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	<title>the Buenos Aires Review &#187; Gainesville</title>
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	<description>Arts &#38; Culture</description>
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		<title>Bestiario</title>
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		<pubDate>Fri, 24 May 2013 18:26:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: center;"></p>
<p style="text-align: right;">Aaron Thier
traducción de Guido Herzovich</p>
<p>Acaso uno halle el Bestiario de Aberdeen en un momento de ocio. Acaso mientras se busca, como resulta a menudo impostergable, descripciones del amor carnal entre marineros y sirenas. Acaso en una tarde de tormenta, el cielo ondulando como un mar, mientras las palmeras sacuden violentamente la cabeza y pelícanos desorientados pasan junto a las ventanas.</p>
<p>Cuán interesante, entonces, descubrir que los pelícanos suelen matar a su cría y que, habiendo hecho esto, se abren un tajo en el costado y dejan que la sangre se derrame sobre el cadáver, lo que le devuelve la vida. Cuán interesante descubrir que el pelícano, aun con su tosca apariencia prehistórica, no es en modo alguno el más extraño de los pájaros. El murciélago, por ejemplo, es el único pájaro que posee dientes, y las abejas, ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/05/bestiario/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/188Bestiary_panther1.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-2491" alt="Bestiary_Panther" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/188Bestiary_panther1-1024x672.jpg" width="1024" height="672" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>Aaron Thier<br />
traducción de Guido Herzovich</em></p>
<p>Acaso uno halle el Bestiario de Aberdeen en un momento de ocio. Acaso mientras se busca, como resulta a menudo impostergable, descripciones del amor carnal entre marineros y sirenas. Acaso en una tarde de tormenta, el cielo ondulando como un mar, mientras las palmeras sacuden violentamente la cabeza y pelícanos desorientados pasan junto a las ventanas.</p>
<p>Cuán interesante, entonces, descubrir que los pelícanos suelen matar a su cría y que, habiendo hecho esto, se abren un tajo en el costado y dejan que la sangre se derrame sobre el cadáver, lo que le devuelve la vida. Cuán interesante descubrir que el pelícano, aun con su tosca apariencia prehistórica, no es en modo alguno el más extraño de los pájaros. El murciélago, por ejemplo, es el único pájaro que posee dientes, y las abejas, que son los pájaros más pequeños, doblan en fertilidad a cualquier otro. El pavo real, conocido también por su andar despreocupado, tiene la cabeza de una serpiente. El martín pescador encuentra placer en la tristeza, la codorniz sufre de vértigo y los avestruces son hipócritas.</p>
<p>Pero acaso no se trate meramente de un hallazgo. Acaso uno salga en su búsqueda en un momento de penosa necesidad. Puede ser cuestión de vida o muerte saber que la sanguinaria es efectiva contra el veneno no menos que contra el engaño, o que los safiros permiten contener una hemorragia, a la vez que, en tanto uno practique la castidad, curan úlceras y migrañas y heridas en la lengua. Es sin duda importante saber que el medus, molido en una muela verde y mezclado con leche de mujer, cura la ceguera; que el azabache calma un zumbido en el oído, cura el malestar de estómago y ahuyenta víboras y demonios; o que la smaragdus es una piedra maravillosa, la cual, si se lleva con castidad, trae riqueza, y si se la lleva en el cuello, castamente o no, confiere una elocuencia persuasiva—pero no sólo eso, no, sino que además cura la fiebre hemiterciana y la epilepsia, aleja la tormenta y también la lujuria.</p>
<p>Pero en ocasiones se precisa otra clase de consuelo. Así, uno hará bien en recordar, de pie junto a la ventana en la oscura vigilia de la noche—mientras se confunden quizás el llamado del búho con el ulular procaz de un simio astuto y malvado—que los diamantes son eficaces contra el temor infundado, y que las perlas disponen para el sueño.</p>
