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	<title>the Buenos Aires Review &#187; São Paulo</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>El pan del cuervo (fragmento)</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Nov 2014 16:19:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Nuno Ramos
 traducción de Martín Caamaño</p>
<p>Lección de geología</p>
<p>Hay una capa de polvo que recubre las cosas, protegiéndolas de nosotros. Polvo oscuro de hollín, fragmento de sal y de alga, toneladas de materia en granos que van cruzando el océano transformándose en hilachas transparentes depositadas poco a poco para preservar lo que quedó abajo. Casi nada se ha pensado respecto a este fenómeno. Se trata probablemente de una enorme operación de camuflaje, de ecualización de una señal remota que percibiríamos fácilmente en ausencia de esta montaña de pequeños agregados. Algo dentro de las cosas está siendo disfrazado, escondido a cualquier precio, e incluso hasta el extracto de roca, tierra y lava seca donde pisamos, construimos nuestras cabañas y parimos a nuestros hijos parece estar allí para envolver algo que tiende al centro. La agregación  interminable de la ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/11/el-pan-del-cuervo-fragmento/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/04_05_Desenho_17.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-5415" alt="Ramos_04_05_Desenho_17" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/04_05_Desenho_17-1024x825.jpg" width="1024" height="825" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Nuno Ramos</em><br />
<em> traducción de Martín Caamaño</em></p>
<p><strong>Lección de geología</strong></p>
<p>Hay una capa de polvo que recubre las cosas, protegiéndolas de nosotros. Polvo oscuro de hollín, fragmento de sal y de alga, toneladas de materia en granos que van cruzando el océano transformándose en hilachas transparentes depositadas poco a poco para preservar lo que quedó abajo. Casi nada se ha pensado respecto a este fenómeno. Se trata probablemente de una enorme operación de camuflaje, de ecualización de una señal remota que percibiríamos fácilmente en ausencia de esta montaña de pequeños agregados. Algo dentro de las cosas está siendo disfrazado, escondido a cualquier precio, e incluso hasta el extracto de roca, tierra y lava seca donde pisamos, construimos nuestras cabañas y parimos a nuestros hijos parece estar allí para envolver algo que tiende al centro. La agregación  interminable de la Gravedad, de la masa cayendo sobre la masa, materia abrazando materia con apetito siempre renovado, constituye la razón más evidente de este principio. Es como si un ser primordial, pleno en una carcajada antigua, percibiera un tajo en su cuerpo o pus en sus ojos, una pelusa de color extraño en su pelo o incluso una mal formación en sus miembros. Antes de abismarse en la tristeza, avergonzado de lo que percibió, aún pudo recubrirse con lo que había a sus espaldas, levantando todo lo que dejara escapar de sí, pues hasta hace poco era parte de su cuerpo perfecto la materia de la que ahora se viste –el polvo y la tierra, el follaje y las pelusas, el fuego explosivo de las estrellas y la oscuridad congelada. La gigantesca espiral en movimiento, concéntrica, como un feto encogiéndose, con que se retrajo esta divinidad incapaz de comprenderse, de incluirse entera, enseñó al tiempo y al espacio, que hasta entonces estaban en ella, eran ella, su comportamiento básico –caída, choque, suspensión; arena, materia, enigma. Es difícil comprender cómo habrá irradiado en las cosas esta actitud de reclusión y de vergüenza. La materia, en verdad, tal vez no sea más que la expresión primera de esta fuga. En vez de la afirmación explosiva de una nada plena, toda la Física tendría por principio la negación y el ocultamiento de algo percibido, el disfraz de un defecto, la espiral protectora en torno a una identidad llena de disgusto. La expansión del universo, según este punto de vista, debería proseguir apenas hasta que el recubrimiento se cumpla, volviéndose después innecesaria. Pero si el flujo de polvo y lava en nuestro planeta continúa, si la luz se desvía en su espectro hacia el rojo, señalando el alejamiento progresivo de las estrellas ya tan alejadas, es porque el cuerpo avergonzado todavía no puede cubrirse entero. En verdad, el movimiento con que giran los gases calentados, los choques de masas polares con el aire más liviano y caliente que viene de los trópicos, la condensación de las tempestades sobre el océano, toda la sal lanzada en la atmósfera, la lucha de las mucosas y las branquias, el sufrimiento mismo de las aspiraciones humanas, dragones esparciendo lentejuelas y escamas, vidas sesgadas, pedazos de madera que naufragan, ojos que las cataratas velan, cuenca donde habitan los secretos, todo lo que quedó gris y después floreció en primavera, todo lo que el otoño ecualizó con plata y monotonía, el leve rosado del poniente, el aire que infla el pecho de alegría, en verdad parecen parte de una astucia, gestos furtivos que no   