]</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2015 17:21:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Jennifer Croft]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayos]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros in Buenos Aires]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p align="center"></p>
<p align="center">John Foster Fraser</p>
<p align="right">Lucas Mertehikian</p>
<p>En 1899, el escritor escocés John Foster Fraser (1868-1936) se hizo conocido en Gran Bretaña con su libro Round the World on a Wheel: con dos amigos se había dedicado a recorrer más de veinte mil kilómetros por Europa, Asia y Estados Unidos. A diferencia de otros libros de viaje, el suyo no tenía una motivación “antropológica ni biológica ni arqueológica”. No había en él pretensión de conocimiento; apenas de fama: “Hicimos este viaje alrededor del mundo en bicicletas porque somos más o menos engreídos, nos gusta que hablen de nosotros y ver nuestros nombres en los periódicos”, aclara en el prólogo.</p>
<p>Funcionó: durante las dos décadas siguientes, Foster Fraser visitó y escribió sobre países jóvenes, como Canadá (Canada As It Is) y Australia (Australia: The Making of a Nation), y países ancestrales, como Rusia ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2015/09/la-asombrosa-argentina-un-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_0037.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-5734" alt="amazingargentine00frasrich_0037" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_0037.jpg" width="830" height="510" /></a></p>
<p align="center"><b>John Foster Fraser</b></p>
<p align="right"><em><b>Lucas Mertehikian</b></em></p>
<p>En 1899, el escritor escocés John Foster Fraser (1868-1936) se hizo conocido en Gran Bretaña con su libro <i>Round the World on a Wheel</i>: con dos amigos se había dedicado a recorrer más de veinte mil kilómetros por Europa, Asia y Estados Unidos. A diferencia de otros libros de viaje, el suyo no tenía una motivación “antropológica ni biológica ni arqueológica”. No había en él pretensión de conocimiento; apenas de fama: “Hicimos este viaje alrededor del mundo en bicicletas porque somos más o menos engreídos, nos gusta que hablen de nosotros y ver nuestros nombres en los periódicos”, aclara en el prólogo.</p>
<p>Funcionó: durante las dos décadas siguientes, Foster Fraser visitó y escribió sobre países jóvenes, como Canadá (<i>Canada As It Is</i>)<i> </i>y Australia <i>(Australia: The Making of a Nation</i>), y países ancestrales, como Rusia (<i>Red Russia</i>) y los del norte de África (<i>The Land of Veiled Women</i>)<i>.</i> “Sir John, que nació en Edimburgo, pasó la mayor parte de su vida adulta en busca de lo diverso”, publicó el <i>Glasgow Herald </i>en su obituario, el 8 de junio de 1936.</p>
<p>Acaso haya sido esa misma búsqueda la que lo llevó a visitar Argentina y escribir, en 1914, su penúltimo libro: <i>The Amazing Argentine: A New Land of Enterprise</i>. La diversidad, después de todo, se veía ya en la composición étnica de los pasajeros que lo acompañaban en el barco que lo lleva a Buenos Aires: argentinos adinerados que vuelven de Europa, pobres inmigrantes españoles e italianos, comerciantes ingleses. “Sudamérica no es la tierra del futuro. Es la tierra del hoy”, escribe. La aventura que los viajeros europeos emprendían en la primera mitad del siglo XIX para explorar campos y minas en los Andes había terminado; se abría otra etapa.</p>
<p>Una vez desembarcado, Foster Fraser encuentra una ciudad donde el acelerado ritmo capitalista convive con antiguos prejuicios de género, tal como la describió Beatriz Sarlo en <i>Una modernidad periférica</i>. Tal vez los viajes por Australia y los países árabes lo hayan preparado para visitar Buenos Aires, una ciudad cuyas contradicciones ejercen sobre él, según confesará, una extraña fascinación.</p>
<div>