<p>¿Y qué hay de los simios, en efecto? El Bestiario enseña que la esfinge es un tipo de simio, al igual que el sátiro, que es fácil de atrapar pero morirá en cautiverio porque sólo puede vivir bajo el cielo de Etiopía. Los sátiros poseen rostros hermosos, pero como a todos los simios, los inunda la tristeza cuando decrece la luna.</p>
<p>Cuando el león se siente mal, no tiene más que comer un simio, que lo cura.</p>
<p>Otro tipo de simio es el de cabeza de perro, animal particularmente feo y cuya presencia en la recámara femenina ha de ser  desalentada, ya que, como es bien sabido, el hijo de mujer tiende a parecerse a lo que ella piense en la cumbre del ardor, y de haber un simio en la habitación, será en vano esperar que la presencia de su amante comporte una distracción suficientemente absorbente.</p>
<p>Pero haya o no simios en la recámara, todo hombre que se afana en trabajos para satisfacer a su impetuosa amante, o para al menos capturar su atención en medida tal que el vástago que carga lleve sus rasgos, debe recordar que para la mujer el centro del placer carnal es el ombligo.</p>
<p>Y todo el mundo, sí, todo el mundo debe tomar nota de los peligros de la sangre menstrual, que mata las cosechas, avinagra el vino, pone rabiosos a los perros y ablanda el alquitrán.</p>
<p>¿Existe en el mundo entero criatura más irritante y artera que la mujer? Tal vez no, pero acaso el hombre que noche tras noche decepciona a su amante, muy a pesar de la dedicación que presta a su ombligo, y se escurre cada noche fuera de la cama, abriéndose paso entre las burlas de los simios, para resguardarse en la niebla que rodea la galería, pueda reconfortarse al reflexionar que las cosas no son menos complejas en otras zonas del reino animal. No hay razón para envidiar a los elefantes, por ejemplo, que para concebir un hijo caminan juntos hasta las puertas del paraíso, donde la hembra debe convencer a su pareja de consumir el fruto de la mandrágora. A esto él se muestra reacio, naturalmente, y sin embargo hasta que no haya comido el fruto no podrá ella concebir. Cuando ella da luego a luz en un estanque, él monta guardia para protegerla de los dragones.</p>
<p>Los osos dan a luz un feto sin forma—de color blanco, sin ojos—que luego la madre esculpe con su boca.</p>
<p>Las panteras no dan a luz sino una sola vez en su vida, lo cual tal vez explica la disminución de su número.</p>
<p>Las abejas nacen de gusanos, los cuales nacen a su vez cuando uno apalea un becerro. Para producir avispones, alcanza con sustituir el becerro por un caballo, o por un asno para producir avispas.</p>
<p>El reino animal es ciertamente rico y variado, y no hay guía zoológica más completa que el Bestiario, donde uno aprende que si un león ha comido demasiado, se introduce las patas dentro de la boca y extrae parte de la comida, que las hienas viven en tumbas, que las víboras desprecian a un hombre vestido y temen al que va desnudo, y que si un castor presiente que un cazador lo persigue, se arrancará los testículos de un tarascón antes de arrojárselos en la cara, sabiendo que sus testículos son el objeto de deseo del cazador. De los testículos del castor se extraen medicamentos muy efectivos.</p>
<p>La mordida del spectaficus puede licuar a un hombre.</p>
<p>Un perro que toque la sombra de una hiena no volverá a ladrar.</p>
<p>Los lobos comen viento.</p>
<p>Pero ya basta, basta. Está muy bien detenerse a contemplar las bellezas y horrores de la naturaleza, pero cuando uno vuelve a hallarse otra vez solo y ocioso en el jardín, adornado de joyas y piedras, una decepción para el amante de uno, una decepción para uno mismo, la mirada fija en el cielo abrasador, ¿entonces qué? ¿Entonces qué?</p>