comprendemos, secuelas de un cuerpo enorme y defectuoso que intenta inútilmente recubrirse, desaparecer debajo de la apariencia. El motivo de su fracaso, probablemente, se deba al hecho de que la materia de la que se recubre sea ella misma parte suya, compartiendo su decepción –<i>ella</i> <i>también </i>quiere ocultarse, reproduciendo infinitesimalmente el movimiento que debería ser restricto al carozo que le dio origen. Acaba así traicionando por mimetismo y semejanza el papel que le fue designado mientras la larga letanía de que existe, girando su rostro para adentro, neutralizando sus facciones, desfila lentamente. Tal vez sea una curiosa contradicción que aquello que tanto se esconde precise de testigos como nosotros, que lo contemplamos, lo admiramos y, encima, nos parece bonito. Pues así toda la eliminación progresiva, la nebulización periódica de lo que podría brotar en flores enloquecidas, la monotonía de un lenguaje que debería ser carne, una matemática que debería ser de troncos y de mármoles, sí, toda la laguna de posibilidades que la frágil ambición de nuestros órganos no supo realmente desear, consigue su <i>imprimatur</i>, su documentación en tanto necesidad –abrazamos lo que huye de nosotros, invertimos su propio disgusto y rechazo, juzgamos como perfecta la naturaleza avergonzada y defectuosa, adherimos, en fin, perdidamente y para siempre a lo que parece bello, porque nos conformamos con amar.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Ceniza</strong></p>
<p>Si el fuego viene del bosque, tenemos nuestro fuego. Si viene de adentro de una de las casas, hay tierra alrededor de ellas para evitar que se propague. Si crece en una gran choza, ojalá que la destruya. Tal vez sea un rayo que nos fulmine. Sabemos que el fuego vendrá porque todos tuvimos el mismo sueño. Una llama azul y un humo claro. El aroma dulce de la carne quemada. La huida de los sobrevivientes entre las brasas, hasta la laguna seca. Nuestra carcasa calcinada junto a la de dos leones. Después nuevos árboles creciendo, nuevas casas, la gran choza. Después el mismo sueño y la disipación nuevamente.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Avispa</strong></p>
<p>Me dijeron, fue la vecina la que habló, que vinieron tras de mí cubiertos con capuchas. Yo estaba sumergido. Revisaron toda la habitación buscando el pasaje. La habitación entera es el pasaje. El sofá hundido. Las paredes son livianas. Preferiría que me encontrasen pronto. Preferiría que esto terminara y soltasen la vieja avispa sobre mí. Ella ahora está atrapada en un tarro de glucosa, atiborrándose de comida. Me dijeron, fue la vecina la que habló, que es exactamente eso lo que van a hacer.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Banda de la luna</strong></p>
<p>La última lluvia fuerte les quitó tierra de encima. Andaban en banda. Seguían la luna. Está probado que no trasmiten nuestras dolencias, pero nos gusta el último ladrido. Hacemos jabón. Fabricamos la harina de huesos, pelo y sangre caliente. Después me lavo con eso. Eso animal. El mejor amigo del hombre huye del hombre. Permanece secándose en el asfalto con la pata floja, moribunda.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><strong>Yo cuido de ellos</strong></p>
<p>Desde que llegó la ruta yo cuido de ellos. Solo necesito una pala, un poco de cal y una bicicleta. Ni siquiera necesito pedalear mucho. Cuelgo el balde lleno de cal en el mango del manubrio. Cada mañana hay un perro nuevo. Al menos uno. Lo miro bien. A veces viene junto con unos pedazos de asfalto, piedras de alquitrán pegadas en el pelo. Intento acordarme cómo era. Anoto el tamaño, el dibujo de las manchas, el lugar donde el auto le dio y la fecha. Si alguien me viene a preguntar estoy preparado. Después lo tapo con  tierra de mi jardín. Necesito desenterrar a los más antiguos y hacer lugar para los nuevos. Quiero saber sus nombres. Cuando conozco al dueño le pregunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Nuno Ramos, &#8220;Sin título&#8221; (2005). O pão do corvo fue publicado por Editorial 34.</em></p>
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		<title>Historia de amor</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jul 2014 12:32:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[São Paulo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Bernardo Carvalho
traducción de Rosario Hubert</p>
<p>1.</p>
<p>Antes de cumplir diez años, la madre ya lo obligaba a acompañarla al puerto para negociar el pescado que los hombres traían a la mañana. No por azar el chico terminó generando semejante aversión a los negocios y al comercio. La escena es siempre la misma. Madre e hijo van por la calle polvorienta que bordea el río, ambos visten galabiyas muy sencillas y alpargatas. Ella va de negro de la cabeza a los pies, y camina como si paseara sin rumbo un domingo de sol. Él es tan chiquito y está tan incómodo que, a pesar de la galabiya sucia, con el dobladillo suelto que arrastra por el camino de tierra, más bien parece vestido para una ocasión especial. La madre apoya el codo sobre la pilastra en lo alto de la balaustrada ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/07/historia-de-amor-4/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Egipto_Freire_05.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4778" alt="Egipto_Freire_05" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Egipto_Freire_05-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Bernardo Carvalho<br />