<p style="text-align: center;"><b> <a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_00411.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-5735" alt="amazingargentine00frasrich_0041" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/amazingargentine00frasrich_00411.jpg" width="510" height="830" /></a></b></p>
</div>
<p align="center"><b>Algunos aspectos de Buenos Aires</b></p>
<p align="right"><em><b>John Foster Fraser</b></em></p>
<p align="right"><em><strong>traducción de Lucas Mertehikian</strong></em></p>
<p>Los argentinos llaman a su ciudad de Buenos Aires la París del hemisferio sur. Tiene una población de casi un millón y medio de habitantes, que es mayor a la de cualquier otro pueblo por debajo de la línea del Ecuador. La gente promete que con el tiempo superará a Londres.</p>
<p>Usted insulta a un argentino si lo confunde con los chilenos, los brasileños o cualquier otro sudamericano. No agradece que se le recuerde que su padre partió en barco desde Italia, o su abuelo desde España. No tiene ningún afecto por las tierras desde las que han llegado sus progenitores. Para Argentina, el mundo comenzó en mayo de 1810, cuando se estableció la República.</p>
<p>No tiene orgullo por su raza histórica. Cuando consigue ganar dinero  y viaja a Europa no lo hace para encontrar el hogar de sus ancestros en España o Italia. Lo hace para divertirse en París. Cuando lleva a su familia a París, no lo hace para pasar tres, cinco o seis meses. Lo hace para gastar tres, cinco o seiscientos mil pesos –y un peso vale un chelín y ocho peniques–. Una vez que los pesos han volado, vuelve a Argentina a ganar más.</p>
<p>Los argentinos son un pueblo digno. Aceptan al inglés porque, redondeando, unos quinientos millones del capital británico en oro han ayudado al desarrollo del país. Les desagrada el ciudadano de los Estados Unidos porque esta república, hermana mayor, es condescendiente, y ellos no necesitan la ayuda de nadie. Sienten desprecio por todos los otros latinos por debajo del istmo  de Panamá; en particular por los brasileños. Están al tanto de sus propias cualidades.</p>
<p>Y el visitante parpadea y se refriega los ojos y admite las maravillas de Argentina. Si está familiarizado con la geografía, se ha encogido de hombros frente a las repúblicas sudamericanas donde las revoluciones se suceden cada seis semanas, y donde españoles de cabello rubio oscuro vestidos con trajes pintorescos andan en mula y mueren por tener una opinión diferente a la de otros españoles.</p>
<p>Luego se dirige a “BA” –el nombre familiar para Buenos Aires– y se encuentra con que ha llegado a una ciudad norteamericana-europea rampantemente moderna. No hay nada de la pereza del Sur, los negocios no se interrumpen desde el mediodía hasta las tres de la tarde para las <i>siestas</i>.</p>
<p>Es una ciudad ajetreada. El puerto está lleno de barcos, sobre todo británicos. Largas lenguas metálicas sobresalen de grandes elevadores y arroyos de trigo crecido en las planicies del interior del país derraman la comida para Europa dentro de las bodegas. Se escucha cómo los furgones de ganado gruñen al atravesar las vías del tren. Hay enormes mataderos donde los animales encuentran la muerte de a varios miles por día con una celeridad que despabilaría a alguien de Chicago. Hay grandes avenidas de  carne fría y congelada. Las máquinas que aligeran el trabajo la transportan a bordo de los vapores que se apresuran en cruzar el Atlántico, transportando reses baratas a los mercados de Londres y Liverpool. El comercio se lleva a cabo según los últimos lineamientos científicos. Los norteamericanos se han quedado con el negocio de la carne y los judíos controlan el mercado del trigo.</p>