<p>El Bestiario no descuida la vida espiritual; ¿cómo podría? La lección del castor es muy clara: uno debe arrancarse los pecados y arrojárselos en la cara al diablo. Y en la hiena, que imita el sonido de un humano vomitando y devora al perro que se acerca a investigar, tenemos la cifra de aquellos hijos de Israel, que en la depravación del lujo adoraron ídolos. Los simios, los eternos simios, cuya parte trasera es repugnante, le enseñan a uno a temer al Diablo, y la comadreja, que concibe por la oreja y da a luz por la boca—salvo cuando concibe por la boca y da a luz por la oreja—representa a esas personas que oyen la palabra divina y sin embargo no le prestan atención.</p>
<p>En sentido estricto, el hombre viene de la tierra, y hacia la tierra va. No es de extrañar que uno llore en la ducha. Son variados los caminos que conducen al Infierno, y no hay piedra preciosa, sin importar qué tan castamente o sobre qué parte del cuerpo se la lleve, que garantice un lugar en el Cielo.</p>
<p>Los barcos navegan más despacio si transportan el pie derecho de una tortuga. El excremento del caladrius cura las cataratas. Los monjes ríen, siempre ríen. Debe mantenerse la imagen de Cristo delante de los ojos a toda hora, porque Cristo es un león. Deambula por la cima de las montañas y oculta con la cola el rastro de su divinidad. Cristo es una pantera. Es tranquilo y multicolor, y tres días después de alimentarse, se alza del sueño, da un fuerte grito, y emana de su boca un perfume dulzón. Cristo es una palmera, ya que tiene pelo y ha crecido hasta su altura máxima. Humíllate como el elefante, que carece de articulaciones en las rodillas. Mírate, como la paloma, con tu ojo izquierdo, y con el derecho contempla a Dios. Cristo es, después de todo, un pelícano girando desesperado bajo un cielo atormentado, ya que vive en soledad y carece de bolsa en el estómago donde guardar comida y así como mata a su cría con el pico, rechaza igualmente los actos y pensamientos que inspira el pecado.</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen via <a href="http://www.abdn.ac.uk/" target="_blank">The University of Aberdeen</a></em></p>
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		<title>El hechizo inverso</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 14:33:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[heather]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Gainesville @es]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: right;"></p>
<p style="text-align: right;">David Leavitt
traducción de Carlos Freytes</p>
<p>El día en que París fue declarada Ciudad Abierta, fui a despedirme del Barón. El era uno de mis más viejos amigos. Lo conocía desde 1931, el año en que yo había llegado a París, un chico de diecinueve viviendo de su ingenio en un hotel de prostitución de la Rue Lepic. El Barón aún vivía, como lo había hecho toda su vida, en un vasto departamento lúgubre sobre la avenida Mozart. Retratos de mujeres de pechos generosos y perros de hocico estrecho colgaban en las paredes. El piano se cubría con un chal de seda del tipo que las abuelas usan alrededor de los hombros en invierno. Durante mucho tiempo el Barón había sido rico, pero había perdido la mayor parte  de su capital, incluyendo a la Baronesa, en la crisis ... <a href="http://www.buenosairesreview.org/es/2013/04/el-hechizo-inverso/">Leer más &#187;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/elhechizoinverso_crop.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-1504" alt="elhechizoinverso_crop" src="http://www.buenosairesreview.org/wp-content/uploads/elhechizoinverso_crop.jpg" width="912" height="611" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><em>David Leavitt</em><br />
<em>traducción de Carlos Freytes</em></p>
<p>El día en que París fue declarada Ciudad Abierta, fui a despedirme del Barón. El era uno de mis más viejos amigos. Lo conocía desde 1931, el año en que yo había llegado a París, un chico de diecinueve viviendo de su ingenio en un hotel de prostitución de la Rue Lepic. El Barón aún vivía, como lo había hecho toda su vida, en un vasto departamento lúgubre sobre la avenida Mozart. Retratos de mujeres de pechos generosos y perros de hocico estrecho colgaban en las paredes. El piano se cubría con un chal de seda del tipo que las abuelas usan alrededor de los hombros en invierno. Durante mucho tiempo el Barón había sido rico, pero había perdido la mayor parte  de su capital, incluyendo a la Baronesa, en la crisis del ‘29.</p>