</em><em>traducción de Rosario Hubert</em></p>
<p>1.</p>
<p>Antes de cumplir diez años, la madre ya lo obligaba a acompañarla al puerto para negociar el pescado que los hombres traían a la mañana. No por azar el chico terminó generando semejante aversión a los negocios y al comercio. La escena es siempre la misma. Madre e hijo van por la calle polvorienta que bordea el río, ambos visten <i>galabiyas </i>muy sencillas y alpargatas. Ella va de negro de la cabeza a los pies, y camina como si paseara sin rumbo un domingo de sol. Él es tan chiquito y está tan incómodo que, a pesar de la <i>galabiya</i> sucia, con el dobladillo suelto que arrastra por el camino de tierra, más bien parece vestido para una ocasión especial. La madre apoya el codo sobre la pilastra en lo alto de la balaustrada de uno de los lados de la escalera que va de la calle al río y espera, como quién no quiere nada, a los pescadores que en algún momento van a subir con sus bolsas de plástico. El chico mira a su alrededor, a la calle y a la ciudad. Evita cruzar la mirada con los turistas que bajan de los barcos, y que, por ser extranjeros, son los únicos testigos de su humillación. Los locales siquiera prestan atención al chico que no quiere estar ahí, al lado de su madre, y no tiene opción. Los hombres no se rebajan a hablar con una mujer sola y hay que traer comida a la casa. Mientras espera con la madre en lo alto de la escalera, sueña con el día en que descenderá por el río hasta El Cairo, como su hermano, para nunca más volver.</p>
<p>Tres hombres suben los escalones de piedra, conversando, como si no se hubiesen percatado de la mujer de negro en lo alto del talud, apoyada sobre una de las pilastras de la escalera. Cada uno tiene una bolsita de plástico en la mano. Ella los observa. Al llegar a lo alto de la escalera, uno de los pescadores se dirige hacia ella, deposita la bolsita a sus pies y se aparta sin dirigirle la palabra, sin siquiera dedicarle una mirada. Se junta de nuevo con los otros dos, que lo esperan del otro lado de la escalera, en la balaustrada opuesta, conversando de espaldas a la mujer, fingiendo ignorarla. La mujer abre la bolsa, examina los pescados en el interior y trata de decir algo, desde lejos. El hombre, conversando con los amigos del otro lado, se hace el que no oye. Es señal de que la oferta fue baja. Ella insiste, dice otra cosa, más alto, -que los pescados nos sirven, por ejemplo-, para justificar la oferta, y al final él se toma el trabajo de retrucar con un gesto desagradable. Amenaza con agarrar la bolsa e irse. Es siempre así. Ella no osa acercarse a los hombres, y aunque eso sea normal según las costumbres locales, el chico siente la humillación de estar del lado errado de la escalera, con la madre, y no con los hombres, por fuerza de las circunstancias. Es la mirada de los turistas extranjeros lo que lo humilla. No será así cuando crezca y se vaya a El Cairo.</p>
<p>Cuando la madre y el pescador llegan finalmente a un acuerdo, le toca entrar en escena. Ella le da la plata y lo empuja. Él se dirige contrariado hacia la balaustrada opuesta, donde están los hombres, y le entrega la plata al pescador. Espera el vuelto, que no es gratis. Pero antes, el pescador lo desdeña, pasándole la mano por la cabeza. La madre reacciona desde lejos, diciendo algo que hace que el pescador ponga cara de disgusto y le entregue por fin el vuelto. El chico regresa hacia la madre y a la casa, con la bolsa de pescado7 en la mano, mientras los hombres se alejan, contando la plata y riéndose.</p>
<p>La escena se repite con ligeras modificaciones hasta el día en que, a los quince años, su tío lo lleva a visitar a su hermano mayor, preso en El Cairo. Es la primera vez que va a la gran ciudad, cosa que lo tiene en éxtasis a pesar del motivo. En las visitas anteriores, el tío fue solo. En casa, nadie habla de la detención del hermano. La madre lloró durante dos años y después paró y nunca más tocó el tema. Con la muerte del padre, el tío asumió las decisiones del hombre de la casa. Es dueño de un pequeño local de telas y los ayuda desde que el sobrino mayor fue arrestado en El Cairo y dejó de mandar plata. Ahora que el menor cumplió quince, llegó la hora de visitar al hermano.</p>
<p>La prisión lo impresiona. No se corresponde con la imagen que tenía de la gran ciudad. De alguna manera, la cárcel es mucho peor que una casa nubia, de barro, en los márgenes del desierto. El hermano está enfermo, tiene hematomas y cortes por todo el cuerpo. Los guardas le dicen al tío que las heridas son producto de una pelea entre los presos, hace un mes, en la que el sobrino mayor tuvo suerte, se salvó por poco. Hablan de la muerte, pero el chico no entiende lo que quieren decir, mientras que el hermano continúa preso. No entiende en qué sentido eso tiene que ver con la muerte. El hermano mayor no dice nada, pero, mientras los guardas se distraen, le pide al tío que lleve al hermano menor a la casa de alguien y le da una dirección. Habla bajo, en secreto, de modo que el chico no oye nada.</p>