<p>Buenos Aires es el mercado donde se intercambian los productos de las ricas tierras de la periferia. Recauda un abultado peaje. Los edificios más imponentes son los bancos –bancos nacionales, británicos, alemanes, franceses, españoles e italianos. Sobre la calle Reconquista y alrededor de ella se encuentran estos bancos, siempre activos. Cerca están las empresas de transporte rivales, en exceso. Las oficinas de las grandes compañías ferroviarias son gigantescas. Una multitud de locales exhiben las últimas y mejores máquinas agropecuarias que Illinois y Lincolnshire pueden fabricar. Las calles son tan angostas y vitales y están tan abarrotadas de gente como las del centro de Londres. Hay formalidad en los hombres.</p>
<p>El argentino es de modales serios. Se viste de negro convencional. Un chaleco de color claro, una corbata alegre o un par de medias extravagantes son de mal gusto. No se puede distinguir a un millonario de uno de sus empleados, excepto porque el primero posee un costoso automóvil y el segundo contrata un taxi o una <i>victoria</i>, o viaja en tranvía. En cada esquina se ven signos de prosperidad, de negocios exitosos. Y el dinero en BA habla en voz tan alta como en Nueva York.</p>
<p>La gente de estirpe sajona tiende a burlarse de la decadencia de la raza latina. Pero hay algo revigorizante en un pueblo trasplantado. Tenemos evidencias en nuestras propias colonias. El hombre de ascendencia española en la Argentina no siempre es el tipo vivaz que él cree ser, pero ha dejado caer la capa de indolencia que envuelve España. A menudo es rico; vive en una casa hermosa; sus extravagancias son mayores que las de un archiduque ruso. Es amable y hospitalario.</p>
<p>Pero el argentino-español acaudalado no es el creador de su propia fortuna. Escuché de un solo caso de un argentino-español que debía su gran fortuna a su iniciativa comercial. Las fortunas de la mayor parte de estos argentinos provienen de la tierra. Sus abuelos consiguieron áreas inmensas de la manera más sencilla. Las propiedades eran tan grandes que no se medían en acres, ni siquiera en millas cuadradas, sino en leguas. Pero por más que cien leguas pudiesen servir para el ganado o las ovejas, o para plantar trigo, ¿qué valor tenían a un par de cientos de millas de un puerto? Entonces llegaron los ferrocarriles británicos. Penetraron las praderas. La tierra multiplicó su valor diez veces, cien veces. Llegó otra gente; primero los astutos escoceses; después los hancendosos italianos; después los ingleses se inclinaron por convertirse en <i>estancieros</i>. Sus hijos son argentinos. Pero las grandes fortunas están sobre todo en posesión de los primeros argentinos –aquellos que se instalaron hace cincuenta años o más–. Se han quedado sentados, quietos, y el valor de su tierra ha florecido. No pagan impuestos sobre sus ingresos; no existe el impuesto al incremento de la renta que no se ha ganado. El Sr. Lloyd George estuvo una vez en la Argentina, asociado con una compañía de desarrollos inmobiliarios. Esa, sin embargo, es otra historia.</p>
<p>Cientos de miles de inmigrantes llegan a la República todos los años. Vienen de todas las tierras del mundo. Sobre todo vienen de España e Italia. Italia provee el número más grande, y espléndidos colonos resultan ser. Aunque la lengua siempre será el español, la raza rápidamente se está transformando en italiana. Hay una combinación de aquello rígido que viene de Europa. De manera que en esta rica tierra –que compite con Canadá y Australia en productividad– se está formando en la mezcla un nuevo pueblo, aplicado, alerta, exitoso, ostentoso, pagano –un pueblo que tiene un destino y que lo sabe–.</p>
<p>Los argentinos están orgullosos de su ciudad. No logras estar en Buenos Aires más que un par de días antes de ser bombardeado con la pregunta: “¿No te parece que esta es una ciudad hermosa?”. No lo es, pero sí es una ciudad interesante.</p>