<p>No pude recordar cuando había sido la última vez que el ascensor del edificio del Barón todavía funcionaba. La escalera se enroscaba a su alrededor como un turbante, los escalones suavizados por el desgaste como cristales en una playa. Más de una vez había resbalado en aquellas escaleras, y dado que lo último que necesitaba en ese momento era una fractura de tobillo, encaré mi ascenso como me imaginaba que lo haría el propio Barón, cautelosamente, aferrándome al pasamano.</p>
<p>-¿Quién es? -preguntó Mitzi cuando golpeé a la puerta.</p>
<p>-Soy Thad -le dije.</p>
<p>Sólo entonces Mitzi descorrió los cerrojos. -Lo siento, Monsieur, tenemos que ser cuidadosos  -dijo, sacudiendo su oblonga cabeza calva-. Ah, Monsieur, ¿quién hubiera imaginado que llegaríamos a esto? Esta mañana vi humo saliendo de atrás del Ministerio. Pensé: Es una bomba. Pero eran sólo los funcionarios, lanzando por las ventanas fardos de documentos a una hoguera.</p>
<p>-La mayor parte del gobierno ya dejó la ciudad -le dije-. Han ido a Tours. ¿Va a irse usted también, Mitzi?</p>
<p>-No puedo abandonar al Barón -dijo Mitzi-. Ah, Monsieur, ¿qué más se puede decir?</p>
<p>No había nada más que decir. Las lágrimas corrían por las mejillas de Mitzi, arruinando el colorete que todavía les aplicaba cada mañana, en memoria de aquellas noches en que aristócratas y periodistas acudían en masa para escucharlo cantar &#8220;Je Me Sens Dans Tes Bras Si Petite&#8221; en un vestido de tarde de Molyneux.</p>
<p align="center">*</p>
<p> Excepto por el tenue charco de luz que se acumulaba allí donde un par de cortinas de terciopelo no llegaban a encontrarse -ninguna pared de aquel viejo departamento era enteramente vertical-, la biblioteca estaba en sombras. Esto era deliberado. En tales ocasiones, el Barón prefería permanecer invisible, como si permitir siquiera un atisbo de sus carnes magras hubiera sido mostrar falta de tacto. Cerré la puerta, encendí una lámpara de pie (la pantalla con flecos ligeramente chamuscada) y entré en el cono de luz cerosa. Primero me quité el saco y lo doblé sobre una silla. Luego me desanudé la corbata. No me había lavado. Nunca lo hacía las mañanas que visitaba al Barón. La ropa que llevaba era la misma que había usado el día anterior, no rancia pero tampoco fresca. Me quité el reloj, me desabroché los puños, los enrollé hasta los codos, luego di un paso atrás, aclarando mi garganta.</p>
<p>-Un Scout es digno de confianza, amable, obediente, alegre, ahorrativo, valiente, limpio y respetuoso -dije, liberando la corbata del cuello de la camisa y dejándola caer sobre el respaldo de la silla.</p>
<p>Ni un sonido, ni siquiera un susurro.</p>
<p>-Un Scout es digno de confianza, amable, obediente, alegre, ahorrativo, valiente, limpio y respetuoso -repetí, desabrochándome la camisa, quitándomela y doblándola sobre la chaqueta. Ahora sólo llevaba una camiseta sin mangas, lo que los británicos llaman un<i> vest</i>.</p>
<p>-Un Scout es digno de confianza, amable, obediente, alegre, ahorrativo, valiente, limpio y respetuoso -dije por tercera vez, tirando hacia arriba la camiseta lentamente, haciendo una pausa durante unos segundos cuando la tuve enredada alrededor de mi cabeza para aspirar su leve olor a cuero. El olor me produjo una erección. Yo sabía que el Barón podía verla delineada en mis pantalones. Sabía que podía ver el elástico de mis suspensores justo encima del cinturón.</p>
<p>Una vez que tuve la camiseta fuera, hice un bollo y la lancé, como una pelota de béisbol, en dirección al Barón.</p>
<p>Tengo buena puntería.</p>