<p>Cuando salen de la cárcel, el tío lo lleva hasta un enmarañado de calles en el centro de la ciudad y le pide que no se mueva que ahí, que lo espere, que no mueva los pies, en medio del caos de vendedores y del comercio que tanto lo horroriza, y que evite las tentaciones. Dice que no va a tardar. Tiene un encuentro ahí cerca. No dice de qué encuentro se trata ni dónde. Quiere ver antes el lugar y las personas a quienes tiene que entregar el sobrino para cumplir el designio del hermano mayor.</p>
<p>Mientas espera, el chico escucha una música que sale de un edificio y se olvida de las instrucciones del tío. Se acerca, curioso, y percibe un movimiento extraño en el interior de un edificio antiguo con ventanas mozárabes. Entra. En el patio interno, un grupo de hombres de blanco gira sin parar al son de una música hipnotizante. No entiende que es lo que están haciendo, pero tampoco necesita entender. Cinco hombres giran sin parar, en una cadencia frenética, que va aumentando a medida que los cuatro músicos escondidos a la sombra también se inflaman con sus instrumentos, a un ritmo que evoluciona hacia una explosión que nunca llega. El chico se queda con los ojos fijos en el círculo de hombres, al son de la música hipnotizante. Quiere girar también, pero no logra mover los pies. No sabe definir exactamente qué es ese sentimiento, son más que ganas, es una cosa que no podrá dejar de hacer tarde o temprano. Tendrá que girar, como esos hombres, hasta caer. Ellos giran, en círculo y en torno de sus propios ejes, como los planetas, acercándose a un estado que, aunque no conozca, puede imaginar como si ya lo hubiese experimentado, un estado que estuvo siempre dentro suyo a la espera de un modo de expresarse. De repente, la cadencia comienza a enfriarse y los hombres van parando de girar. En ese instante, de la nada, uno de ellos toma de la mano al que tiene al lado y lo besa en la boca, mientras que los otros, aunque un poco más lento que antes, continúan girando sobre sus propios ejes, indiferentes a lo que ocurre a su alrededor. Tienen los ojos cerrados, pero el chico mantiene los suyos bien abiertos. Todo pasa tan rápido que no sabe qué es lo que vio y qué es lo que imaginó cuando los dos hombres se separan y como si no hubiera pasado nada, retoman el movimiento, continúan girando lentamente al lado de los otros, con los ojos cerrados. El chico sigue paralizado cuando la mano del tío lo arranca de ese estado letárgico de un tirón violento en el hombro. Le pregunta qué está haciendo ahí, que por qué no se quedó esperando donde habían arreglado. El chico no sabe qué responder, podría decir simplemente que escuchó la música y quiso ver qué de qué iba la cosa -que sería lo más simple y verdadero-, pero todo lo avergüenza, como si lo hubieran descubierto in fraganti por un crimen que no llegó a cometer. No sabe bien por qué se está muriendo de vergüenza, mientras el tío le grita y lo saca de ahí a la fuerza, y un grupo de turistas extranjeros lo observa con la misma mirada que cuando iba al puerto a negociar el pescado con la madre.</p>
<p>2.</p>
<p>Cuando cumplió quince años, le regalaron una antología de poemas de Kavafis y nunca más dejó de soñar con el mar, con los hombres y con el Oriente. Quería ver los &#8220;bellos cuerpos de muertos que nunca envejecerán&#8221;. El mismo libro que el padre le arrancó de las manos el día en que le dijo que todavía no se había decidido entre historia o arqueología (pero indudablemente no seguiría la carrera familiar, no sería médico como su padre, como los hermanos, como los tíos y como los primos), el mismo libro que el padre lanzó contra la pared, meses más tarde, cuando atravesaba dificultades financieras, gritando que lo único que faltaba es que el hijo fuera maricón.</p>
<p>Cuando cumplió dieciocho, la madre le regaló un viaje a Alejandría, para conocer los lugares donde había vivido y amado el hombre que, sin ningún evento exterior, sufrió cataclismos interiores, en silencio, solo, y los expresó en un manojo de poemas extraordinarios: &#8220;no encontrarás tierras nuevas, tampoco un nuevo mar. La ciudad ha de seguirte&#8221;. Aún así, quería conocer la ciudad donde el poeta había vivido y amado, al igual que el vivía y amaba Río de Janeiro, a millones de kilómetros, bajo otras estrellas, frente a otro mar. Caminaba por la noche de Río, imaginando a Kavafis, en Alejandría, en busca de jóvenes, pero siempre que los encontraba, y apenas se ponía a hablarles del poeta y a recitarles los primeros versos, enseguida lo dejaban solo con sus poemas. Sólo le quedaba yirar, girar solo, por la calle y al son de la música hipnotizante de los pequeños infiernos. La ciudad podía seguirlo donde quiera que fuese, pero él tenía la esperanza de que por lo menos en tierras nuevas y en un nuevo mar, lograría encontrar a alguien que se sintiera seducido por los poemas.</p>