<p>En los barrios más antiguos las calles son angostas, de estilo español. Tan angostas son que, tintineando los carros eléctricos a lo largo de ellas, los vehículos pueden avanzar en una única dirección. Para llegar a un negocio en carruaje a veces es necesario conducir a lo largo de tres cuartos de una cuadra de edificios. Pequeños gracioso policías, de cara marrón, traje azul y con polainas blancas y varas, dirigen el tránsito. En Florida –la Bond Street de BA– está prohibido el tránsito de cualquier tipo de rodado entre las cuatro y las siete de la tarde, para que los compradores puedan caminar más fácilmente.</p>
<p>La mayoría de las calles tienen nombres de provincias argentinas o repúblicas limítrofes o héroes nacionales o de algún político u hombre adinerado que puede tener influencia sobre las autoridades. Cuando un hombre ha perdido su popularidad, lo que queda de su fama desaparece al cambiar el nombre de la calle por el de alguien más. Es como si allá en casa el gobierno decidiera cambiar el nombre de Victoria Street, en Westminster, por el de <i>Avenida</i> Asquith, con la perspectiva de luego cambiarlo por <i>Calle</i> Bonar Law.</p>
<p>Amplias <i>plazas</i> decoran la ciudad. La vegetación es exuberante y las estatuas, numerosas. La <i>Plaza Mayo</i> no se llama así por algún colega irlandés, sino por el mes de mayo de 1810. Los negocios son tan grandes como en Londres. Argentina no manufactura práctica nada y todas las cosas agradables deben ser importadas de Europa. Los hoteles son imitaciones de los de París. Los restaurantes están a la par de los mejores que tenemos en Londres. Una banda de música vienesa toca mientras uno come caviar ruso y el mozo le pregunta qué champagne va a elegir. Pero todo es caro. Un hombre necesita un salario tres veces mayor en Buenos Aires para vivir de la misma manera que viviría en Londres. Si usted calcula la diferencia en el cambio de monedas, enloquece. Es mejor contar el peso (un chelín y ocho peniques) como un chelín, y luego recordar que está gastando su chelín en Sudamérica, donde las cosas son preciadas. Se puede obtener un almuerzo modesto por diez chelines, pero deberás pagar dos chelines por una cerveza y tres chelines y seis peniques por un cigarro que valga la pena fumar.</p>
<p>Sin embargo, a nadie le importa. Se están gastando inmensas fortunas en mejorar la ciudad. Está construida sobre el plano en T americano. Pero será sometida al plano de Haussmann, con grandes avenidas arboladas irradiando en diagonal desde la Plaza de Mayo. Se está construyendo rápidamente un tren subterráneo, que se extiende reticularmente por debajo de la ciudad. Los trenes tienen un gran tráfico suburbano, y están siendo electrificados. Hay colonias británicas en Belgrano y Hurlingham, y se puede elegir entre tres campos de golf. En los meses de verano –diciembre, enero y febrero– hay vida en el río del Tigre, el Támesis de la Argentina. Un sitio encantador es Palermo, una mezcla de Hyde Park y el Bois de Boulogne: superficies abiertas y árboles encantadores, un boulevard doble con estatuas y mármoles conmemorativos en el medio, jardines cuidados, flores radiantes y la banda de música que toca.</p>
<p>Un paseo por Palermo a la hora más popular hace que uno se sorprenda de estar a seis mil millas de Europa. En ningún lugar del mundo he visto semejante despliegue de automóviles costosos, miles de ellos. La ostentación es una de las estrellas de la vida en la Argentina. Las apariencias son todo. Tienes que tener un automóvil, aunque no tengas dinero para pagarlo y le debas al dueño de tu casa un año de alquiler. Las mujeres están trajeadas exquisitamente pero no tienen la vivacidad de las mujeres francesas, ni su atrevimiento en el vestir. Existe un cierto recato, una moderación que le recuerda  a uno que la atmósfera de la lejana Castilla todavía los envuelve.</p>