<p>Hubo entonces un estremecimiento leve, tan leve que fue más una sensación que un sonido, como si una paloma hubiera volado a través de una ventana abierta y estuviera aleteando hacia el techo. Apagué la lámpara, junté mis ropas hechas una pelota, y salí al pasillo. Mitzi entró tan pronto puse un pie afuera. Me dio una palmadita en el brazo al pasar.</p>
<p align="center">*</p>
<p>Por favor, no me malinterpreten. Yo no hacía este tipo de cosas para ganarme la vida. No era una sanguijuela. Un montón de gente en París me hubiera pagado una buena suma por información que podrían haber utilizado contra el Barón. Yo ignoré sus insinuaciones. Tenía escrúpulos. Eso era parte de mi personaje. Yo era el americano de mirada cándida, criado con vasos de leche fría y sándwiches de mantequilla de maní y la ley de los Boy Scouts. Las primeras veces que lo visité el Barón incluso me ofreció dinero, lo que por supuesto rechacé, aunque lo necesitaba, porque aceptarlo hubiera sido indigno de un Boy Scout. Esa es la historia de mi vida: me había puesto solo en un callejón sin salida.</p>
<p>En el baño, me lavé las manos. La cara que vi en el espejo no me impresionó: típicamente anglo-sajona, un poco vulgar. Las mejillas eran rosadas, la carne paposa en su inexpresividad. Agregue un poco de mantequilla y podría haber hecho un puré con ella. ¿Y cuán irónico era eso? Mi propia Americanidad, la cualidad que yo había venido a perder a París, era lo que me hacía exótico a los ojos del Barón, quien era para mí el verdaderamente exótico. Quizás en su adolescencia había hecho amistad con un marinero americano. O había ido a la escuela con el hijo del embajador estadounidense. En cualquier caso, había destilado hacía tiempo ese recuerdo erótico hasta su esencia más abstracta: palabras, formas, gestos. Llegaría quizás un día cuando incluso el actor humano sería superfluo, cuando sería suficiente tener algún tipo de máquina diseñada para lanzarle camisetas enrolladas, una tras otra, como pelotas de tenis.</p>
<p>Una vez vestido, regresé a la biblioteca. En ese intervalo Mitzi había abierto las cortinas. Había compuesto al Barón. El era visible ahora, sentado en su fauteuil favorito, cuyos brazos habían sido reducidos a jirones por tres generaciones de gatos. Llevaba un pañuelo al cuello y una chaqueta de fumar. Un papel borgoña tapizaba las pocas paredes que no estaban dedicadas a los libros. El aire olía a té y a moho y a Jicky by Guerlain.</p>
<p>-Mi querido amigo, siéntate -dijo, como si yo acabara de llegar, como si nuestro encuentro de cinco minutos antes nunca hubiera tenido lugar.</p>
<p>Me senté. Me sorprendió, como siempre lo hacía en este paso de la rutina, ver qué joven era el Barón: dos años más joven que yo, de hecho. Su aire de ancianidad era en parte afectación, en parte la consecuencia inevitable de tener que soportar, sobre sus hombros frágiles, el peso de un gran nombre. La pobreza podía traer reversiones curiosas.  Por ejemplo, las regiones donde el empapelado era más oscuro &#8211;al principio yo había pensado que eran manchas de humedad. Sin embargo, esos eran de hecho los lugares donde las pinturas habían estado colgadas -las buenas pinturas, ya vendidas largo tiempo atrás.</p>
<p>Me preguntó cuándo partía. -Esta noche -le dije-. La señora Davenport me lleva con ella.</p>
<p>-¿Hacia Burdeos?</p>
<p>-Hacia Tours.</p>
<p>-No pierdas tu tiempo con Tours. El gobierno estará en Burdeos en cuarenta y ocho horas.</p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-Están huyendo de los alemanes. Como deberías hacer tú. ¿Tienes tu pasaporte? ¿Tus papeles están orden?</p>
<p>-¿Por qué? No tengo ninguna intención de volver a casa. Sólo estoy yendo al sur. Mi plan es esperar y ver.</p>
<p>-Pero no puedes permitírtelo -Se inclinó hacia mí-. Te digo esto sólo porque no quiero que te maten. Debes salir de este continente sumido en la oscuridad mientras puedas. Dentro de un año no habrá Europa.</p>
<p>Su expresión era seria. Sabía cosas que yo desconocía. -¿Y qué hay de ti? -le pregunté.</p>
<p>-¿Yo? Me quedaré aquí y guardaré -hizo un gesto hacia la biblioteca, los libros con sus páginas amarillentas, los cuadros faltantes- todo esto. Mi legado. -Se echó a reír.</p>