<p>3.</p>
<p>Desde el día que el tío lo llevó a El Cairo, nunca más volvió a su casa, nunca más volvió a ver a su madre ni a los peces. Cumpliendo el designio del hermano mayor, el tío lo dejó en la casa de aquellos que, a falta de un padre, deberían ocuparse de su educación. Y durante todos esos años en que estudió la palabra del profeta, buscó, en secreto y en vano, por las calles, pasajes y callejones, a los hombres de blanco, girando al son de la música hipnotizante, que había oído al llegar a la ciudad. Hubiera bastado preguntar a alguien por la calle. Pero nunca se atrevió. Tenía miedo que de alguna manera Dios lo oyese y que su interés por los hombres que giraban acabase llegando a los oídos de su hermano mayor, en la cárcel. Solo una vez, traicionado por la soledad, le confesó a un colega de estudios las ganas que tenía de volver a verlos, y el asunto, tal como había imaginado, fue a dar a la cárcel. La semana siguiente, durante las horas de visita, el hermano mayor le clavó una mirada de fuego, le habló de las tentaciones y de los extranjeros impíos, y lo exhortó a seguir rezando.</p>
<p>Así fue. Rezó sin parar, durante años, hasta entrar en ese hotel, a las 17hs de una tarde de domingo, y pasar por el detector de metales con una valija vacía. Siguiendo las instrucciones, cruzó el lobby sencillo, con alfombras sucias en el suelo y humedades en las paredes, y se dirigió a la recepción, donde pidió un cuarto con vista a la plaza. Era el código. El recepcionista le ofreció un cuarto en el primer piso, un truco en caso de que alguien lo oyera, para después poder testificar, cándidamente, a favor de la inocencia del recepcionista. Respondió que tenía problemas para dormir con el ruido. El recepcionista entonces le ofreció un cuarto al fondo, que también rechazó. Quería un cuarto en el frente, en algún piso más alto. Al consultar la planilla, el recepcionista descubrió un cuarto disponible en el cuarto piso &#8211; ¡mire que suerte!- y le pidió un documento al huésped, quien le entregó, como era de esperar, un pasaporte falso.</p>
<p>A las 17:20hs, abrió la puerta del cuarto oscuro, con unos guantes de látex finitos, para no dejar rastros, y rezó otra vez. Las cortinas estaban cerradas. Las abrió y el sol de fin de tarde lo iluminó. Era un hombre de dieciocho años, con la vida por delante. Volvió hacia la valija vacía que había dejado sobre la cama, tal como podría haber hecho un huésped de verdad, examinó el cuarto con los ojos, fue hacia el ropero y lo abrió. La bolsa de plástico estaba ahí adentro, en el fondo de una estantería, como habían arreglado. Era una bolsa translúcida y verdosa, como la que los pescadores dejaban a los pies de su madre, siempre con los peores pescados, bajo la mirada de los turistas extranjeros que llegaban en los barcos.</p>
<p>A las 18:30hs, un chico extranjero con una mochila al hombro llegó a la plaza y buscó un lugar entre las mesas de afuera del café repleto de turistas, en la vereda abajo del hotel barato. Tenía dieciocho años y la vida por delante. Al día siguiente, realizaría su sueño: conocer Alejandría, la ciudad del poeta. Se sentó, pidió una Coca-Cola y sacó un libro usado de la mochila. Lo abrió en la página marcada y después de mirar la plaza y el cielo del crepúsculo leyó para adentro el primer verso de un poema que sabía de memoria: &#8220;¿Qué esperamos en el ágora reunidos?&#8221;, como si lo leyese por primera vez.</p>
<p>A las 18:40hs, el chico de la valija vacía volvió al cuarto en el quinto piso después de una breve ausencia. Había ido a certificar que la puerta de servicio que daba a la terraza estuviera efectivamente abierta y que, como le habían dicho, tenía acceso a los edificios vecinos, su camino de huida. Cerró las cortinas y buscó la bolsa de plástico en el fondo del ropero. Abrió el paquete malhecho, adentro de la bolsa de plástico. Observó, en la penumbra del cuarto, el objeto sobre la colcha desacomodada, naranja, que cubría la cama. Rezó. Durante algunos segundos, no se movió, no hizo nada, al igual que, años antes, se había quedado inmóvil delante de los hombres de blanco que giraban sin parar.</p>
<p style="text-align: left;">            Ahí abajo, el chico extranjero se puso a leer el primer verso de otro poema que también sabía de memoria: &#8220;Desde las diez y media, esperó en el café&#8221;. Cinco pisos más arriba, el chico terminó de rezar y se lanzó sobre el artefacto. Y se quedó así por algunos segundos, antes de tocarlo. No podía fallar. No tendría una segunda oportunidad. Cualquier error podía ser fatal. Estaba haciendo lo que correspondía, repetía en silencio, como para convencerse. Rezó de nuevo, pero en vez de vírgenes en el paraíso, esta vez vio a los hombres de blanco, girando, siempre girando. Manipuló el objeto como le habían enseñado. A las 19hs, lo tomó entre las manos, con cuidado, se acercó a la ventana y, por entre las cortinas, lo dejó caer sobre las mesas del café, cinco pisos más abajo, donde se reunían los turistas extranjeros al final de la tarde y donde un chico, terminando su Coca-Cola, con un libro abierto, terminaba otro poema que también sabía de memoria.