<p>Los domingos y los martes hay carreras en Palermo. El precio que los argentinos pagan por los caballos se ha vuelto proverbial. Es una buena pista de carreras. No tenemos nada tan magnífico como la tribuna, ni en Espom, ni en Ascot ni en Goodwood. Es un palco real con pretensiones. El restaurant es como el comedor del Ritz. Todo el mundo se viste como lo haría en Ascot. No hay corredores de apuestas. Se utiliza el totalizador. Las apuestas las maneja oficialmente el Jockey Club, y constantemente se anuncia la cantidad de dinero apostada sobre los caballos. Aquellos que apoyaron a los ganadores comparten el pozo, menos el diez por ciento. Como este diez por ciento se descuenta del total apostado en cada carrera, los ingresos del Jockey Club se cuentan de a cientos de miles de libras. Por eso el Club mantiene una buena pista de carreras, ofrece premios en dinero, tiene una sede en BA –sin duda el <i>club-house</i> más palaciego del hemisferio sur– y distribuye el remanente entre los hospitales. Los ingresos del Jockey Club son tan grandes que realmente dan vergüenza. Los miembros están procediendo a construir un palacio como el de Aladín, espléndido.</p>
<p>Pero en las carreras de Palermo noté que no asistía ninguna mujer, excepto en los recintos para los miembros. Incluso allí no se mezclaban con los hombres. No había ninguna alegría como a la que estamos  acostumbrados en Europa. Se mantenían en pequeños grupos. Yendo de maravilla en maravilla, estuve presente en un concierto de gala en el Teatro Colón. He visto todos los grandes teatros del mundo y este es el más bello –una armonía de rosa y oro–. La audiencia estaba vestida tan a la moda como en la ópera de Londres, aunque extrañé el despliegue deslumbrante de joyas que me habían prometido. La mayor parte de la audiencia eran mujeres; estaban en sus palcos y la mayoría de los hombres estaban en la platea. Había una galería reservada para mujeres.</p>
<p>Comencé a discernir un extraño orientalismo en las relaciones entre los sexos. Las mujeres argentinas están entre las mejores madres del mundo. Pero prácticamente no existe buena camaradería entre hombres jóvenes y mujeres jóvenes, que es una característica tan feliz de nuestra vida inglesa. Hay brillantes recepciones, pero las cenas de fiesta, tal como la conocemos, son inusuales. Rara vez un argentino le presenta su mujer a un amigo. Excepto entre las más pobres, casi nunca una mujer sale sola a la calle. Si lo hace, corre el riesgo de ser insultada. Hay argentinos –que se ofenderían si se les rehusara el nombre de caballeros– que piensan que es un deporte excelente caminar por Florida por la noche y murmurar obscenidades a cada mujer desprotegida que pasa. Buenos Aires es la ciudad más inmoral del mundo. De manera que el argentino protege a su mujer del contacto con otros hombres. Su actitud es una reliquia de los días en que los moros tenían posesión de España.</p>
<p>He dicho que Buenos Aires es una ciudad pagana. Lo es. Los hombres son abiertamente irreligiosos. En conversaciones, me han hablado de tolerancia a todas las religiones. En realidad se trata de indiferencia a cualquier religión.</p>
<p>Ganar dinero y despliegue ostentoso: estos son los dioses que adoran. Las casas de los distritos más ricos son de arquitectura exótica. Recuerdo manejar por la Avenida Alvear, una calle de palacios que recuerda el Gran Canal de Venecia si fuera una autovía. Pero los finos bloques de piedra no son más que estuco. La ornamentación, las decoraciones florales, no son piedra tallada; son estuco. Imitación, pretensión, ostentación, el alardeo de la riqueza están por todas partes.</p>
<p>Sin embargo, esta ciudad, que ha crecido en una generación sobre las llanuras barrosas al lado del barroso río Paraná, tiene algo que ejerce una extraña fascinación.</p>
<p style="text-align: right;"><b>de </b><b><i>The Amazing Argentine</i></b><b>. <i>A New Land of Enterprise </i>[<i>La asombrosa Argentina. Una nueva tierra de negocios</i>]. London, Cassell and Company, 1914.    </b></p>
<p>&nbsp;</p>
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