<p>-¿Y cómo vas a vivir?</p>
<p>-No necesito mucho.</p>
<p>Me miró entonces. Yo sólo puedo llamarla una mirada de prueba. ¿Qué Boy Scout digno de ese nombre dejaría a un anciano morir de hambre, incluso un anciano de veintisiete años?</p>
<p>-Ten -le dije, metiendo la mano en mi billetera-. No es mucho, pero algo es algo.</p>
<p>Yo había previsto una disputa sobre el dinero: que él lo rechazaría; que yo trataría de persuadirlo; que él lo aceptaría, finalmente, con la mayor renuencia, el mayor bochorno.</p>
<p>En lugar de eso me arrebató los billetes de la mano. Los contó, dejó escapar un suspiro de ligera decepción, y los deslizó en un bolsillo interior de su chaqueta de fumar. Y ni una palabra de agradecimiento. ¿Quién puede entender a los aristócratas? Durante todos esos años yo le había proporcionado, gratis, servicios por los cuáles le hubiera cobrado a cualquier burgués ordinario una cifra considerable. ¡Y ahora le estaba dando dinero! ¿Quién puede entenderlo?</p>
<p>Era hora de irse. -Barón -le dije, poniéndome de pié, preparando una reverencia.</p>
<p>-Espera -dijo. De la mesa al lado de su silla tomó un sobre cerrado. -No leas esto en frente de mí. Espera hasta que estés en la calle.</p>
<p>-Gracias.</p>
<p>-Ahora vete. Las despedidas nunca deberían ser dichas en tiempo presente. Son para ser anticipadas y luego recordadas. El momento en sí no es nada.</p>
<p>Estuve de acuerdo con él acerca de las despedidas. Nunca me habían gustado. Hacia fuera de la biblioteca marché, fuera de la habitación (tampoco quería decir adiós a Mitzi), bajando las peligrosos escaleras y a través del vestíbulo y pasando las puertas que daban a la avenida Mozart, extrañamente vacía ahora que la mayoría de los taxis y los autobuses de París habían sido requisados y llevados a frente. Sólo una vez que estuve en la entrada del metro abrí el sobre. En una hoja de papel de carta impresa con su escudo, el Barón había escrito lo que parecía ser un poema. En inglés. La primera estrofa decía:</p>
<p>Vuestro pelo, tan dorado como el grano,<br />
Vuestros ojos, tan verdes como la mazorca,<br />
Vuestra carne, llanura tan grande<br />
Como vez alguna besó la aurora!</p>
<p>Dios, ¿por qué lo hizo? ¡Durante años, yo había hecho semejantes esfuerzos para él! Siempre pronuncié las palabras sin un yerro, siempre tuve cuidado de no infringir -por su bien- los rígidos límites del conjuro. Y ahora esto. Un poema de amor. Un poema de amor atroz. ¿Había visto él alguna vez las grandes llanuras? Era ridículo.</p>
<p>Al amanecer, cuando la llamada de Febo<br />
El pastor errante oye,<br />
Mientras las gotas de luz solar caen,<br />
El Dios está derramando lágrimas</p>
<p>Resistí el impulso de romper el poema ahí mismo. En lugar de eso lo doblé en tres y lo metí en el bolsillo del pecho. En casa, empaqué en un frenesí. Salí disparado de París a Burdeos, luego de Burdeos a Lisboa, donde abordé un barco con destino a Nueva York, con el poema, todo el tiempo, quemando mi pecho, exasperándome, urgiéndome a seguir.</p>
<p>Por alguien cuyo nombre mismo<br />
Obliga mis labios a separarse!<br />
¡Quisiera que el alma domar pudiera<br />
La carne, la sangre, el corazón!</p>
<p>Regresé años más tarde. El Barón se había suicidado. Mitzi era imposible de hallar por ningún lado.</p>
<p>Todavía tenía el poema. Cada vez que lo leía, me enfurecía aún más, hasta que empecé a preguntarme si no era esa en realidad la intención del Barón. En brujería, según me han dicho, existe tal cosa como un “hechizo inverso&#8221;, un hechizo lanzado con el único propósito de deshacer otro. En este caso, sin embargo, ¿cuál era el hechizo a revertir? ¿Era el que yo había lanzado sobre el Barón? ¿Era el que él había lanzado sobre mí?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">* *</p>
<p><em>Imagen: Belen Bejarano<a href="http://www.eduardocarrera.com.ar/" target="_blank"><br />
</a></em></p>
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