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Egipto_Freire_04.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-4779" alt="Egipto_Freire_04" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/Egipto_Freire_04-1024x680.jpg" width="1024" height="680" /></a></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;">Leé esto en <strong><a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/07/historia-de-amor/ ">PORTUGUÉS</a></strong></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imágenes: <a href="http://www.sebastianfreire.com/#!muestras" target="_blank">Sebastián Freire</a></em></p>
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		<title>Passagem Literária da Consolação [são paulo]</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/passagem-literaria-da-consolacao-sao-paulo/</link>
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		<pubDate>Tue, 19 Nov 2013 16:56:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Shelf Love @es]]></category>
		<category><![CDATA[Tongue Ties @es]]></category>
		<category><![CDATA[São Paulo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Julián Fuks</p>
<p>Llamémoslo malestar en las librerías. Sé que no soy el primero en sufrir este infortunio y que no seré la última de sus víctimas. En algún inventario de nuevas patologías ha de estar descrita esta incomodidad específica, intensa y sutil a la vez, que puede acometer al sujeto que vaga entre largas estanterías de volúmenes lustrosos y apelativos. Una náusea, quizás, un ansia cuya causa es difícil de distinguir: algo en el orden excesivo de los libros, en su prontitud obediente, algo en su evidente jerarquía. Cuanto más grande la tienda, cuanto más transparentes sus vidrieras, más fuerte el sentimiento – aunque en las pequeñas librerías de los aeropuertos el mal puede alcanzar dimensiones imprevistas.</p>
<p>Estoy seguro de que el fenómeno ya se ha propagado por un centenar de países, pero también de que encuentra en San Pablo ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/passagem-literaria-da-consolacao-sao-paulo/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3925" alt="fuera" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Julián Fuks</em></p>
<p>Llamémoslo malestar en las librerías. Sé que no soy el primero en sufrir este infortunio y que no seré la última de sus víctimas. En algún inventario de nuevas patologías ha de estar descrita esta incomodidad específica, intensa y sutil a la vez, que puede acometer al sujeto que vaga entre largas estanterías de volúmenes lustrosos y apelativos. Una náusea, quizás, un ansia cuya causa es difícil de distinguir: algo en el orden excesivo de los libros, en su prontitud obediente, algo en su evidente jerarquía. Cuanto más grande la tienda, cuanto más transparentes sus vidrieras, más fuerte el sentimiento – aunque en las pequeñas librerías de los aeropuertos el mal puede alcanzar dimensiones imprevistas.</p>
<p>Estoy seguro de que el fenómeno ya se ha propagado por un centenar de países, pero también de que encuentra en San Pablo una de sus áreas endémicas. Los habitantes aún letrados de la ciudad, obligados a las grandes cadenas y sus <i>megastores </i>infranqueables, casi no disponen de alternativas para pasearse libremente entre libros y perpetrar sus adquisiciones continuas. Disponen, sin embargo, de un ligero antídoto – o de un consuelo, como el nombre sugiere. Cruzando por debajo una de las principales avenidas, la “Passagem Literária da Consolação” ofrece un alivio a pulmones obstruidos por tanta purpurina, un respiro con el polvo de los viejos libros olvidados. Nada del orden mercantil sino el desorden propio de la vida. Nada de imágenes y eslóganes llamativos, sino unas cuantas tapas apagadas por los días. Nada de precios extorsivos, sino el valor imprescindible para los bolsillos de algunos libreros organizados en cooperativa.</p>
<p>Nadie encontrará allí, por supuesto, el último lanzamiento del escritor pop del momento, o las inciertas rarezas apreciadas por los críticos. Tampoco llega a ser una tradición de las más longevas: no puedo mentir largas tardes en esa galería, entregado al placer impoluto de las letras, a su indeleble pedagogía. Debo ser sincero: ni siquiera es uno de mis habituales destinos. Pero a cada vez que paso por ahí siento que algo se distiende en mí, se consuela, que puedo seguir mis pasos y mis días bastante más tranquilo.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3927" alt="dentro" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro-1024x611.jpg" width="1024" height="611" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><i>Passagem Literária da Consolação</i>: pasaje peatonal en la esquina de las avenidas Consolação y Paulista.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><em>LEER ESTO en <a href="http://www.buenosairesreview.org/?p=3952">portugués</a></em></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imágenes: Julián Fuks</em></p>
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		<title>Passagem Literária da Consolação</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Nov 2013 02:43:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[lenguajes invitados]]></category>
		<category><![CDATA[Tongue Ties @es]]></category>
		<category><![CDATA[São Paulo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p></p>
<p style="text-align: right;">Julián Fuks</p>
<p>Chamemos de mal-estar nas livrarias. Sei que não sou o primeiro a sofrer desse infortúnio, sei que não serei a última de suas vítimas. Em algum inventário de novas patologias há de estar descrito esse desconforto específico, a um só tempo intenso e sutil, que pode acometer o sujeito que vagueia entre longas estantes de volumes lustrosos e apelativos. Uma náusea, talvez, uma ânsia cuja causa é difícil de distinguir: algo na ordem excessiva dos livros, em sua prontidão obediente, algo em sua evidente hierarquia. Quanto maior a loja, quanto mais transparentes suas vitrines, mais forte o sentimento – mas nas pequenas livrarias de rodoviárias e aeroportos o mal pode alcançar dimensões imprevistas.</p>
<p>Estou certo de que o fenômeno se alastra por uma centena de países, mas também de que ele encontra em São Paulo uma de suas ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/11/passagem-literaria-da-consolacao-4/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3925" alt="fuera" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/fuera-1024x768.jpg" width="1024" height="768" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Julián Fuks</em></p>
<p>Chamemos de mal-estar nas livrarias. Sei que não sou o primeiro a sofrer desse infortúnio, sei que não serei a última de suas vítimas. Em algum inventário de novas patologias há de estar descrito esse desconforto específico, a um só tempo intenso e sutil, que pode acometer o sujeito que vagueia entre longas estantes de volumes lustrosos e apelativos. Uma náusea, talvez, uma ânsia cuja causa é difícil de distinguir: algo na ordem excessiva dos livros, em sua prontidão obediente, algo em sua evidente hierarquia. Quanto maior a loja, quanto mais transparentes suas vitrines, mais forte o sentimento – mas nas pequenas livrarias de rodoviárias e aeroportos o mal pode alcançar dimensões imprevistas.</p>
<p>Estou certo de que o fenômeno se alastra por uma centena de países, mas também de que ele encontra em São Paulo uma de suas áreas endêmicas. Os habitantes ainda letrados da cidade, obrigados às grandes cadeias e suas <i>megastores</i> intransponíveis, quase não dispõem de alternativas para passear livremente entre livros e perpetrar suas aquisições costumeiras. Dispõem, no entanto, de um ligeiro antídoto – ou de um consolo, como o nome sugere. Cruzando por baixo uma das principais avenidas, a Passagem Literária da Consolação oferece um alívio para pulmões entupidos de tanta purpurina, um respiro com a poeira dos velhos livros esquecidos. Nada de ordem mercantil; apenas a desordem própria da vida. Nada de imagens e slogans chamativos; apenas umas quantas capas desbotadas pelos dias. Nada de preços extorsivos; apenas o valor imprescindível aos bolsos de um punhado de livreiros organizados em cooperativa.</p>
<p>Claro, ninguém encontrará ali o último lançamento do escritor pop do momento, ou obscuras raridades apreciadas pelos críticos. Também não chega a ser uma tradição das mais longevas: não posso inventar longas tardes que passei naquela galeria em leitura ininterrupta, entregue às letras e seu prazer impoluto, e sua indelével pedagogia. Devo ser sincero: não é sequer um dos meus habituais destinos. Mas toda vez que passo ao acaso por ali sinto que algo se distende em mim, que algo em meu íntimo enfim se consola, que posso seguir meus passos e meus dias bastante mais tranquilo. <i></i></p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-3927" alt="dentro" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/dentro-1024x611.jpg" width="1024" height="611" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><i>Passagem Literária da Consolação</i>: passagem de pedestres na esquina entre as avenidas Consolação e Paulista.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: left;"><em>Imagens: Julián Fuks</em></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2014/06/passagem-literaria-da-consolacao-sao-paulo/">VOLVER / VOLTAR</a></p>
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		<title>El cuaderno de Nataniel</title>
		<link>http://www.buenosairesreview.org/es/2013/05/el-cuaderno-de-nataniel/</link>
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		<pubDate>Wed, 15 May 2013 04:30:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[São Paulo @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Veronica Stigger
traducción de Rosario Hubert</p>
<p>Opalka entró en la pequeña sala de la casa de su hijo Nataniel y caminó hasta la ventana, bajo la cual había una mesa de madera cuadrada, con un lado apoyado contra la pared. Sobre la mesa había un cuaderno de tapa dura roja, tamaño oficio, cerrado, un frasco de tinta, también roja, y una lapicera. Se sentó en la silla de mimbre y abrió el cuaderno, donde estaba escrito:</p>
<p>Hacer un libro antiguo
un libro de viajes
con páginas que se despliegan</p>
<p>La historia comenzará en una ciudad grande
-en una metrópolis-
o en la orilla del mar</p>
<p>Será la historia de un hombre solo
un hombre viejo
un hombre cansado</p>
<p>El hombre tendrá unos sesenta años
usará traje blanco y zapatos bicolores
y tendrá un chimpanzé</p>
<p>Su chimpanzé será inmenso
del tamaño de mi personaje
alto y fuerte como un escandinavo</p>
<p>Tendrá el pelaje gris claro
(Y ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/05/el-cuaderno-de-nataniel/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/LaGrave_Blue.jpg"><img class="size-full wp-image-2380 aligncenter" alt="" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/LaGrave_Blue.jpg" width="1000" height="750" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Veronica Stigger</em><br />
<em>traducción de Rosario Hubert</em></p>
<p>Opalka entró en la pequeña sala de la casa de su hijo Nataniel y caminó hasta la ventana, bajo la cual había una mesa de madera cuadrada, con un lado apoyado contra la pared. Sobre la mesa había un cuaderno de tapa dura roja, tamaño oficio, cerrado, un frasco de tinta, también roja, y una lapicera. Se sentó en la silla de mimbre y abrió el cuaderno, donde estaba escrito:</p>
<p>Hacer un libro antiguo<br />
un libro de viajes<br />
con páginas que se despliegan</p>
<p>La historia comenzará en una ciudad grande<br />
-en una metrópolis-<br />
o en la orilla del mar</p>
<p>Será la historia de un hombre solo<br />
un hombre viejo<br />
un hombre cansado</p>
<p>El hombre tendrá unos sesenta años<br />
usará traje blanco y zapatos bicolores<br />
y tendrá un chimpanzé</p>
<p>Su chimpanzé será inmenso<br />
del tamaño de mi personaje<br />
alto y fuerte como un escandinavo</p>
<p>Tendrá el pelaje gris claro<br />
(Y no me vengan a molestar diciendo<br />
que los chimpanzés no tienen pelo gris claro</p>
<p>Si yo quiero que mi chimpanzé<br />
tenga pelo gris claro<br />
lo tendrá)</p>
<p>Su pelaje será liso y brillante<br />
como una alfombra peluda<br />
de ésas que sólo existen en el Sur</p>
<p>Sus ojos serán achinados<br />
brillosos y azules<br />
como los de mi personaje</p>
<p>El hombre y el chimpanzé serán muy amigos<br />
(tal vez amantes)<br />
y dormirán en el mismo cuarto</p>
<p>El chimpanzé tendrá una cama de un cuerpo y medio<br />
y el hombre, una individual simple<br />
Y no habrá ninguna mujer en la historia</p>
<p>Los dos serán muy apegados<br />
Irán juntos al almacén<br />
al mercado</p>
<p>a la plaza<br />
al restaurante<br />
al cine</p>
<p>al dentista<br />
(el chimpanzé tendrá un diente de oro)<br />
y a la peluquería</p>
<p>donde cuidarán con el mismo celo<br />
los cabellos rubios del hombre<br />
y el pelaje gris claro del chimpanzé</p>
<p>Un día, el hombre tendrá que viajar<br />
habrá soñado que hay un secreto<br />
y que debe ser revelado</p>
<p>-un secreto sobre su origen<br />
escondido en una cajita de madera<br />
con tapa de nácar-</p>
<p>El secreto estará del otro lado del país<br />
de este país inmenso<br />
que él cree suyo</p>
<p>Tomará un tren<br />
-¡no!-<br />
Tomará un barco</p>
<p>Un vapor del Lloyd Brasilero<br />
donde costará que pase el tiempo<br />
y el hombre pensará que vaga en el infierno</p>
<p>Al chimpanzé le será prohibido ir:<br />
&#8220;El viaje es muy largo y desgastante<br />
No conviene que lo enfrentes&#8221;.</p>
<p>Pero el chimpanzé no se conformará<br />
Y se esconderá en uno de los baúles del hombre<br />
sin que éste desconfíe</p>
<p>Llegando a su destino<br />
el hombre abrirá su equipaje<br />
y verá al chimpanzé</p>
<p>dentro del baúl<br />
doblado al medio<br />
en posición fetal</p>
<p>cabeza inclinada<br />
ojos cerrados<br />
boca abierta</p>
<p>en las manos rígidas<br />
una cajita de madera<br />
con tapa de nácar</p>
<p>El hombre se arrodillará<br />
al lado del baúl<br />
abrazando al chimpanzé con toda su fuerza</p>
<p>Su cabeza caerá<br />
sobre el cuerpo<br />
de su mayor amigo</p>
<p>Su pelo rubio se mezclará<br />
con el pelaje gris claro &#8211; antes tan bello y vivo<br />
ahora resecado y sin brillo</p>
<p>La escritura -redondeada, medio infantil, de letras grandes y levemente inclinadas hacia la izquierda- se interrumpía bruscamente. Una mancha roja oscuro se extendía por la hoja del cuaderno, delineando una extraña forma que recordaba un cuerpo estirado en el suelo. Asombrado, Opalka cerró el cuaderno, se levantó y salió de la sala.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p style="text-align: center;"><em>Leer el texto <a href="http://www.buenosairesreview.org/2013/05/o-caderno-de-natanael-li/">en portugués</a></em></p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: <a href="http://www.magneticlaboratorium.com/" target="_blank">Marisela LaGrave</a></em></p>
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